
Capítulo V
Mujeres y guerras.
Militarismo y patriarcado.
1. Las virtudes militares.
El manual oficial de formación moral y militar de la escala de complemento del ejército español justificaba así, en una fecha tan tardía como 1978, la existencia del Ejército, con mayúsculas:
“La existencia del Ejército responde a una previsión de necesidad. Él asume responsablemente el puesto de “centinela” sobre la vida e intereses de la Patria. Para ello está en continuo entrenamiento de eficiencia, un día acaso se le encomendará la salvación de todos y es vital para la Patria que responda de su misión. Lo que tal misión exija equivale a lo que solemos llamar “exigencias del Servicio”.
Para el caso español…
“Es España esa Patria ante la que somos convocados para la más alta y digna función de servicio y de fidelidad a la misión histórica que a ella, y con ella a todos, nos toca realizar, siguiendo los hitos que desde la más remota antigüedad ha ido jalonando nuestra historia, como son: el haber sido freno y vehículo de cristianización de los bárbaros, valladar de Europa ante el Islam, luz a la cultura y a la fe para más de veinte naciones, contención a la expansión protestante, derrota de Napoleón… y que sigue y desea seguir fiel a sí misma, rechazando ideologías extranjeras totalitarias que deterioren nuestras constantes históricas: de soporte y vehículo del cristianismo, defensa de la familia… y, en general, de “supremacía de los valores espirituales”, que es lo que ha constituido el marco y motor de todas las páginas de nuestra historia (…)”.
La imagen invocada de España no era otra que la del nacionalcatolicismo franquista, un nacionalismo excluyente, esencialista y teñido de religiosidad, aficionado al discurso del Enemigo, desde el islam hasta las corrientes liberales europeas, en asombrosa mezcolanza. Por “ideologías extranjeras totalitarias” había que entender, naturalmente, el virus del marxismo que infectó el cuerpo social español durante la II República, y que sería combatido durante y después de la Guerra Civil, ya en el marco de la Guerra Fría contra el Enemigo Comunista. Según este farragoso “texto de formación”, el recluta español debía ser educado por…
“(…) los Mandos que tenga el Ejército, que han de potenciar la formación del hombre que la Patria le entrega: sus virtudes, para llegar a hacer de él ese soldado que debiera ser”.
El manual recogía a continuación una prolija relación de “virtudes militares” entre las que descollaban la templanza, concebida como moderación de todo apetito; la fortaleza; la prudencia, manifestada fundamentalmente en la disciplina, y la justicia. Todas ellas se complementaban confusamente con otras tales como el patriotismo, el honor, el sentido del deber, el valor y la abnegación. Una de las más destacadas era la fortaleza:
“La fortaleza es la virtud militar por excelencia. El nombre griego de esta virtud es Andreia, que en realidad significa la virtud propia del varón, la virilidad.”
Amparándose en el significado del término griego -“fortaleza”, “ánimo”, “coraje”, pero también “hombría”- el autor establecía una línea de continuidad, una relación singularmente íntima entre la violencia y la guerra, por un lado, y la masculinidad y el mundo de los varones, por otro. Y tenía razón. Históricamente, la inmensa mayoría de los hechos violentos, en el sentido de acciones de guerra, ha sido protagonizada por hombres. Salvo contadas excepciones, los ejércitos, como instrumento esencial de la violencia organizada o institucional, han estado compuestos de manera exclusiva por varones; los escasos ejemplos de cuerpos armados actuales con porcentajes significativos de mujeres serán tratados más adelante. Lo que no quiere decir, claro está, que las mujeres no hayan jugado un papel más o menos activo en la instigación, preparación o ejecución de las guerras, sobre todo desde el campo de la retaguardia, apoyando a los varones en el frente. Así se ocupaba de denunciarlo la anarquista Emma Goldman en 1917, cuando, a propósito de la Primera Guerra Mundial, escribía las siguientes palabras:
“Ese monstruo insaciable, la guerra, despoja a la mujer de todo lo más querido y lo más precioso. Le roba a sus hermanos, a sus amantes, a sus hijos y, a cambio, la condena a una vida de soledad y desesperación. Y aún así es la mujer la adoradora y la protectora de las guerras. Ella infunde a sus hijos el amor por la conquista y el poder; susurra en los oídos de los más pequeños los relatos de las glorias de las guerras y acuna al recién nacido con música de trompetas y ruido de revólveres. Es la mujer quien corona al héroe que vuelve triunfante del campo de batalla. Y ella es quien paga el precio más alto a ese monstruo insaciable: la guerra.”
Incluso las militantes sufragistas europeas y norteamericanas -probablemente las mujeres occidentales más concienciadas de su propia situación de opresión- que hasta entonces se habían caracterizado por su antibelicismo, terminaron apoyando a sus respectivos bandos y causas nacionales. De manera paralela a lo que había ocurrido con la solidaridad obrera internacionalista, los lazos entre las feministas de los países de la Entente y de la Alianza salieron perjudicados por la lógica binaria de la guerra. “Mientras dure la guerra, las mujeres del enemigo también serán el enemigo”, declaró una de ellas, Jane Misme, en 1914. Desgraciadamente, el admirable frente unido antimilitarista de sufragistas como Sylvia Pankhurst y Catherine Marshall tuvo un peso más simbólico que efectivo en el conjunto del movimiento. Sin embargo, pese a todo ello, es razonable afirmar que los hombres no solamente han sido los principales actores protagonistas de las guerras, sino también sus máximos impulsores desde los aparatos políticos de los Estados. Según Marcia Yudkin, la guerra es, de hecho, una institución masculina, en un sentido político y cultural; histórico, que no biológico:
“En nuestra sociedad los hombres han sido los autores reales o potenciales de la guerra. Desde que los hombres nacen, se les forma y moldea para que sean capaces de ejercer poder político, de identificar sus intereses con la nación-estado y de destruir la vida. Los hombres han estado en una posición que les ha permitido prepararse para la guerra, declarar la guerra y hacer la guerra. Aquellos casos de mujeres que han encajado en el molde son anómalos y los de mujeres que han participado de forma central en la institución de la guerra, simbólicos”.
