Pisar la calle y sentir la fría mañana en el rostro.

Me encanta que esté aquí, que haya venido

a obsequiarme la barbilla con sus caricias.

Te quiero, fría mañana, y tú a mi.

Llenas mis ojos de sorpresa y deleite

con tus cambiantes colores,

y, por fin,

todo se empapa de azul.

Gracias.

He de agradecer también a los zapateros

y los tejedores de calcetines

lo calentitos que recorren mis pieses

las aceras callejeras. ¿Y esas baldosas?

Gracias barro, ceramistas, albañiles.

¿El bordillo de piedra?

Pues gracias también a los canteros,

a la dinamita, a la maza y al hierro,

a los mineros y los camioneros

y a los que les prepararon el almuerzo.

Ando feliz y agradecido;

sobre mi cabeza palmeras

recortando el cielo azul.

Ya voy llegando.

Personas que aprecio me esperan

y yo agradezco que sean mis amigos,

y además puntuales, comprometidos.

Hemos convenido en un frío lugar,

en una mañana azul y fría de enero;

aunque si fuera agosto nada cambiaría,

los juzgados siempre son gélidos.

Nos abrazamos. Hay varias pancartas.

Nos sumamos al manifiesto,

que en este día azul,

es en apoyo a un compañero.

A él también le estoy, le estamos agradecidos

por ser valiente y hacer lo que dijo.

Gracias.

Ni una nube en este rato azul,

y cada vez más y más azul,

el azul lo va llenando todo,

como la marea, azul,

creciendo, azul

y más azul.

¡Joder!

¡Cuánta policía!