
Hay cosas que se quedan muy grabadas en la retina o en el corazón de un niño o adolescente y más siendo sensible como yo lo era. No puedo dejar de escribirlas en esta “Historia de mi vida” porque de alguna manera ya forman parte de ella, grabadas en mi subconsciente. Van saliendo ahora al papel:
Las “paredes” de la carretera
Dos muros hechos de piedras superpuestas, uno al Norte y otro al Sur y que eran el límite de dos tierras de labor, servían de espera al coche de línea, de refugio contra el frío y contra del helado viento del Norte y sitio ideal para confidencias con mis amigos y para jugar a la baraja.
Mi abuela en la Rambla
Nada más bajar del coche de línea, allí en medio de la Rambla, estaba mi abuela con los brazos abiertos para abrazarme. Esa imagen no se olvida. Detrás vendría mi abuelo y mis tíos.
“El serano”
Como si de una farmacia de guardia se tratase, cada noche del frío invierno, se iba a una casa: “al serano”. Las mozas hilaban y los mozos contaban historias y leyendas. Yo participé en el de nuestra casa y acudí a alguno con mis tíos.
Un teatro
Ya era difícil aquello, sin materiales, sin apenas tiempo fuera de las faenas que había que hacer en las tierras… Con mucha ilusión, a la juventud se le ocurrió hacer un teatro en la plaza, amontonando carretas y poniendo sus laterales encima a modo de escenario. Se repartieron los papeles. Había ensayos en algún “serano” y ya veo a mis tíos diciendo en voz alta su papel por la casa y desempolvando unas “sayas” antiguas del arcón de la abuela.
Ocurrió en “Valtorno”
Una mujer mayor, pero no anciana, desapareció de su casa -cosa increíble en aquel pueblo- y por más que se buscó no aparecía por ningún sitio, hasta que uno de los pastores al regresar con el ganado, la encontró ahogada en el pozo de “Valtorno”. Para mí la noticia fue de mucha impresión. Era el primer caso de suicidio en el pueblo. ¿Una depresión? Pero si entonces aún no existían…
“El árbol de las mariposas”
¿Qué tenía de especial aquel roble, cercano a las eras del cementerio, para que dos o tres días al año, por el mes de Julio, se llenara de mariposas de todas las clases y colores? Era bonito el espectáculo. ¿Una emigración colectiva o cosas de la madre Naturaleza?
“El cine”
Yo ya había visto cine de verdad en Barbastro, pero en aquel pueblo perdido, donde hacía apenas un año que habían puesto luz eléctrica, aunque de ínfima calidad, resultó como un milagro el hecho de que llegaran unos hombres, que mediante el pago de la entrada, en el corral de ti Nicolás colgaron una sábana y proyectaron en ella dos documentales y un trozo de una película de Charlot, todo en blanco y negro, cine mudo y con unas imágenes no muy claras, pero todo suficiente para que el personal quedara contento con aquello y se preguntara sorprendido cómo era posible que una máquina pusiera personas en una sábana y además se movieran.
Estábamos allí en la Prehistoria comparándolo con los adelantos técnicos de hoy, donde ya en todas las casas del pueblo hay algún electrodoméstico y sobretodo TV.
Unas pulseras singulares
No sé bien la historia, pero mi madre tenía en Marruecos unas pulseras de plata que, por alguna razón especial, decidió regalar a la Virgen del Rosario de Justel. Con ellas el orfebre hizo un rosario de plata, que hoy luce la Virgen en un altar situado a la izquierda del Altar Mayor. Cuando yo iba a la iglesia y pasaba por allí me lo recordaba.
Tengo que preguntar a mi madre el significado de su gesta.
Un incendio
Un incendio es siempre un motivo de alarma y preocupación. Yo viví allí uno. Las campanas empezaron a tocar de improviso de forma acelerada. La gente se congregó con cubos en la plaza y allí se hizo una cadena humana para tratar de sofocarlo. Era cerca de la casa de mi tía María. Yo vi como salían las llamas por una ventana y a su dueña llorar. Impresionaba.
Lobos y zorras
Por aquellas sierras de los alrededores, había lobos que de cuando en cuando se acercaban a los ganados y alguna vez de tarde en tarde, conseguían arrebatarle alguna oveja a los pastores. Sobre todo en invierno y al anochecer, alguna vez los he oído aullar desde la ventana de mi dormitorio.