Un somero recuento de las “voces de autoridad” militaristas mencionadas hasta el momento en este libro -de Milosevic a Rumsfeld- ilustraría esta elocuente obviedad, con una sola excepción: Condoleeza Rice, la actual consejera de Seguridad Nacional del gobierno de George W. Bush. Su originalidad es tan llamativa que no se agota en su papel como “señora de la guerra” al modo thatcheriano, como lo demuestra su antipatía declarada por el movimiento de derechos civiles de los negros de los años sesenta, o su triste labor al frente de la Universidad Stanford, en la que llegó a ser investigada por discriminar a mujeres y minorías étnicas cuando su propio nombramiento había respondido justamente a la política contraria, de cuotas. Su anomalía, sin embargo, está cargada de un simbolismo arquetípico, universal: el de aquellos personajes que, con tal de medrar profesionalmente, terminan erigiéndose en denodados defensores del mismo sistema de valores que habría debido marginarlos; para el caso, el de las presuntas esencias americanas -WASP, blanco, americano, sajón, protestante- a cuya defensa anda tocando a rebato la actual ola de neoconservadurismo en Estados Unidos. 1
2. Militarismo y patriarcado: violencias contra las mujeres.
A lo largo de las décadas de los sesenta y setenta, en plena Guerra Fría, Kate Millet y otras feministas estadounidenses definieron el patriarcado como el sistema histórico de dominación de los hombres sobre las mujeres que, atravesando toda frontera geográfica y de clase, se articula sobre la violencia entendida en su sentido más amplio: física, pero también y mayormente simbólica, cultural. En el reparto de roles sociosexuales de todo sistema patriarcal, la agresividad siempre ha presidido el modelo de masculinidad que rige la educación de los niños varones. Lo biológico nada tiene que ver en todo ello, más que como pantalla o tabula rasa sobre la que se proyecta históricamente un modelo cultural. Los juguetes bélicos, como símbolo de esta violencia inoculada desde la infancia, poseen un inequívoco sesgo de género. Como bien señala Victoria Sau,
“Entre las características psicológicas que la división sexual del trabajo ha distribuido entre niñas y niños para que ésta resulte efectiva en el futuro, la agresividad le ha tocado en suerte a los varones, de tal modo que en una psicología diferencial de los sexos si hubiera que escoger un solo rasgo diferencial de personalidad entre ambos, éste sería sin lugar a dudas la agresividad. El poder y la guerra, los dos extremos del continuum patriarcal, requieren una hipertrofia de la agresividad humana de carácter adaptativo para poder tener en “pie de guerra” -simbólica siempre y con gran frecuencia real- a todo el colectivo masculino, sea en el campo de batalla de la economía, de la política o de la lucha armada”.
En este continuum patriarcal, conflictos armados entre Estados y violencia cotidiana contra las mujeres en el ámbito doméstico -agresividad y guerra- estarían íntimamente enlazadas, formando parte de una única realidad de dominación. El caso de las violaciones masivas durante las últimas guerras balcánicas de la década de los noventa describe de manera singularmente gráfica la consideración de que habitualmente son objeto las mujeres dentro de los discursos del militarismo y del patriarcado. Sólo en la república de Bosnia-Hercegovina., la organización Women for Women International ha calculado que fueron violadas unas veinte mil mujeres -sesenta mil según otras fuentes- durante el período bélico, entre 1992 y 1995. En una alegación presentada al Tribunal Permanente de los Pueblos durante ese último año, tras recoger y estudiar multitud de testimonios, el colectivo Dones per Dones de Barcelona se ocupó de describir los múltiples objetivos a los que sirvió esta práctica de guerra, ordenada por los propios oficiales a sus soldados bajo amenaza de graves sanciones. Por un lado, la violación sistemática cometida por las tropas serbias y croatas, como instrumento de limpieza étnica, significó…
“(…) una forma de tortura para la mitad de la población bosnia. La violación comporta humillación, sometimiento, terror, lo que provoca la huida del lugar donde han sucedido los hechos y el deseo de no volver nunca a él; además, es una amenaza potencial para las mujeres de las poblaciones cercanas”.
Con lo cual se conseguía el desplazamiento masivo de poblaciones enteras, con vistas a crear zonas de homogeneización étnica. Las violaciones sistemáticas respondían, pues, a un plan de guerra elaborado sobre un mapa de campaña. Al mismo tiempo, en el imaginario patriarcal, la violación buscaba representar en el cuerpo de la mujer la máxima humillación del adversario masculino, del honor del guerrero del otro bando; tal y como había ocurrido durante la guerra civil y la posguerra española con los siniestros rituales franquistas del pelado al cero y las purgas de ricino de las mujeres vinculadas -a veces por una simple relación de parentesco- con el enemigo vencido. Los cuerpos de las mujeres se convertían así en un campo de batalla más, en un terreno simbólico sobre el que escenificar el enfrentamiento, la destrucción física y moral del oponente. Además, por lo que se refería al atacante, la práctica colectiva de la violación representaba para el ejército o las milicias agresoras un ritual de comunión con el grupo, de afirmación patriótica y guerrera de la propia cohesión frente al adversario: un medio añadido de “aumentar la moral” del soldado, en palabras de sus mismos oficiales.
En el marco de la clásica dialéctica militarista del “Nosotros” frente al “Ellos”, del enfrentamiento con el Otro percibido como Enemigo, resulta evidente el papel de carta comodín jugado por las mujeres en el imaginario patriarcal. Partiendo de la tradicional oposición entre un modelo masculino caracterizado por la agresividad y otro femenino definido por la vulnerabilidad, la agresión real o inventada contra “nuestras mujeres” ha servido con demasiada frecuencia a la justificación del ataque contra el Otro. Se trata de algo atestiguado por miles de ejemplos históricos, como los linchamientos de la comunidad negra estadounidense a manos de blancos indignados por la violación de sus mujeres, algo recurrente hasta bien entrado el siglo XX, o la exagerada magnificación de los casos de mujeres serbias violadas por albaneses a la que recurrió el presidente Milosevic a finales de la pasada década de los ochenta, preparando el terreno para posteriores desmanes contra la población albanokosovar. Sin embargo, como señala Ruth Seifert -siguiendo a Theresa Wobbe- esta misma lógica también puede funcionar al revés:
“(..) el grupo de ellos puede en igual forma ser excluido en una forma particular, o avasallado como dice Wobbe, mediante el ejercicio de la violencia contra sus mujeres. Las consecuencias de estas atribuciones culturales de la mujer pueden observarse en la agresión contra Crocia y Bosnia-Herzegovina, donde la violación en masa y la tortura sexual de mujeres y niñas se empleó contra el grupo de ellos como estrategia de destrucción de la cultura y de limpieza étnica.”
