Hubo un tiempo en que California perteneció a Méjico y su tierra a los mejicanos; y una horda de americanos harapientos la invadieron. Y su hambre de tierra era tanta, que se la apropiaron: se robaron la tierra de Sutter, la de Guerrero, se quedaron las concesiones y las dividieron y rugieron y se pelearon por ellas, aquellos hambrientos frenéticos; y protegieron con rifles la tierra que habían robado. Levantaron casas y graneros, araron la tierra y sembraron cosechas. Estos actos significaban la posesión y posesión equivalía a propiedad.

Los mejicanos estaban débiles y hartos. No pudieron resistir, porque no tenían en el mundo ningún deseo tan salvaje como el que los americanos tenían de tierra. Luego, con el tiempo, los invasores dejaron de ser tales para convertirse en propietarios; y sus hijos crecieron y tuvieron sus hijos en esa tierra.

Y el hambre, aquella hambre salvaje, que les corroía y les desgarraba, el
hambre de tierra, de agua y campo y buen cielo cubriendo todo, acabó por
dejarles, hambre de hierba verde en continuo empuje hacia arriba, de raíces
engrosadas. Poseían estas cosas tan completamente, que ya no pensaban en
ellas. Ya no tenían ese deseo vehemente que les desgarraba el estómago, de
tener un acre fértil y una reja brillante para ararlo, simiente y un molino agitando
sus aspas en el aire. Ya no se levantaban en la oscuridad para oír el primer piar
de los pajarillos adormilados, y el viento de la mañana alrededor de la casa, a la
espera de la llegada de la primera luz que cayera sobre los preciosos acres. Estas
cosas se perdieron, las cosechas se calcularon en dólares y la tierra se valoraba
en capital más interés, las cosechas eran compradas y vendidas antes de estar
plantadas. Entonces, la pérdida de la cosecha, la sequía y la inundación dejaron
de ser pequeñas muertes en vida y se convirtieron sencillamente en pérdidas
monetarias. El dinero fue mermando el amor de aquellas gentes y su carácter
indómito se disolvió gota a gota en los intereses hasta que de ser granjeros
pasaron a ser pequeños tenderos de cosechas, pequeños fabricantes que debían
vender antes de hacer. Entonces los agricultores que no eran buenos
comerciantes perdieron su tierra, que fue a parar a manos de comerciantes
competentes. Por más inteligente que fuera un hombre, por más ternura que
sintiera por la tierra y los cultivos, si además no era buen comerciante, no podía
sobrevivir. Y conforme pasó el tiempo, los hombres de negocios se fueron
quedando las fincas y éstas se hicieron más extensas, pero al propio tiempo
hubo un menor número de ellas.

La explotación de una finca pasó a ser industrial y los propietarios imitaron
a Roma, aunque sin ser conscientes. Importaron esclavos, aunque no les dieron
ese nombre: chinos, japoneses, mejicanos, filipinos. Se alimentan de arroz y
judías, dijeron los hombres de negocios. No necesitan demasiado. No sabrían
qué hacer cobrando buenos salarios. Si no hay más que ver cómo viven, lo que
comen. Y si empiezan a espabilar, se les deporta.

Las fincas se hicieron cada vez más extensas y el número de propietarios
disminuyó. Y los granjeros eran tan pocos que daba lástima. Y los siervos de
importación fueron golpeados, amedrentados y muertos de hambre hasta que
algunos regresaron a sus lugares de origen y otros se volvieron feroces y les
mataron o les expulsaron de la región. Las fincas siguieron extendiéndose y los
propietarios fueron cada vez menos.