Las zorras abundaban menos, pero también aparecían haciendo daño en los corrales.
Cada vez que un cazador o un pastor, conseguía matar un lobo o zorra, los llevaba por los pueblos limítrofes, para enseñar su trofeo. En Justel los vi dos veces bajando rambla abajo, con las alimañas. La gente se lo agradecía dándoles alguna cosa o invitándoles a comer.
El coche de línea
Era el espectáculo único en un pueblo donde no había periódicos, radio y no se había inventado la tele. Tampoco pasaba ningún coche. Era un pueblo totalmente aislado y silencioso, si alguna vez se oía el ruido de un avión, hacia allí iban todas nuestras miradas, parándose toda actividad en ese momento.
Lo mismo sucedía con el coche de línea. Pasaba por el pueblo alrededor de las 11 de la mañana y regresaba sobre las 5 de la tarde. Hacia el trayecto de León a Puebla de Sanabria y todos estaban pendientes, cuando el cartero se acercaba para recoger o entregar el Correo -pues el coche de línea era la única vía de enlace con el exterior- para ver si por casualidad subía o bajaba algún viajero y también para observar si el coche llevaba muchos o pocos “bultos” en la baca. Algunos rapaces nos poníamos cerca del coche para ver los viajeros que iban en el interior a través de las ventanillas y también para correr un rato detrás de él, cuando arrancaba.
Muchas veces viajé en este antiguo coche de la empresa Fernández. Era digno de ver cuando, por el frío y por otra causa, se le paraba el motor y había que echarle agua o darle con una manivela para arrancarlo.
Los chiquillos por la mañana jugábamos a ver quién daba antes la noticia de distinguir la polvareda del coche en la lejanía: ¡Ya viene el coche por “Roján”! Era la señal de que a unos 8 Kilómetros, estaba pasando por allí.
De “liga” con Nardo
Nardo había venido desde Muelas, a la fiesta de Santiago, y traía con él unas cortezas de árbol, traídas a su vez por un amigo desde “Velilla” que, muy masticadas, lavadas y prensadas, hacían una pasta pegajosa: “la liga”.
Con aquel tesoro, decidimos ir junto a un arroyuelo, que se ensanchaba un poco al final, y allí pusimos varias pajas untadas de liga, cerca del agua y sujetas con piedrecitas y… los pobres pajarillos, a lo largo de la mañana, fueron cayendo en nuestras manos. Pasamos un buen día, semiescondidos detrás de unas matas y corriendo cada vez que alguno caía o que con las alas semipegadas intentaba escapar.
Unos ocho pardales cogimos. Matar, pelar y asar a la lumbre, fueron las siguientes operaciones.
Ramón el Sacristán
Tenía unos veintitantos años. En una tarde de calor y después de una fuerte discusión con su madre o con su hermano -no lo recuerdo-, dijo que se iba a tirar por el campanario. Nadie le creyó, pero cuando alguien le dijo a su hermano Luis, que Ramón iba calle abajo camino de la iglesia, salió corriendo a toda velocidad y llegó justo en el momento que se tiraba y consiguiendo únicamente, agarrarle por la abarca de un pie, que se le quedó en la mano. Segundo suicidio en el pueblo. Yo estaba en Muelas, pero me afectó cuando me lo dijeron, pues lógicamente lo conocía mucho.
El relicario
Había sido de mi bisabuela. Lo había llevado puesto mi tía Adelina y ella me lo dio un día que lo encontró revolviendo entre ropas viejas de la abuela y suyas. ¡Qué gusto da cuando ves ropas que en otro tiempo te ponías! ¿verdad? -decía mi tía- Era cierto, a mí me ocurrió con una chaqueta de pana que estaba allí y que yo había tenido en gran estima. También me ocurrió con otras ropas.
El relicario era de terciopelo verde, bordado alrededor y en forma de un sobre de las cartas. Lo llevé una temporada al cuello, junto con “el secreto” que dentro introduje.
El corte de Ramiro
Mi primo Ramiro se cortó con unas tijeras en el labio. Estábamos en el corral de nuestra casa y bien por el susto o por la cantidad de sangre que perdía, se desmayó y no volvía en sí. Mi tía María que entraba en ese momento, empezó a gritar, a decir: ¡Hijo mío!, a sacudirle la cabeza, etc.
