
Siempre hay unos lugares típicos de referencia en los pueblos. En Muelas también los había, unos para todos y otros de especial significado para mí. Eran los siguientes.
La Plazuela
Nuestra plazuela era el lugar permanente de estancia. En sus poyos nos sentábamos a charlar, jugar y a veces a desayunar y en el centro en su hierba y alrededor de sus gruesos árboles, continuábamos los juegos.
Allí estaba nuestra casa, pero también la de Goya, la de Aurea “la francesa”, la del cura… todos vecinos o familia y cuya relación con ellos era inmejorable. En la plazuela estaba también la casa de “la andaluza” y a su lado nuestra única propiedad, excepción de un pequeño huerto cercano al Ayuntamiento: una casita semiderruida entre pajares y que compramos por poco dinero, pero con ayuda de D, Marcelino porque no disponíamos de él. Hoy espera con el consentimiento de mi primo Nardo, dueño de la mitad, su posible venta o edificación algún día ¿Se hará?
En la plazuela estaban también “las colagas”, tan estrechas que cuando íbamos a entrar en ellas y venían las vacas de Mariano o “Melacho” en su mula, teníamos que dar la vuelta de inmediato. También estaba la más pequeña y cerrada al final, “la colaguita”. Allí se metían a veces las niñas de la plazuela a jugar a sus cosas y como nosotros entrábamos a mirar, le propusimos Nardo y yo en una ocasión, a la hija de “la francesa”, jugar a “las misas”. Ella haría de cura y nosotros de monaguillos. El juego empezó, pero a la hora de “alzar”, mientras ella lo hacía y simulando un toque de campanillas, le alzábamos la falda dos veces. Pronto se dio cuenta de lo que hacíamos y no se volvió a jugar más. ¡Malicia de críos!
Allí estaba también, desentonando con las otras casas, pero a la vez dándoles prestigio, la gran casa de “Julito”, un afamado médico zamorano y oriundo de Muelas, que venía allí con su familia a pasar temporadas y cuyos hijos e hijas, hacían ostentación ante nosotros, que éramos pobres, de sus muñecas, bicicletas, patinetes, un juego inglés de golf etc. A su hijo Javierito al que yo sacaba varios años, le tuve un especial cariño y con él y su hermana Mari Toya, jugábamos en ocasiones. El de mi edad era un antipático y solo se codeaba con los de su alcurnia.
Siempre tuve curiosidad por entrar en aquella casa de ricos, que eran nuestros vecinos. En la habitación de la planta baja, y por la ventana más cercana a nuestra casa, cuando la abrían para ventilar, se veía una pequeña capilla. La casa era muy grande y tenía también entrada por la otra plaza. Además eran dueños del jardín de “Fenal”, otra de las obsesiones de mi vida en Muelas. Hace unos pocos años y una vez cambiada de dueño, conseguí ver ambas cosas. Me gustaron mucho.
La plazuela en la actualidad (estío)
La plaza de D. Maximiano
Al padre del médico al que me he referido antes, le dedicaron esta plaza, al lado de la nuestra y con vistas a la carretera, por haber sido un gran benefactor del pueblo.
Era de visita obligada diaria, pues a las 12 de la mañana, paraba allí el coche de línea, foco de atracción para todo el mundo. A continuación del espectáculo de su llegada, Valentín el cartero, que vivía en la misma plaza, repartía el correo a los que iban hasta allí. Yo también preguntaba si había carta para nosotros. Nunca, pero aprovechaba para recoger el correo de D. Marcelino el cura y amigo nuestro, quien por lo poco recibía diariamente los periódicos “El correo de Zamora “ y “El pensamiento astorgano” y que me dejaría leer si se los pedía.
La escuela
No era importante pues estaba cerrada en vacaciones, pero en uno de sus laterales tenía un tejadillo, apoyado en unas rocas, por las que fácilmente se subía a él, y eso hacíamos Nardo y yo, para comprobar si el coche de línea se veía a lo lejos, empezando a bajar la curva del río. Entonces sabíamos que tardaría unos 12 minutos en llegar y nos íbamos a la otra plaza a esperarlo.
Bares y comercios
A parte del café del abuelo, estaba el de “su rival” en la plaza de D. Maximiano, “El café de Eugenio”. Ambos dueños se llevaban muy bien y los clientes no solo se repartían, sino que iban a los dos.
Al café de Eugenio yo fui varias veces a tomar el vermú y también a jugar la partida o a jugar al dominó. Cuando el Sr. Eugenio fue haciéndose mayor e incluso antes, despachaba con él una de sus hijas, que duplicaba mi edad, que era muy guapa y cuyos ojazos negros, “me encandilaban” y me hacían soñar a veces con ella. Con el tiempo, como le pasó al nuestro, este café se cerraría, tomando el relevo el de “Paco Guerra”, situado en la misma plaza y luego aparecerían dos o tres más, que perviven en la actualidad, junto con una estupenda “Discoteca”.
