FRANCISCO APAOLAZA | CÁDIZ

A juzgar por el ritmo de su paso y las zancadas que marca en la arena, nadie diría que Francisco tiene 68 años. «Cuando ando pienso en mis hijos, en las hipotecas, en las cosas mías», dice al pasar frente al Ventorrillo del Chato en su caminata diaria. Son las doce al sol del mediodía y el jubilado de banca sigue la huella de decenas de pasos más tempraneros. Y antes que ellos, millones de personas que han viajado por el cordón umbilical de la ciudad desde que la geología y las mareas le dieran a Europa la suerte de estar unida a Cádiz, que dijo Pérez Galdós. Una finísima, casi milagrosa, línea de tierra hizo que la ciudad dejase de ser isla en tiempos de los romanos. «Ya ves, la geografía nos hizo este regalo», dice Francisco a mitad de camino de su curioso viaje de un par de kilómetros sobre el filo de la navaja de la historia de las costas. El pausado juego de mareas tuvo el capricho de dejar su isla de arena sobre la piedra ostionera. Y sobre ella, la carretera, los trenes, el acueducto, la sangre de toda una ciudad. Teniendo en cuenta el asedio urbanístico al que somete el mar a Cádiz, el resto de la historia puede calificarse de milagro. Antes de convertirse en parque natural, varios proyectos de puertos, aeropuertos y urbanizaciones pretendieron tapizar el istmo de hormigones y terminar con las salinas, las marismas y las dunas despeinadas de verde sobre las que acelera la marcha Francisco en su paseo mañanero por el penúltimo paraíso urbano.
El destino tenía un plan para Cádiz. Sólo así se podían dar el cúmulo de casualidades que hicieron que la capital no fuese una isla, que la ciudad menos expandible de España tuviera un parque natural con la quietud y el ecosistema del tómbolo de Cortadura, que ninguno de los planes del hombre de llenar con su hormigón las dunas saliese adelante. Que sea la casi siempre destructiva e invasora mano del hombre la que haga sobrevivir un medio único de 5,5 kilómetros cuadrados dentro del término municipal de Cádiz.

Puentes y torres de luz al margen, la ciudad está unida al continente por una finísima línea de tierra, obra de un PGOU geológico aprobado por la naturaleza desde el terciario. El catedrático de la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Cádiz Juan Manuel Barragán narra la historia de cómo se fueron depositando en los fondos marinas pequeños esqueletos de seres vivos que se fueron compactando hasta formar una línea de lo que hoy se conoce como piedra ostionera al sur de la isla que hoy es Cádiz. «Luego vinieron los granos de arena que trajeron las corrientes del medio marino. La barrera de piedra sirvió de freno y los granos se fueron decantando», explica el especialista en desarrollo costero. Cuando llegaron los romanos, pudieron plantar en él el acueducto que hoy deja ver las piedras de su historia. Desde entonces se instituyó el grácil equilibrio por el que hoy transitan coches, trenes, paseantes y bicicletas. De norte a sur, los límites son más que sólidos. Por un lado, el fuerte de Cortadura, a la vera de los últimos vestigios de la expansión voraz de una ciudad. Al sur, mucho mas al sur de lo que puedan imaginar muchos, el molino de mareas del Río Arillo marca el fin de Cádiz y el arranque de San Fernando. En dirección este oeste, el cambio es más drástico. «A un lado tenemos los fenómenos ligados al medio marino: playas, rocas, y dunas», dice Barragán. El juego natural de la «enorme energía» del mar redibuja constantemente la costa. «En invierno se lleva la arena a las playas submarinas que están a cuatro o cinco metros bajo el agua. Y las devuelve en verano, cuando llega la calma», dice.

Cuatro carriles de rectísima carretera y las vías del tren separan la escena de otra muy distinta: «Es una playa de arena silícea con depósitos fluviales del limo que trae el Río Guadalete».

Si la parte exterior -con sus dunas, sus olas y el histórico Ventorrillo del Chato- tiene el paisaje, la interior esconde los mayores tesoros naturales. Es el lugar preferido de Manuel Maza, que a sus 61 años recorre habitualmente los seis kilómetros que le separan de su casa junto al Puerta del Mar. «Es un sitio tranquilo, solamente viene una decena de personas al día y se está muy tranquilo», relata mientras estira sus cansados músculos en la pista que recorre junto a la vía del tren, en los alrededores de la Estación Depuradora de Aguas Residuales, cerca del Río Arillo.