Porque, retomando el argumento anterior, una de las metas que perseguían los agresores serbios era la humillación del cuerpo social del Enemigo, del Otro, en el cuerpo físico de sus mujeres. Las cifras de violaciones de mujeres bosnias se quedan cortas cuando se comparan con lo sucedido en Ruanda prácticamente por las mismas fechas, durante el genocidio perpetrado entre abril y julio de 1994 por las milicias del gobierno hutu contra la minoría tutsi. En el lapso de unas pocos meses cerca de un millón de personas perecieron asesinadas, y se calcula que entre un cuarto y medio millón de mujeres tutsis fueron violadas. Según la Asociación de Viudas del Genocidio de Ruanda, a principios de 2002 dos tercios de las mujeres violadas en 1994 eran portadoras del virus del SIDA. El caso ruandés ofrece, por cierto, un significativo dato que subraya el carácter cultural e histórico -en absoluto biológico- del reparto de roles sociosexuales entre hombres y mujeres, y de los diferentes modelos de comportamiento asociados. Es un hecho aceptado que una pequeña minoría de mujeres hutu participó activamente en el genocidio incitando a los hombres a la violación de sus congéneres, empezando por la ministra ruandesa de Promoción de la Mujer y la familia, Pauline Nyiramasuhuko, actualmente encausada por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con sede en Arusha, Tanzania.
La resonancia adquirida por los procesos de violaciones sistemáticas de los Balcanes y Ruanda durante la década de los noventa podría sugerir la impresión de que se trata de casos aislados o excepcionales. Por el contrario, constituyen una práctica secular, de larga tradición y sin fronteras culturales o geográficas precisas, que sólo muy recientemente ha sido estudiada y analizada en todo su alcance. Es el caso de las más de cien mil mujeres y niñas coreanas que sirvieron de esclavas sexuales a los soldados japoneses desde los años treinta y durante toda la Segunda Guerra Mundial, recluidas en las llamadas Confort Houses, verdaderos centros de violación creados y supervisados por el gobierno. O el de las mujeres partisanas cautivas por las tropas nazis; Putas para las Tropas de Hitler, las llamaban. O el de los cientos de miles de mujeres alemanas violadas por las tropas rusas en su avance sobre Berlín. Todos estos ejemplos, y muchos más, demuestran que la violación como estrategia militar no es una característica original de lo que algunos autores como Mary Kaldor han denominado “las nuevas guerras”, vinculándola exclusivamente con ciertos conflictos recientes del llamado Tercer Mundo, en el que también quedaría incluida la región balcánica como patio trasero europeo. Contradiciendo esta mirada cargada de etnocentrismo, es muy probable que sean precisamente los ejércitos regulares al modelo occidental más disciplinados del mundo -como el Ejército Rojo, el japonés o la Wehrmacht alemana, los más alejados de la clásica imagen de la horda de incontrolados- los que ostenten el dudoso honor del máximo registro de violaciones sistemáticas cometidas. Y que, paradójicamente, el grado de civilización de un ejército esté en proporción directa con su nivel de barbarie.
La violación sistemática en tiempo de guerra no es la única instrumentalización o manipulación de los cuerpos de las mujeres presente en el discurso militarista. Coincidiendo con el momento álgido de las violaciones de las mujeres bosnias, Stasa Zajovic, del colectivo Mujeres de Negro de Belgrado, denunciaba desde el campo serbio las políticas pronatalistas del gobierno de Slobodan Milosevic. En el marco de la teología victimista y mistificadora del nacionalismo étnico más virulento, el gobierno serbio rescataba del baúl de la historia el recurso universal de la madre heroica para inflamar los ánimos guerreros del pueblo:
“Asimismo ha sido fomentado el culto de la madre heroica Yugovich -figura medieval de la madre sufrida, valiente, estoica, que tenía nueve hijos- que debía ofrendar sus hijos a la muerte para defender la honra y la dignidad de la patria humillada.”
De esta manera, según Stasa, se establecía una línea de continuidad mujer/madre/nación/patria en guerra/muerte, con lo que la que la figura de la mujer-madre pasaba a simbolizar lo contrario de su significado original como dadora de vida. La máxima instrumentalización del cuerpo femenino asumía así la forma de un simple vientre o matriz de guerreros, de patriotas, de carne de cañón, de héroes y mártires. El resultado no podía ser otro que la progresiva pérdida de control de las mujeres sobre su propio cuerpo, sobre su propia sexualidad, sobre su propia vida, y, simultáneamente, el engrasado de la espiral de la violencia y de la guerra. 2
3. Imágenes manipuladas.
Pero no sólo los cuerpos de las mujeres son susceptibles de ser manipulados por el discurso militarista: lo son también sus imágenes, y no únicamente en la forma de arquetipos ideales, como el de la “madre heroica” serbia. No es casualidad que las mujeres hayan sido utilizadas con harta frecuencia como casus belli o pretextos de guerra, desde la mítica Helena de Troya hasta, en tiempos más recientes, la justificación de la campaña militar estadounidense Justicia Infinita lanzada en octubre de 2001 con la presunta excusa -aparte del puro discurso de la venganza por los atentados del Once de Septiembre- de liberar a las mujeres afganas. La imagen de la afgana cubierta con la burka fue esgrimida como símbolo de un sistema opresivo -el del régimen talibán- que debía ser destruido con las armas. Y así sucedió en el lapso de un par de meses. En plena guerra, la actriz afgana Niloufar Pazira, protagonista del filme Kandahar, no fue precisamente de las engañadas por el lenguaje de los presuntos libertadores:
“Somos tan víctimas de los talibanes como de la doble moral de Occidente. Es indecente cómo los medios estadounidenses están explotando la imagen de las mujeres con burka. Los derechos de las mujeres y de los niños afganos no se respetaban desde hace años, desde mucho antes de la llegada de los talibanes. Después del 11 de septiembre hay una fascinación casi sensacionalista por la mujer afgana, utilizan su imagen para demonizar al régimen de los talibanes. Son prisioneras, y ellos, los machos occidentales, van a liberarlas. No se libera a nadie con bombas. Con bombas inteligentes. Parece un chiste que roza el mal gusto. Yo no quiero elegir entre terrorismo y la guerra. Pero tanto Bin Laden como Bush dicen lo mismo: o conmigo o contra mí. Bush dice a la comunidad occidental que o le apoyan o serán considerados enemigos de Occidente. Bin Laden quiere obligar a elegir a los islámicos entre su guerra santa o la muerte. Son dos fascistas que quieren imponer su violencia al resto de la humanidad. La situación de las mujeres ni les importa ni les ha importado nunca. Pero ahora lo están instrumentalizando”.
