
J. M. Álvarez (Insurgente – Kaosenlared)
Mientras el G-8 estaba reunido en Escocia para continuar planificando el reparto del planeta, el terrorismo islamita volvió a golpear indiscriminadamente, esta vez en Londres.
Los países implicados en actividades imperialistas no se molestan en preparar a sus ciudadanos para afrontar las consecuencias que deparan sus políticas abyectas. Sus dirigentes disfrutan de medidas de seguridad que no alcanzan a la clase trabajadora que, indefensa, paga, injustamente, el precio de los crímenes de guerra cometidos por Bush, Aznar(por suerte ya en la reserva) y Blair. Muchas de las víctimas de Londres, como las de Madrid, se habían posicionado contra la guerra de Iraq, y eso deben tenerlo en cuenta a la hora de exigir responsabilidades.
Zapatero dijo, solemnemente, que los terroristas no podrán vencer porque los valores de la ”democracia” son más fuertes. ¿Serán los valores que hemos visto en Abu Ghrait y seguimos viendo en Guantánamo? Por su parte Tony Blair, afirmó que nadie podrá cambiar la forma de vida de la sociedad occidental cuando son precisamente ellos, en aras de sus intereses, quienes pretenden cambiar la vida de los demás, para peor. Como es lógico, los servidores de Falsimedia, justifican las medidas anunciadas, para el control de las conversaciones telefónicas e Internet, con el argumento de que, el primer derecho del ser humano, es el derecho a la vida. Pero quedan en evidencia, cuando no tienen en cuenta ese derecho cada vez que acusan a Cuba, – un país con una esperanza de vida similar a la de los países del primer mundo- por desarrollar, y mantener, una serie de medidas de seguridad necesarias para disuadir las acciones terroristas financiadas por la CIA y la extrema derecha cubana. Nadie debe confundirse. No estamos asistiendo al comienzo de un sistema policial porque éste ya existe. Es necesario recordar que, en el mundo ”libre”, la Red Echelon lleva realizando esas labores desde hace años.
La violencia engendra violencia. ¿Quizás la globalización imperial está desarmada? Los países imperialistas más poderosos poseen bombas atómicas, miles de aviones y buques de guerra para llevar a cabo sus planes de saqueo. Es la sociedad capitalista la que ha elevado la violencia a unos extremos increíbles, generando una especie de culto en torno a ella, que ha transformado al ser humano en un animal. Eso ha provocado la respuesta feroz de quienes se sienten despreciados y oprimidos. En Iraq, la resistencia tiene el legitimo derecho de luchar contra la ocupación yanqui utilizando las armas que estén a su alcance. Ese derecho, a veces, provoca que nos hagamos una reflexión moral cuando un atentado, dirigido contra las fuerzas ocupantes, ocasiona una masacre de niños inocentes la cual es utilizada, de inmediato, por los medios «democráticos». No vemos que suceda lo mismo- ni se produce reflexión alguna- cuando es la «democracia» quien bombardea reuniones de civiles o celebraciones de bodas, causando los mismos efectos.
La revista británica The Lancet, publicó una investigación sobre la muerte de civiles en la guerra de Iraq. El estudio, patrocinado entre otros por instituciones norteamericanas, denunció la muerte de más de cien mil civiles iraquíes. Para realizar un mínimo análisis sobre los últimos acontecimientos, es imposible olvidarse de esos cien mil muertos, victimas del terrorismo occidental. La mayor parte de quienes habitan en el mundo rico observan las imágenes del horror en Bagdad como una noticia vaga, remota, un tanto ajena, que sucede en un país lejano. Casi todos olvidan que el responsable directo de ese terror, que nunca se acaba en Irak, y otros lugares del mundo, es el imperialismo y su avaricia depredadora.
La estrategia neoliberal está planificada, y organizada, desde hace tiempo para mantener la supervivencia de la plutocracia. La oligarquía mundial carece de escrúpulos, y los gobiernos que gestionan sus intereses no hacen nada, excepto saquear los recursos del tercer mundo. Es la opulencia occidental la que provoca crisis energéticas como consecuencia del despilfarro, y son los países pobres, explotados y humillados, los que garantizan la energía que derrochan los ricos. Pero el petróleo y el gas no son inagotables y el imperialismo lo sabe. Estados Unidos fue el mayor productor de petróleo del mundo y satisfacía sus necesidades, pero con el rápido crecimiento de su economía comenzó a importar más petróleo del que exportaba. En 1973 sus importaciones eran solo del 36% del consumo interno y ahora superan el 60%. Prácticamente es un país deficitario en energía. Esa fue la razón de la invasión de Iraq, ejecutada dentro del contexto de la globalización, y la guerra preventiva, que la acompaña. La brutal agresión norteamericana, unida al intercambio desigual que agiganta la brecha económica entre pobres y ricos, son algunos de los factores que desencadenaron los atentados de Londres y Madrid.
