
I. Sobre lo que fuimos, lo que somos, lo que queremos ser
Emanuel, Mariana, Martín, Pablo, Alejandra, Ariel, Gonzalo, Mayra, Fernando, Diego, Pablo Nicolás, y Omar somos ConoSur. Hace poco se sumó Javier, y hace más de dos años que Daniel es nuestro colaborador y corresponsal en todo el mundo de la “militancia”. Otros han pasado (como Lula, Paola y Leo) y seguirán pasando para dejar su huella desde aquel momento fundacional que significó el 19 y 20, pero hoy somos estas manos y estas cabezas las que determinamos lo que piensa y hace ConoSur.
Nacimos del clima del 19 y 20 de diciembre del 2001. De la experiencia de participación en las calles, de la reasunción de las posibilidades de transformación en nuestras propias manos que implicaron unas jornadas que, para muchos de nosotros, significaron una transformación subjetiva que se extiende hasta estos días. La experiencia de esos momentos llevó a un grupo de estudiantes de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA a construir un proyecto de comunicación alternativa, que por entonces no era más que una incógnita, un buen pretexto para recorrer juntos y colectivamente la potencia que se desataba en todos nosotros.
Durante tres años y pico, esta ha sido nuestra forma de comunicarnos con ustedes, nuestros lectores. Seamos sinceros: ConoSur se conoce y autodenomina como “Agencia de Noticias”, aunque el título siempre nos generó cierta incomodidad, que hace un tiempo comenzamos asumir con más altura. Somos una Agencia de Noticias a la que no le gusta demasiado hacer noticias. Un medio alternativo al que no le atrae demasiado hacer periodismo. Más que un medio alternativo, nos sentimos un espacio de comunicación alternativa. No es sólo el cambio de una palabra, es optar por la comunicación, sentirnos parte de un movimiento general, de la especie humana y no de la raza de “periodistas”. Y ser un proyecto nos recuerda el inacabamiento y la pretensión de una constante superación instituyente de lo instituido. Es que todavía no somos todo lo que queremos ser. Porque todavía no logramos hacer del mundo ese lugar donde queremos vivir.
Formalmente, podemos decir que ConoSur es una Agencia de Noticias que distribuye por Internet información propia y de otros medios sobre movimientos sociales (asambleas, organizaciones de trabajadores desocupados, campesinas, fábricas recuperadas y demás actores sociales relacionados con los sectores populares de Argentina y Latinoamérica). Tenemos nuestra página de Internet, www.proyectoconosur.com.ar y enviamos informes periódicos vía mail. Desde hace unos meses, la agencia está participando en la gestión, producción y distribución del periódico “El Tupinami”, junto a las Defensorías Populares Autónomas (DPA) y al espacio “Comunidad de Resistencia de Pompeya” .
Y ConoSur también es un equipo de Investigación, que se propone como una instancia de producción y publicación de material de reflexión teórica sobre el eje comunicación/cultura/medios. Hasta hoy realizamos investigaciones sobre Contrainformación en Internet, sobre los límites de la comunicación alternativa y una reciente, en preparación, sobre el funcionamiento social de los estereotipos.
Más allá de lo periodístico, la acción y la reflexión sobre educación en comunicación (y a través de ellas la acción y reflexión política) ocupan un lugar cada vez más importante en nuestro proyecto. Es lo que llamamos la perspectiva de la educomunicación que, pensada desde la tradición de la educación popular, es el eje de numerosos talleres que, con distintas modalidades, desarrollamos en espacios públicos, asambleas, movimientos de base, escuelas, carreras de comunicación y centros culturales o de formación docente.
Como incorporación más reciente, hace algunas semanas comenzamos en el Centro Cultural La Sala un ciclo de charlas abiertas, circulares, sobre diversos temas. La primera fue sobre Zapatismo y prometemos seguir con otros temas y casos relacionados con la educación, las culturas, la comunicación, la economía, el estado, etc.
Aunque las tareas de contrainformación (periodística), investigación (científica) y educomunicación (cultural) presentan importantes diferencias que más abajo trataremos de explicar, a grandes rasgos son estas tres dimensiones de un mismo trabajo en torno de la comunicación las que conforman nuestra propuesta.
Mucho hemos hablado y discutido al interior del proyecto acerca de nuestra identidad. Quizás motivados por esa angustia que genera la distancia entre lo que se supone debería ser una “agencia de noticias “ o un “medio alternativo” y nuestro devenir más ligado a la comunicación y la educomunicación. Uno de los factores que consideramos clave cuando pensamos cómo llegamos a consolidar, al menos precaria y tentativamente, cierta identidad como colectivo, es el espacio físico (que también es simbólico) en el que estamos, en el cual nos reunimos, discutimos, proyectamos y comemos pizza. Después de mucho nomadismo, a principios de 2004 encontramos hogar: el Centro Cultural La Sala, sede además de la Asamblea Gastón Riva y de numerosos emprendimientos productivos y espacios culturales, que nos dio una generosa y cálida bienvenida. Fue por esos tiempos que empezamos a invertir varias lógicas, una principalmente: la que nos hacía separar a ConoSur del resto de los aspectos de nuestra vida, la que burocratizaba nuestra militancia. Nos hicimos más “humanos” (nos descosificamos un poco) y le dimos festividad y corporalidad al proyecto, nos dimos mucho tiempo para darnos cuenta que esto era bastante más que una sucesión interminable de reuniones y temarios. Nos conocimos más entre nosotros, entablamos relaciones grupales mas allá de las reuniones operativas. Unimos, de alguna forma, diversos aspectos de nuestra vida que generalmente se mantienen separados de la militancia.