Al final volvió en sí, pero la escena continuaba con la herida, a la que mi tía echaba azúcar, luego vinagre… En fín, Un susto para todos.
Dos muertes que me afectaron
La primera fue la de mi abuela. Nunca estuvo enferma. De repente, en León, avisan a mi padre para que se pusiera en camino, porque estaba grave. Era mentira, pues ya estaba muerta y el mensajero no quiso alarmar.
Allá nos fuimos todos al día siguiente, en el coche de línea. Yo acababa de estrenar mi “Loden” azul. En la habitación del correo, tenían a mi abuela y estaba muy serena. Yo no dije nada en toda la mañana, ni derramé una sola lágrima, lo mismo que el abuelo, que se mostró templado y digno en todo momento. Asistimos al entierro en un día frió y semilluvioso. Había muerto de repente, probablemente de una embolia, quizá afectada por la muerte dos días antes, de su primo Mateo.
Abuela ¿Cómo te fuiste sin despedirte? Todos te queríamos mucho.
En el momento de bajar la caja a la sepultura y tocar tierra -ya lo he contado antes- mi abuelo le lanzó el primer puñado de tierra y dijo con un sentimiento muy profundo: ¡Adiós com…pañera! Yo me sentí removido por dentro, miré a mi abuelo y solté una lágrima.
La segunda fue la muerte de Benjamín, un muchacho de unos 10 años como nosotros y hermano de Elvira, la ahijada de mi madre.
Habíamos ido a pasear por el campo varios rapaces, íbamos hacia “Valtorno” por la parte Sur del pueblo y saliendo por el camino junto al cementerio. Yo no había ido nunca por allí, me resultaba extraño, solitario y distinto al resto del paisaje del pueblo. Llevábamos recorrido sobre un kilómetro y no sé por qué, de repente, comencé a angustiarme y a notar que me faltaba el aire. Les dije a mis amigos que me ponía enfermo y que quería volver. Así lo hicimos y cuando ya estábamos cerca del pueblo y yo empezaba a recuperarme, oímos las campanas tocando a muerto. Pronto nos enteramos de que Benjamín acababa de morir.
Nos dirigimos hacia su casa, entramos en el corral y subimos por una escalera de piedra y sin barandilla, que a cielo descubierto, llevaba a la habitación de arriba, que era donde estaba, en una cama pequeña y con dos velas encendidas en la cabecera. Me extrañó su color de cara, casi blanco. Yo nunca había visto un muerto. Los chicos y unas chicas que se unieron al grupo, le fueron besando uno a uno. Me tocó a mí y también lo hice, pero al hacerlo noté que estaba muy frio y que besaba algo rígido que ya no era carne humana y que en realidad estaba besando a… ¡un muerto! No lo he vuelto a hacer más. Me marché malo a casa y a pesar de que al día siguiente fui al entierro, estuve afectado varios días, pero “aquello” me marcó -parece ser que soy muy sensible- y he tardado varios años en quitármelo de encima, pues cada vez que venía a mi cabeza la imagen de Benjamín en aquella cama o pasaba por delante de su puerta (estuve tiempo
sin hacerlo), revivía en mi mente aquel desagradable momento y me angustiaba. Mi vida emotiva dio un pequeño vuelco aquel día. ¡De psicólogo!
De pesca en Quintanilla
Mi gran “hobby”, la pesca, en relación al pueblo nació en Quintanilla. Había ido con mi tío a sulfatar una tierra que teníamos allí y como estaba cerca del pequeño río -casi un arroyo- de este pueblo, me acerqué a jugar con el agua y vi los pececillos nadando tranquilamente en las aguas reposadas. Les eché una miguitas de pan y enseguida acudían y pensé en hacer un anzuelo con un alfiler, para la próxima vez que volviera por allí, pero no fue necesario, pues en el comercio de “Bea” de Muelas, me vendieron dos anzuelos y los probé durante la segunda sulfatada de la tierra, sacando solo un pececito. Pero la “chispa” había prendido. De aquí pasé ya mejor equipado al río de Muelas, luego a distintos ríos de León, a los de Galicia, al Océano Atlántico y después al Mar Mediterráneo, convirtiéndome en un pescador, que incluso tenía la Licencia de Pesca Nacional.
