Con cierta frecuencia al autor anónimo del libro de Job se le denomina “el Shakespeare de la Biblia”. Resulta difícil calificar su estilo propio y único, amalgama de corrientes varias. Lo que sí cabe distinguir es la época en la que se desarrolla la acción del personaje  Job, época de los patriarcas, y la época en la que fue escrita, redactada, que muy bien pudiera ser en torno al siglo IV.

El libro aborda el problema del sufrimiento, en concreto el sufrimiento de Job, creyente modélico, persona sin tacha ni pecado, justo, y que de pronto se ve acuciado por desgracias y males personales: primero se ataca su entorno, amigos, bienes, hijos…, y luego él mismo es quien sufre males físicos y grandes dolores, tras conversación de Dios con Satán y tras apuesta de éste con el primero. Job no es el autor, Job es el principal actor.

En diálogo con tres amigos: Elifaz, Bildad y Sofar, asoman las tesis al uso que explican del dolor del hombre, que siguen siendo las que muchas veces defiende el  obispo español Rouco Varela y, en general, la Iglesia católica:  el sufrimiento como consecuencia del pecado: Job  es castigado con sufrimientos por Dios porque ha pecado, se ha apartado del camino recto. Si reconoce su desvarío, se arrepiente y hace penitencia Dios le perdonará.

Frente a esta tesis Job recalca su inocencia,  afirma no haber pecado, no haber transgredido el contrato divino. Y, por tanto, surge la pregunta: ¿Qué pasa?, si Job cumple el contrato divino quien no cumple es Dios ¿Es Dios injusto?

Acude en su apoyo otro viejo amigo: Elihú. Éste entiende la pregunta de Job y censura a los tres amigos anteriores por con cierta vanidad mirar a Job por encima del hombro. Y apunta que no siempre el sufrimiento es castigo de pecado sino que también tiene fines educativos. Pero no se puede acusar a Dios de ser injusto porque eso es imposible.

Y por fin habla Dios mediante dos manifestaciones, en las que se muestra como sabio y poderoso, del tenor: “¿Dónde estabas tú cuando cimenté la tierra? ¿Quién cerró el mar con compuertas? ¿Alguna vez has mandado a la mañana o asignado su puesto a la aurora? ¿Puedes atar los lazos de las Pléyades o desatar las cuerdas de Orión? ¿Pescarás con anzuelo a Leviatán, sujetarás su lengua con cordeles?

Dios no responde a las preguntas de Job. Dios se manifiesta a Job como sabio y poderoso, lo apabulla con preguntas de inmenso poder, el suyo, el divino. Y Job sólo responde: “Sólo te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza”.

Por lo que la cosa acaba como comenzó: Con un Job arrepentido y recobrando de nuevo la salud y sus bienes. Con un Job fiel a Dios y un autor que plantea el problema del sufrimiento pero no sabe la solución. Eso sí, recalca una vez más que el hombre es necio, inculto, y débil. Y Dios sabio y poderoso. Con el sometimiento del hombre a Dios: El hombre una gran rodilla y una cabeza gacha ante la divinidad. Es el mensaje divino.

La liberación del hombre sólo cabe desligándose de Dios. Es Dios quien necesita del hombre para seguir siendo Dios.

Fuente: http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/77103-job-una-gran-rodilla-sumisa.html

2 thoughts on “Job, una gran rodilla sumisa”
  1. Job, una gran rodilla sumisa
    Mmmm… En términos de estructura, ha realizado un buen resumen del libro de Job. Sin embargo no acabo de entender la moraleja final que desprende de Job. El que Dios necesite del hombre para ser Dios y que el hombre necesite desprenderse de Dios para ser libre no es algo que, ‘precisamente’, se desprenda de la lectura de Job. Ésto último es más una respuesta personal a una pregunta que Job nos plantea y que, por ello, debería quedar expresado como lo que es: una respuesta personal. Podría decir al final… «Ante la pregunta de Job, yo respondo: etc.».

    Respecto al contenido del mensaje que desea usted transmitir, opino más bien lo contrario. El sufrimiento forma parte de la vida, es así. Haya o deje de haber un Absoluto. Y sin embargo, es la presencia de ese Absoluto lo único que puede dar un sentido al sufrimiento. Si ese Absoluto no existiera, el sufrimiento tendría una única salida: el padecimiento estoico de algo que carece de sentido. Y sin sentido, ¿para qué vivir sufriendo? Mejor la muerte. Entonces, me pregunto: ¿es esa la liberación del hombre? Debe serlo, cuando se niega el Absoluto.

    Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

    1. Job, una gran rodilla sumisa
      Me gusta el comentario. Yo también lo veo así. Salut.

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