
Correo Tortuga.
Jens Wernicke
Traducido por Javier Fernández Retenaga
El ejército alemán ha pasado hace tiempo de ser un “ejército de defensa” a ser un “ejército para la ofensiva”. Tras todas las razones eufemísticas que se aducen para ello –unas veces la paz, otras los derechos de las mujeres, otras la ayuda a los pobres del mundo– se esconde ante todo un objetivo: convertir de nuevo a Alemania por todos los medios en una potencia mundial y colocarla en primera línea en la lucha por las materias primas, el acceso a los mercados y las rutas comerciales. A este respecto algunos en la izquierda hablan de neocolonialismo, otros de neoimperialismo, pero todos quieren decir lo mismo. Jens Wernicke conversa con Jürgen Wagner, director y miembro del Consejo del Centro de Información sobre la Militarización, de Tubinga, sobre las aspiraciones de las élites alemanas de volver a formar parte de una potencia mundial, que han ido tomando la forma de una campaña y aparecen reflejadas en casi todos los debates actuales sobre políticas de seguridad.
Sr. Wagner, el Centro de Información sobre la Militarización organiza del 14 al 15 de noviembre un congreso titulado “Alemania: No a una nueva gran potencia”. ¿Qué se va a tratar en él?
Jürgen Wagner es licenciado en Ciencias Políticas, director y miembro del Consejo del Centro de Información sobre la Militarización, de Tubinga, y miembro de la redacción de la revista Wissenschaft und Frieden (Ciencia y Paz).
En primer lugar nos proponemos poner de manifiesto que este cambio de paradigma en la política exterior y de seguridad alemana estaba planeado desde hace tiempo. Unos cincuenta delegados se reunieron durante más de un año para elaborar el proyecto ”Neue Macht, Neue Verantwortung” [PDF – 259 KB] (“Nuevo poder, nuevas responsabilidades”) y llegar a un acuerdo sobre las bases para una nueva política de poder alemana. Ese documento se publicó en septiembre de 2013, y contiene en lo fundamental todos los elementos que Joachim Gauck expuso a una audiencia más amplia en su discurso de comienzos de 2014.
Pero poner de relieve el proceso por el que las élites han llegado a un consenso es sólo una de las partes. En la otra se pretende naturalmente examinar en qué medida este nuevo rumbo se está plasmando en la práctica política. Si bien esa tendencia se aprecia desde hace tiempo, en nuestra opinión se puede observar que en los últimos tiempos Alemania se está empeñando con más vehemencia que antes en asumir “responsabilidades” en toda una serie de conflictos e implicarse de forma más activa en todo el mundo, más de lo que se le vende a la opinión pública.
¿Pero qué hay de malo en asumir como país “más responsabilidades” en y hacia el mundo?
En primer lugar, el concepto es de una vaguedad absoluta. Alemania puede –y debe– asumir la responsabilidad en gran cantidad de asuntos. Hay muchos, ciertamente: el país se encuentra desde hace casi 45 años muy por debajo del 0,7% del producto nacional bruto que por entonces se prometió destinar a la ayuda al desarrollo. En 2013 fue de apenas el 0,38%. Con su política económica de cara al exterior y su papel como tercer mayor exportador mundial de armamento, Alemania es en gran medida responsable de la pobreza y el caos que reina en muchas partes del mundo.
Pero en lugar de hacer frente a esta responsabilidad y ocuparse de las causas de ese sufrimiento que radican en nuestro propio país, una y otra vez se echa mano de dos únicas supuestas “soluciones”. Por un lado, consolidar Europa como una fortaleza, lo que desde 2000, según el estudio de este año de Amnistía Internacional “The Human Cost of Fortress Europe” [PDF – 1.9 MB] (El coste humano de la fortaleza Europa), ya ha costado la vida a más de 23.000 personas en su intento de huir a Europa. Y, por otro, se afirma obcecadamente una y otra vez y se intenta –en vano– demostrar que para “solucionar” los conflictos, así como en general para asumir las responsabilidades internacionales, es irrenunciable la utilización de medios militares. Y eso a pesar de que el balance de las intervenciones militares internacionales muestra con claridad que estas constituyen buena parte del problema, y no de la solución, de muchos conflictos.
