
“El noventa y nueve por ciento de nosotros vive en la parte desfavorable de un espejo unidireccional”.
Imagine usted una Internet desde la que manos invisibles se ocupen de cuanto ocurre en su vida. Una Red en la que son terceros quienes predeterminan las noticias, los productos y los precios que va usted a ver, e incluso a las personas a las que va a conocer. Un mundo en el que usted cree que goza de albedrío, pero donde, en realidad, sus opciones son limitadas y filtradas hasta que lo único que le hayan dejado sea la mera ilusión de que es usted quien tiene el control.
Este escenario no se halla lejos de lo que ya está ocurriendo. Gracias a técnicas que capacitan a Google, Facebook y otros a recopilar información sobre nosotros y a servirse de ella para adaptar nuestra experiencia como usuarios a nuestros personales gustos, hábitos e ingresos, Internet se ha transformado en un mundo diferente para los ricos y para los pobres. La mayoría de nosotros nos hemos convertido en pánfilos actores de un drama en desarrollo, cuyo argumento son los dos Internet. Hay mío y tuyo, lo de ellos y lo nuestro.
He aquí cómo funciona. En la actualidad, por volumen de ingresos, es la publicidad la que mueve la inmensa mayoría de la industria de Internet. Silicon Valley es excelente en fundación y financiación de compañías que ofrecen aplicaciones gratuitas, aplicaciones que después recopilan y venden los datos de quien las utiliza. A lo largo de casi toda la breve historia de Internet, la finalidad primaría de esa recopilación de datos ha sido la mercadotecnia de productos clásica: los anunciantes pueden, por ejemplo, querer ofrecerme calzado deportivo, y a mi esposa, prendas de vestir. Pero la recolección de datos está, cada vez, yendo mucho más allá de la publicidad estricta, dando ocasión a que compañías de seguros, de servicios médicos y de otras clases se beneficien, sin nuestro conocimiento, del registro de nuestros “datos macroscópicos” y también de información de carácter personal muy detallada. Basándose en este análisis, las compañías mencionadas toman decisiones que nos conciernen, entre ellas, incluso, la de si vale la pena vendernos algo.
En consecuencia, el noventa y nueve por ciento de nosotros vive en el lado reflectante de un espejo semitransparente, desde el cual es imposible ver a ese uno por ciento que manipula nuestras experiencias. Hay quienes alaban esta tendencia, que califican de “personalización”, lo que suena inocuo y grato, y evoca la idea de que los anuncios que pudiéramos ver se nos mostrarán en nuestros colores favoritos. A lo que nos referimos, sin embargo, es mucho más profundo y de no poca trascendencia.
Por ejemplo, en EE.UU., normas federales de aplicación en todos los Estados de la Unión declaran ilegal que los costes de acceso a los créditos se basen en ciertos atributos personales. Pero los avances técnicos en minería de datos, tanto en línea como en desconexión, permiten esquivar el espíritu de la ley: las compañías pueden no hacer oferta alguna a las poblaciones crediticiamente menos atractivas. Si se vive en los “barrios bajos” del mundo digital, no nos llegará ni una propuesta de las principales instituciones de préstamo y no se tendrá noticia de la disponibilidad de créditos que puedan ayudarnos en nuestras prioridades personales o profesionales del momento.
Durante el decenio pasado, los puntos de venta del comercio electrónico han venido ajustando los precios que le exigen al consumidor, basándose en sus hábitos en la Red y sus características personales. ¿Dónde ha vivido usted? ¿Cuál ha sido su historial de compras? ¿Cómo ha llegado usted al punto de venta electrónico? ¿A qué hora del día está visitándolo? Ha surgido toda una literatura sobre la eticidad, la legalidad y el futuro de la optimización de precios. Y la especialidad está avanzando rápidamente. En septiembre pasado, le fue concedida a Google una patente sobre cierta técnica que permite a las compañías ajustar dinámicamente los precios de contenidos electrónicos. Esta técnica puede, por ejemplo, elevar el precio base de un libro electrónico si determina que tiene usted mayor probabilidad de compara ese ítem en particular que el usuario medio; o, a la inversa, rebajarlo, como incentivo, si se juzga menos probable que usted lo adquiera. Y el consumidor no podrá saber que está pagando más que otros por exactamente el mismo producto.