Muy buenas jornadas pescando he pasado, solo o acompañado y sigo con mi afición, aunque ahora apenas la practique porque no encuentro la ocasión propicia para hacerlo, pero no puedo olvidar, que excepto el paréntesis de Plasencia, esa afición, nació en el río de Quintanilla de Justel.
Quintanilla de Justel
Adoración preñada
¿Sabéis la noticia? ¡Han dejado preñada a Adoración!. La noticia corría como la pólvora por Justel.
Adoración era una chica grandota, de risa fácil y bobalicona, de veinte años, pero con un coeficiente intelectual de una niña, era subnormal. A mí me quería mucho, pues eramos casi vecinos y cada vez que venía al pueblo, después de los besos de mi familia, siempre aparecía por casa Adoración, que venía a dar un beso a Carlitos.
A la larga se descubrió al responsable. Magín de la familia de “los Magitos”, se la llevaba con frecuencia a un solitario pajar, que hay por encima de la carretera. No sé si Magín habrá salido ya de la cárcel, supongo que sí.
Adoración tuvo un hijo normal que nació “en la Inclusa” y ella, ya mayor, tengo noticias de que vive en una Residencia en Astorga.
La gallina
No había nadie en el pueblo, todos estaban en las eras o trabajando en alguna tierra. Yo como siempre, me levanto tarde, cojo mi cazuelo de sopas y me salgo a desayunar al poyo de la puerta y al fresquito de la mañana.
Enfrente, al otro lado de la calle, había una gallina de la casa de “enfrente”, picoteando por el suelo y en esto que al verme, empieza a cacarear muy alborotada. Yo hago ademán de espantarla con la mano y desde el poyo, pero ella cacarea aún más. Cojo un trozo de palo que había en el suelo y se lo tiro, con intención de que se fuera y me dejara comer las sopas tranquilo, pero con tan mala suerte o buena puntería, que sin pretenderlo, le di en la cabeza y cayó al suelo moribunda.
Me fui hasta allí, me cercioré de que no se veía ninguna persona por ningún sitio, la cogí por las patas, me metí en el corral de ti Nicolás y la arrojé por encima de los tejados.
A pesar del miedo de que la familia de “los Zapateros”, la echara en falta o la descubriera y empezara a hacer indagaciones, no ocurrió nada.
Tía Adelina y la Guardia Civil
La Guardia Civil por aquellos lares, siempre imponía miedo y respeto. Por eso aquel día, (que por cierto acabábamos de venir del huerto de coger tres o cuatro uvas de San Juan, de una planta que mi tía cuidaba con mucho esmero y que sólo daba unas pequeñas uvas por aquellas fechas) cuando vi a una pareja de guardias civiles, con sus fusiles en bandolera, entrando en el pueblo, me asusté porque no era habitual verlos por allí. Pero más me asusté cuando uno de los números de la pareja llegó a nuestra casa, abrió la puerta del corral preguntando si vivía allí Adelina San José Mayo -mí tía- para acto seguido, llevársela detenida ante el asombro de todos.
Yo veía sufrir a mis abuelos y estaba angustiado. La tuvieron varias horas en el Ayuntamiento, luego le tomaron declaración y la soltaron, porque no tenía nada que ver en el asunto.
No sé de que iba el tema, porque a los niños no nos dicen nada, aunque preguntemos, pero… ¡caray con los guardias, menudo susto!
Por ir a nidos
Yo había visto que en el corral de las ovejas de Paco, casi enfrente de nuestra casa, cuando entraba allí con su hermano Pedro, que era de mi edad, en una de las paredes había varios huecos y que en uno de ellos entraban los pájaros, con lo que enseguida deduje, que allí debía de haber un nido.
Era por la tarde, víspera de la fiesta de San Bartolo, cuando después de dormir la siesta, me deslicé hasta allí y apoyándome en las piedras y otros salientes, escalé “el primer rocódromo “ de mi vida, pero cuando ya estaba en lo alto y con una mano metida en el agujero, para ver si estaba el nido… me resbalé, me caí y me partí un brazo (eso creía yo) ¡Dios mío que dolores¡
Insoportables. Llegué a casa llorando y contando lo que había pasado. Empezaron a moverme el brazo y a darme friegas con vinagre, pero el dolor me aumentaba y aquello cada vez se iba hinchando. Yo no sé si me dolía más el hueso roto o el hecho de que me tendría que quedar sin ir al día siguiente a la fiesta.
