
Su nombre es Justel, pero de la Sierra y siempre del Norte, de la Sierra que domina al pueblo, venía una brisa pura, a veces convertida en ligero viento, que a mí me gustaba. Siempre me ha gustado el viento y sobre todo oírlo en un pinar o arboleda o silbando en mi ventana.
En Justel se respiraba paz y silencio y ya he dicho que por las noches su cielo estaba cuajado de estrellas. Preciosas también las noches de luna llena, vistas desde la era.
Había unos sitios singulares para mí:
“La Viciella”, llena de carrascos, bordeando prados y con una corriente de agua, bajando por toda ella desde “Adraos”. Me gustaba pasear por aquel camino.
“Adraos”, donde además de estar el vivero, que allí puso “ICONA”, tenía una gran laguna y enfrente una gran pradera, debajo de robles y castañales. Era muy placentero merendar o descansar bajo aquellos corpulentos árboles.
Robles de gran porte en Adraos
Mi gran sueño, mi lugar idealizado, era ir a “Velilla” en plena sierra y donde se quedaban a invernar los pastores con el ganado. De “Velilla” contaban cosas preciosas: bonitos paisajes, fuentes cristalinas, una cabaña idílica… y otras que mi fantasía adornaba con algún sueño o leyenda donde entraban vikingas rubias o celtas.
A mis 60 años conseguí que mi hijo Pablo con su esposa Mª José, Menchu y mi hermano Toño, nos llevara hasta allí. Fue una excursión muy bonita, pues aparte de cumplir una ilusión y hacer algunas fotografías, terminamos yendo casi perdidos por la montaña, a Vega del Castillo, un pueblecito cerca del nacimiento del río de Muelas, donde a su vez quedamos cautivados por aquellos paisajes.
El autor, con su esposa y su hijo en Velilla
Imagen actual de Vega del Castillo
Siempre me ha encantado la Naturaleza, tengo que reconocerlo. Me he pasado largos ratos contemplando paisajes, allí donde los había, aspirando la brisa del mar o de los ríos o sorbiendo el olor de las flores y “ matujas”.
Era feliz en el pueblo, viendo las gotas de lluvia cayendo de los tejados, los “Chupiteles” colgados en algún alero, o rompiendo los carámbanos que se formaban en las cunetas de la carretera.
Bajando un día desde la viña del tío Casimiro, contemplando un arroyo de abundante y limpias agua que venia desde “Velilla”, nada más pasar la carretera y a mano derecha, en una mañana de aire limpísimo y en plena Primavera, vi el paisaje más bonito que jamás haya contemplado hasta hoy: Un prado materialmente cubierto, como si le hubiera caído un manto desde el cielo, de todo tipo de florecillas y de infinidad de colores. Algo precioso.
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Sólo por estas cosas, ha merecido la pena pasar temporadas en Justel.