
ASUMIR LA CONTRADICCIÓN COMO SE ASUME EL FÉRETRO
Sé de la Escuela, de su origen infame y de sus turbios propósitos en nuestros días, pero doy clase en un centro libertario.
Defiendo a los trabajadores del mundo, y a su causa redentora, pero les extraigo la plusvalía en mi empresa-familia, empresa-modelo, donde los mimo a consciencia y les doy cuotas de poder, porque, a fin de cuentas, el dinero que yo derrocho procede de su servidumbre.
En una terraza de bar, con una caña y una tapa delante de mis ojos achinados de gusto, declamo contra el consumismo.
Me declaro antirracista, pero no me gusta que mi hijo se vaya a recoger cartones y “recuperar” cobres con los niños gitanos.
Defiendo visceralmente la causa de las mujeres, y no me pierdo ninguna manifestación antipatriarcal, porque así ligo más, ¡je, je!
Voy por el mundo de bohemio, de nómada, de aventurero y de explorador, de poeta, de radical, de anti-todo si hace falta, porque una tarjeta de crédito me asiste desde el bolsillo.
Yo no logro ver ahí contradicción, veo cadáveres.
Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10208679011404178&set=a.1922678998163.106201.1577745801&type=3&theater
El texto anterior puso en marcha varios hilos de conversación, de gran interés todos ellos, de entre los cuales entresacamos alguna aportación que presentamos sin citar a su autor y las respuestas de Pedro García Olivo. Nota de Tortuga.
B. E. M. Pedro veo que aún tienes esperanzas que la transformación llegue como superación.
Pedro García Olivo. Antes se decía: «La esperanza es lo último que se pierde». Y era verdad. Por eso nos va así. Cuando se pierda la esperanza, si alguna vez nos la quitamos de encima, por fin podremos combatir la sombría organización de lo real sin engañifas. Es decir, sin catecismos de la Revolución, sin Iglesia de los explotados, sin Paraísos al alcance del voto o de la metralla. Porque la esperanza, como la idea de superación, siempre ha sido una canción de cuna para adormecernos. Desde mis días de pastor de cabras, corremontes al lado de otros corremontes decreídos y desengañados, sostuve que la Esperanza es la carta que el Sistema se guarda debajo de la manga para obnubilar a la intelectualidad más en venta. ¿Me he excedido, compa?
I. B. L. Con todo mi cariño, Pedro. Ciertamente, son ridículos cadáveres lo que describes, pero no por tomar una caña con tapa o por intentar ligar, actividades que estimo al menos tan ejemplares como recoger cobre con los gitanos o emplear el Facebook, sino precisamente por su -tal vez, vuestra- enfermiza necesidad de coherencia que, en mi opinión exhala un amargo regusto a cristianismo mal curado. El cristianismo y su máscara cartesiana del XVII inventaron la conciencia subjetiva como soporte del pecado y de la patología mental. La neurosis, la depresión, el pecado… y la coherencia, precisan de un sujeto portador para poder existir. Pero el pensamiento crítico -el de verdad- del siglo XVIII nos enseñó que el YO es una ficción, una pesadilla, un mero conjunto unificado de experiencias y recuerdos, un fantasma. Ese yo que se agiganta en las paranoias y se vuelve diminuto en las depresiones es un policía que cobra en el despacho de un represor corrupto. ¿Por qué, entendiendo esto, habríamos de ser coherentes?¿Por qué no iniciar cada mañana exentos de conciencia, sin pasado, sin compromisos, tal y como nos exija en ese momento la aleatoria síntesis de química y de agresiones sociales que orgullosamente llamamos «yo»? Epicuro y Schopenhauer nos enseñaban a no desear nada. ¿Por qué no desaprendemos la coherencia, dejamos de desearla y no la exigimos ya nunca a nosotros ni a nadie más?¿Por qué no un yo provisional y eternamente revisable, incoherente, contradictorio y moralmente liberado de recuerdos y compromisos? El problema fundamental en relación con la coherencia es haberla moralizado, criminalizando al animal libre y tranquilo. En el siglo XXI queda una gran revolución pendiente, a mi juicio: hemos matado a Dios pero no hemos conseguido hacer lo mismo con «yo». Actualizando al poeta de Sils-Maria, yo ha muerto, querido Pedro. Así que dejadme que me tome tranquila -y no creo que tan irreflexivamente, aunque me da igual- esa puta cerveza o que eche ese maldito polvo que me solicita el animal irracional e incoherente que soy en este preciso instante y al que hoy mismo o mañana pienso traicionar sin ninguna clase de remordimiento. Para otros queda esa piadosa coherencia que continúan precisando para intentar cuadrar las piezas de un puzzle amañado y que sin duda les recompensarán en el mundo inteligible. «Contradicción» es una palabra muy bonita: es el himno de quienes han advertido que la coherencia es una enfermedad moral del espíritu; es la música de los hombres sosegados y libres que ya no se exigen nada a sí mismos ni a los demás. Contradicere aude! Cuando te parezca, te invito a unas tapas de puta madre y lo matizamos. Un saludo fraternal.