De los tres comercios: el de Cloti, el de Bea y el de Franco, iba con mi tía o me mandaban a comprar a uno de los dos últimos. Ambos estaban en la parte alta del pueblo, en una plaza en la que está el “Pozo de Matalera” y también se encontraba allí la casa de mi tía Carmen y los primos de “La Veguilla”. Normalmente en estos comercios tenían todo lo necesario para abastecer lo poco que el pueblo demandaba y todos además estaban satisfechos de su trato y de sus precios
El cementerio
Siempre me daba cierto “yuyu” al acercarme a él y más en aquella soledad que se sentía, pues por estar situado a escasos metros de las últimas casas del pueblo, apenas nadie pasaba por allí.
En él estaban enterradas mi abuela Encarna, la abuela Flores, algún primo y ahora ya el abuelo Antonio y tía Jovita. Cuando venía de Justel y después de pasar “La fontanina”, se divisaba en lo alto y me acostumbré a rezar un padrenuestro por todos ellos, pero si algún día iba al río a pescar por el camino de “Tijera” y pasaba por la puerta, me acercaba a ella y viendo las nuevas lápidas y monumentos, que lo han ido transformando, me entraba “más yuyu”, pero rezaba mi padrenuestro y seguía.
El cuartel
Al principio la dotación se componía de un cabo primero y seis guardias civiles. El servicio de guardia se prestaba en los bajos del Ayuntamiento y todos ellos estaban alojados en casas particulares. Uno que llegó soltero y de apellido Armario, se alojaba en nuestra casa, durmiendo en la habitación de abajo. Alguna vez comió con nosotros en el mostrador.
Con el tiempo el servicio aumentó y también la dotación e hicieron un cuartel, al comienzo del camino de Fenal y allí se alojaban todos con sus familias. Desde la carretera se veía ondear la bandera en su puerta. Más adelante, se llevaron la dotación a Palacios, el cuartel se cerró y se volvió a la situación anterior.
De la guardia civil recuerdo: el respeto que infundían. el guardia que delante del cuartel hacía el servicio de “puertas”, la llegada de algún oficial al pueblo, que cuando venían a caballo los ataban delante de nuestra casa, de cómo una vez en la plazuela, uno de los números comprobando su arma y mientras la tenía apuntando a la rejilla del suelo de entrada a casa de D. Marcelino, se le disparó y la bala salió rebotada, no hiriéndole de casualidad. Cuando estaba el periodo de máximo apogeo de los guardias en el pueblo, les regalaron una nueva bandera. Ese día vinieron muchos guardias civiles y oficiales a la entrega de la bandera y formaron todos delante de la iglesia, para su bendición.
Casualidades de la vida. Uno de los sargentos que estuvo un par de años de Jefe de la Comandancia en Muelas, me lo encontré años después, dando tortas en un bar a los pueblerinos del pueblo andaluz, donde yo iba a ejercer de Maestro, porque no se movían para ir a apagar un incendio. Los dos habíamos dado un gran salto a través de España.
“Tijera”
Era sin duda el punto más alejado del pueblo. Lejos, lejos. Era una tierra que mi abuelo había arrendado o heredado por allí. En dirección Sur, siguiendo el curso del río y al lado de él. El abuelo iba alguna vez a regar a “Tijera” y si no llevaba el burro, Nardo y yo le acompañábamos y mientras él regaba, nosotros jugábamos por la orilla del río.
La Iglesia
Dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, patrona del pueblo, estaba muy cerca de casa y los altavoces instalados en el campanario, que avisaban de los actos y tenían música, se oían con toda nitidez.
Además de ir a Misa y alguna vez a la Novena del Cristo, sirvió para que unas ocho o nueve veces, a instancias de D. Marcelino -el cura- y por haber ido con mi primo Nardo, que era monaguillo, varias veces hasta la Sacristía, me convirtiera también en monaguillo, durante las misas de diario. Acudía poca gente, pero para mí era suficiente. Intentaba hacerlo bien, pero como Nardo era el monaguillo “oficial”, hacía lo que él decía y aunque se lo pedí y me hubiera gustado hacerlo, nunca me dejó tocar la campanilla.
Fuera de la iglesia y enfrente de la puerta, había una pared de piedra, que cercaba a una huerta y yo me subía hasta la mitad, para ver un espectáculo que llamaba mi atención: un pozo del que salían los cangilones repletos de agua, desde una noria que movía la fuerza de un borriquillo dando vueltas Era bonito ver como corría el agua por los surcos de la finca.
