
La Peregrina, La Asunción y el Cristo, eran las fiestas del pueblo y yo las viví con intensidad.
La fiesta de la Virgen Peregrina, en el santuario del vecino pueblo de Donado, a tres kilómetros de Muelas, comenzaba para nosotros dos días antes, con el traslado en una carreta, por parte de los hijos de Isidro, cuñado de mi abuelo, de las mesas, sillas y otros utensilios para que en Donado se montara, aprovechando los espacios entre muros y el atrio de la vieja iglesia, que además estaba en la misma plaza del Santuario, el café y la carnicería del abuelo.
Mucha gente de toda la comarca asistía a la fiesta, entre ellos mis tíos y abuelos desde Justel. Después de la Misa y procesión, la gente se desperdigaba por los prados de los alrededores, buscando pequeñas sombras y formando grupos familiares. Yo también iba con ellos. Mi abuelo Vicente, aparte de los ricos manjares traídos para ese día, compraba el rico pulpo gallego que allí mismo se vendía. Otros años he comido en el café y alguno en la casa de Isidro.
La fiesta de la Peregrina estaba llena de puestos de vendedores de mil y una cosas y yo me lo pasaba muy bien ese día, viéndolos, saludando gente, persiguiendo cohetes, comprando golosinas, escuchando a los músicos de la orquesta etc.
Anteriormente a la fiesta, se hacía “la Novena” y por las noches la carretera, se llenaba de gentes del pueblo y veraneantes que con la luz de la luna, iban hasta Donado para hacerla. Yo fui algún día con mi tía o con algún conocido. En uno de esos días iba con Angelito, un muchacho de mi edad, ahijado de mi tía y que pasaba unos días en nuestra casa, y delante de nosotros marchaba un grupo de tres chicas y Angelito sugirió que nos acercáramos a ellas y les pidiéramos ir cogidos del brazo. Yo no quería, pero él se acercó y le dijeron que sí y pasando su brazo por debajo de la que iba a la izquierda, empezó a caminar no sin antes decirme que hiciera yo lo mismo. Acepté el envite con la que iba por la derecha. Por un lado estaba contento, pero por otro avergonzado, porque como íbamos del brazo, pero a la vez cogidos de la mano, mi chica de cuando en cuando se llevaba y no sé si a propósito, la mano a la oreja izquierda o al pelo, con lo cual forzosamente mi mano, pasaba o se apoyaba en su pecho. Yo tenía 16 años y aquello era nuevo para mí y creo que hasta debía llevar la cara encendida, pensando en lo que estaba pasando. Pronto terminaron “los efluvios placenteros”, porque unas amigas que venían detrás, las alcanzaron y se las llevaron, deshaciendo la cadena.
Romería de La Peregrina en Donado (actualidad):
Las fiestas de la Asunción, patrona del pueblo, y del Santo Cristo de la Piedad “El Cristo”, tienen para mí estos recuerdos:
Las grandes “ruedas” de churros que hacía “El Meluso” y que ese día comprábamos como cosa especial, para desayunar.
La gran comilona que teníamos en un lateral del café, a la que se unían por tradición la familia de mi abuelo en Donado y algunas veces mi tío Ismael. Mi tía se esmeraba ese día.
El aire de fiesta permanente: todos guapos, las campanas volteando, los puestos de dulces, la misa de tres curas, la procesión y sobre todo los cohetes que surcaban el cielo en cualquier momento del día y que al oírlos, Angelito y yo corríamos a toda velocidad, saltando muros y entrando a tierras y prados, para coger la varilla, si intuíamos donde podría caer. Aparte del hilo embreado que luego desprendíamos, estaba la varilla en sí, que demostraba a los demás chicos, que también corrían, que éramos más listos que ellos.
Fiesta tradicional en el vecino pueblo de Vega del Castillo
Una fiesta del Cristo, en la que Angelito y yo dormimos juntos en la habitación de abajo y estuvimos charlando hasta la madrugada y ¡cómo no! intercambiando nuestros pocos conocimientos sexuales. Y esto me lleva a la reflexión de la cantidad de gente con la que he dormido y en la cantidad de camas y lugares en los que he reposado, que hasta podría escribir unas “Memorias” paralelas sobre el tema.
El baile de la fiesta, al que yo asistía como espectador, porque no sabía bailar y además me daba vergüenza. Claro que un año, llegó una sobrina de mi abuelo, de unos treinta y muchos años, que desde Madrid, vino a conocer Muelas y a estar unos días en nuestra casa y al acercarse por el baile y verme sentado en un poyo de la plaza de la carretera, que era donde se hacía, y preguntarme por qué no bailaba, cuando le dije la causa, me cogió de la mano, me llevó a casa y se empeñó en enseñarme los pasos del pasodoble y luego me obligó a ir al baile, sentarme en el poyo con ella y sacarme a bailar, todos los pasodobles y otras piezas que se le ocurrían. Como al hacerlo, se arrimaba mucho a mi, con 17 años en aquel entonces, sin hermanas, amigas, tímido y otras causas similares, no sé si aprendí mucho, pero lo que sí es cierto es que aquella noche no dormí.
Otro año y también por la fiesta del Cristo, el baile se hizo en nuestra plazuela y la orquesta tocaba desde nuestro balcón. Yo subí allí a algo y me quedé viendo y escuchando y como el vocalista cantaba y yo desde atrás también -en mi adolescencia en León fui un forofo de todo tipo de canciones- me preguntó si sabía dos canciones que entonces estaban de moda, “Lirio Azul” y “Bambino” y me pidió descansar un momento y que yo le sustituyese. ¡Insólito!, me atreví, canté la primera y parte de la segunda.
Algunas personas al reconocerme, aplaudieron y yo me quedé sorprendido de mí mismo.