También esos muros ciegos se alzan en nuestras vidas políticas digitales. Como ha observado Eli Pariser, Internet nos presenta “lo que cree que queremos ver”, sirviéndonos contenidos acordes con los perfiles ocultos que han sido creados acerca de nosotros, obtenidos a base de nuestras interacciones diarias en línea. Esta “programación” entre bastidores refuerza nuestras opiniones políticas mediante “cámaras de eco” que refuerzan lo que ya creemos verdadero, en lugar de hacernos reflexionar. Trátese de la izquierda o de la derecha, allí donde los problemas solamente se analicen abiertamente con personas de una misma orientación política los participantes se vuelven cada vez más firmes y extremistas en sus opiniones.
La segregación y la discriminación están en alza. La cara amable de la personalización tiene un lado oscuro.
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Artículo por Michael Fertik, de reputation.com, miembro del consejo del Foro Económico Mundial sobre el futuro de Internet. Tomado de: Investigación y ciencia (junio 2013).
Veáse también: Tenemos que hablar de Facebook
Historia de dos Internet
http://opennicproject.org
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Más sobre el otro lado de internet
Hoy en día las comunicaciones personales a través de internet o de los medios electrónicos dan lugar a una serie de datos de interes comercial o policial. Son analizados por las empresas que prestan el servicio para realizar estudios de mercado o elegir los anuncios que más nos pueden interesar; también son analizados por los cuerpos de seguridad en función de sus intereses. No se trata de que hagan cosas tan inabordables como leer todos nuestros correos electrónicos, sino de utilizar algunas características del envío -dirección, frecuencia, etc-, llamadas en la jerga ‘metadatos’, como punto de partida para realizar hipótesis sobre nosotros, muchas veces con la ayuda de potentes ordenadores. La legalidad y legitimidad de tal manipulación por extraños de las comunicaciones privadas es una cuestión discutida; lo cierto es que, mientras tanto, las comunicaciones personales y privadas son objeto de estudio por terceros, muchos terceros, cada vez más terceros, de modo que lo personal parece estar por desaparecer. En el último número de la revista ‘Investigación y ciencia’ (enero 2014) dedican una serie de artículos al asunto. Por su relación con el texto de arriba, cito a continuación un resumen de uno de los artículos – no porque comparta sus puntos de vista optimista, sino porque puede prestar ayuda para el debate.
‘Nuevas concepciones de la privacidad’ / Jaron Lanier, informático de Microsoft Research e investigador en programas de realidad virtual; asesor de la película de Steven Spielberg ‘Minority Report’ y nombrado una de las personas más influyentes del mundo por la revista ‘Time’ en los años ochenta.
“En la era de la información, la privacidad se ha convertido de manera ostensible en datos disponibles para algunos e inaccesibles para otros. Poseerlos determinará en gran medida quiénes van a tomar los mandos.
No existe en el mundo actual ni un solo observador que posea una imagen completa de quién ha estado recopilando datos informáticos de quien. Ni tan siquiera la NSA estadounidense, la agencia de la que ha desertado Edward Snowden, conoce toda la panoplia de algoritmos que entidades empresariales o gubernativas han aplicado a datos personales, ni para qué uso o finalidad. Los datos nos están vedados, pues quienes han menguado nuestro ámbito privado observando nuestro uso de las telecomunicaciones, trátese de empresas o de organismos estatales, están decididos a que no restrinjamos el suyo.
Cada forma de entender la vida privada constituye un distintivo cultural. Los estudiantes chinos en Estados Unidos irrumpían sin llamar en las habitaciones y no podían entender que su comportamiento pareciera inadmisible. Esto ha cambiado, y también en China. Pese a la diversidad de actitudes sobre la privacidad, al debatir sus aspectos políticos se suele acabar hablando de soluciones de compromiso: si el Estado, por ejemplo, para detener a terroristas, necesita analizar información personal de todos los ciudadanos, estos no tienen derecho a exigir a la vez seguridad y privacidad.