Según determinadas fuentes, las reservas de petróleo se agotarán en cien años. Occidente lo sabe y utiliza la energía de que dispone, comprada a los precios de su mercado, o simplemente robada, para- además de derrocharla iluminando faraónicamente sus grandes urbes- desarrollar la tecnología necesaria que logre una energía alternativa para el futuro… del mundo rico. Se estima que la producción de petróleo en el año 2020 será igual a la del año 1980, pero para entonces la población mundial será un 200% mayor y más industrializada. La demanda de petróleo sobrepasará la producción, subirán los precios de las gasolinas, de los productos industriales fabricados en los países desarrollados, así como los alimentos y las medicinas. ¿Qué futuro les espera a los países del tercer mundo que no pueden invertir nada en investigación porque tienen que priorizar las necesidades más elementales? Estimaciones realizadas por biólogos, que han estudiado lo que sucede a las especies que agotan los recursos de su ambiente, indican que la población mundial podría sufrir cerca de seis mil millones de muertes. Es fácil imaginar cuales serán las regiones que se verán afectadas.
La oligarquía intenta ocultar a la opinión pública el fondo del problema utilizando la argucia de que, el terrorismo integrista, nada tiene que ver con los pobres, porque su origen está en las fortunas de millonarios como Ben Laden. Pero ni fortunas millonarias, ni el estatus, más o menos cómodo, de los suicidas responsables del atentado de Londres pueden ocultar un dato objetivo: la mayoría de los países musulmanes forman parte del tercer mundo. Es la vieja historia de siempre, que se repite en América Latina y otros lugares del mundo. Mientras elementos corruptos se turnan en los gobiernos de ”democracias” controladas, para proteger los intereses de las multinacionales, en los países musulmanes, la pobreza imperante considera una ofensa la riqueza de unos pocos reyezuelos y jeques petroleros que ejercen idéntica labor. Esa pobreza ha sido el caldo de cultivo ideal para el auge del fundamentalismo.
Esta no es una confrontación entre religiones o formas de vida. Estamos, una vez más, ante el eterno conflicto entre una minoría que pretende mantener, y ampliar, sus privilegios, y una inmensa mayoría que no tiene nada. Hay que tener claro que todos los pobres, musulmanes, ateos o de otras confesiones, están condenados a desaparecer si continua vigente el actual sistema político-social.
El panorama no es alentador. En España se han detenido a personas acusadas de reclutar voluntarios que querían ir a combatir a Iraq, como si fuera un delito unirse, solidariamente, a la lucha de un pueblo que pugna, por expulsar de su suelo, al ejército invasor. Sin embargo, nadie molesta a quienes se dedican a contratar a mercenarios privados que cometen todo tipo de crímenes y desmanes en aquel país. Por su parte, el Imperio planifica nuevos actos terroristas contra Cuba, porque constituye un mal ejemplo, advierte a Siria, porque la guerra en Iraq no le va bien, y amenaza a Irán, Sudán y Venezuela, porque quiere adueñarse de sus reservas de petróleo.
El orden mundial es intolerable y criminal. Une, a los peligros de la guerra, una gravísima irresponsabilidad que supone un peligro para todos sin excepción. Hay que seguir denunciando a esos gobiernos, y a los criminales instalado en ellos, porque los ciudadanos del mundo occidental también somos víctimas del imperialismo. No es una solución definitiva cambiar de Gobierno, hay que cambiarlo todo. Zapatero, limitándose a retirar las tropas de Iraq para llevarlas a Afganistán o Haití, nos ha dejado en el mismo punto de mira. Se hace imprescindible luchar por una democracia real, popular y participativa. El viejo sistema, solo representa los intereses de las grandes fortunas; por tanto es necesario derribar sus apuntaladas paredes pues está en juego nuestra supervivencia. Hoy, más que nunca, revertir el orden mundial impuesto por el capitalismo es, además de una obligación, una necesidad vital para la especie humana.
http://www.redasociativa.org/elinsurgente/modules.php?name=Sections&sop=viewarticle&artid=260
> Destruir el capitalismo, necesidad vital de la especie humana
Una buena exposición de lo que es realmente -no el que ‘pintan’ la mayoría de los medios- el mundo en que vivimos.., por ahora, algunos.