Ésa era la última parada para los pasajeros que viajaran a Cádiz en el XVII, explica Juan Manuel Fornell, director del Parque Natural Bahía de Cádiz que integra estos terrenos desde 1989. Estuvieron a punto de ser acera o muelle en varias ocasiones en las que Cádiz quiso romper el corsé geográfico en el que vive rodeada de agua.

Las amenazas

En 1928, el ingeniero Torroja proyectó desecar todo el saco interior de la Bahía para crear un gran puerto. En 1948, los usos portuarios estuvieron a punto de llevarse por delante el carácter natural del tómbolo. En aquellos días, mucha de la carne que se consumía en España provenía de Argentina, y Cádiz quiso convertirse en la puerta de entrada de todos los barcos. El proyecto contemplaba dos enormes zonas francas: una internacional y otra para Argentina desde el tómbolo hasta el canal de la Bahía de Cádiz. Pretendía urbanizar desde Puntales hasta Santibáñez, donde ahora Manolo Muñoz y los suyos intentan adecentar las construcciones para su club de Pesca en el que ya fondean 30 embarcaciones cerca de donde se cría «el mejor pescado del mundo», según el presidente de la entidad.

La zona también pudo ser parte de un aeropuerto que se planteó hasta los años 60 por distintos mandatarios de la ciudad y que hubiera llenado de pistas los alrededores de Torregorda.

Sin embargo, el proyecto que estuvo más cerca de terminar con el espacio por el que circula en su bicicleta Juan Antonio Carrillo no queda tan lejos en el tiempo. 1975. En esa fecha remata un gran proyecto para construir la tercera parte de la ciudad. Si Cádiz I era intramuros, Cádiz II Puerta Tierra, Cádiz III -así se llamaba la idea- pretendía llenar el espacio con 7.500 viviendas. La población hubiera crecido hasta los 250.000 gaditanos si un sector amplio de la población, liderada por algunos arquitectos, no se hubiera opuesto frontalmente al intento.

Éstas han sido algunas de las ocasiones en que el destino, la suerte o la cordura protegieron el medio en el que se puede uno topar con flamencos, chorlitejos, correlimos o alguna de las 80.000 aves de 60 especies que visitan al año el parque. Bien poco quedaría de la geométrica quietud de los laberintos de esteros, ni y las salinas de Roquetas, San Félix y La Dolores, ni las charcas de La Gallega y Torregorda, las pocas de la zona con agua dulce.

El pulmón de la ciudad respiró tranquilo cuando en 1983 se declaró la zona no urbanizable. Seis años después, se integraría en el Parque Natural bahía de Cádiz.

De la mano del hombre

Casi como un milagro, el hombre no sólo ha respetado la zona sino que gracias a su actividad se ha mantenido el ecosistema más valioso. «Son las actividades salineras y acuícolas las que han permitido que allí vivan gran cantidad de limícolas», dice Fornell, que no le ve sentido al parque sin esas actividades. «Sin el manejo del hombre que abre las compuertas y deja entrar y salir el agua, la zona se colmataría, secaría o inundaría», asegura Fornell.

«Si no existe ese agua que fluye desaparecería el hábitat crítico en el que muchas especies encuentran alimento, zona de anidada, de reproducción, etc», dice Juan Manuel Barragán, que no duda en que muchas zonas se convertirían en «un campo de arena».

El profesor reflexiona sobre «cómo ha cambiado el panorama». En 1917, la Ley Cambó animaba a la desecación y saneamiento de las marismas. Hoy, los terrenos son la niña bonita del Dominio Público Marítimo terrestre. «Nuestra visión ha cambiado 180 grados. Podíamos haberlo hecho desaparecer y sin embargo, el hombre, sin darse cuenta, ha hecho posible conservar este trozo de Cádiz». Conservación y actividad económica se dieron la mano en Cortadura.

Fuente: http://www.lavozdigital.es/cadiz/20090222/cadiz/cordon-umbilical-cadiz-20090222.htmlº