
Es cierto que el poder de Dios es muy grande, y en verdad, para la escasa capacidad y corta vida de nosotros, pobre monos pelones, enorme y desmesurado.
(…)
Cada vez que, a lo largo de los siglos, desde los faraones egipcios a los príncipes aztecas, se elevaban pirámides al cielo por mano de millares y millares de esclavos gimiendo bajo el látigo del Señor y elevando con sus gemidos un cántico a Su gloria, se estaba reconociendo y proclamando el poder del Administrador de Muerte, con cualquier nombre que a Dios se le llamara por entonces.
Cada vez que, a la orden del General, romano o mahometado o católico o napoleónico o nazionalsozialista, pero siempre en nombre de la Fe, se segaban mieses de cabecitas o se machacaban montones de vientres enemigos humeantes, elevaban con ello, en horrísona harmonía, las trompetas de los vencedores y los estertores de los moribundos el más espléndido y rendido cántico de reconocimiento al poder de Dios.
O, mejor aún, cuando los miles de millones del hormiguero humano, conectados entre sí por la red informática universal, juran en masa la bandera del Trabajo para Nada, cuando en masa se protituyen y venden carnes, vidas, amores al Dinero como Patrón universal, cuando, sin rechistar y hasta con entusiasmo, llaman vida al tiempo vacío y la Semana de un mismo calendario para el mundo entero, y así, aguijoneados por el Dinero y por el Tiempo, que son el mismo, se reproducen incansablemente, para aumentar aún el número de esclavos y de voces de la concordia, casi se diría que el Globo todo se ha hecho Hombre, y que el Globo mismo, por su boca millonaria, está cantando el triunfo del poder de Dios.
O, todavía de manera más íntima y elocuente, cada vez que uno, fatigado de incertidumbres y de sueños, vencido por la edad (pero de una vejez cada vez más y más joven), les habla a los más inciertos y todavía no conformes, sea en la mesa familiar o en la barra o en la tribuna, esplicándoles la Realidad, esto es, la necesidad de someterse al Trabajo, al Dinero, al Tiempo y a la Administración de la Muerte, en cada una de esas bocas está resonando el sermón ardiente del profeta del poder de Dios.
Agustín García Calvo.
“De Dios”
Ed. Lucina, Zamora 1996.