¿Qué pensamos?
Del tiempo del nacimiento a estos días fuimos pensando distintas cosas. Fuimos recorriendo distintos caminos, aprendiendo y experimentando. Y así crecimos un poco.
Cuando comenzamos sabíamos poco y nada. Eso sí, ingenuos, pensábamos ayudar a transformar a otros, cuando apenas éramos menos que extraños entre nosotros. Eso, construir un Nosotros, transformar nuestras relaciones, nos hizo saber un poco más.
Este “poco mas”, nos hizo nacer de nuevo con otras expectativas y otros objetivos, siempre tratando de invertir las lógicas de comunicación dentro del proyecto, y en la nuestra relación con otros. Creemos que la confianza y la amistad entre los integrantes de un proyecto de cualquier tipo es uno de los factores determinantes para poder fortalecerlo y llevarlo a algún lado. Ese fue el devenir de ConoSur este ultimo año, que también nos enseñó acerca de las diferencias de los tiempos grupales y los de cada integrante del proyecto. Es que una determinada cantidad de actividades del proyecto, una, dos o mil, puede parecer, para dos de nosotros, tanto una angustiosa situación de inactividad colectiva como una carga pesada para sobrellevar. Sostener la tensión entre las necesidades e intereses de los distintos compañeros y, a la vez, proyectarlo en un espacio colectivo que nos trasciende como sujetos es parte de nuestras discusiones cotidianas.
Hace tres años y pico nacimos queriendo contar lo que pasaba a nuestro alrededor, nada más que eso. Y la paciencia, la perseverancia, y un cada vez mayor sentido de lo colectivo que nos envolvía nos permitió pensar y repensar a cada rato por qué hacemos lo que hacemos, desnaturalizando nuestras prácticas y reflexiones. Aprendimos a distinguir entre lo que queríamos hacer y lo que se suponía que debíamos hacer. En ese trayecto seguimos hoy. Quizás algunos de los que tienen su manualcito de la verdad revelada se apresurarán, al leer estas líneas, a rotular de “ombliguismo” eso de pensar y repensar todo lo que hacemos; no casualmente son los mismos que le dan poca importancia al hecho que con quienes se trabaja, al igual que los militantes de sus propias agrupaciones, son personas que a lo largo de la vida avanzan y retroceden por miles de senderos, con distintos incentivos y necesidades en cada momento: el camino entre el deseo y lo posible es nuestro terreno, un terreno que no ofrece más que experimentación.
Periodismo y descontrol
Desde un principio creímos que los medios masivos de información encuentran la base de su poder de construcción de realidad en la eliminación de la experiencia de los sujetos. Es decir, quien no participa activamente de las luchas, quien está alejado de las movilizaciones y de los sectores populares, no tendrá argumentos propios con los cuales confrontar la realidad que proponen los grandes medios. Y pensamos que desde la comunicación alternativa es posible alentar la restitución de esa experiencia. Es por ello que, utilizando a la Agencia de noticias como excusa, la propuesta es que los actores sociales se conviertan en corresponsales populares o barriales, es decir, que se comprometan y conozcan lo que sucede en su ámbito de pertenencia barrial, en lo que concierne a lo político, lo social y lo cultural. Esto implica un cambio en la concepción de la comunicación: la información que se genera en las calles es escrita por sus propios actores, que pueden establecerse como productores de noticias, pero principalmente como creadores de actos de comunicación.
La información o contrainformación y la comunicación no son lo mismo. El acto comunicativo se desarrolla, en la labor del corresponsal, en todo lo necesario para llegar a escribir una nota: recorrer el barrio, estar atento a los problemas de lo cotidiano, acercarse a sus vecinos para pedir datos y organizarse, sólo o con otros, para generar el acto político del decir. La nota periodística es simplemente un corolario de esta labor comunicacional y lo que aparece en un medio alternativo de contrainformación son sólo noticias que terminan allí donde el punto final de la nota muestra que sólo es discurso luchando en el terreno, tan vital como limitado, de los discursos sociales. Esta propuesta, que intentamos desde un principio trabajar en los talleres, sigue siendo, por ahora, nada más que un punto de referencia al cual se dirigen nuestras prácticas militantes.
Creemos que es necesario proponer otra forma de concebir a los participantes de la comunicación. Pensamos que es necesario llevar a la práctica la idea de múltiples productores en el proceso de comunicación. Es decir, reemplazar la idea de emisor o receptor de informaciones por la de productor o participante de la comunicación. Ello implica un trabajo educativo fuerte desde nuestros proyectos para activar las capacidades comunicativas de cada uno, de modo de mejorar las capacidades de expresión que potencien el proceso comunicativo. Es decir, contribuir a la transformación de receptores en productores de la comunicación. Desde esta idea, pensamos que nuestros proyectos no tienen que estar dirigidos a una mera ampliación cuantitativa de “lectores” o “escuchas” -todos sucedáneos del concepto de receptor- sino a la transformación cualitativa de las relaciones sociales, misión a la que nos toca un aporte fundamental desde el plano de la comunicación.