Pedro García Olivo. Sí que es un asunto para matizarlo…. Porque creo que estamos de acuerdo, y es todo cuestión de énfasis. Somos procesualidades múltiples, complejas y contradictorias; y la unidad del Yo es ciertamente una quimera. Yo hablo de «contradicción» en otro sentido: en esa quiebra producida entre el pensar y el vivir. Un pensamiento que va por un lado y una vida que se construye en dirección opuesta. Me refiero a esa escisión, a esa división esquizoide, de la que se nutren la hipocresía y el cinismo contemporáneo. «Pensar la vida, vivir el pensamiento» es la consigna de la filosofía clásica a la que yo me aferro, reconociendo la pluralidad de mi ser, su contradictoriedad constituyente, su devenir sin regla. Y sí, dentro de esa diversidad, fríamente, añado un personaje más, que me propongo construir, inventar, crear «para la lucha», un personaje más que evita la contradicción entre el existir y el reflexionar. No me importa reconocer que en ese gesto late una especie de «cristianismo de segunda generación», un cristianismo sin dios. Para combatir lo dado, para negar el Sistema, nos seguimos acogiendo a la moral del Bien y del Mal, seguimos «valorando» (lo existente nos parece «malo» y queremos sustituirlo por algo «mejor»), permanecemos en el terreno de juego del cristianismo. No creo en la libertad de Sade, una libertad sin ética, basada en la pura autoafirmación del individuo y de su poder soberano. Suelo hablar, conscientemente, de la «auto-construcción ética y estética del sujeto para la lucha». Mejor si nos hacemos unos bocadillos y nos vamos a un parque, o a un monte, para conversar sobre este tema tan complicado, porque yo lo tengo todo contra la Industria del Ocio, y detesto de corazón esa mugre común de los bares y de las tapas, necedad de privilegiados. Muchas gracias por tu aporte, con el que coincido sustancialmente.
(…)
A. L. C. ke mas fantasmal y fantasioso aun ke el «yo» es el «no-yo» y tan dañino como el totalitarismo cristiano el haber confundido cristianismo con moral. el yo existe, no nos construimos cada mañana de cero, y no es solo cuestion de recuerdos. cuantas veces uno decide «dejar de ser», «dejar de hacer», «dejar de pensar»… y el «yo», testarudo, se encarga de ke siga siendo, siga haciendo, siga pensando… no hay tabula rasa, no hay despertares vacios. y uno, kiera anestesiarse o no, conoce en cada instante lo ke piensa y lo ke hace, lo ke desearia y lo ke puede. una vida sin memoria, sin pasado, sin compromisos, encerrada en el instante, es sencillamente una abstraccion imposible, un juego filkosofico kiza entretenido, pero como tantos otros, hasta kien juega a tales ejercicios mentales sabe ke es una fantasia construida por su yo, por su ego, con ganas de demostrar mas al mundo ke a si mismo hasta donde puede llegar su elevado pensamiento intelectual. una prueba es la necesidad ke existe, incluso en los iconos del individualismo, de compartir su pensamiento, inmortalizarlo por escrito, y esperar ke arrastre a otras personas en su direccion. si escribes lo ke has escrito, i., es porke partes de un yo, con memoria, pasado, con un hilo conductor temporal, una acumulacion de lecturas, reflexiones, vivencias ke te llevan, no solo a filosofar sobre la muerte del «yo», sino ademas a desear compartirla y ke influya en otros «yos». a proponer tambien una postura etica a otras personas.