Niloufar Pazira se negaba a enredarse en la lógica binaria y excluyente de la guerra y del militarismo: o conmigo o contra mí, o Bush o Ben Laden. Apostaba, en cambio, por un camino distinto: el que decidieran las propias mujeres afganas:
“(…) Los norteamericanos no quieren conocer el contexto de esta guerra. En Estados Unidos no hay diálogo alguno, han demonizado a los talibanes y no quieren conocer las razones. Huyen de los matices. No quieren saber que las mujeres afganas no quieren ser presas de unos, ni ser liberadas por otros. Quieren ser ellas mismas, y para eso, si las dejan, se bastan solas.”
Como no podía ser menos, poco salieron ganando las mujeres afganas tras el fin de la campaña militar; al menos las que sobrevivieron a las bombas inteligentes. Con ocasión del primer aniversario de los atentados del Once de Septiembre, la organización internacional Mujeres bajo las leyes musulmanas (WLUML, Women living under muslim laws) describía así la situación actual en Afganistán, cuando ya había transcurrido casi un año desde la caída del régimen:
“Una vez desalojados los talibanes del poder, la coalición liderada por Estados Unidos ha instalado un gobierno dominado por señores de la guerra cuyo historial de respeto de los derechos humanos y trato a las mujeres apenas es mejor. Esta no ha sido una guerra para “salvar a las mujeres afganas”, como demuestra el ejemplo de Sima Samar, la ministra de Asuntos Femeninos del gobierno interino afgano. La presentación de una demanda judicial contra ella por blasfemia fue una clara advertencia en el sentido de que todos aquellos que defendieran un Afganistán pacífico, justo y democrático serían acallados. Fuerzas poderosas continúan resistiéndose a la creación de un espacio para la participación política de las mujeres y la de todos aquellos que no cuentan con el respaldo de las armas”.
Ocupado Afganistán y sembrado de bases militares estadounidenses, el sangrante problema de la discriminación sexual de sus ciudadanas había dejado de ser noticia, no figuraba ya como tema de interés en las agendas de los principales medios de comunicación mundiales. La violencia cometida contra las mujeres afganas, cosificadas y apartadas del ámbito público, incapacitadas para trabajar fuera de sus hogares, invisibilizadas por la burka, continúa hoy día vigente después de haber servido como pretexto de intervención militar y entronización de un nuevo régimen títere en la zona. Una vez más, militarismo y guerra demostraron su esencial incompatibilidad con cualquier proceso o paso dado a favor del mejoramiento de la situación de las mujeres.
Diez años atrás, durante la primera crisis del Golfo de 1991, la utilización de determinadas imágenes femeninas también ayudó, como tantas otras veces en la historia, a la justificación de una aventura bélica. Según se ha ocupado de recordarnos Cynthia Enloe,
“Si hay alguna imagen que retrata la crisis del Golfo en su aspecto televisivo, es la de una mujer blanca bajando de un 747, con un bebé agotado a hombros. Según lo que implica esta imagen en los medios de comunicación, los Estados existen para proteger a los “mujeres y niños”. Hubiera sido más difícil justificar la intervención de EE.UU. en el Golfo de no haber existido alguna mujer como víctima”.
En esta ocasión se trataba de mujeres blancas, occidentales: el personal diplomático estadounidense evacuado de la embajada de Bagdad en vísperas de la operación Tormenta del Desierto. Una vez más las mujeres utilizadas como pretexto de guerra, encarnando históricamente el mito de Helena de Troya. Otra imagen que contribuyó a excitar los ánimos guerreros de Occidente fue la de la joven kuwaití informando con voz desgarrada de la matanza de bebés perpetrada por los soldados iraquíes en una incubadora del hospital del emirato. Tiempo después se sabría que todo fue un montaje -no hubo tal masacre, y la joven era en realidad la hija del embajador kuwaití- pero el grito de “¡las mujeres y los niños primero!” funcionó una vez más como eficaz propaganda de guerra.
Cynthia Enloe ha puesto asimismo el acento en la proyección interesada durante la primera Guerra del Golfo, por parte de la propaganda occidental, de dos imágenes femeninas altamente significativas: la de la militar estadounidense, como mujer teóricamente liberada, y la de la mujer árabe cubierta por el velo (hijab). Para Enloe, la contraposición de ambas servía a la voluntad de describir gráficamente la superioridad occidental frente al supuesto atraso de la cultura árabe, lo que justificaba, por tanto, cualquier intervención militar estadounidense en la región. Esta doble imagen acusaba, sin embargo, una singular complejidad, porque el icono de la mujer-soldado estadounidense significaba la ocupación por parte de las mujeres de un espacio tradicionalmente reservado a los hombres y sugería, por tanto, la idea de otra batalla ganada para la causa de la emancipación femenina. Como si el secular proceso de liberación de las mujeres en Occidente tuviera que culminar en el cuartel. Y no en un cuartel cualquiera, sino en el del ejército más poderoso de la tierra, con miles de bases repartidas por todo el mundo. 3