Claro, está la cuestión del control. Esta propuesta enfrenta una dificultad: llevarla a cabo implica la decisión de perder el control sobre lo nuevo que brota y se desarrolla. Porque, si bien respetamos esas experiencias, en lugar de pedir que todos los proyectos nos unamos en uno solo y masivo, lo que decimos es lo contrario: que fomentemos la creación de nuevos proyectos, que aportemos para que miles pasen de ser meros receptores a activos productores de comunicación. Por eso estamos a poco de comenzar una serie de encuentros con aquellos que participaron en nuestros talleres y están desarrollando (o planean hacerlo) intervenciones comunicacionales no siempre mediáticas: para colaborar en la aparición y consolidación de múltiples espacios, autónomos pero cercanos, espacios de libertad.
Se nos dice que sería mejor no dispersarnos, que la mejor forma de voltear al sistema es atacar todos juntos a la vez, “como un solo puño”. Se nos dice que la alternativa a ello es la supuesta propuesta autonomista del aislamiento y la fragmentación que termina desconociendo la dominación. A esa falsa dicotomía y a sus impulsores les decimos, y les preguntamos, por qué deberíamos optar entre unas formas organizativas ya caducas y derrotadas, que probaron ser autoritarias, verticalistas y anuladoras de los sujetos; y unas otras formas, al parecer más novedosas, que ni siquiera (al menos para nosotros) representan una opción. Y les decimos que nos parece mejor que se multipliquen las experiencias y los recorridos, y que nos parece que todavía no encontramos las mejores formas para que los caminos se crucen y las experiencias se enriquezcan, pero esa carencia de certezas sobre lo nuevo no debería devolvernos a las seguridades de lo eterna y aburridamente repetitivo.
Nuevos horizontes
Así, poco a poco, nos fuimos preguntando… ¿La comunicación alternativa debe comunicarse con esas “otras” personas masificándolas o funcionar como facilitador del desarrollo comunitario, construyendo lazos y poniendo en común las experiencias y saberes de los distintos protagonistas del quehacer social? ¿Las personas debemos ser receptores de información “naturalmente dada” o creadores de nuevas y permanentes formas de comunicación? ¿El objetivo es “ampliar el círculo de activistas” a otros sectores de la sociedad? Y si el círculo de activistas se amplía: ¿Rompemos “el cerco informativo” que imponen los medios hegemónicos, o lo agigantamos? Fomentando y promoviendo la creación de espacios de comunicación ¿tendremos nosotros que ampliar círculos, o no habría círculos?
Y nos respondimos: todos somos creativos y creadores. Todos tenemos voz. No hay voceros válidos de los sectores populares que no sean ellos mismos, ningún “periodista”, por alternativo que sea, representa otra voz que no sea la suya propia. De lo que se trata, más allá de una ampliación de lectores, es de crear nuevas formas de comunicación. Miles de proyectos: diversidad de voces, de ideas, de problemas y de soluciones. Una comunicación que nace desde la experiencia propia y se propaga… El desafío de los proyectos de comunicación alternativa es ese: para crecer, hay que renunciar al control.
Estas reflexiones, junto a otras, nos fueron llevando del trabajo periodístico hacia otros horizontes. Desde ConoSur en los últimos tiempos nos involucramos más activamente en las perspectivas de la educación popular y construimos una incipiente relación con movimientos sociales, en la búsqueda de una comunicación ligada a la generación de espacios comunitarios libertarios y emancipadores.
Es decir, lentamente nos alejamos del sentido común de los “medios” alternativos para pensar la comunicación alternativa más allá de los medios que hagan falta para construirla. No creemos en la comunicación alternativa como la inversión de la lógica de la dominación, es decir, que los medios “críticos” o “de izquierda” se unan en un gran medio que “llegue” a las masas y ocupe el lugar que hoy tienen los grandes mass media. Tampoco hacemos un culto de la insignificancia y la marginalidad. Proponemos cambiar la lógica de construcción de la comunicación alternativa: eso no se logra desde un pretendido periodismo “independiente”, que suelen predicar sujetos y colectivos alejados de definiciones políticas libertarias y cercanos al comercio de la información; tampoco anexándose instrumentalmente a un partido político o movimiento social, que a la vez que nos baja línea política nos anula como sujetos. Creemos que construimos comunicación alternativa cuando primero somos nosotros, para después ser otros. Cuando colaboramos para crear un espacio libre, en principio para nosotros, y junto a otros que están recorriendo este camino. Cuando creamos sin pretender controlarlo, cuando confiamos que el otro también puede llevarlo adelante sin nuestra dirección.
El derecho humano a la comunicación
No creemos que la comunicación sea meramente un instrumento ni que la información sea apenas una herramienta. Ambas concepciones, que medios comerciales y alternativos comparten, sitúan a mujeres y hombres como individuos alienados que, mediante la iluminación que proveen estos medios, pueden llegar a liberarse. Todo se trataría de dominar ciertas técnicas o acceder a ciertas informaciones clave para llegar al paraíso de la claridad. Pobre papel el nuestro, pobres nuestros cuerpos, nuestras voces y nuestros sueños si la comunicación fuese un instrumento. Cuanta omnipotencia en aquel que cree dominar algo tan misterioso y creador como la comunicación. No es casual que aquellas organizaciones que instrumentalizan la comunicación hagan lo mismo con sus integrantes.
