
La eliminación de Muamar Gadafi, el 20 de octubre de 2011, significó el fin de su régimen despótico, pero no del caos en Libia. Los daños colaterales de los ataques aéreos occidentales afectan hoy a todos los países del Sahara. Para evitar semejante desastre, la Unión Africana había propuesto una solución política antes de que se produjera la intervención extranjera. Tenemos el testimonio de uno de los actores significados, Jean Ping – exministro de Relaciones Exteriores de Gabón y expresidente de la Comisión de la Unión Africana. (Le Monde Diplomatique, agosto 2014) 1
En 2011, en un lapso de dieciséis días, dos incursiones militares extrajeras de envergadura tuvieron lugar en el espacio soberano de África, sin que la Unión Africana, considerada insignificante, fuera consultada. Entre el 4 y el 7 de abril, las tropas francesas intervenían en Costa de Marfil. Unos días antes, a partir del 19 de marzo, fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), principalmente francesas y británicas, habían comenzado a bombardear Libia. Para el ex presidente surafricano Thabo Mbeki, estos acontencimientos reflejaron “la impotencia de la Unión Africana para hacer valer los derechos de los pueblos africanos ante la comunidad internacional”. Sin embargo, hecho ignorado por los medios de comunicación, en estos dos conflictos, la organización cuya Comisión presidí entre 2008 y 2013 había planteado soluciones pacíficas concretas, que los occidentales y sus aliados descartaron sin dar explicaciones. A comienzos de 2011, todo había cambiado en el Norte de África. El 14 de enero, el presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali se daba a la fuga. Tomada por sorpresa, Europa no intervenía. El 10 de febrero, en Egipto, Hosni Mubarak dimitía. El 12 de febrero, las protestas se extendían a la vecina Libia. Para los occidentales, este último levantamiento fue una excelente oportunidad: les permitió representar fácilmente el papel de héroes humanitarios y hacer que se olvidase su apoyo a los demás regímenes dictatoriales. Con la aprobación de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 17 de marzo, pensaban que habían obtenido luz verde para iniciar una danza macabra en torno al dirigente libio Muamar el Gadafi. Entre los protagonistas de este conflicto figuraba en primer lugar el Consejo de Transición Nacional (CTN) y sus revolucionarios heteróclitos, que tenían como único objetivo común deshacerse del tirano. Para lograrlo, les era indispensable un apoyo exterior. En segundo lugar, intervenían la coalición internacional y su brazo armado, la OTAN, que interrumpieron, cual justicieros, en esta nueva batalla del desierto. Pretendían reaccionar ferozmente a las maniobras de Gadafi y, al igual que con Saddam Hussein, eliminarlo definitivamente. Pero, para deshacerse de un solo hombre y detener una masacre de civiles, ¿hacía falta librar una guerra punitiva de esta dimensión y perpetrar otra masacre de civiles inocentes? Se jugaba con fuego, y ya podía preverse el caos que, al igual que con Somalia, Iraq, Afganistán y otros lugares, se generaría. El bando occidental contaba naturalmente con el hermano mayor estadounidense, la “nación indispensable”, según la expresión de la ex secretaria de Estado Madeleine Albright. Sin embargo, en ese momento Barack Obama daba a conocer su nueva doctrina de giro hacia el Asia – Pacífico. Estados Unidos, sumidos en sus problemas internos surgidos de la crisis económica y financiera, sentía la necesidad de replegarse en cierta medida sobre sí mismo. Había decidido pues ejercer, a partir de entonces, su liderazgo mundial “desde atrás”. Abandonando las tradiciones de su diplomacia, Francia, en cambio, se puso al frente de la coalición internacional antigadafista. Dirigió las hostilidades “desde el frente”, y por mandato internacional. Pero, ¿quién gobernaría la Libia post-Gadafi? ¿Quién sabría apaciguar las tensiones interregionales, intertribales e interreligiosas que surgirían ineluctablemente de la terrible confrontación futura? ¿Cómo evitar el caos interno y la desestabilización externa, especialmente en el Sahel? Éstas eran las preguntas esenciales que nos hacíamos en el seno de la Unión Africana. La Resolución 1973 se limitaba a exigir un alto el fuego y prohibir todos los vuelos en el espacio aéreo libio para proteger a los civiles; excluía el despliegue de un ejército de ocupación. Sin utilizar su derecho a veto, Rusia y China, a falta de respuestas sobre los medios contemplados para aplicar esta resolución, habían optado prudentemente por la abstención (al igual que Alemania, Brasil y la India). La intervención militar, a través de las fuerzas especiales en el terreno, la ayuda a los rebeldes o los ataques aéreos contra las tropas y los centros de mando, constituyó pues para estas dos potencias una afrenta y una desviación del procedimiento. Nunca se había planteado deshacerse de Gadafi o imponer un cambio de régimen. Las maniobras occidentales, consideradas ilegales e inmorales por muchos, suscitaron numerosas reacciones internacionales, como aquella, particularmente mordaz, de Mbeki: “Pensábamos que habíamos acabado definitivamente con quinientos años de esclavitud, imperialismo, colonialismo y neocolonialismo… Ahora bien, las potencias occidentales se arrogaron de forma unilateral y sin pudor el derecho de decidir sobre el futuro de Libia”. Este “arrebato” mostraba un sentimiento de humillación ampliamente compartido. Para nosotros, sin duda alguna, el fantasma de la guerra civil, la división, la somalización, el terrorismo y el narcotráfico sobrevolaban Libia. ¿Por qué éramos entonces los únicos que lo veíamos? ¿Iban a luchar allí por la defensa de la democracia, por el control del petróleo, en función de sórdidas razones electoralistas –Sarkozy ya estaba en campaña para su reelección al año siguiente-, o incluso por todo eso a la vez? ¿No había, en esa instancia, otros caminos posibles que no fuesen los bombardeos masivos?


- ‘Le monde diplomatique’ no suele difundir sus artículos en abierto por razones muy razonables; me permito una excepción publicando un amplio extracto de este artículo por su interés en el contexto de Tortuga y pensado que, de hecho, hago publicidad de una revista que da a conocer hechos como éstos. ↩︎