4. Mujeres en los ejércitos.
Retomando asimismo la imagen evocada más arriba por Niloufar Pazira, y para el caso de la reciente campaña militar de Afganistán, no todos los presuntos liberadores de las mujeres fueron, propiamente, “machos occidentales”. En 1991, durante la primera Guerra del Golfo, un 12% del ejército estadounidense estaba formado ya por mujeres, lo suficiente como para que su presencia pudiera ser ampliamente visibilizada durante el seguimiento informativo del conflicto, como refería Cynthia Enloe. Por aquel entonces todavía contaban con una serie de restricciones, como pilotar aviones o tripular barcos de combate, la mayor parte de las cuales serían levantadas durante los años siguientes. En octubre de 2001 el porcentaje alcanzaba ya el 16, con cerca de doscientas mil mujeres, repartidas entre el ejército de tierra (15%) de aire (19%) y la marina (13%). En los marines la participación femenina era mínima (6%) e inexistente, por vetada, en ciertos cuerpos especiales como los Rangers y Seals. De las tres armas, la marina parece ser la más impermeable a estas incorporaciones; tras la primera Guerra del Golfo, el destructor Acadia volvió a puerto con 36 marineras embarazadas -lo que le valió el sobrenombre de Love Boat- y los submarinos siguen sin aceptar a las mujeres en sus tripulaciones. En cualquier caso, las incorporaciones de mujeres continúan creciendo, ya que las solicitantes suelen estar mejor preparadas y obtienen mejores calificaciones que sus compañeros varones para su ingreso en un ejército cada vez más tecnologizado.
El ejemplo estadounidense ha sido imitado con mayor o peor fortuna por otros ejércitos, entre ellos el español. Las puertas se abrieron tímidamente en 1988, con la autorización de acceso a una serie de cuerpos y escalas, fundamentalmente de sanidad, jurídicos y de intendencia. A partir del año siguiente se fueron ampliando las posibilidades de ingreso. Tras la crisis del modelo de reclutamiento obligatorio, y en paralelo con el crecimiento de los efectivos profesionales en el contingente total, la participación de las mujeres en las tres armas del ejército ha aumentado de manera considerable. Si en 1998 sólo había 1.477 mujeres en un total de 37.500 profesionales, en 2002 la cifra ascendía a 11.480, un 9’3 % del contingente. Precisamente en ese último año España pasó a ser el país europeo de mayor presencia femenina en sus fuerzas armadas -superando a Francia- si bien el incremento del porcentaje no solamente se ha debido al aumento de las solicitudes de mujeres en números absolutos, sino al descenso del contingente total, toda vez que las ambiciosas previsiones de reclutamiento del gobierno Aznar no se han cumplido en absoluto, al menos hasta la fecha. De este fracaso da una cabal idea la comparación del objetivo mínimo fijado en 1999 -una horquilla de entre 102.000 y 120.000 soldados profesionales- con las cifras actuales. Todavía a finales de 2002 había solamente 75.000 profesionales, y ello después de que el ministerio de Defensa se hubiera gastado desde 1996 la friolera de casi ochenta millones de euros en campañas de publicidad entre los jóvenes.
En cualquier caso, la presencia femenina en un espacio tan tradicionalmente masculino ha sido visto por algunos como un logro, una conquista necesaria en el proceso de emancipación de las mujeres. Para la profesora del CSIC Valentina Fernández Vargas, por lo menos, se trata de una “conquista enorme”, una verdadera ruptura sociológica que se ha traducido en…
“(…) la desaparición del reparto de papeles del hombre como guerrero y la mujer como madre y esposa de guerreros. Una militar tiene la obligación, llegado el caso, de matar. Ésa es la gran ruptura.”
Sin defender la imposición de barreras a la incorporación de las mujeres al ejército, cabe preguntarse, sin embargo, qué puede tener de positivo ingresar en una institución en la que el asesinato no sólo es legal, sino obligado, y que constituye el epítome de los valores patriarcales. Si más arriba Victoria Sau criticaba un modelo de masculinidad dominante definido por la agresividad, como parte de un sistema histórico patriarcal que ha llegado hasta nuestros días… ¿qué puede decirse de la principal institución legitimadora de la violencia? Una institución edificada sobre el concepto de Enemigo, de la exclusión violenta del Otro, regida por la lógica binaria del militarismo, tan amiga de disciplinas y jerarquías como hostil al diálogo y a las mediaciones. Una institución, en fin, culpable de las guerras de las que tan mal paradas han salido siempre las mujeres, en proporción inversa a su escasa participación en la organización y ejecución de las mismas.
Algunas lecturas de la actual presencia femenina en el ejército desvelan precisamente ese profundo carácter patriarcal mal que bien disimulado tras una fachada de progresía y aires nuevos. Reina Ruiz, del grupo de mujeres del Movimiento de Objeción de Conciencia, encontró en su día varios factores que explicaban la apertura del ejército a las mujeres -con el primer paso legal dado en 1988- que el tiempo ha ido verificando. Uno de ellos era el escaso prestigio social de la institución militar, de resonancias claramente franquistas, algo bastante evidente durante los primeros años de la democracia en España. Basta para ello repasar las diferentes citas del “manual de formación militar y moral” del soldado recogidas al principio de este capítulo, y pensar en que todavía en 1978 -en plena Transición- los soldados eran adoctrinados en semejante pensamiento. Un prestigio que se veía además erosionado por la incipiente contestación de objetores de conciencia e insumisos, que con el tiempo llegarían a cuestionar y hacer inviable el modelo de reclutamiento forzoso:
“En el intento por mejorar la dañada imagen, tanto de la profesión militar como del ejército en sí, éste no duda en utilizar a la mujer para ofrecer una nueva fachada, más democrática, más europea, más acorde con los tiempos que corren. Al mismo tiempo, abre sus puertas a un importante colectivo -el 52 por ciento de la población- que podría resolver el mencionado problema de la carencia de existencias”
En el texto al que pertenece esta cita, publicado en 1990, Reina Ruiz no concedía demasiada importancia a un hipotético problema de carencia de efectivos en un futuro próximo para el ejército español. Normal. Ni ella ni nadie, y mucho menos los gobiernos socialistas de aquel tiempo, podían imaginarse que apenas seis años después el servicio militar caería herido de muerte por el imparable aumento de objetores de conciencia e insumisos, como una expresión más del descrédito social en el que había caído por anacrónico e impopular. Una vez decidido el fin de la mili en 1996 por el primer gobierno Aznar, se abrió un delicado período de transición durante el cual fue necesario compensar el drástico descenso de los mozos de reemplazo con la incorporación de tropa profesional. Y fue precisamente a partir de ese momento cuando el ingreso de las mujeres se tornó tan necesario como urgente. Hasta el punto de que, hacia 1998, no fueron pocas las voces que apuntaron que la afluencia femenina había salvado el proceso de profesionalización de las fuerzas armadas; durante la tercera convocatoria de plazas de aquel año, casi el 20% de los solicitantes fueron mujeres, con un incremento del 61.8% respecto al anterior.