Los cultivos cambiaron. Los árboles frutales ocuparon el lugar de los campos
de gramíneas y el cultivo de verduras y hortalizas que habían de alimentar al
mundo proliferó en las vaguadas: lechuga, coliflor, alcachofas, patatas…, cultivos
para encorvarse. Un hombre puede estar derecho manejando una guadaña, un
arado o una horca: pero debe arrastrarse como un insecto entre las hileras de
lechugas, debe doblar la espalda y arrastrar el saco largo entre las hileras de
algodón, debe arrodillarse como un penitente en un bancal de coliflores.
Y llegó el día en que los propietarios dejaron de trabajar sus fincas;
cultivaron sobre el papel, olvidaron la tierra, su olor y su tacto, y sólo recordaron
que era de su propiedad, sólo recordaron lo que les suponía en ganancias y
pérdidas. Algunas de las fincas llegaron a ser tan extensas que no cabían en la
imaginación, tan enormes que se hizo necesaria una compañía de contables para
poder llevar la cuenta de intereses, ganancias y pérdidas; químicos que
analizaran el suelo, que repusieran las
sustancias que se habían agotado; jefes
de paja para asegurar que los hombres encorvados se movieran a lo largo de las
hileras tan rápidamente como la materia de sus cuerpos pudiera resistir.

Entonces, un granjero tal se convertía en tendero y se ocupaba de una tienda.
Pagaba a los hombres y les vendía comida y recuperaba el dinero. Y después
dejó de pagarles en absoluto y se ahorró contabilidad. En las fincas se daba la
comida a crédito. Un hombre podía trabajar y alimentarse; y se daba el caso de
que, al acabar el trabajo, este hombre debía dinero a la compañía. Y los
propietarios no sólo no trabajaban las fincas, sino que muchos de ellos ni
siquiera las habían visto.

Entonces el oeste atrajo a los desposeídos, de Kansas, Oklahoma, Tejas,
Nuevo Méjico; de Nevada y Arkansas, familias, tribus, expulsadas por el polvo y
los tractores. Cargas, remolques, gentes hambrientas sin hogar; veinte mil,
cincuenta mil y cien mil y doscientos mil. Fluyeron por las montañas,
hambrientos e inquietos…, inquietos igual que hormigas, buscando a toda prisa
trabajo: levantar, empujar, arrastrar, recolectar, cortar, cualquier cosa, cualquier
peso que aguantar, por comida. Los niños tienen hambre. No tenemos dónde
vivir. Como hormigas corriendo a por trabajo, a por comida y sobre todo a por
tierra.

No somos extranjeros. Siete generaciones americanas y antes de eso
irlandeses, escoceses, ingleses, alemanes. Uno de nuestros antepasados luchó
en la Revolución y muchos de ellos en la Guerra Civil, en ambos bandos.
Americanos.

Tenían hambre y eran fieros. Esperaban encontrar un hogar y sólo
encontraron odio. Okies…, los propietarios los detestaban porque sabían que
ellos eran débiles y los okies fuertes, que ellos estaban tan satisfechos como los
okies hambrientos; y tal vez los propietarios habían oído contar a sus abuelos lo
fácil que es robarle la tierra a un hombre débil si posees fiereza, y estás
hambriento y armado. Los propietarios los detestaban. Los tenderos de las
ciudades no los podían ver porque no tenían dinero que gastar. No hay camino
más corto para encontrarse con el desprecio de un comerciante, al tiempo que su
admiración se dirige exactamente en dirección contraria. Los hombres
importantes de los pueblos, pequeños banqueros, no resistían a los okies porque
de ellos no podían sacar ganancia alguna. No tenían nada. Y los trabajadores
detestaban a los okies porque un hombre hambriento debe trabajar, y si debe
trabajar, si tiene que trabajar, automáticamente se le paga un salario más bajo;
y entonces nadie puede ganar más.

