
LAURA CAORSI/BILBAO
«Además de espectadores, somos ‘voyeurs’ de la guerra»
‘El juramento’ es un relato humano estremecedor sobre las dos guerras chechenas y la descomposición de la ex Unión Soviética. Su autor, Khassan Baiev, rememora sus experiencias como médico en el campo de batalla y da testimonio del sufrimiento, la muerte y el afán por sobrevivir a un conflicto armado «políticamente ignorado por completo». Residente desde hace cinco años en EE UU, Baiev se enorgullece al afirmar: «Soy doctor y vivo bajo el juramento hipocrático».
«Consagraré mi vida al servicio de la Humanidad». Khassan Baiev es cirujano. Nació en Chechenia en 1963, pero estudió medicina en Rusia. «La salud de mis pacientes será el objetivo prioritario de mi trabajo». Cuando estalló la guerra entre ambos países abandonó Moscú y se trasladó al campo de batalla. «No permitiré que prejuicios de religión, nacionalidad, raza, partido político o social se interpongan entre mi deber y mi conciencia». Quería ayudar haciendo lo que mejor sabía: curar a los heridos. Y lo logró, aunque su fidelidad al juramento hipocrático le terminara costando vivir el horror y, más tarde, el exilio.
En su quirófano precario -instalado en plena línea de fuego- no había bandos. Atendía a rusos y chechenos por igual. Durante los seis años que duró el conflicto (cuyo saldo asciende a más de 160.000 víctimas mortales), muchas veces operó en condiciones deplorables. Sin gas, ni electricidad, ni agua corriente. En ocasiones, con anestesia local, donando su propia sangre mientras hacía las intervenciones.
Baiev fue secuestrado y acusado de traidor por ambos contingentes. Cuando el Ejército ruso declaró su arresto en 2000, abandonó su país y huyó a Estados Unidos, donde vive en la actualidad. Lejos de las balas, pero no de las pesadillas que le asaltan todavía, este cirujano se transformó en escritor. Basándose en las anotaciones que hacía «cuando se interrumpían los bombardeos o encontraba refugio en un sótano», Baiev escribió ‘El juramento’, un libro con sus memorias que mañana presentará en Madrid.
-La obra es un poderoso documento sobre la guerra. ¿Cree que, en general, se da suficiente información sobre los conflictos bélicos?
-A veces, demasiada. La gente se ha vuelto insensible a las imágenes de la guerra en televisión. Se aburre y la apaga. Aunque Chechenia es un caso inusual: Moscú ha restringido el acceso de los periodistas e impedido al mundo comprobar lo que ocurría. Esa es una de las razones por las que escribí ‘El juramento’. Quería dar una imagen real de la vida en la guerra.
-¿La noticias en un conflicto bélico son tendenciosas?
-La información que se da en Rusia sobre la guerra en Chechenia no sólo es parcial sino, también, cómplice. Se presiona a los periodistas rusos para no relatar la verdad, aunque quieran hacerlo. Por supuesto, hay algunos muy valientes que se esfuerzan en sacarla a la luz, casi siempre por su cuenta y riesgo.
-¿Como su sobrino?
-A Adam lo mataron durante la guerra actual. Trabajaba como corresponsal de Reuters cuando era demasiado peligroso para los medios de comunicación extranjeros entrar en Chechenia.
-¿Qué no se cuenta?
-Hace falta información sobre la difícil situación de las víctimas civiles. Son ellas las que soportan el peso de las guerras.
-¿Los medios trivializan los datos?
-Sí. A veces ven una guerra únicamente como una oportunidad para mejorar sus niveles de audiencia.
-¿Nos estamos convirtiendo en una sociedad de simples espectadores?
-Espectadores, sí. Y, posiblemente, también ‘voyeurs’. Las guerras se han vuelto un espectáculo, aunque la nuestra es la excepción, ya que ha sido políticamente ignorada por completo.
El exilio y las pesadillas
-Usted reside en Estados Unidos. Conoce el lado más amable de un país cuya política exterior es duramente criticada en la actualidad.
