Muelas era otro panorama, otro ambiente distinto en mi vida. Allí nació mi madre, allí vivían mi abuelo Antonio, mi tía Jovita y mi primo Nardo. No tenía un entorno agrícola a mi alrededor, sino del sector “servicios”: El café y la carnicería del pueblo, que mi abuelo llevaba con gran diligencia.

En Muelas he pasado casi el mismo tiempo que en Justel.
Cuando llegábamos de vacaciones, siempre “aterrizábamos” en Justel y mis padres al día siguiente más o menos, se desplazaban a Muelas. Yo me quedaba y al cabo de una semana, o tal vez antes, -siempre salvo excepciones- iba o venía a los dos pueblos a mi antojo y a partir de ser ya un adolescente. Daba la noticia: Abuela que esta tarde, o mañana, me marcho para Muelas. Sin problemas. Cogía un palo largo para que me sirviera de apoyo y cual peregrino que va a Santiago, emprendía el camino por las eras de “Vaseyo” y enfilaba en dirección a “Adraos”; allí les decía adiós a los que trabajaban en el vivero y salía a la carretera.

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Muelas de los Caballeros, desde un alto.

Los 8 Kilómetros que hay hasta Muelas, los hacía en solitario, rara vez acertaba a pasar un coche, cantando canciones o pensando en mis cosas. Al pasar por la mitad de la larga recta de la carretera, o sea por “Ciñales”, alguna vez veía a los pastores, reposando y cuidando el ganado y si estaban cerca les saludaba con la mano. Llegaba así a la curva que señala el comienzo de la gran bajada hasta el valle del río, pero en vez de seguir por la carretera, a pocos metros y a la izquierda, me metía por un sendero entre la maleza, frecuentado algunas veces por los arrieros y otras personas que también buscaban atajar unos 3 Kilómetros yendo por allí. A veces me asustaba un poco pensando, sobre todo cuando los carrascos se juntaban por arriba, formando una especie de túnel vegetal, que pudiera venir alguna alimaña como en una ocasión que escuchaba venir hacia mí y sin ver nada un fuerte movimiento por entre las matas del camino, resultando ser el perro de un arriero, que iba unos metros por delante de su dueño. No eran de extrañar mis temores pues por el camino se me cruzaban a veces y a gran velocidad lagartijas, lagartos, pollos de perdiz y en algunas ocasiones me encontré con alguna liebre o conejo. Cuando terminaba la bajada y veía a la orilla del río el molino de mi tío Mariano, me sentía más tranquilo.

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Vista invernal de Muelas, con las secuoyas de El Fenal al fondo

Ya solo quedaba pasar al otro lado del río, por el viejo puente hecho de troncos, piedras y algo de barro, lleno ya de agujeros en los que era muy fácil deslizar el pie, por lo que había que transitar con sumo cuidado. Veía al pasar a las gentes del pueblo, lavando la ropa en la corriente del río y ya empezaba a subir la empinada cuesta que me llevaría, con un descanso para beber, en una fuentecita, “La fontanina” (por cierto que alguien me dijo, que manaba allí, pero que en realidad nacía en el cementerio y desde allí bajaba -un poco macabro el comentario-) hasta la entrada del pueblo, que era la Iglesia, para una vez allí y en línea recta a pocos metros, entrar en “La plazuela” donde estaba la casa de mi abuelo.

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Uno de los ojos del puente de San Andrés, citado más arriba, construcción pastoril de troncos y piedra. Hoy en ruinas.

Este camino de ida y vuelta entre Justel y Muelas, lo hice muchas veces. Siempre contento y sintiéndome muy libre cuando iba por aquellos andurriales, hasta que se comentó que habían visto lobos por “Ciñales”, entonces empecé a llevar conmigo un palo más fuerte y pasaba por allí con cierta inquietud, que desaparecía si veía, aunque estuvieran lejos de la carretera, a los pastores.

Pero la vida en Muelas era distinta. Aquel era un pueblo de veraneantes, de casas de aspecto señorial, de gente bien vestida -aunque lógicamente acompañados de una población autóctona de labradores- pero era otro tipo de pueblo y de vida. Nunca fui a las eras o a las tierras y llevaba la vida de los veraneantes: descansar, leer, pasear, jugar la partida, ir al río a bañarme… ¡Pero vayamos poco a poco narrando las cosas!

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Casa en Muelas


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