algo asi pasa con el tema de la moral. hemos identificado tanto moral con cristianismo, ke al desear acabar con un dogma religioso hemos pasado a creer ke tambien se podia matar la moral. kropotkin pensaba una posible moral anarkista, era consciente de ke el vacio dejado por el cristianismo en la sociedad occidental debia ser llenado, no podia kedar vacio, porke somos seres morales. no hay ser humano ke no tenga una escala de valores, ke no piense ke algo esta bien y otras cosas estan mal. es el principio del deseo de cambio: kerer algo mejor signfica siempre considerar algo no tan bueno. y no es algo cristiano: existe moral budista, hinduista, taoista; existia moral en la cosmovision ancestral vasca -Mari detestaba la mentira, nos dicen-, y el anarkismo, asi como el pensamiento de «izkierda», es netamente moral. es otra moral -y, de hecho, muy emparentada con la moral primitiva cristiana, ke no dejaba de ser una moral humana, humanista, ke buscaba el bien del ser humano, una moral en ciertos aspectos muy compartible, originariamente basada en la no-propiedad, en la comunidad y comunion entre humanos; no dejaba de ser una buskeda de un colectivo humano sometido ke deseaba crear otro eje en sus relaciones, mas alla de akello en lo ke luego se convirtio y de la necesidad en akel tiempo de basarse en el fantasma divino para justificarse-. asi, la palabra «moral», «moralista», se ha convertido en una especie de arma arrojadiza, basta ke te atengas a unos valores ke otra persona sienta ke pone en cuestion los suyos, para ke, si esa persona es de «izkierda», «revolucionaria», «anarkista»… pretenda devaluarlos tachandote de «moralista», de «parecer cristiano», miope para ver en ese momento ke todo su pensamiento es una construccion moral en la ke existen, igualmente, buenos y malos -esa misma persona puede tener una enorme lista de malos: bankeros, policias, politicos…, y en ke se basa esa «maldad» sino en una escala de valores ke pone a las personas a un lado u otro de una raya subjetiva?-. a mi esas «acusaciones» no me asustan, como tantas otras: creo ke existe un «yo»? si, no solo lo creo, tengo la experiencia vivencial de vivir «con el» todos los dias, hasta en sueños, y de no poder desprenderme de el ni cuando lo he deseado. tengo moral? si, totalmente, de hecho eso me lleva a ser anarkista, si no tuviera moral, o etica, seguro ke no me consideraria anarkista, aunke sencillamente creo ke es algo poco menos ke imposible, ser humano y no tener algun tipo de moral. incluso el guiarse por destruir todo lo establecido y hacer lo ke a uno se le antoje en cada momento sin empatizar con nadie ni con nada es una forma moral de actuar, responde a una escala moral en la ke lo bueno es la voluntad propia a cada instante y lo malo todo akello ke pretenda sujetarla. y añadiria ke, de hecho, tan morales somos, tan en escalas vivimos, ke siempre pensamos ke nuestra moral, nuestra escala particular, es superior a la del resto -me incluyo en la cabeza de la lista de ese pensamiento-, por el simple hecho de ke si de pronto vieramos ke otra escala moral nos parece mejor, asumiriamos o intentariamos asumir esa recien descubierta escala.
creo ke creamos muchas abstracciones metafisicas con el sueño de estar con ello desterrando otras abstracciones metafisicas, y ke el sentido comun, ese ke tiene cualkier persona ke hamas abrio un libro de filosofia, esta mucho mas cercano a la realidad experiencial ke todes vivimos diariamente dentro de nuestros cuerpos.
puedo estar, por supuesto, ekivocado en cada una de las palabras ke digo. no por eso puedo evitar ke sea eso lo ke pienso. y aunke mi «yo» sea cambiante, aunke probablemente hubiera escrito esto de forma diferente de hacerlo una hora antes o una despues, mucho mas un año antes o un año despues, no dejaria de reflejar un «yo» ke sigue un hilo conductor temporal con sus acumulaciones, perdidas y transformaciones.