Se tiende a pensar que la privacidad se ha convertido en un anacronismo, como el punto ciego en la retina del ojo humano. Proteger la privacidad viene a ser como preguntar cuán mal puede saber un medicamento para que un paciente acepte tragarlo: se sobreentiende que el enfermo tendría que dejarse de remilgos. Una opinión pareja sostiene que si nos inclinamos a compartir más datos podríamos disponer de más servicios o crear más valor en las redes en línea.
La información siempre ha sido importante en las disputas por la riqueza y el poder, pero en nuestra era nada lo es tanto como ella. Los más grandes proyectos financieros son computacionales, basados en una marea de transacciones bursátiles de alta frecuencia. Compañías como Google y Facebook venden informática diseñada para mejorar la manipulación de información que se presentaría a la gente según convenga. Análogamente, las elecciones políticas actuales se basan en la computación a gran escala, que busca electores a quienes motivar para orientar su voto. La privacidad está en el meollo del equilibrio de poder entre el individuo y el Estado, y entre los intereses empresariales o políticos.
Tal situación implica que, a menos que los individuos logren proteger la esfera que les es propia, perderán poder, y la mayoría carece de preparación para protegerse. La sociedad se ha sesgado a favor de cierta clase de personas de tendencias técnicas. Facebook y sus competidoras promueven entre sus usuarios la transparencia y la apertura, pero ocultan los modelos predictivos de la conducta de esos usuarios en sótanos profundos. Hemos de obligarnos a oscuros pensamientos si aspiramos a prever los posibles usos de esa tecnología por parte de personas no benevolentes o bienintencionadas.
En breve tiempo, un observador que, provisto de un ordenador de potencia adecuada, lograse obtener suficiente información meramente estadística sobre una persona, podría anticipar y manipular los pensamientos y actos del sujeto observado, con técnicas que inciden sobre el cerebro preconsciente (por ejemplo, disuadir de acudir a una cafetería para la que probablemente nos citaremos en facebook distrayendo la atención hacia otra). La informática y la estadística unidas podrían remedar el control de la mente: cabe imaginarse así un sistema semioficial de motores de recomendación, guiados desde la nube, que actúe sobre dispositivos portátiles cada vez más íntimos y, en los próximos años, nos haga andar parte del camino hacia el hipotético control mental del que ha tratado la ciencia ficción durante años.
Ahora bien, hoy por hoy es más probable un uso incompetente que un uso malvado de la capacidad de acceso a datos personales. Las especulaciones en valores avalados por hipotecas, que desembocaron en la gran crisis económica actual, unieron la vulneración de la privacidad personal con los sistemas de negociación automática. La consecuencia ha sido un rescate de proporciones cósmicas, a expensas públicas, al que seguirán, no se dude, otros rescates futuros. No hay una élite ultracompetente que se esté apoderando del mundo. Por el contrario, sucede que a todos, incluidos los operadores de mayor éxito en los gigantescos servicios de la nube, les cuesta entender lo que ocurre. La vulneración de la privacidad del prójimo funciona al principio y crea fortunas a base de informática, pero acaba en fracaso. Esta pauta ha provocado ya varías crisis financieras. En el futuro, si quienes gestionen los ordenadores más potentes y dispongan de más datos personales logran un mayor grado de predicción y manipulación del colectivo social que sus competidores, las consecuencias podrían ser aún más terribles.
Pero quienes tratan de vender las capacidades de servicios de análisis y recopilación de datos personales pronuncian, a menudo, absurdas baladronadas. La terminología de muchos programas revela el deseo de disponer de un ojo divino que todo lo vea. Los creadores de los sistemas de recopilación y análisis de datos parecen confiar en que algún día los metadatos soporten una megaversión de los algoritmos del tipo de “autocompletar”, capaces de vaticinar lo que vamos a teclear; en que los algoritmos estadísticos permitirán llenar las lagunas que pueda haber en los datos. Pero a día de hoy no hay pruebas de que algoritmos de este tipo hayan desempeñado una función en, por ejemplo, las campañas antiterroristas. En realidad, los metadatos sólo cobran sentido si están contextualizados con otras fuentes de información. No es posible comprender un fenómeno sólo a partir de estadísticas y gráficos, aunque así lo parezca durante un breve plazo. Se están recopilando grandes cantidades de información sin que se haya demostrado su utilidad. Por otro lado, muchas medidas políticas están condicionadas por la habilidad o la previsión de los programadores: las limitaciones o fallos del software pueden tener efectos más decisivos sobre las personas que las decisiones de los políticos.