Creemos, al contrario, que la comunicación es algo mucho más rico que un instrumento, que es parte de la cultura de los seres humanos y es uno de sus derechos fundamentales. Como tal, es permanentemente violado y cercenado por los Estados, al igual que los derechos al trabajo, la educación, salud, vivienda, soberanía alimentaria, etc. ¿Cómo luchar entonces por el derecho a la comunicación sin tener en cuenta los otros derechos? De esta pregunta se sigue que, como proyecto de comunicación alternativa, debemos desarrollar el área periodística, si, pero también tenemos que desarrollar una concepción más amplia de la comunicación, como derecho cultural, como derecho humano fundamental, lo que liga a la comunicación a los demás órdenes de la vida. Esto último es lo que necesariamente nos llevó a pensar la educomunicación como un puente interesante y fértil para explorar aquello que hace de la comunicación una dimensión inescindible de la vida.
Por ello nuestra propuesta no descansa en la sola construcción de “medios” alternativos, sino en la permanente creación y recreación de comunidades libertarias y emancipatorias, en los que la comunicación alternativa y la contracultura vayan siendo, en un trayecto de libertad, la comunicación y la cultura misma.
Las DPA agrupan a distintos movimientos sociales, y trabajan fundamentalmente en la promoción de los derechos humanos de las personas.
Algunos integrantes de ConoSur formamos parte de la “Comunidad de Resistencia”, proyecto de reciente conformación que se propone aunar el trabajo de formación teórica de sus integrantes (programa “Matreros”) con su participación en proyectos productivos (conserva de tomates, telar) y con el trabajo comunitario (actividades culturales, educación popular).
¿Qué es eso de la Educomunicación?
Cuando nos referimos a la educomunicación estamos haciendo alusión a un cruce de dos campos de indagación y producción de conocimientos (la educación y la comunicación) que encuentran familiaridad y se alimentan mutuamente, no solo a partir de las metodologías desarrolladas sino en cuanto a las potencialidades de intervención social que proponen.
Si bien puede sostenerse que la práctica comunicativa del ser humano no puede reducirse a su dimensión pedagógica, no es menos cierto que la comunicación humana, cuando motoriza la producción social de sentidos, compromete actos de enseñanza-aprendizaje y en consecuencia manifiesta una dimensión educativa.
Por otro lado, si observamos las diversas situaciones educativas (tanto formales como no formales), y las teorías acerca del conocimiento, la transmisión y las funciones sociales de la educación nos encontramos con que el rol que le cabe a la comunicación no es menor, ni es un detalle. Tanto la educación como la comunicación son prácticas constitutivas y privativas de los seres humanos. Si nos referimos a las posibilidades de intercambiar sentidos con “los otros” o de enseñar a y aprender de “los otros” también podemos aseverar que la educación y la comunicación tienen otra particular característica. Son potencias humanas, de todos los individuos, sí, pero necesariamente necesitan del encuentro de más de un individuo. O sea, la comunicación y la educación son prácticas que sólo se justifican a la luz de un proceso de participación colectiva.
Parece un detalle nimio, pero el solo hecho de estar alerta a este dato nos ayuda a reflexionar acerca de cómo no queremos legitimar nuestras prácticas, para que de esa negación surja más vigorosa una suerte de reconocimiento más cercano de los por qué y los cómo de las prácticas que sostenemos.
¿Cuál es el punto? Hay algunos modelos de prácticas educativas o comunicacionales que muchas veces son adoptadas, de maneras más o menos conscientes, desde un amplio abanico de justificaciones. En todos los casos (o en la mayoría de estos) se cree estar transitando la senda correcta para conseguir con éxitos los objetivos que se proponen las planificaciones escritas de esas experiencias comunicacionales o educativas. Creemos que de alguna manera son bastante ilustrativas de una tradición cuyo análisis crítico nos ayuda a releer los sentidos de las prácticas pasadas y nos delinea las posibilidades de las futuras.
Cuando pensamos en la calidad de las prácticas educomunicativas que desde este colectivo nos interesa explorar y crear, no nos olvidamos de las mañas que a toda costa nos forzamos por evitar. Y este intento obsesivo por no cometer errores garrafales no lo justificamos sólo por su impertinencia para conseguir lo que uno se propone como colectivo (o sujeto) educomunicador, sino como fundamento de un colectivo que busca entregarse al disfrute de la experiencia en el intercambio con los otros, a los aprendizajes que nos brindan esas experiencias, al valor que los relatos de los otros tienen en la construcción de lo nuestro, a la recuperación de la mirada y la voz del otro como punto de partida de los caminos que deseamos recorrer, y por qué no, debemos su justificación a que pensamos que si el /los otros no están convocados en el complejo proceso que implica la transformación social, esta nunca va a dejar de ser un lindo sueño y sólo eso.
Estos modelos, a los que nos referimos, y que intentamos desentrañar en nuestras prácticas para poder superarlos y para rehacernos así con nuevos criterios, se alimentan de principios que pueden ser visualizadas en experiencias de lo más cotidianas. Vamos a nombrar algunos, citando a Daniel Prieto Castillo que las sugiere en su libro “La Comunicación en la Educación”, que tenemos a mano, y que traen claridad para comprender sus implicancias y sus obvias consecuencias.
