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SHEILA GRANDÍO
11 de octubre de 2005

El índice antiterrorista en Estados Unido está en amarillo, en nivel elevado. Pero el FBI tiene también tiempo para luchar contra un enemigo peligroso: la pornografía. Desde hace unas semanas, los federales tienen un equipo dedicado a perseguir la obscenidad. Según un comunicado, es una “de las máximas prioridades”.

La noticia la difundió el norteamericano Washington Post, pero en cuestión de horas se extendió por multitud de medios estadounidenses, como un reguero de pólvora: el FBI va a perseguir a la pornografía. No se trata de sexo con menores implicados, ni de prostitución -ilegal de principio a fin- sino de la otra pornografía, la tradicional, la realizada por adultos responsables para un mercado mayor de edad.

Todo comenzó a principios de este mes, cuando el FBI comunicó a sus 56 delegaciones la formación de un nuevo grupo de trabajo “anti-obscenidad”. En el comunicado se la denominaba “una de las máximas prioridades” de la dirección de la agencia.

Los orines y las heces, prohibidas

El objetivo de este programa es detectar todos los productos de índole sexual que puedan considerarse obscenos, entre los que se incluyen la “bestialidad, actos con orina, defecación y comportamientos sádicos o sadomasoquistas”. Pueden tratarse de imágenes o textos, reales o ficticios.

Uno de los primeros perjudicados por esta norma ha sido la web Red Roses Stories, que albergaba relatos fantasiosos de contenido sexual. El FBI entró en la casa del webmaster, se llevó todo el equipo técnico y clausuró la página. Su autor se disculpa así a sus lectores: “El chat permanece, pero por favor no pongáis nada de tipo sexual o político en el foro. Los hombres de negro (men in black) están mirando”.

Porno: ¿ocio de adultos o cuna del crimen?

Esta nueva medida del FBI ha sido tachada de conservadora y represora por algunos, pero lo cierto es que las brigadas “anti-obscenidad” han recibido tantas críticas como alabanzas.

Los detractores consideran que esto es un pasó atrás en la libertad de expresión (la sacralizada Primera Enmienda estadounidense) y que además el FBI debería estar preocupándose de otros temas más importantes, como el terrorismo o el alto índice nacional de criminalidad.

Sin embargo, no todos ven la idea tan descabellada. Algunos grupos de defensa de los derechos humanos llevan tiempo denunciando la relación entre la pornografía y el tráfico de blancas, la prostitución forzosa y el abuso de menores. Además, algunos añaden que este tipo de productos no pueden ser inocuos cuando se da la coincidencia de que los criminales sexuales han mostrado siempre una gran adicción a este tipo de productos.

Esta inquietud ya llegó al Congreso de EEUU hace dos años, cuando se aprobaron los presupuestos de 2005. Entonces, se reservó una partida de dinero específica para luchar contra la obscenidad y se determinaba que al menos 10 agentes del FBI deberían dedicarse a investigar la pornografía adulta.

Entre el dinero y la moral

A pesar de las teorías que relacionan a la pornografía con el crimen, lo cierto es que la nueva medida del FBI no ha sido demasiado bien acogida por una sociedad que ya ha aceptado el porno como un producto más.

Atrás quedaron los años de los sex-shops escondidos o de las estanterías superiores de los videoclubs que nadie pretendía mirar. En la actualidad existen hasta certámenes de cine X, las películas se emiten en los canales generalistas (fuera del horario infantil, eso sí) e incluso los actores de porno se han convertido en auténticas celebridades. Valga Nacho Vidal como ejemplo.

Algunas voces dudan de que el FBI vaya a ser demasiado riguroso con un negocio tan lucrativo en EEUU que aporta dividendos a muchas empresas de renombre -léase General Motors, Time Warner y cadenas hoteleras como Hilton.

Claro que, también hablamos del mismo país en el que el pezón de Janet Jackson durante la Superbowl fue tema de discusión en el Congreso.