Durante aquellos primeros años, sin embargo, la incorporación femenina era todavía tan exigua, en términos absolutos, que poco pudo hacer para parchear el problema de la bajísima ratio de aspirantes por plaza. Más efectividad tuvo si cabe la manipulación de sus imágenes con el fin de embellecer el aspecto de las nuevas fuerzas profesionales y estimular de esa forma el ingreso de los varones, una táctica patriarcal cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. La abrumadora presencia de atractivas y sonrientes militares en carteles y folletos del ministerio de Defensa -en los que dilapidó una fortuna- no podía contrastar más con su verdadero peso en la composición del contingente. La imagen de las mujeres, irónicamente, sirvió de cebo para atraer a unos potenciales soldados mayoritariamente masculinos, y sobre todo para maquillar la imagen del ejército y desembarazarlo de su aureola carca y franquista. La institución patriarcal por excelencia no sólo recurrió a las mujeres para parchear sus efectivos, sino que manipuló además su imagen con el mismo fin, reflejando con fidelidad, lejos de combatirla, la situación general de discriminación que socialmente seguían padeciendo.
Transcurrido un número suficiente de años para efectuar un balance, el resultado de todo este proceso no ha podido menos que decepcionar a sus impulsores. El boom de la incorporación de las mujeres al ejército parece haber tocado techo. Si en el año 2001 ingresaron unas dos mil mujeres, entre enero y septiembre del año siguiente sólo lo habían hecho poco más de la mitad. Fuentes militares atribuían el hecho, entre otras razones, a la dificultad de conciliar la vida en el ejército con la maternidad. La teniente que en 1998 acudió a los tribunales para defender los derechos laborales que legalmente le correspondían como madre en período de lactancia, y cuyo caso saltó varios años después a la prensa, confirmaría sin duda esa versión. El general que representaba al ministerio de Defensa, su oponente en el juicio, no dudó en acusarla de “falta de espíritu militar”, señalando que por encima del derecho a la protección familiar -que consideraba de “segundo orden”- estaba “el derecho y el deber de defender a España”. Además, cuando una vez agotada la vía judicial la teniente trasladó su problema a una diputada, el mismo general la acusó de “deslealtad”: como si hubiera traicionado el pacto de silencio de una mafia.
¿Una manifestación más del discurso patriarcal presente en una institución famosa por su insensibilidad y por su obsesión por la jerarquía y la disciplina? Ojalá todas fueran de ese tipo. En mayo de 2000, en el campamento de El Piornal, en Cáceres, la soldada de infantería Dolores Quiñoa fue obligada a desnudarse y violada por su teniente. Probablemente el suceso jamás habría trascendido si sus indignados compañeros de unidad, saltándose el reglamento militar, no se hubieran amotinado como protesta, dándose de baja uno a uno para solidarizarse con ella. Aquel acto de rebelión colectiva animó a Quiñoa a presentar una denuncia contra el oficial. Pese a todo, sólo la filtración del incidente a la televisión y a la prensa en noviembre de 2002, con la consiguiente expectación suscitada, hizo posible la tramitación de la denuncia, que hasta entonces había quedado bloqueada por la burocracia judicial militar. Si algo demuestra este caso es que la propia estructura del ejército es el lugar ideal, en tanto compartimento estanco cerrado a la sociedad -a la mirada y a la crítica del público- para que se produzcan abusos de este tipo y para que sus perpetradores salgan impunes. Frente al silencio ordenado bajo amenazas por el teniente violador, invocando el sagrado deber de la disciplina y el acatamiento de la autoridad, la soldado Quiñoa sólo pudo contar con la desobediencia y la rebelión solidaria de sus propios compañeros, valores completamente ajenos al universo patriarcal y militarista.
Otro de los síntomas de que el proceso de incorporación femenina, por debajo de las triunfalistas declaraciones de los responsables de Defensa durante los primeros años, está acusando graves dificultades, es un preocupante dato que sólo se ha sabido en fechas muy recientes. Entre 1991 y 2000, 1.072 mujeres militares solicitaron baja por depresión, la gran mayoría en el ejército de tierra, en el que durante el período 1996-2000 llegaron a darse de baja hasta 897 mujeres. Además, del total de bajas, 481 se dieron solamente en un año, el 2000: casi una de cada cinco. Las motivaciones son múltiples. La Oficina del Defensor del Soldado ha llamado la atención sobre las penosas condiciones laborales, a salvo de cualquier fiscalización. No por casualidad los militares carecen de los derechos de sindicación, manifestación y huelga, contradictorios con la sumisión y la disciplina como valores sumos del estamento. Otras bajas de mujeres están relacionadas con problemas de acoso sexual por parte de sus mandos, una órbita en las que son una ínfima minoría, con un 1,5% del total. Dado el carácter cerrado de la institución, no sería extraño que se estuviera produciendo algo parecido a lo ocurrido con el ejército belga, uno de los primeros en profesionalizarse en Europa, tras el británico. Un informe secreto publicado en el año 2000 desveló que nueve de cada diez mujeres militares sufrían acoso sexual. De las encuestadas, un 92’5% confesaba haber sufrido este tipo de acoso por parte de sus compañeros, un 36% declaraba haber sido víctima de tocamientos y un 1,3% denunciaba haber sido violada.