No deseamos que nuestras prácticas educomunicativas encuentren un fundamento idealista, esto es, no nos interesa impulsar concepciones absolutas sobre el mundo ni la política, categorías incambiables para comprender la realidad, erigidas de una vez y para siempre. El idealismo es un principio por el cual las ideas son esencias dadas para siempre y los sistemas sociales con todas sus instituciones son estáticos. Por cierto, para estas concepciones que implican conductas y modos de comunicar perfectamente identificables, las personas sólo son concebibles como portadoras de ideas. Las ideas dejan de verse como construcciones colectivas del proceso de intercambio comunicativo o pedagógico y se consideran datos “a priori” (producidas por otros, pero ajenos a nuestra experiencia) que las ciencias y los patrimonios culturales nos brindan a las personas.
En el mismo sentido no podemos dejar de rechazar las utopías que se proponen las ciclópeas tareas ideologizadoras, entendiendo por esto, pues lo único que puede entenderse.: La pretensión de llevar al otro a pensar lo que yo creo que debería pensar, sin escuchar cuáles son las ideas que él aporta, de qué modo sus intervenciones enriquecen el intercambio, qué puedo hacer yo para que mis ideas no le resulten tan extrañas e incompatibles con lo que él dice y piensa. Y lo más contradictorio de esta actitud, desde luego las intenciones ideologizadoras todo lo justifican y lo hacen en nombre de alguna propuesta religiosa, política o social superadora, de una utopía o de un aparato conceptual. Más arriba hablábamos de la ingenuidad que sostiene la prepotente tarea de “concientización” de las masas que algunos se proponen con las mejores intenciones. Las consecuencias que pueden intuirse de la aplicación de estos principios de idealización, ideologización y concientización no son menos trágicas en cualquiera de sus variantes. O sea, en el fracaso o en el éxito. En el primer caso nos puede suceder que nuestras propuestas pedagógicas y comunicacionales sean rechazadas por soberbias y herméticas, por autoritarias y violentas, y en el segundo que como colectivo comunicacional nos encontremos formando parte de un cúmulo de individuos que reaccionen de manera lineal a nuestros impulsos, de personas acríticas que repitan teorías de memoria sin haberse preguntado hasta qué punto nuestras palabras los interpelan y los invitan a reflexionar, o peor aún, que nuestras propuestas consigan producir diálogos ficticios entre un rejunte de apavorados que temen decir lo que realmente piensan por temor a la sanción, a la burla, la humillación y el despojo.
También se viven, en los ámbitos educativo-militantes, escenas trágicas frente a las cuales, pasado el tiempo, nos arrepentimos de no haber reaccionado; como nos sucedió en un Seminario-Taller sobre Comunicación Alternativa que junto con otros colectivos dábamos en una Universidad (de las populares) en la ciudad de Buenos Aires. Como muchas veces pasa, (lamentablemente) la concurrencia de los alumnos era muy inestable, algunos de ellos faltaban durante tres encuentros seguidos y luego retomaban el curso sin poder seguir el hilo de las charlas. Cuando decidían volver a la cursada eran sus otros compañeros los que decidían “pegarse unos faltazos”. Así, nunca conseguíamos dictar los cursos con la totalidad de los participantes. Generalmente lo hacíamos con menos de la mitad de ellos, y en ocasiones con la tercera parte de la matrícula inscripta. Por otro lado, muy pocos seguían con algo de rigurosidad las lecturas de los textos que trabajábamos. Para no faltar a la verdad, casi nunca leían nada. Se les avisaba que durante el próximo encuentro trabajaríamos con tal o cual autor, pero ni con eso: venían (y sin miras de arrepentimiento) con ninguna lectura encima. De todos modos, la participación dentro de la clase era aceptable, discutían, planteaban sus puntos de vista, tomaban posición en alguna discusión teórica, desarrollaban las actividades prácticas. Aunque vale la pena decirlo, muy pocos de ellos eran metódicos y en consecuencia sus críticas no superaban las que puede hacer cualquier persona desde el sentido común. Salíamos una noche de un típico encuentro en el que se había demostrado la falta de lectura y obviamente profundas carencias conceptuales. Uno de los integrantes del cuerpo docente perteneciente a otro colectivo de “comunicación alternativa”, tras la retirada de todos los alumnos del aula hizo el siguiente comentario: “A estos pequebú de mierda no se les puede enseñar nada, por más que le traigas El Capital de Marx no lo van a entender nunca, porque no les interesa nada, es al pedo hablarle a estos!”.
En su momento la declaración pasó desapercibida y mucho tiempo después notamos que aquel no había sido el primer comentario que este docente hacía en este sentido, sino sólo el más virulento. Y comprendimos que el compañero podía ser, tal vez, un gran militante, un tipo abnegado, humilde, laborioso, hasta lúcido en sus análisis, pero que en realidad no tenía la más mínima vocación por educar ni comunicar. Lo que él estaba buscando no eran participantes de situaciones educomunicacionales sino adherentes de sus ideas, pretendía reclutar militantes, gente que repitiera lo que él consideraba necesario como saber mínimo para que alguien mereciese respeto. Los participantes que bien o mal aportaban sus ideas, ponían sobre la mesa sus imaginarios y las matrices culturales desde las cuales interactuaban con los otros, que nos mostraban de qué manera se representaban el mundo que viven cotidianamente, que expresaban sus creencias, que desarrollaban potencialidades y seguramente dejaban claras sus limitaciones; para este compañero eran sólo unos pequebú con los que no tenía sentido hacer ni intentar nada.