No hace falta más que observar la situación actual en Libia, por mencionar sólo un ejemplo. Sin embargo en nuestro país parece predominar la idea de que la clase política sabe lo que hace, lo cual me resulta totalmente incomprensible en vista del balance de la política exterior y de seguridad alemana. A este respecto Peter Bürger ha publicado recientemente en Telepolis una “polémica pacifista” que encuentro muy acertada, en la que reclama que se les retire de una vez a las élites ese voto de confianza. Escribe lo siguiente:
“Los suministros de armas, los bombardeos aéreos o las tropas sobre el terreno no pueden poner fin a las explosiones de violencia que el propio complejo militar provocó. Suministro de armas o intervención militar son los lemas desesperados de los que están desorientados. Cualquiera que reflexione un poco hoy puede ver que los belicistas han vuelto a perder el norte. Pretenden tener listas las ‘soluciones’ y de alguna manera bajo control el mundo que han ‘reordenado’. Pero la realidad es que no es así.”
Esta crítica se dirige por supuesto fundamentalmente al objetivo señalado de manera oficial, por ejemplo la protección de los derechos humanos, que en casi todas partes se utiliza como legitimación para las intervenciones militares. Es conveniente juzgar al Gobierno por la consecución o no de lo que indicaban sus argumentos: esto nos permite ver que de ningún modo se trataba de nobles fines humanitarios, sino de pura política de poder que hay que disfrazar con otras razones que puedan convencer a una población escéptica ante las intervenciones militares. Lo que quiero decir es que desenmascarar la falsedad de la propaganda de las élites es condición necesaria para una urgente crítica fundamental de la política belicista de nuestro país.
Informaciones sobre el congreso
¿Puede desarrollar esto un poco más?
Pues bien, si se examina con un poco de atención el documento “Neue Macht, Neue Verantwortung” que he mencionado antes y que en cierto modo actúa como base común de acuerdo y consenso de las élites con respecto a la futura política exterior y de seguridad alemana, la aspiración a ser una potencia mundial, con apoyo militar, se formula sin reparo en casi todas las páginas.
Ahí se critica, por ejemplo, que Alemania es en la actualidad únicamente una “potencia mundial en estado de espera”, pero que en el futuro “deberá tomar más el mando”. Se dice también que Alemania “deberá articular con más claridad sus propios intereses y valores”, y que esto requiere ineludiblemente, “más implicación militar y mayor liderazgo político”.
En principio esta consideración es muy simple, y no es novedosa: ya en las „Verteidigungspolitischen Richtlinien“ [PDF – 76,9 KB] (Directrices de la política de Defensa), de 1992, se dice que “una mayor influencia en las instituciones y procesos internacionales se funda en nuestro poder económico y nuestra contribución militar”. Dicho claramente: quien no colabora con sus tropas en una medida considerable, tampoco tiene voz en la escena internacional. Pero también significa que se identifica los intereses de las élites con los “nuestros”, que se codifican y transmiten de manera propagandística como si fueran los intereses de todos nosotros. Lo que en la actualidad es novedoso es sobre todo la vehemencia y la agresividad con la que se abordan y se imponen esos intereses con el fin de hacer posible –las élites dirán: ¡al fin!– el ascenso de Alemania en la escena política mundial.
De ningún modo se debe permitir que nos cieguen con toda esa retórica de la responsabilidad con que nos salen al paso a los ciudadanos, su único propósito es el de ocultar las razones de poder político que mueven sus actuaciones, camuflar los intereses reales. El profesor de ciencias políticas Gunther Hellmann lo expresó con claridad y precisión hace algún tiempo:
“Alemania, se dice, tiene que asumir una ‘responsabilidad de liderazgo’. Una ‘cultura de la retención’, tal como se entendía en la época de Bonn, ya no es conciliable con una ‘responsabilidad’ en materia de política que ha aumentado de tal manera. (…) Berlín dice ‘asumir responsabilidades’, pero lo que quiere decir es ‘ejercer el poder’”.
Todo esto me resulta un poco abstracto… ¿Cómo se traducen esas ambiciones de forma concreta en la práctica política? Tomemos el ejemplo de Ucrania: ¿En qué medida se plasman aquí concretamente las aspiraciones de gran potencia de Alemania?
