
Los rapaces en el pueblo eran los niños y adolescentes, hasta llegar a la juventud. Poco a poco, ya que a mí me daba vergüenza porque ni vestía, ni era como ellos, fui conociéndolos a todos e incluso haciendo amigos: Amador, Agapito, Colás, Tomás, Juan Manuel… por este orden.
Yo era para ellos, primero Carlitos el de Nemesio, después me veían como “el chico de la capital” y por último me respetaban, ya mayor, porque era “el maestro”. Lógicamente también las rapazas cuchicheaban cuando me veían y hablando de ellas, pronto me adjudicaron una novia: María “la pardala”, una chica muy alta y bien proporcionada y con unas miradas especiales -recuerdo- hacia mí. Los chicos entre bromas decían que Carlitos era el novio de María “la pardala” y a mí me enfurecía. Además a mí la que me gustaba -eso que no hablé nunca directamente con ella, a parte de saludarnos- era Antonia la hija de Daniel. Con Amador empecé a escribirle una carta, que él como hijo de cartero, le haría llegar de forma anónima, pero quedó en la mitad y nunca salió. Antonia hoy es monja en un país africano.
Un día, detrás de la última meda de las eras del cementerio, bajando por el camino de Quintanilla, nos juntamos varios chicos y estaban también dos chicas, una era Nieves -yo debía ser la atracción porque aparte de Nieves, años más tarde y por vía indirecta me enteré, como dicen ahora, que también Soledad “estaba por mí”-. Después de habernos ido el grupo a por moras, y cuando estábamos sentados, comiéndolas detrás de la meda, Colás me empujó encima de Nieves y Agapito me sujetó para que no me pudiera levantar. Cuando al final lo hice, empezaron a decir a coro: “Carlitos ha jodido a Nieves” y lo repetían con malicia e insistencia. Yo que aún no sabía lo que quería decir aquello, fui a preguntárselo a mi tía María que estaba por las eras y supongo que la carcajada, se debió de oír hasta en el campanario del pueblo.
Justel, desde el campanario de la iglesia
Con los rapaces del pueblo aparte de jugar por las eras, cuando estaban libres de trabajo, íbamos a buscar nidos, a los castañales a por castañas, a buscar “panchugas” a las fuentes y arroyos del campo, a por “rabazas” y “pamplinas” para que mi tía Adelina o mi abuela, me hicieran una ensalada con ellas, a coger moras, a buscar pizarras y pizarrines de colores para escribir, a jugar a las cartas con las barajas que me traje del café de Muelas -todo un lujo para nosotros- a jugar al fútbol a “Adraos” (hicimos un equipo, me nombraron capitán y retamos a Muelas, echando un partido en su campo, al que asistió medio puebo y en el que por cierto, me dieron un golpe en el tobillo y anduve cojeando unos días). Le pedíamos a Guadalupe, algo inaudito porque nadie se atrevía, y lo conseguimos un par de veces, que nos dejara entrar en su huerto y subir a un árbol de moras que tenía. Fuimos una vez a robar ciruelas a la huerta de “la pardala” y también entramos en algún garbanzal a coger garbanzos tiernos, que junto con los granos de espiga aún no maduros, eran buenos para comer. Ibamos andando a bañarnos en el río de Muelas en “la poza de los mozos”, debajo del puente (hoy se bañan en la presa de “Adraos” ya acondicionada al efecto.
Cuando a los 15 años, me compraron la bicicleta y en el coche de línea me la mandaron al pueblo, daba largos paseos hasta Quintanilla, “Ciñales” o incluso hasta Muelas. Era la envidia de todos. Alguna vez se la dejé.
También fui con los rapaces a la escuela, haciendo entonces de maestro mi primo José el de “la Piyana” y después mi tío Cándido. Recuerdo aquella escuela arcaica, en la que escribíamos en una pizarra de mano que cada cual llevaba, junto a un pizarrín y que borrábamos echando un escupitajo y secando con un trapo. También de los libros de lectura antiguos, en un armario destartalado y que teníamos que coger por parejas o esperar turno porque no había suficientes para todos y a mi tía Maria, esperándome alguna vez a la hora del recreo, para darme un “tentempié” que los otros rapaces ya llevaban.
Lavadero público y el nieto del autor en la actualidad