Iglesia románica de La Asunción, de Muelas
Portada de la iglesia de Muelas
Viniendo un día de Justel, sobre las 6 de la tarde, y antes de entrar al pueblo, al pasar por la pared posterior de la iglesia, vi que había varios huecos en ella y que en uno se colaba un pájaro. Ya se sabe lo que pasó. Solté el “palo de peregrino” que llevaba en la mano y me puse a escalar el muro y cuando había metido la mano en el agujero -no había nada- comenzaron de repente a tocar las campanas. Estaban tocando a fuego. Debió ser el susto, porque me caí y me di “una gran culada”. Apenas tuve el tiempo de besar a mi tía, pues salimos de inmediato en dirección a Donado, y cerca de la curva del puentecillo, estaba el fuego. Fue al primero que yo asistí y como todos estuve apagando, golpeando con unas ramas verdes que enseguida cortamos. Era pequeño y no tardó en apagarse, pero fue mi primera experiencia como bombero en Muelas. Pocos días después se dio otro en una casa del pueblo, al que asistí como testigo, viendo como dos personas subidas en escaleras, apoyadas en la parrel iban arrojando cubos de agua, que una cadena humana transportaba, desde el vecino pozo de Matalera.
Incendio en La Carballeda. Una triste y cotidiana realidad de cada verano
“El Piñedo”
Subiendo a la parte de arriba del pueblo y al terminar la última casa, había unas pequeñas rocas, que indicaban que empezaba “El Piñedo”, una zona de monte bajo, con frecuentes peñascos y suelos de pizarra, y que desembocaba en una gran meseta, desde la cual, aparte de respirar un aire limpio, que yo metía en el cuerpo con profundas inspiraciones, sentado en alguna peña, disfrutaba de un gran paisaje, viendo el pueblo, Fenal, la carretera, el valle que formaba el río y según donde te pusieras, podías ver también “la peña del sapo” -una roca que parecía este animal y que estaba junto a la carretera y a lo mejor otra donde según la leyenda, quedó la huella de una pisada del caballo de Santiago, camino de la batalla de Clavijo-.
Siempre disfruté de aquellos aires del Piñedo y además volvía a casa con unas tremendas ganas de comer.
El huerto
Muy pequeño, pegado a otros, cerca de la fuente y del Ayuntamiento, fui muy pocas veces a ver como mi tía o mi abuelo, arrancaban un par de lechugas o regaban unas matas de cebollas o tomates.
“Fenal”
Después de pasar el cuartel de la guardia civil y por el camino de los castañales, como a un kilómetro, se hallaba el jardín de “Fenal”. Era un hermoso jardín con todo tipo de plantas -hoy figura en los catálogos turísticos de la Diputación de Zamora-, fuentes y una singular casa construida de una forma arquitectónica muy atrevida, sobre una roca.
Casa sobre roca en el Jardín Fenal
“El jardín de Fenal” es todo un símbolo para el pueblo. Había sido construido en el siglo XIX, por la familia de D. Maximiano, a la que perteneció, hasta que fue vendido junto con la casa de la plazuela a su actual propietario. Se ve ya desde la carretera, al entrar en el pueblo. Yo tenía muchas ganas de verlo, pero como era una propiedad privada, nunca surgía la ocasión. Al fin se presentó y pasé allí una buena tarde, gozando de su vista.
Secuoyas en el Fenal
La casa de Doña Paula
Era una de las últimas casas antes de empezar el Piñedo. Doña Paula era la mujer de D. Secundino el veterinario y junto con sus hijos Conchita y Cundi, eran todos amigos de nuestra familia, amistad que aunque la distancia nos ha separado a todos, ha perdurado.
Ir a casa de Dña. Paula era para Nardo y para mi una fiesta. Tenía una casa muy grande, no porque fueran ricos, sino porque era así con muchas estancias, establos, cuadras. Yo me entretenía mucho porque aparte de ir por aquellas estancias, los dos hermanos tenían cuentos y tebeos que me dejaban. Nos invitaban a merendar. También jugábamos los cuatro al parchís y a las cartas, en la cocina -ya económica- y allí no sé por qué, quizá intuición mía, Conchita, que no era guapa sino normal y un poco gruesa y que me llevaba un par de años, jugando de pareja conmigo, se arrimaba y me miraba de un modo especial.
Lo estupendo de la casa es que al otro lado de la calle, tenía una magnífica huerta con grandes árboles y un pozo para regarlos. Allí estaban los manzanos, pero sobre todo los perales. No solo nos subíamos a ellos, pues algunos tenían el tronco bajo para colgarnos o hacer columpios, sino que daban unas peras de varias clases. Sobre todo uno cuyas peras estaban buenísimas. Durante mis estancias en el pueblo, aquella huerta era para mí un paraíso.
La apicultura, una de las pocas actividades que quedan vivas en la zona