¿Es posible un ejército sin discriminación sexual, sin acoso, sin violaciones dentro de sus propias filas? El hermetismo de la institución, impermeable a todo control público, hace pensar lo contrario. En todo caso, conviene no perder de vista la finalidad última del organismo militar, su proyección hacia fuera: la perpetuación de la cultura de la violencia como único medio de resolución de los conflictos, perjudicial tanto para los hombres como para las mujeres. Por lo que se refiere al joven ejército profesional español, cabe preguntarse quién ha salido realmente beneficiado de la “enorme conquista” que, según algunos, ha significado el ingreso de las mujeres en el mismo. De momento, eso es seguro, el propio ejército. En cuanto a las mujeres, y recogiendo la anterior cita de Valentina Fernández Vargas… ¿qué ventaja puede haber en adquirir el derecho a la obligación de matar? Ninguna. Ni para las mujeres ni para los hombres. Lo deseable sería no solamente que ellas no se incorporaran a una institución esencialmente patriarcal y militarista, sino que ellos, cuestionando y redefiniendo el modelo de masculinidad en que han sido educados, desertaran de la misma, la vaciaran por dentro. Como defendía Petra Kelly desde el movimiento verde,
“Yo no quiero ver a las mujeres en pie de igualdad con nuestros hermanos, padres y esposos en centros de mando nuclear, en los frentes de batalla o en los lugares en que se planifica la muerte de miles de personas. (…) No debería haber ninguna mujer en el ejército. Saquemos de allí a los hombres.” 4
5. Tres lógicas de exclusión y una misma violencia.
Militarismo y patriarcado han compartido siempre el recurso común a la fuerza y la violencia. El colectivo feminista y antimilitarista Mujeres de Negro de Belgrado ha denunciado innumerables veces esa íntima alianza, engarzada a modo de triplete con el nacionalismo étnico más virulento, a partir de su experiencia del clima bélico en la Serbia de Slobodan Milosevic. El mecanismo etnocéntrico de exclusión del Otro, utilizado hasta la saciedad por el nacionalismo serbio, volvió a manifestarse con los bosnio-musulmanes de Bosnia-Hercegovina o los albaneses de Kosova. En el capítulo anterior se apuntaba que el proceso de exclusión etnocéntrica tendía a desplegarse de manera interminable: el número y la naturaleza de los excluidos se proyectaba hacia el infinito. En último término, nadie estaba a salvo de ser excluido. Prueba de ello fue el nuevo racismo contra los propios serbios de las regiones periféricas: los residentes en Kosova, o los expulsados de la Krajina croata, o de Bosnia. Como denunciaba Stasa Zajovic en 1996, a propósito de la limpieza cultural de la lengua serbia, propugnada por Dobrica Cosic, antiguo padre espiritual de la nación,
“No solamente desde hace años el idioma albanés no se puede oír ni siquiera en los mercados de Belgrado, sino que tampoco los refugiados de nombre serbio se atreven a hablar en voz alta, porque su acento diferente es detestado por la gran mayoría.
Los excluidos excluyen a su vez. Tras la intervención militar de la OTAN en Kosova durante la primavera de 1999, la minoría romaní se vio a su vez expulsada por la mayoría albanesa, las antiguas víctimas. Si en 1991 había unos cincuenta mil romaníes censados en Kosova -se calcula que los no censados ascendían al doble- en julio de 1999 sólo quedaban unos diez mil. Se trata, por tanto, del odio, del temor y de la exclusión de lo diferente, que siempre y de manera inevitable acaba derivando en el ejercicio de la fuerza, en el despliegue de la guerra. Militarismo, patriarcado y etnocentrismo aparecen así como tres lógicas de exclusión íntimamente conectadas y hermanadas por el miedo y la violencia, a modo de vasos comunicantes. Sólo ahora quizá se pueda comprender ese sutil militarismo que, al principio de este libro, se mostraba como algo tan inaprehensible e indefinible como una actitud, un comportamiento, un gesto o una mirada. Tal vez todo comience con una simple frase, como aquella que recordaba Primo Levi a propósito de su experiencia en Auschwitz:
“Habrá muchos, individuos o pueblos, que piensen, más o menos conscientemente, que todo extranjero es un enemigo. En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta sólo en actos intermitentes e incoordinados, y no está en el origen de un sistema de pensamiento. Pero cuando éste llega, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de un silogismo, entonces, al final de la cadena está el Lager. Él es producto de un concepto del mundo llevado a sus últimas consecuencias con una coherencia rigurosa: mientras el concepto subsiste las consecuencias nos amenazan.
Un arco tendido entre una sencilla y odiosa frase y el Lager, o la limpieza étnica, o Guantánamo. Esa sería la mejor definición del militarismo. 5
1.- Instrucción Militar. Escala de complemento, Ministerio de Defensa, 1978. Segunda parte: formación moral, primer ciclo. La cita de Emma Goldman procede de Tráfico de mujeres y otros ensayos sobre feminismo, Anagrama, 1977, pp. 66-67. La frase de Jane Misme está citada en Françoise Thébaud, en la Historia de las Mujeres en Occidente, de George Duby y Michelle Perrot (dir.), Taurus, 1993, p. 66. Sobre las sufragistas europeas y estadounidenses que lograron mantener una coordinación antimilitarista durante la guerra -la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad, creada en el congreso de La Haya de 1915- ver Jill Liddington, “La campaña de las mujeres por la paz. Historia de una lucha olvidada”, en Antes Muertas, La Sal, 1983. La cita de Marcia Yudkin está recogida de su artículo “Reflexión sobre Tres Guineas de Virginia Woolf”, publicado en Mientras Tanto, nº 15, 1983, p. 115.
2.- Kate Millet, Política sexual, Ediciones Cátedra, 1995, p. 70. La cita de Victoria Sau pertenece a “De la violencia estructural a los micromachismos”, en El sexo de la violencia, de Vicenç Fisas (ed.), Icaria, 1998, p. 168. La cifra de las violaciones cometidas en Bosnia-Hercegovina está extraída de la página web de la organización Women for Women International (www.womenforwomen.org) así como del artículo de Mabel González Bustelo “Sentencia histórica contra el uso de la violación como arma de guerra”, del IECAH, Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (www.iecah.org). La alegación presentada al jurado del Tribunal Permanente de los Pueblos por Dones per Dones de Barcelona, con el título “La violación como arma de limpieza étnica”, está incluida en la obra colectiva El genocidio bosnio. Documentos para un análisis, Los Libros de la Catarata, 1997. La cita de Ruth Seifert procede de su artículo “El segundo frente. La lógica de la violencia sexual en las guerras”, en La mujer ausente. Derechos humanos en el mundo, de Ximena Bunster, Cynthia Enloe y Regina Rodríguez (ed.), Isis Internacional, 1996, p. 39. El dato de la Asociación de Viudas del Genocidio de Ruanda lo he tomado de la Agencia France Presse, AFP News (7-1-2002). La información sobre la pequeña minoría de mujeres que participaron en el genocidio ruandés figura en la comunicación presentada por Angelina Muganza, Ministra de Género y Mujeres en Desarrollo de Ruanda, en el Congreso Violencia contra las mujeres. Situación actual mundial, celebrado en Valencia los días 23, 24 y 25 de noviembre de 2002 y organizado por el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia En otra comunicación presentada en el mismo congreso, Chin-Sung Chung, del Consejo coreano de mujeres obligadas por Japón a la esclavitud sexual, estima en una cifra variable -entre 80.000 y 150.000- las mujeres y niñas coreanas que fueron obligadas a prostituirse desde 1931 hasta el término de la Segunda Guerra Mundial. Anthony Beevor se ha ocupado de estudiar el fenómeno de las violaciones masivas de las mujeres alemanas en su obra Berlín. La caída (Crítica, 2003). Sobre Mary Kaldor, ver Las nuevas guerras (Tusquets, 2001). La cita de Stasa Zajovic está tomada del texto “Hijos para la guerra”, en mujeres en acción, abril 1992, p. 10. La declaración de Women living under muslim laws en el primer aniversario de los sucesos del Once de Septiembre está disponible en su web: www.wluml.org.
