Las autoridades hebreas denuncian, con las cámaras como testigos nada casuales, el uso de chavales para la comisión de atentados sin recordar que en la Intifada han muerto centenares de menores de edad.
Su imagen ha dado la vuelta al mundo. No se trataba de una película ni siquiera de un anuncio de televisión, pese a que el chaval iba y venía y repetía una y otra vez lo que los soldados le decían, con tal de que los cámaras, llegados desde Jerusalén hasta el control militar de Hawara, cercano a Nablus, grabaran desde todos los ángulos posibles el triste espectáculo.
No tenía 14 años, como se informó por parte del «Tsahal» en un primer momento, sino 16. Pero es verdad que su imagen aniñada, su aspecto asustadizo, su cuerpo menudo acompañaban.
Husam Abdu se quitó con cuidado su ropa hasta quedar en calzoncillos. Un robot teledirigido desactivó el cinturón de explosivos que llevaba adherido a su cuerpo y que le fue entregado por desalmados radicales palestinos con un único propósito: hacer de él un niño-bomba.
Israel se apuntó entonces un buen tanto en la guerra de propaganda que enfrenta a ambos bandos. Una semana antes fue también detenido un niño de 11 años, Abdulá Quran, en el mismo lugar, por llevar de un lado a otro del control militar una bolsa cargada de explosivos. Sin él saberlo, eso sí.
Viaje sin retorno al paraíso
Días después fue descubierta una trama para hacer de Tamer Jawireh, de sólo 15 años de edad, otro kamikaze del Yihad Islámico. El pequeño se vino abajo el mismo día en el que tenía que inmolarse. Su acomodada familia de Nablus montó en cólera contra esa organización fundamentalista y exigió, sin éxito, una investigación a la ANP y la detención de los inductores, entre ellos un jeque de la localidad que prometió a Tamer un viaje sin retorno al paraíso donde la felicidad y 72 vírgenes le esperaban como premio a su criminal «martirio».
Todas y cada una de esas noticias han acaparado las portadas de los diarios hebreos y los titulares de sus principales informativos. Algunos críticos israelíes, sin embargo, han ido más allá y han denunciado esta repentina preocupación, este súbito interés de Israel por los niños palestinos.
En cabeza, Guideón Levy, periodista del Haaretz, quien señalaba en un reciente y demoledor artículo que «los centenares de niños palestinos muertos, los miles de niños heridos y lisiados; los centenares de miles de niños palestinos que viven bajo el estado de sitio y de pobreza y están expuestos a diario a la violencia y a la humillación, han fracasado a la hora de movilizar a la opinión pública israelí. Sólo lo ha conseguido el niño con el cinturón de explosivos». Levy denuncia «la crueldad de quien envía a un niño inocente de manera cínica a la muerte» pero señala a su vez que «los israelíes no tienen el derecho moral de criticar a los palestinos por esa crueldad para con los niños: nosotros no somos menos crueles».
«Cifras chocantes»
Como denuncia el periodista Ofer Shelah, en las páginas del Yedioth Ajronoth, «una de cada nueve víctimas mortales israelíes y una de cada seis palestinas son niños. Son cifras chocantes para cualquier mente que no han podido con la absoluta indiferencia mostrada por ambas partes en conflicto».
Además, en opinión de Guideón Levy y de Monica Awad, portavoz de Unicef en Cisjordania y Gaza, Israel no sólo es responsable de la muerte de muchos niños palestinos sino también de sus vidas. Y las condiciones en las que los niños palestinos crecen no son precisamente idóneas.
Más del 25 por ciento de los niños palestinos (el 50 por ciento en Gaza), según la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (Usaid), padece de malnutrición. Los niños, según Awad, viven en un entorno muy dañino, sin lugares para jugar, para hacer deporte, sin ordenadores, sin actividades extraescolares.
Testigos de la violencia
Y lo peor de todo, en opinión de Iyad al-Sarraj, psiquiatra de Gaza, es que son testigos directos de la violencia de la Intifada (la muerte o la detención de un familiar o amigo; el bombardeo cotidiano; la incursión militar diaria; la demolición de su vivienda) y asisten en primera persona a la humillación de su padre, de su hermano mayor, de su vecino. «Son niños violentos, angustiados, descentrados, desmotivados en su vida familiar y en el colegio», apunta el doctor Sarraj, cuyo centro de ayuda psicológica en Gaza recibe una media anual de 4.000 pacientes menores de edad.
Tanto Al Sarraj, como Awad, Shelah y Levy coinciden al desarrollar sus conclusiones sobre este problema en lo esencial: resulta imprescindible que Israel -como fuerza ocupante tiene esa responsabilidad- se concentre más en las condiciones de vida de los menores de edad palestinos que en el hecho de que, de manera cínica, cobarde y criminal, algunos de ellos, una enorme minoría todavía, sean enviados con explosivos a cometer atentados terroristas.
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