Mi tía María fue la que decidió, que había que llamar a Ti Rosalina: “Porque ella entiende de mancuras y ha arreglado los huesos de algunas personas” (era “la manquera” oficial del pueblo).
Ti Rosalina vino, me dio dos tirones fuertes, después de haber ido tocando palmo a palmo todo el brazo. Vi las estrellas durante un momento, pero el hueso volvió a su sitio, aquello curó y pude ir a la fiesta de San Bartolo.
Moraleja: De todo se aprende, pero yo no escarmenté y cuando la ocasión se presentó, volví a buscar nidos.
En la zona hay una gran variedad micológica
Una muerte victoriosa
Yo estaba casado, él tenía solo 52 años. Mi tío Cándido -a quién yo le tenía un especial cariño- se puso enfermo en Bilbao. Pronto se supo el fatal diagnóstico: cáncer de esófago, pero a él se lo ocultaron. Con la excusa de reponerse y de respirar, por orden médica, aires puros y sanos -¡qué mejor que los de la Sierra de Justel!- llegó al pueblo. En realidad iba allí para morir.
Empeoraba por meses y semanas. No podía tragar, era un puro esqueleto y llegó un momento en que su extrema delgadez, le impidió levantarse de la cama. Seguía de buen humor -el suyo- y decía que si los médicos no daban con su enfermedad que por qué no lo llevábamos a una curandera que había en la comarca. Se le daban excusas. “¿Porqué no me untáis con “los barros”? -cura natural muy conocida por allí-. Le trajeron unos pocos y le untaron piernas y brazos.
Último deseo del ajusticiado. Sólo podía beber ya y la comida había que dársela líquida o muy triturada y, como le hacía daño al tragar, solo quería que le dieran uvas, porque decía que le refrescaban la garganta. Apenas tenía dolores, solo la angustia de verse así y de que aquello no mejoraba.
Cuando yo llegué a Justel ese verano y fui a verle, me quedé impresionado y le dije a mi tía Mariana, su mujer, si no sería buena idea la de avisar a un Sacerdote, para que fuera preparando su final. Como no le habían dicho nada de su grave enfermedad, tenía miedo de su reacción y no quiso.
Me marché unos días a Galicia y al regresar le traje de Santiago de Compostela una campanilla con la efigie del Apóstol, para que pudiera llamar, sin necesidad de hablar. Me lo agradeció. Y luego encaré definitivamente el problema, diciéndole a mi tía y al resto de la familia. que era nuestro deber decirle a mi tío lo que le pasaba y prepararle una muerte tranquila y cristiana.
A todos les daba miedo. Su mujer, mis padres, su hijo… nadie quiso hacerlo. Yo sí. Hice un rato de oración, pidiéndole fervorosamente al Señor y a La Virgen por él, también acudí a la intercesión del hoy Santo, San José Mª Escrivá, que en alguna ocasión me había solucionado “algún asuntillo” y me encerré con él en la habitación.
Amable y tranquilamente, y cogiendo a veces su mano, le conté lo que pasaba, le hablé de la necesidad de confesarse -llevaba desde su juventud apartado de la Iglesia- y preparar así su muerte, de lo bueno que era Dios, de la Virgen de Fátima a la que él había querido mucho en su juventud, de lo contenta que estaría la abuela de ver que su hijo moría cristianamente etc. Se enterneció, lloró pero ya de alegría -como a quien le quitan un terrible peso de encima-.
Me pidió que le ayudara a confesarse porque no sabía. Le enseñé de nuevo Los Mandamientos y preparamos su confesión. Le enseñé también “La Comunión espiritual”, para que llegado el momento en que no pudiera tragar nada, comulgara con el deseo.
De allí me trasladé a Castrocontrigo a buscar al Sacerdote, a quién expliqué las circunstancias de mi tío. Confesó y comulgó ese día y a partir de entonces, su vida se transformó, pues según luego me contaron, todos los días comulgaba, rezaba, pedía que le leyeran el Evangelio, transmitía ánimos a los demás y murió santamente -palabras de mi tía- y diciendo que veía a la abuela y a una Señora vestida de blanco, muy dulce y sonriente (La Virgen de Fátima), que dándole la mano venía a buscarle y que se quería ir con ellas.