Y los desposeídos, los emigrantes, se dirigieron a California, doscientos
cincuenta mil, trescientos mil. Detrás de
ellos, los tractores invadían más tierras
y echaban a los arrendatarios. Y nuevas olas se ponían en camino, olas de
desposeídos y de gentes sin hogar, endurecidos, resueltos y peligrosos.
Y mientras que los californianos querían muchas cosas, acumulación, éxito
social, entretenimiento, lujo y una curiosa seguridad bancaria, los nuevos
bárbaros no tenían más que dos deseos: tierra y comida; y para ellos, los dos
eran sólo uno. Y mientras que los deseos de los californianos eran nebulosos y
poco definidos, los de los okies estaban al lado de las carreteras, allí quietos,
visibles y codiciados: los campos fértiles con agua que se podía sacar de la
tierra, los campos verdes y feraces, tierra para desmigar experimentalmente en
la mano, hierba para oler, tallos de avena que mascar hasta que el dulzor
penetrante llenara la garganta. Un hombre miraba un campo en barbecho y
podía ver con la imaginación cómo su propia espalda doblada y sus brazos
fuertes hacían crecer los repollos, el maíz dorado, los nabos y las zanahorias.

Y un hombre hambriento y sin hogar, recorriendo las carreteras con su
mujer a su lado y los delgados hijos en el asiento trasero, miraba los campos en
barbecho que podían producir comida, pero no beneficios, y ese hombre sabía
que un campo en barbecho es un pecado y la tierra sin explotar un crimen contra
esos niños flacos. Y un hombre tal avanzaba por las carreteras y sentía la
tentación en cada campo, y el deseo vehemente de apropiarse de los campos y
hacerlos producir energía para sus hijos y algunas comodidades para su mujer.
La tentación estaba siempre delante de él. Los campos le aguijoneaban y las
acequias de la compañía llenas de buen agua fluyente eran una provocación para
él.

Al sur veía las naranjas doradas colgando de los árboles, pequeñas naranjas
como oro en los árboles verde oscuro; y guardas con rifles patrullando los
bancales para evitar que un hombre cogiera una naranja para un niño flaco,
naranjas que tirarían a la basura si el precio era bajo.

El hombre llegaba hasta un pueblo con su viejo coche. Recorría todas las
granjas en busca de trabajo. ¿Dónde podemos dormir esta noche?
Bueno, hay un Hooverville a la orilla del río. Allí hay un montón de okies.
Conducía hasta el Hooverville. No volvía a preguntar nunca, porque había un
Hooverville a las afueras de todos los pueblos.

La aldea de andrajosos se levantaba cerca del agua; las casas eran tiendas
de campaña y recintos con techado de maleza, casas de papel, un enorme
montón de basura. El hombre entraba con su familia y se convertía en un
ciudadano de Hooverville…, siempre se llamaban Hoovervilles. El hombre
montaba su propia tienda tan cerca del agua como le era posible; y si no tenía
tienda, hacía una incursión al basurero de la ciudad y regresaba con cartones y
construía una casa de papel ondulado. Y al llegar las lluvias, la casa se fundía y
se deshacía. Él se establecía en el Hooverville y recorría la comarca buscando
trabajo, y el poco dinero que tenía se iba en gasolina con que seguir buscando
trabajo. A la caída de la tarde, los hombres se reunían y hablaban juntos.
Agachados en cuclillas hablaban de la tierra que habían visto.

Saliendo de aquí hacia el oeste hay treinta mil acres. Ahí tirados. Dios, y lo
que yo podría hacer con eso, con cinco acres de esa tierra. ¡Mierda!, y vaya si no
tendría de todo para comer.

¿Lo habéis notado? En las granjas no hay hortalizas, ni pollos, ni cerdos.
Sólo tienen un cultivo: o algodón, por ejemplo, o melocotones o lechugas. A lo
mejor en otra no hay más que gallinas. Compran cosas que podrían cultivar en el
patio. Dios, lo que yo podría hacer con un par de cerdos.

Bueno, pues ni son tuyos ni lo van a ser.

¿Qué vamos a hacer? Los niños no pueden crecer de esta forma.

A los campamentos llegaba el rumor. Hay trabajo en Shafter. Cargaban los
coches por la noche y se amontonaban en las carreteras: una fiebre del oro, sólo
que por trabajo. En Shafter se acumulaba la gente, cinco veces más personas de
las necesarias para el trabajo. La fiebre del oro por trabajar. Se escabullían por
la noche, como locos por trabajar. Y junto a las carreteras yacían las tentaciones,
los campos capaces de dar comida.