Un educomunicador es alguien para el que “las ideas del otro” no son ataques a las suyas, no considera al otro como una esponja cuya mayor virtud consiste, como máximo, en absorber los lanzamientos de sus verdades. Todo lo contrario, las ideas del otro son los insumos, los datos que la realidad le da el educomunicador para comenzar a transitar un camino juntos, un camino cuyo punto de llegada no se sabe ni se quiere controlar. Se puede intuir, se puede imaginar, pero no adivinar. Como educomunicadores no nos proponemos que al final del curso los participantes hayan adquirido determinada manera de entender la vida y el mundo, de creer el mundo, sino que al final del curso, aspiramos a que los participantes/educandos hayan podido construir (en un proceso que implica una autoconstrucción, una construcción de la propia subjetividad) nuevas herramientas conceptuales desde las cuales desarrollar mediaciones para abordar la realidad. Alternativas de mediación, conceptos y marcos perceptivos producidos en los intercambios activos y no como resultado de asimilaciones pasivas.
En tercer lugar, otra ilusión recorre muchas mentalidades y prácticas (por cierto también las nuestras, y por eso la planteamos críticamente). La ilusión técnica o el tecnicismo, la idea de que todo lo que nos plateemos puede resolverse en el hacer sin reflexionar sobre este hacer, en el cómo sin darse tiempo para pensar en el/los por qué de ese hacer, en sus implicancias éticas y morales, y sobre todo en el modelo social que auspicia nuestro hacer. Nada tenemos en contra del uso de todos los avances técnicos que la ciencia y la tecnología nos proveen, mucho menos del uso de los medios audiovisuales para los fines comunicacionales o pedagógicos que consideremos pertinentes. De hecho, en nuestro proyecto no abundan los periodistas apasionados.
Con la vocación de escribas de ninguno de nosotros se podría llegar a establecer un paralelismo con la pasión que encarnaban en sus quehaceres las grandes figuras del periodismo nacional del campo popular. De todas maneras nos planteamos la necesidad de un instrumento, de una herramienta informativa, sea gráfica o electrónica, como una parte fundamental del proyecto, porque nos permite expresarnos, ordenar ideas, sentar postura, participar de debates, invitar a otras voces y palabras a formar parte de nuestros espacios, etc. Asimismo como consumidores de medios que somos, como apasionados por la literatura, el cine, la música, el deporte, las expresiones más amplias de la cultura y las artes populares, no desechamos el uso de la televisión, de la radio, de la red de redes, de las cámaras digitales de fotografía y video, etc. Pero no podemos descansar en el hecho de pensar que nuestra tarea de comunicadores pueda reducirse a la manipulación interesada de esos medios. No podemos caer en la tontera de pensar que si llenamos esos medios de contenidos interesantes, democráticos y pluralistas, o más aún, socialistas, comunistas, revolucionarios, marxistas-leninistas, anarquistas o lo que fuere, los mensajes van a llegar a buen puerto sin sufrir distorsiones y a cumplir la función que nosotros les asignemos. Y a propósito ¿esto no es algo que deberíamos festejar? ¿O es que tal vez pensábamos a la educomunicación como una trasmisión lineal de ideas de un polo emisor a un polo receptor donde nuestra habilidad como comunicadores reside en las artimañas que podamos desplegar para reducir al mínimo posible los ruidos que puedan provocarse durante el proceso educomunicativo? Evitar una mirada instrumentalista de la comunicación es una de las consecuencias posibles de la visualización de la comunicación humana como un proceso complejo donde no sólo aporta contenidos el que emite un mensaje sino aquel/aquella que lo recibe en un contexto dado, con una historia pesándole sobre sus espaldas, con intenciones propias que responden palabras concretas y generan nuevos textos, poniendo en juego imaginarios con los que construye su vida cotidiana, con estados de ánimo provocados no solo por la actualidad social, sino también por su realidad sentimental, y por otros muchos factores que ni debemos sospechar, y operan a diario en todas las relaciones comunicativas y educativas de los seres humanos.
Y en esta línea, dos elecciones bastante frecuentes con las que tampoco deseamos legitimar nuestras propias prácticas. La tendencia al cientificismo que pretende erigir a la ciencia en verdad absoluta e incuestionable modo de comprender todo tipo de fenómenos. Aunque resulte paradójico dado que una de las razones por las cuales la ciencia es lo que es y se diferencia del dogma, es que el conocimiento que nos trae es siempre provisorio y rectificable y es por eso que no existen paradigmas eternos. La autoridad que se desprende de la lectura de tal o cual autor o de la aplicación de tal o cual teoría o modelo no son datos en sí mismo, de carácter incuestionable, caminos a seguir en cualquier circunstancia. Así, la ciencia y sus productos se perciben como objetos que superan las capacidades mundanas de las personas y su acercamiento y uso solo se justifica para poder rendir tributo a sus verdades y homenaje permanente. Los autores y los científicos, lo mismo que todas las categorías, los instrumentos y todo el herramental conceptual que puedan aportarnos deben ganarse nuestra valoración positiva por la manera o las maneras en que se disponen como herramientas de mediación hacia nuestro (de los educomunicadores y de los educomunicandos) quehacer cotidiano. Cualquier teoría puede servir para que cualquier persona encuentre los modos en que esa teoría lo interpela, lo ayuda a reflexionar y a construir sentidos cuando reflexiona sobre su propia vida utilizando los conceptos que le aporta la teoría.