Hay dos escuelas principales de pensamiento sobre cómo sacar provecho de los macrodatos sin provocar excesivas infracciones a la privacidad.
1. La partidaria de articular y hacer cumplir normas legales sobre derecho a la privacidad.
2. La partidaria de una trasparencia universal, de modo que todos puedan acceder a todos los datos para que nadie obtenga ventajas indebidas.
El problema para 1 es que las leyes difícilmente se van a respetar: las normas sobre la privacidad se asemejarían a la prohibición del alcohol o de las drogas, más cuando el análisis de los datos parece adictivo. Las filtraciones sobre la NSA han demostrado que incluso los funcionarios que supervisan la ley se han valido de sus privilegiados observatorios para espiar intereses amorosos. El problema para 2 es que no sólo cuenta el acceso, sino la potencia informática para analizarlos: siempre habrá alguien que posea el ordenador más poderoso, y probablemente no será el público en general. La apertura, en abstracto, no hace sino agudizar el problema, porque refuerza el incentivo para patentar el ordenador más potente. Si las bases de datos de los servicios secretos se hiciesen públicas de repente, Google y sus competidores llevarían la delantera en indexar toda la información de esas bases y cobrarían fortunas por entregársela a clientes interesados en manipularla en su beneficio.
Una tercera vía pasaría por rechazar la idea de que la información debe ser gratuita, idea en la que se han basado los éxitos económicos de Silicon Valley. Si se pagase a las personas por utilizar informaciones relativas a su existencia, se reduciría el deseo de almacenar información sólo manejable mediante los ordenadores más potentes. El beneficio vendría de aportar valor a la información que los individuos poseen, en vez de utilizarla contra ellos. Importa subrayar que no hablamos de redistribuir los beneficios de los peces gordos hacia los chicos, sino de un juego de suma positiva en el que todos salen ganando al aumentar la estabilidad y el crecimiento económico.
Si la información privada fuese un bien con valor comercial, el mercado resolvería los dilemas relativos a la privacidad, de otro modo imponderables. Una persona sin grandes destrezas técnicas no puede crear un grado medio de privacidad para su navegación por las redes sociales; en un mundo de información pagada, esta persona podría subir o bajar el precio de sus datos y hallar un valor adecuado, pues sólo ha de ajustar un número –el precio-. Mirar los datos que recopilamos con nuestros dispositivos podría suponerle un coste prohibitivo a un tercero. Los individuos podrían perder ciertas ventajas si exigen precios demasiado altos por su información, pero este sería uno de los medios en que podría manifestarse la diversidad cultural, incluso aunque por todas partes haya sensores conectados a las grandes compañías. La población podrá decidir cuánto espionaje puede permitirse el Gobierno sin más que un ajuste en la tasa impositiva.
Por ahora no existe, en la era de la gran informática, ninguna idea madura para resolver el problema de la privacidad. Es de suma importancia analizar todas las ideas puestas sobre la mesa. Los ingenieros de redes deberemos también construir en cualquier sistema tantos “ganchos” como sea posible para que los programas puedan acoger futuras ideas, bien sea la información pagada, una regulación más estricta o la apertura universal. Los que construimos sistemas de macrodatos y los dispositivos que los conectan nos encaramos a una situación delicada, que irá en aumento al progresar la tecnología. La informática masiva puede hacer que nuestro mundo sea más sano, eficiente y sostenible, pero hemos de tener presente que no sabemos lo bastante para acertar a la primera”.