En primer lugar, la política exterior alemana no ofrece ninguna duda de que Alemania se ve como una, si no “la”, potencia dominante de la Unión Europea. Desde el principio ha tomado un papel decisivo en poner en marcha la llamada “política europea de vecindad”, que pretende integrar a los países limítrofes en gran zona económica y de influencia europea. Esto se lleva a cabo sobre todo mediante los llamados acuerdos de asociación, con cuya firma los países vecinos son de hecho incorporados a la Unión Europea, si bien no como miembros de pleno derecho, sino como países subordinados que ofrecen mercados para la inversión y la venta de productos, bajas tasas impositivas y lugares para la subcontratación.
También con Ucrania se negoció un acuerdo de ese tipo. En 2012 estaba ya listo para su firma, pero el Gobierno de Víktor Yanukóvich fue de la opinión –con toda razón– de que el acuerdo tendría efectos muy negativos sobre la economía. Esto hizo que en 2013 se tomara la decisión de dejar el acuerdo en el cajón. Lo que luego sucedió es ya conocido: inmediatamente después se produjeron las protestas de Euromaidán, con fuerte apoyo de Occidente y también de Alemania. Las protestas estaban lideradas por una alianza a tres bandas de la que formaba parte el partido “Udar”, del ex campeón mundial de boxeo Vitali Klichkó. Klichkó puede ser claramente señalado como representante de los intereses alemanes: su partido fue puesto en marcha por la Fundación Konrad Adenauer y financiado generosamente por el conservador Partido Popular Europeo.
Diversos políticos alemanes se desplazaron a Kiev y reclamaron bastante abiertamente el derrocamiento del presidente electo Yanukóvich e insistieron en que Klichkó se convirtiera en el nuevo dirigente del país. Así, por ejemplo, Elmar Brok (CDU/EOP), el influyente presidente de la Comisión de Exteriores del Parlamento Europeo, visitó Ucrania a finales de 2013 para manifestar su solidaridad con las protestas de Maidán. Después expresó sin reparos cuáles eran sus deseos:
“Vemos manifestaciones de la oposición como las que se dieron en la Revolución Naranja de 2004. Los ciudadanos y ciudadanas protestan contra las manipulaciones del Gobierno de Yanukóvich y quieren evitar que se rechace la oferta de la Unión Europea de un acuerdo de asociación y libre comercio. (…) Ucrania necesita libertad, Estado de derecho y competitividad. Al presidente le falta valor para ello, teme enfrentarse a Rusia. (…) El mejor servicio que podría hacer a su país es dejar vía libre para unas nuevas elecciones. (…) Vitali Klichkó está en condiciones de ser el nuevo presidente de Ucrania en las próximas elecciones, lo más tarde en 2015”.
En febrero de 2014 Yanukóvich fue expulsado del país bajo amenazas y se formó un ilegal Gobierno de transición, del que fuerzas fascistas formaron parte fundamental, que fue de inmediato reconocido por Alemania. No obstante, los estadounidenses se les adelantaron, consiguiendo mantener a Klichkó fuera del Gobierno y que los puestos fundamentales fueran ocupados por el Partido Patria, de Yulia Timoshenko, más próximo a ellos. Esto provocó al principio fuertes disputas entre Berlín y Washington, y es en este contexto en el que la diplomática de alto rango estadounidense Victoria Nuland pronunció aquel famoso “Fuck the EU”. Luego, en las elecciones anticipadas del 25 de mayo de 2014, se produjo una especie de vuelta atrás: Klichkó, al verse sin opciones, apoyó al que posteriormente resultaría vencedor, Petró Poroshenko, es ahora alcalde de Kiev y toma impulso para acceder a puestos de mayor relevancia.
Paralelamente, la ofensiva militar contra las fuerzas separatistas del este de Ucrania contó también con el apoyo, y sobre todo, de Alemania, y los políticos y los medios iniciaron una campaña antirrusa como no se había visto desde el final de la Guerra Fría. Esto culminó en la cumbre de la OTAN en Gales, el pasado septiembre de 2014, que puso en marcha una amplia movilización militar contra Rusia.