Si una teoría no puede expresarse de manera sencilla para ponerla al alcance de cualquiera, tanto del ilustrado como del lego, pues entonces no es buena para ser introducida en situaciones pedagógicas. Esto no significa descalificar o relativizar el valor de la ciencia, solo significa que los lenguajes que ayudamos a construir en nuestros espacios pedagógicos no deben nunca ser resultado de la combinación de elementos ajenos a las vidas de los participantes del acto educativo. Y tanto los fenómenos simples como los más complejos pueden ser procesados sin caer en exclusiones ni llegando a ser paralizadores de las transformaciones de la práctica educativa. Recordemos que brindar información para que las personas accedan a ellas, sean estas científicas o de la vida social, es algo bueno, pero brindar elementos, espacios, momentos, actos, gestos, aperturas, diálogos, alientos, acompañamiento permanente, etc para que junto con los educadores, los educandos construyan nuevas miradas del mundo, miradas transformadoras que ayuden a abrir nuevas puertas, es todavía mejor.
Como planteamos antes, lo que se propone el acto educomunicativo es aportar elementos que ayuden a generar condiciones que produzcan nuevas matrices desde donde interpretar el mundo, la vida social, las relaciones, entendiendo por estas también las relaciones con la naturaleza, o las relaciones entre los seres humanos y su entorno. Nuevas matrices con las que, a contrapelo de las que imperan en los sistemas perceptivos que ayudan a ver el mundo como un conjunto de objetos mercancía (y moldean nuestra subjetividad para que podamos naturalizar la lógica del capital), consigamos crear esquemas de percepción configurados por las fuerzas humanizantes que nos interpelen desde la necesidad de admitir un mundo que pueda ser habitado sin las pulsiones destructivas y deshumanizantes propias del capitalismo.
Por último, pero esto es solo tentativo porque las mañas y los vicios acríticos (y a veces autoritarios) suelen ser varios más, la vieja tendencia a justificar todo lo que hacemos con argumentos empiristas, casi el complemento del tecnicismo, esa sobrevaloración de las prácticas. Ese ímpetu, muy común en todos los proyectos con vocación militante de que práctica es ponerle el cuerpo a las cosas, a los compromisos, a las dinámicas, a los talleres, a los encuentros, a las discusiones, etc. Lo cual no está mal siempre que no toquemos el límite en que no podamos mirar la propia práctica con ojos críticos y siempre que no terminemos repitiendo métodos y dinámicas rutinarias sólo porque estamos convencidos de que lo que dio resultado ayer, necesariamente tiene que darnos resultado mañana. Las prácticas también se producen como resultado de una sistemática reflexión sobre el sentido de las mismas, no debemos (como educomunicadores) rotularlas de una vez y para siempre, y pretender descansar al compás de su ejecución: ni un taller garantiza la mejor circulación de la palabra, ni determinada dinámica (ayer exitosa) puede asegurarnos el salto cualitativo a una nueva instancia de conocimiento la próxima vez que la usemos. La práctica es una manera en que predisponemos nuestro pensamiento, está relacionada íntimamente con una convicción y una ética de búsqueda para la producción del conocimiento, pero nunca con fórmulas vacías, mecánicas, deshistorizadas, descontextualizadas, etc. Por esta razón es que las prácticas deben siempre responder a una necesidad concreta y en base a esa intuición es que decidimos adoptarlas.
Para cerrar nos vamos a regalar una extensa cita del libro de Prieto Castillo del que antes hablamos. Si hasta aquí habíamos desechado ciertas maneras de reivindicar una práctica educomunicativa, nos toca ahora acercarnos a definiciones que describan más esta búsqueda. Y dice lo siguiente: “Insistimos; el hecho educativo es profunda, esencialmente comunicacional. La relación pedagógica es en su fundamento una relación entre seres que se comunican, que interactúan, que se construyen en la interlocución.
Quienes hemos elegido la educación hemos elegido como base de nuestra actividad una educación humana, una relación con el otro. Nuestra profesión está entramada hasta sus entrañas en la comunicación.
Cuando hago esta propuesta en torno a una comunicación que nos permita el autorreconocimiento, la interacción y la proyección, me sitúo de lleno en las críticas que se vienen haciendo en nuestro tiempo al intento de centrar transformaciones en el juego de las innovaciones tecnológicas o en la creencia tan corriente, de que estar más informado es estar transformado. (…)
No estoy tan seguro, a la luz de estas reflexiones, de que la transformación se logre con un aceleramiento de la apropiación de conocimientos. El desafío es acompañar ese necesario proceso con un enriquecimiento de las relaciones, con una construcción de uno mismo y del otro.