Más sobre el otro lado de internet
Me parece curioso el que, a la vez que artículos como el anterior, ‘Investigación y ciencia’ haya publicado esta nota en su último número: “Agbogbloshie, suburbio de Acra, la capital de Ghana, es donde los aparatos electrónicos de Europa van a morir. Ghana recibe al año alrededor de 237.000 toneladas de ordenadores, móviles, televisores y otros artefactos, en su mayoría procedentes de Europa, y con ellos hace de Agbogbloshie uno de los mayores basureros electrónicos de África. Quizás sea ya el más sucio. Se ha ganado la dudosa distinción de figurar junto a Chernobil en la lista de los diez sitios más contaminados del mundo. Los trabajadores de Agbogbloshie queman cables eléctricos aislantes para recuperar el valioso cobre que llevan dentro, pero de ese modo liberan plomo y otros metales. Todo el mundo quiere un ordenador portátil, se está viendo que parar la generación de basura electrónica es muy complicado, muy difícil”.
«La criptografía es una cuestión de justicia social»
«Edward Snowden ha probado con sus filtraciones que vivimos en una sociedad de vigilancia masiva, en la que cada correo electrónico, llamada telefónica o búsqueda en Internet puede ser registrado y almacenado para su posterior análisis por las agencias de inteligencia de cada país. Por eso para Appelbaum, «la criptografía tiene una vertiente liberalizadora» y es una cuestión de «justicia social», como única forma de protegernos ante la impune interceptación de nuestra información privada. Tal vez no consigamos detener el espionaje pero, al menos, «podemos cambiar la balanza, y ponerles el trabajo difícil», añade».
«Pregunta: Tal vez sea más de lo que un ciudadano normal puede digerir: una vida en la que todo es visto y escuchado.
Appelbaum. – Edward Snowden ha probado que estaban equivocados y esta vez no pueden ignorarlo. No son solo avisos, son evidencias de que realmente está pasando. ¿Y qué si es difícil? Cierto. El compromiso democrático en asuntos sociales tan complejos por supuesto que es difícil. Pero precisamente por eso, cuanta más gente se involucre mejor será… Intento no pensar en términos de enemigos, sino en qué es peligroso sin que haya una razón para serlo. Hay muchas cosas cuando utilizamos Internet sin criptografía que pueden convertirse en problemas muy serios. Y esos graves problemas están presentes en muchos de nuestros sistemas de comunicación, incluso en la World Wide Web, cerca del 50 por ciento de los navegadores web no son seguros. Lo que tenemos que hacer es revisar nuestros hábitos y comportamientos, porque nos daremos cuenta de que lo que hacemos no es seguro… Y no se trata solo de cifrar cosas, se trata de cifrar servicios para garantizar ciertos valores y principios. Hablo de asegurar autenticidad, integridad, confidencialidad y anonimato en los protocolos tecnológicos de nuestro día a día. De forma que la tecnología, la cultura y la política, juntas, hagan de soporte de esos valores que decimos que queremos salvaguardar.
Pregunta: ¿Es esto compatible con la transparencia que por otro lado se exige a gobiernos y grandes corporaciones?
Appelbaum. – Las corporaciones no son personas, no tienen los mismos derechos que las personas. Si hubiera visto aplicar la pena de muerte a alguna corporación como se le aplica a la gente de raza negra, entonces me creería que deban tener los mismos derechos.
Pregunta: Parece que en lo que a vigilancia masiva respecta, somos todos iguales ante los ojos de las agencias de inteligencia. ¿Qué cree que es lo más importante que hemos descubierto con los documentos filtrados por Snowden?
Appelbaum. – Simplemente hemos pasado de la teoría a la certeza. Esa es la gran revelación. Y en muchos temas: ataques con drones, vigilancia masiva, espionaje de jefes de Estado… Son tantos los campos en los que Snowden ha contribuido de una sola vez que es difícil de medir. Lo importante es, por resumirlo de alguna forma, que nos ha mostrado la verdad de lo que realmente está ocurriendo en nuestro nombre y contra nosotros».
Fuente: http://www.eldiario.es/turing/criptografia/Jacob-Appelbaum-criptografia-cuestion-justicia_0_326868193.html