Así que entonces, en tal caso, tal vez podríamos rezarle a Dios,

más o menos, en los siguientes términos:

Tú, a quien no conozco, renuncia, por favor, a conocerme.

Para librarte de tanto mal como en tu nombre se ha hecho, olvídate de tu nombre.

Que tu Poder se pierda y se deslía tu Voluntad, que la gente viva como pueda por el cielo sin fin y aquí en la tierra.

Deja que la vanidad de la ley de la muerte se descubra.

Líbrame del Futuro y el Dinero, para que podamos volver a saber el pan de cada día.

Renuncia a tus cuentas de buenos y malos, de virtud y culpa, que nos olvidemos de quién era cada uno.

Y además, en fin, nada te pido: ¿quién soy yo para pedirte? ¿Quién tú para darme?

Todo esto era sólo para reírnos; para que tú te rías.

Líbrame tú de mí mismo, que yo te libro de tu nombre, Dios, y aquí te doy la libertad.


Agustín García Calvo.

“De Dios”

Ed. Lucina, Zamora 1996.