3.- Entrevista a Niloufar Pazira por Elsa Fernández Santos, El País 27-10-2001. La cita de Cynthia Enloe procede de su artículo “Mujeres y niños primero: las herramientas propagandísticas del patriarcado, en Papeles para la Paz, nº 43, 1991, p. 170.
4.- Los datos sobre la participación femenina en el ejército estadounidense proceden en su mayoría del artículo “Get of My Way”, publicado por Susan H. Greenberg en la revista Newsweek, 29-10-2001. Las cifras de las incorporaciones de mujeres al ejército español pueden consultarse en la web del ministerio de Defensa. A finales de 2002, el ministro Trillo reconoció por fin que “estaban fallando las incorporaciones de tropa profesional” (El País, 13-11-2002). La cita de Valentina Fernández Vargas, autora del libro Las militares españolas (Biblioteca Nueva, 1997) está tomada del reportaje de Jesús Rodríguez, “La última trinchera” (El País Semanal, 2-5-1998). La cita de Reina Ruiz, del grupo de mujeres del Movimiento de Objeción de Conciencia, procede de su artículo “Mujer y ejército”, en Papeles para la Paz nº 38, 1990, p. 245. El dato del número de solicitudes de mujeres presentadas durante la tercera convocatoria de 1998, en “La afluencia de mujeres salva la profesionalización de las Fuerzas Armadas” (El País, 30-10-1998). Sobre el techo que parece haber alcanzado la incorporación femenina al ejército profesional, La Razón, 29-10-2002 y Belt Ibérica, 4-11-2002 (www.belt.es). Sobre el caso de la teniente y las polémicas declaraciones del general, ver el artículo de Miguel González “El combativo espíritu maternal de la teniente B.”, El País, 1-4-2002. Sobre el “caso Quiñoa” he utilizado la información contenida en El País, 24-11-2002. Los datos de las bajas por depresión proceden de los artículos “Una soldado que sufrió acoso sexual presenta una querella ante los tribunales militares”, de Karin Federlein (El Mundo, 11-2-2002) y “El Ejército español, el segundo con más mujeres” de Miguel González (El País, 1-4-2002), citando fuentes oficiales del ministerio de Defensa. El informe del ejército belga aparece citado en el texto “Precaria la situación de las mujeres en el ejército”, de CIMAC, Agencia de noticias (Centro de comunicación e información de la mujer) 23-10-2000 (www.cimac.org), y en “Noticias de justicia infinita” (www.creatividadfeminista.org). La cita de Petra Kelly pertenece a Por un futuro alternativo, Paidós, p. 37.
5.- Sobre la relación entre militarismo y patriarcado, me he apoyado fundamentalmente en el trabajo de Ana Peralta de Andrés, “Política de las mujeres; política antimilitarista”, (inédito), así como en “Antimilitarismo y feminismo: las mujeres, la campaña Insumisión y 25 años desobedeciendo”, de Josemi Lorenzo Arribas, en Mujeres, regulación de conflictos soaicles y cultura de la paz, de Anna Aguado (ed.), Institut Universitari d’Estudis de la Dona, 1999, pp. 177-200. La cita de Stasa Zajovic procede del libro Mujeres por la paz, publicado en Valencia por la Asociación Mujer, Salud y Paz, 1998, pp. 32-33. Las cifras de población romaní en Kosova están tomadas del artículo “En Kosovo también había romaníes…”, de Vesna Stojanovic, incorporado al apéndice documental del Informe sobre el conflicto y la guerra de Kosovo, ediciones del oriente y del mediterráneo, pp. 580-583. La cita de Primo Levi pertenece al prólogo de Si esto es un hombre, Muchnik Editores, 2001, p. 7.
1.- ¿A qué llamamos militarismo? Un viaje por la historia.
2.- El discurso del miedo: El informe de la montaña de hierro.
3.-La eficacia es lo primero: La bala de plata del uranio empobrecido.
Mujeres y guerras. Militarismo y patriarcado
Una tesis central aquí es absurda: que «son los hombres los que inventaron las guerras» : la causante es la escasez de recursos en la naturaleza, y aún en una sociedad puramente femenina, las guerras habrían tenido lugar igualmente.
No, claro, que durante siglos hayan sido hombres quienes han matado en guerras es mera coincidencia!
jajajajaja… jajajajajaj…
Menos mal que estás ahí para orientarnos!
jajajajaj
Lee un poco, sobre sistemas sociales, p.e., el sistema patriarcal, ¿o quizá el patriarcado no existe porque en realidad nuestro orden social viene determinado por la biología?
jajajajaj…
Flipándolo con el asiduo revienta temas feministas en este blog, ya es que no me he podido aguantar!
jajajajaj…
Posdata
¿Es un amigo de la administración del blog? Es que le tenéis de lo más mimado!
Mujeres y guerras. Militarismo y patriarcado
con respeto te digo que te informes sobres organizaciones sociales. el ego masculino es demasiado suceptible lee «patriarcado» y piensan que es sinonimo de hombres. No. Es un orden social, y uno pesimo que saca lo peor del hombre y de la mujer.
saludos