Es propiedad de alguien. No es nuestro.

Bueno, quizá pudiéramos comprar una parcela pequeña. Tal vez… una
pequeña. Justo allí abajo…, un bancal. Ahora está invadido de estramonio.
¡Dios!, podría obtener de ese pequeño bancal patatas suficientes para dar de
comer a toda mi familia.

No es nuestro. Debe tener estramonio.

De vez en cuando un hombre lo intentaba; entraba furtivamente en la tierra
y abría un pequeño claro, tratando como un ladrón de robar algo de riqueza de la
tierra. Jardines secretos ocultos entre la maleza. Un paquete de simiente de
zanahorias y unos cuantos nabos. Plantaba pieles de patata, se deslizaba en
secreto al anochecer para trabajar con la azada la tierra robada.

Deja la maleza alrededor… así nadie podrá ver lo que estamos haciendo.
Deja algunas hierbas, altas y grandes, en el medio. Cuidando un jardín secreto al
anochecer, y acarreando agua en una lata herrumbrosa.

Y luego, un día, un ayudante del sheriff: Vaya, ¿qué está usted haciendo?
No hago daño a nadie.

Ya le tenía yo el ojo echado a usted. Esta tierra no es suya. No tiene
derecho a entrar aquí.

La tierra no está arada y yo no la estoy perjudicando.

Malditos intrusos. Dentro de nada estarían convencidos de que era suya. Se
enfadarían de mala manera. Se creería que es de su propiedad. Ahora largo de
aquí.

Y las pequeñas zanahorias verdes eran arrancadas a patadas y las hojas de
los nabos aplastadas a pisotones. El estramonio se volvió a instalar. Pero la
policía tenía razón. Cultivar una cosecha da la propiedad. Tierra abierta con la
azada y las zanahorias comidas…, un hombre puede luchar por la tierra de la
que ha sacado alimento. Hay que echarle con rapidez o se creerá que es suya.
Podría llegar a morir luchando por su pequeño claro entre el estramonio.
¿Viste su cara cuando arrancamos los nabos? Esa mirada era de las que
matan. Hay que mantener a esta gente a raya o se apoderarán de la tierra. Se
harán dueños de la región.

Forasteros, extraños.

Sí, claro que hablan el mismo idioma, pero son distintos. Mira qué forma de
vivir. ¿Te imaginas a alguno de nosotros viviendo así? ¡Ni hablar!

Al final de la tarde, los hombres se acuclillaban y hablaban. Y un hombre
excitado proponía: ¿Por qué no nos cogemos un trozo de tierra entre veinte?
Tenemos armas. Vamos a empuñarlas y a decir: «Líbrense de nosotros si
pueden.» ¿Por qué no lo hacemos?

Nos dispararían como a las ratas.

Bueno, ¿qué prefieres?, ¿estar muerto o estar aquí? ¿Bajo tierra o en una
casa hecha de sacos de arpillera? ¿Qué prefieres, que tus hijos se mueran ahora
o dentro de dos años, de eso que llaman desnutrición? ¿Sabes lo que hemos
comido toda la semana? ¡Ortigas cocidas y masa frita! ¿Sabes de dónde sacamos
la harina para hacer la masa? De barrer el suelo de un camión.

Conversaciones en los campamentos, y los ayudantes del sheriff, hombres
fondones con revólveres colgando de gordas caderas, contoneándose por ahí:
Hay que darles algo en qué pensar; tenerlos a raya; si no, sólo Dios sabe de lo
que serán capaces. ¡Pero si son tan peligrosos como los negros en el sur! Si
alguna vez llegan a juntarse, nada podrá detenerlos.

Cita: En Lawrenceville un ayudante del sheriff desahució a un emigrante,
éste se resistió, obligando al oficial a hacer uso de la fuerza. El hijo de once años
del emigrante disparó contra el ayudante con un rifle calibre 22 y lo mató.