En lo fundamental lo que se pretende es sustituir a Rusia en su papel de gendarme en Ucrania y en toda la región; algo que, por otro lado, se expresa también abiertamente en el documento “Neue Macht, Neue Verantwortung”, ya antes de los supuestos “motivos” que ahora se nos presentan para justificar que Alemania asuma una mayor “responsabilidad”:
“La UE, en tanto que potencia regional, debe aspirar a la estabilidad y al buen gobierno en los países vecinos del sur y del este, atendiendo no sólo a los Gobiernos, sin también a la sociedad civil. (…) La política exterior alemana continuará utilizando toda la gama de instrumentos de la política exterior, desde la diplomacia hasta el uso de la fuerza militar, pasando por la ayuda al desarrollo y la política cultural”.
Justamente ahora –y seguro que no por casualidad coincidiendo con una amplia discusión en los medios acerca de la mala equipación del ejército federal– el ministro de Economía, Sigmar Gabriel, ha pronunciado un importante discurso acerca de la supuesta necesidad de fortalecer la industria armamentística alemana. ¿Inscribe también la intervención y el posicionamiento de Gabriel en su perspectiva, según la cual Alemania aspira a convertirse en una gran potencia? Si es así, ¿cómo y por qué?
Sí, totalmente. Con respecto al discurso de Gabriel del 8 de octubre, hay que decir no obstante que contempla medidas para limitar las exportaciones alemanas de armas, pero por desgracia en una medida, digamos “controlada”. El ministro de Economía se refirió en concreto a renunciar únicamente a una a) parte, de b) los suministros problemáticos, en c) las regiones en crisis con mayor peligro de que estalle un conflicto armado en una situación más explosiva. No obstante, al mismo tiempo anunció importantes compensaciones a la industria armamentística en forma de “cobertura política a la industria de defensa con vistas a la exportación”. Se estimularán así las exportaciones a países “amigos”, no sólo a miembros de la OTAN y de la UE, sino a cualquier parte del mundo. Se hace mención, por ejemplo, de Brasil e India.
A este respecto, y en general con vistas al fortalecimiento de la industria armamentística alemana, insiste Gabriel en una consolidación del sector, para lo que habrá que fomentar fusiones y absorciones, primero en el ámbito nacional y luego en toda Europa, de la que surgirán unas pocos superconsorcios armamentísticos, los llamados eurocampeones. Esto contribuirá a que la industria armamentística sea fuerte y competitiva de cara a la exportación, lo cual él –y naturalmente las élites alemanas, de las que hace de portavoz y cuyos intereses representa– considera imprescindible para poder ejercer una política de gran potencia “efectiva”. Y también este plan figura ya por desgracia en el documento “Neue Macht, Neue Verantwortung”. Ahí se dice: “Una industria armamentística europea competitiva en el ámbito internacional sólo es sostenible a largo plazo mediante una intensa consolidación de las industrias nacionales en el marco europeo; esto sirve por tanto a los intereses alemanes”.
El antiguo “partido de los trabajadores, que pretende representar a la gente de apie, se ha convertido bien a las claras en un partido belicista, pues ha acabado dejando completamente de lado cuestiones fundamentales acerca del capitalismo y la ética. No menos amargo resulta que precisamente el expresidente del SPD, Oskar Lafontaine, tras los recientes intentos del “ala reformista” de Die Linke de suavizar su negativa a las intervenciones militares, hay tenido que salir a la palestra el viernes en el Tagespiegel:
“Die Linke tiene su sede central en la casa Karl Liebknecht. Sus miembros se sienten comprometidos con el legado de Karl Liebknecht: ‘¡Abajo la guerra! En esta tradición se inscribe Die Linke cuando en su programa marco declara: ‘Die Linke es un partido pacifista internacionalista que aboga por la no violencia”. Y es que desde hace años Gregor Gysi y algunos políticos de Die Linke reconocidos por los medios como ‘reformistas’ tratan de eliminar el legado de Karl Liebknecht del programa de Die Linke. Lo hacen con vistas a la participación en el Gobierno dentro de una coalición roji-roji-verde. Pues el SPD y los Verdes han condicionado la formación de un Gobierno conjunto a la renuncia de Die Linke a sus principios pacifistas”.
A la vista de tales debates, sobre todo a la luz de las nuevas ambiciones alemanas de convertirse en una gran potencia, es hoy más necesario que nunca no caer en la trampa de esta propaganda belicista y, apelando de nuevo a Karl Liebknecht, tener presente que “¡El enemigo principal está en casa!” (mayo de 1915).
Gracias por la conversación.
Fuente: http://tlaxcala-int.org/article.asp?reference=13735