-Por supuesto, y no me gusta lo que veo en Irak porque hay demasiadas víctimas inocentes. Otra guerra en la que no hay ganadores.
-¿Cómo vive esa dualidad?
-Por desgracia, son los gobiernos quienes hacen la política. No obstante, en Estados Unidos puedes expresar tu desaprobación sin miedo. Yo hablo abiertamente del sufrimiento de los niños e inocentes.
-¿Hay diferencias entre esa política y la opinión de la sociedad?
-Sí, la gente de la calle sólo quiere vivir en paz. En EE UU, las personas se están empezando a dar cuenta de lo que ocurre y están creciendo las críticas sobre la guerra en Irak.
-¿Se utiliza el desconocimiento del ‘resto del mundo’ como arma para justificar las guerras?
-La ignorancia y los prejuicios ayudan a fomentar los conflictos. La gente debe aprender a ser tolerante, a entender que existen creencias y tradiciones distintas.
-Enemigos y compatriotas le acusan de traidor, ¿qué siente al respecto?
-No me hace feliz pero, ante todo, soy doctor y vivo bajo el juramento hipocrático. Desafortunadamente, en la guerra chechena ni siquiera se respetan los convenios. Si curas al enemigo, te transformas en él.
-¿Para qué arriesgar su vida?
-La tradición musulmana en la que me educó mi familia me inculcó que ayudar al prójimo es una de las cosas más importantes. Como doctor, era natural usar mis conocimientos para preservar la vida, aunque fuera arriesgando la mía. Sin embargo, la presión incesante era abrumadora.
-¿Cómo le hizo frente?
-Recurrí a mi entrenamiento como deportista. La disciplina mental y la resistencia física que se adquieren con las artes marciales me ayudaron a permanecer cuerdo y a sobrevivir.
-Llegó a ser el único médico para miles de refugiados.
-Asegurar tu supervivencia y la de tu familia es la mayor preocupación en tiempos de guerra. Debes ser fiel a ti mismo y a quienes te necesitan en las horas más oscuras.
-De todas esas experiencias, ¿cuál recuerda con mayor intensidad?
-La peor fue cuando trescientas personas heridas de gravedad irrumpieron en mi clínica. Cayeron en un campo de minas al huir de Grozny. Todavía tengo pesadillas en las que puedo ver claramente la sangre y oír el llanto de los heridos.
-Realizó 67 amputaciones en tres días. ¿Cómo le ha impactado eso?
-Ese episodio quedará grabado en mi memoria para siempre como otra pesadilla recurrente. Cuando salí de Chechenia, me diagnosticaron el síndrome de estrés postraumático, del cual todavía no me he recuperado por completo.
-¿Hay algo en el mundo por lo cual merezca la pena morir o matar?
-La vida humana es sagrada y uno está tentado de repetir el cliché de que no hay nada por lo que valga la pena matar pero, en realidad, no es así. Jamás porté un arma, pero entiendo que, al final del día, la gente mate para defender aquello por lo que está dispuesta a morir. En mi caso, es mi familia.
-Sostiene que la verdad resulta dolorosa. ¿Cuál es el dolor de la suya?
-Lo que más me cuesta aceptar es el sufrimiento de los inocentes. Las mujeres, los ancianos y los niños son las grandes víctimas de la guerra. No tienen nada que ver con sus causas, pero aguantan el sufrimiento de sus consecuencias.
-Algunos heridos logran salvarse casi de milagro, más en una guerra.
-Soy un hombre religioso, creo en Dios. Siempre rezaba una oración de esperanza antes de operar y otra de agradecimiento cuando una persona mortalmente herida se recuperaba. Eso es un milagro.
«Además de espectadores, somos ‘voyeurs’ de la guerra»
Me afectó profundamente este libro, tengo que decir que en la sociedad en la que me muevo los chechenos son vistos como una especie de raza gitana, tercermundista o algo parecido y no es hasta que lees un libro como este que te das cuenta de que todos somos iguales, aunque tengamos creencias religiosas o políticas diferentes, tendemos, por desgracia, a generalizar.