Y no valen para ello ni los apresuramientos ni los atajos. Construirse y construir tienen como base el respeto por uno mismo y por los demás. Esto no se improvisa ni se predica, ni se desarrolla a través de algún taller. Es el fruto de una constante e intensa relación con uno mismo, plasmada en documentos, en materiales en los cuales leerse, en reflexiones sobre modos de actuar y de percibir, y de una también intensa relación con los demás, expresada en espacios en los que puede uno hacer un constante ejercicio de confianza, de fe en las palabras y en las intenciones del otro.
Si la educación está a la base de nuestra humanización, si mediante ella pasamos de una bullente atmósfera de sensaciones al lenguaje articulado, a la caricia, a la mirada, al sentido y a la cultura, y si el hecho educativo es profunda, esencialmente comunicacional, en tanto somos seres de relación , siempre entre y con los otros, no podemos soñar con transformaciones educativas sin jugar hasta las entrañas nuestra capacidad de comunicarnos”
Palabras…
En estos años, individual y colectivamente nos hemos dicho bastantes cosas. Cada momento del proyecto, casi siempre, fue anticipado por algún texto o intervención de algunos de sus integrantes. Quizás sea un buen momento para compartir parte de esas reflexiones, que fueron marcando caminos y etapas del recorrido de ConoSur.
Tenemos que pensar que en algún punto el proyecto es una arena de tensión entre lo que cada uno desea de modo individual y lo que el proyecto se propone como horizonte totalizador. Un proyecto que no tiene un fundamento convocante, que no se propone intervenir en la realidad con fines concretos pierde su razón de ser, y al mismo tiempo un proyecto cuyos integrantes se diluyen o no consiguen consolidar su accionar y su participación a lo largo del tiempo termina reducido a una sumatoria (débil) de voluntades desincronizadas. Por eso me parece esencial encontrar un registro que de alguna manera nos convoque a todos desde el punto de vista ético-político y desde el punto de vista pragmático, o sea atendiendo a las tareas concretas en las que necesariamente tenemos que embarcarnos para que esto (como un todo) camine. (Manu)
La relación con otros, las definiciones políticas de largo plazo, la concreción de los ideales que tanto anhelamos, solo se pueden pensar o empezar a discutir desde una clara definición, cumplimiento, responsabilidad, solidaridad y concreción de las prácticas cotidianas. Y no hablo de políticas conformistas “ se hace lo que se puede” o “es lo que hay” sino que hablo de instancias de crecimiento, de tiempos: soñemos practicando nuestra realidad cotidiana. ¿Cómo pensar en lo imposible sino podemos ni dar cuenta de lo posible, o de lo que creemos posible? (Pablo A.)
La propuesta de asambleístas, educadores populares y demás organizaciones que hemos ganado las calles se contrapuso, se contrapone a las innumerables mesas televisivas dirigidas por poseedores del conocimiento que se sacan las mejores ideas de la cabeza, junto con los anteojos y dictaminan conclusiones bien pensadas con las que nos deberíamos manejar. Ha sido y es un esfuerzo enorme por producir un cambio cultural y una alternativa a las propuestas hegemónicas, donde no desconocemos la barrera a la que nos enfrentamos. Por lo pronto ese cambio se produjo en nosotros, en quienes insistimos en la práctica, lo que considero un logro, que si bien pequeño suma y merece ser rescatado. (Daniel)
Si reducimos nuestras relaciones a lo estrictamente político terminamos por cosificar y cosificarnos en un movimiento que niega y nos niega como sujetos que también sufren y gozan, aman y odian, como sujetos que leen novelas, van al cine, salen a bailar, juegan al fútbol, tienen problemas familiares, con la novia/o, con amigos… en definitiva, que también comparten y necesitan compartir en todas las otras esferas de la vida. Esa cosificación finalmente termina por volvernos estériles a la hora de confraternizar con otros sujetos, salvo, claro, con aquellos que están igualmente enfermos, volviéndonos impotentes para transformar esas relaciones que tanto decimos querer cambiar, volviéndonos realmente marginales, tan marginales como toda una izquierda que pocas veces supo protagonizar grandes hechos políticos y sociales. (Gonzalo)
Si a mí me preguntan que quiero de ConoSur, les respondería que lo que quiero es Fluidez. Con esto me refiero a que nuestras prácticas nos den placer, que nos den satisfacción, más allá de que nos salgan bien o mal. Para lograr esa fluidez, creo, hace falta pensar políticamente, hace falta hacer de la práctica comunicacional (también) una práctica política, que sintamos que nuestras prácticas nos interpelan en lo más hondo(…) Si no, nos costará mucho hacerlas o no las haremos, o unos pocos se harán cargo de la tarea. (…) Me parece que nos equivocamos cuando creemos que el camino hacia la transformación social está plagado de sacrificios y de angustias. Y que un día, de viejitos, vamos a ver eso que no se sabe qué es pero que el sentido común llama ‘revolución’. Al contrario, me parece que este camino que recorremos nos tiene que hacer felices, nos tiene que llenar de pasión y orgullo, porque este camino es nuestra vida mientras se va transformando, y vamos transformando lo que nos rodea. Por eso la pregunta es importante: ¿Qué nos hace felices? (Martín)
Y esto que somos marca, por sobre todas las cosas, que no podemos no buscar la felicidad. Lo que hacemos es no buscarla solos. (Omar)