Espabilemos ya de una vez. Si no por los demás, que parece que es demasiado pedir, al menos por nostros y nuestros hijos.
¿El enemigo de mi enemigo es mi amigo?
Hace ya setenta años, en algunos ensayos de la compilación Elogio de la ociosidad (disponible en castellano: 2000, editorial Edhasa, y en internet, el enlace de abajo) el filosofo Bertrand Russell dio argumentos similares a los del artículo de arriba para indicar por qué era un beneficio para la humanidad prescindir del capitalismo. Dio 9 razones, entre las que cabe destacar la novena, acabar con las raíces de la guerra, que veía en las necesidades de la plutocracia.
También incluyó otras razones que, con pequeños reajustes, se adaptan a lo que dice el artículo de J.M.Álvarez y a la actualidad. Por ejemplo, la conveniencia de evitar que se formen monopolios que se beneficien del progreso tecnológico -por ejemplo, en el artículo de J.M. Álvarez, las formas de energía sustitutas del petróleo- o la sobreproducción inherente al capitalismo.
Sin embargo, aunque soy de los que estoy de acuerdo con el artículo de J.M. Álvarez (en general), no cito aquí a Russell para que como personas acomplejadas nos alegremos de que alguien tan inteligente comparta nuestros pensamientos, o como llorones lamentemos que setenta años después la situación no pinte mejor, sino porque pienso que Russell tuvo en cuenta algo que suele escaparse de las frases hechas y lemas de la gente de izquierda, y que le evitó incurrir en el error de tomar por amigo al enemigo de su enemigo.
Doy una pista. La interpretación que Russell hace de las mentes receptivas a la propaganda fascista valía también, con matices, para la Inglaterra contemporánea, y valdría hoy para, por hablar sólo de la gente de mi meseta, los oyentes de la COPE. ¿Tenemos la seguridad de que no vale también para la ‘legítima resistencia musulmana’, en el sentido de que ésta se encandila con «fuegos fatuos», abrumada por «el miedo a la competencia»?
En fin, como nadie se explica mejor que el propio Russell, remito especialmente a los ensayos ‘La ascendencia del fascismo’, ‘Escila y Caribdis, comunismo y capitalismo’, ‘La coyuntura del socialismo’, advirtiendo de lo que espera con una cita del primero:
«La decadencia de la razón en política es un producto de dos factores: por una parte, hay clases y tipos de individuos para los que el mundo, tal como es, no ofrece perspectivas, pero que no ven esperanzas en el socialismo porque no son asalariados; por otra parte, hay hombres inteligentes y poderosos cuyos intereses se oponen a los de la comunidad en general, y que, por tanto, pueden conservar mejor su influencia promoviendo varios géneros de histeria. El anticomunismo, el miedo a los armamentos extranjeros y el odio a la competencia exterior son los fantasmas más importantes (…) se los emplea para impedir la consideración inteligente de asuntos prácticos. Las dos cosas que más necesita el mundo son el socialismo y la paz, pero ambos son contrarios a los intereses de los hombres más poderosos de nuestro tiempo. (…) Cuanto mayor es el peligro de socialismo y paz, tanto más los gobiernos corrompen la vida mental de sus súbditos; y cuanto mayores son las dificultades económicas del presente, tanto más predispuestos están los que las padecen a dejarse seducir, abandonando la sobriedad intelectual en favor de algún engañoso fuego fatuo.
La fiebre del nacionalismo, que ha venido elevándose desde 1848, es una forma del culto a lo irracional. La idea de una verdad universal ha sido abandonada (…) Entre esas «verdades» diferentes, si se desespera de la persuasión racional, la única alternativa posible es la guerra y la rivalidad en la locura propagandística. Hasta que los profundos conflictos entre naciones y clases que infectan nuestro mundo hayan sido resueltos, difícilmente podamos esperar que la humanidad retorne al hábito mental racional. La dificultad radica en que, mientras prevalezca lo irracional, sólo por casualidad podrá alcanzarse una solución de nuestras calamidades; porque así como la razón, por ser impersonal, hace posible la cooperación universal, lo irracional, al representar las pasiones privadas, hace inevitable la pelea. Es por esto que el racionalismo, en tanto búsqueda de un nivel de verdad universal e impersonal, es de importancia suprema para el bienestar de la especie humana, no solamente en las épocas en que prevalece fácilmente, sino también, y aún más, en los tiempos menos afortunados en los que es despreciado y rechazado como el vano sueño de hombres carentes de la virilidad necesaria para matar cuando no pueden ponerse de acuerdo».