Por Francisco Viña Alfaro.

En la actualidad, cuando observamos en detalle a la mayoría de los medios de comunicación referirse a Venezuela, nos percatamos de que la narrativa es sumamente simple. Existe un “dictador”, Nicolás Maduro, y para que este deje de existir deben suceder cosas extraordinarias, es decir, dar la lucha por la “libertad y la democracia”. Esta narrativa ha perjudicado y profundizado la ya difícil situación del país, ha llevado nuestra realidad política a un relato fantasioso que, cada vez más, va cerrando las puertas del diálogo y reconocimiento mutuo de factores políticos que hacen vida en el país para elaborar una agenda mínima que permita, al menos, estabilizar la economía.

La palabra democracia la podemos entender como un sistema de organización del Estado, dentro del cual el pueblo decide directa o indirectamente los representantes que encabezarán los diferentes poderes de la nación. Las características generales que tiene una democracia las podemos resumir en cuatro puntos principales: la realización de elecciones donde la mayoría decide quienes gobiernan, libertades individuales y de partidos políticos, libertad de expresión y de culto, y separación de poderes.

¿Existe una democracia en Venezuela?

Hay varios puntos que resaltar para dar una respuesta, intentaremos realizar un breve recuento de antecedentes que han venido tejiendo la delicada y compleja situación que vivimos hoy en día:

En los últimos años han existido numerosas elecciones en Venezuela, como ejemplo citaremos las más recientes: comenzando con las parlamentarias del año 2015 donde la oposición ganó 112 escaños y el oficialismo obtuvo 55, dándole una abrumadora mayoría a la oposición por primera vez desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1998.

Dos años después, en medio de una ya profunda crisis económica, grandes presiones por parte de la oposición democrática y grupos violentos que exigían la salida del Gobierno, el presidente Nicolás Maduro convoca a la elección de una Asamblea Nacional Constituyente (ANC), amparado en el artículo 348 de la Constitución, comicios a los que la oposición se niega a participar pese a haber tenido gran apoyo popular en las elecciones anteriores, dejándole el camino despejado al Gobierno para instalar dicha asamblea con el 100% de los curules a su favor, permitiéndole la redacción de decretos y modificar la constitución de manera unilateral. Dichas elecciones se llevaron a cabo el 30 de Julio de 2017. La oposición al negarse a participar en estos comicios alegando ventajismo por parte del Gobierno, cedió un espacio vital que moldeó el porvenir político del país, sin representación de una parte importante de la población.

Es importante hacer un paréntesis en este punto para destacar que sí hubo ciertas exigencias por parte del CNE para llevar a cabo estas elecciones que generaron condiciones que quizá no eran las más favorables para la oposición. Las elecciones se darían en dos escenarios, el territorial y el sectorial, lo que implicaría mayores cargos que teóricamente beneficiarían al Gobierno. Sin embargo, al excluirse del proceso, la oposición permitió que se realizaran las elecciones sin una opción alterna a la gubernamental y sin participación de este sector en los procesos de auditoría. Abstenerse, en este caso, se convirtió en un prematuro aborto de la gestación política.

A través de la ANC, se convocaron elecciones de Gobernadores en octubre de ese mismo año. Escasamente dos meses y medio después de que la oposición no participara en las elecciones de la ANC por considerarlas fraudulentas, deciden participar en las de gobernadores. Es importante destacar que en este caso son los mismos rectores, registro electoral y garantías que en las elecciones anteriores, sin embargo, para la oposición hay ocasiones en las que participar le conviene y otras no, según su discreción. Como resultado de estas inconsistencias políticas, el partido de gobierno ganó 20 gobernaciones del país, mientras la oposición ganó las 5 restantes y asumió el gobierno en cuatro de ellas tras juramentarse frente a la ANC.

Desde finales de octubre de 2017 al presente se han realizado 3 elecciones en el país: Alcaldías en diciembre de 2017, presidenciales y legislativas regionales en mayo de 2018 y de Concejos Municipales a finales de 2018, en las cuales el Gobierno de Maduro cosechó victorias absolutas gracias a la no participación de los principales partidos de oposición.

¿Por qué no participa la oposición en estos comicios que terminaron dándole poderes prácticamente absolutos al Gobierno? Las razones que ellos mismos han esgrimido públicamente son variopintas: en principio, la ANC (reconocida únicamente a conveniencia) ordenó la relegitimación de los partidos opositores que no participaron en las elecciones de Alcaldes como requisito necesario para que puedan participar en las Presidenciales. Dicho decreto de la ANC es una arbitrariedad, que cambia lo establecido en el artículo 32 de la Ley de Partidos Políticos donde establece que este tipo de reinscripciones deben hacerse por parte de los partidos políticos “Cuando hayan dejado de participar en las elecciones, en dos períodos constitucionales sucesivos.”

Pese a la arbitrariedad del la ANC que obliga, mediante decreto, la reinscripción de los partidos de oposición hay un detalle importante que suele pasar bajo la mesa, la oposición sí recolectó firmas para la participar en las elecciones presidenciales. El fin de semana del 20 y 21 de enero de 2018, el conocido líder opositor del partido Acción Democrática (AD) Henry Ramos Allup declara, luego de firmar para apoyar la inclusión de la tarjeta de la Mesa de la Unidad (MUD) en jornada organizada por el CNE: “si el Gobierno insiste mil veces en ilegalizarnos, violando la constitución o la ley que sea, nosotros insistiremos en que se respeten nuestros derechos constitucionales”.

Un mes más tarde, la oposición alega que no participará en las elecciones a menos que se cumplan sus exigencias en la mesa de negociaciones de Santo Domingo, diálogo promovido por países de la región y factores internos para llegar a acuerdos mínimos y garantizar la participación de los dos grandes sectores políticos del país. Cuando parecía que existiría un consenso con fecha definitiva para la firma el 6 de febrero, no se concreta el acuerdo, la MUD se levanta de la mesa de negociación y el Gobierno decide continuar con los cronogramas electorales sin la participación de los partidos más importantes que se oponen le oponen, resultando en la reelección de Nicolás Maduro como Presidente, quien se enfrentó a contrincantes de poco impacto en la opinión pública y que no representaban al bloque de la MUD.

Si analizamos fríamente, en los últimos cinco comicios, la oposición comenzó con una victoria aplastante. Sucedido esto, se negó a participar en las elecciones de la ANC y, al ceder dicho espacio, el capital político se fue diluyendo para convertirse en minoría en las elecciones de gobernadores. Una vez recibido este golpe electoral inesperado, porque el descontento hacia la gestión de Gobierno era evidente, la MUD decidió no participar más en las elecciones subsiguientes, otorgándole el poder absoluto al partido de Gobierno.

Se evidencia que la no participación de la oposición ha fortalecido de sobremanera al Gobierno, que en otras circunstancias se vería mucho más débil política y electoralmente debido al terrible manejo de la economía, gestión y sanciones de países extranjeros. Es decir, la democracia existe, sin embargo, el forfait político de la oposición ha sido lo que más ha fortalecido al Gobierno, permitiéndole consolidar una hegemonía en ciertos espacios.

Es cierto y claro que existe ventajismo por parte del Gobierno para mantenerse en el poder, sin embargo, si eso es suficiente para calificarlo como dictadura, tendríamos que decir lo mismo sobre Brasil, Paraguay, Honduras y Colombia, entre otros, donde se han usado de manera flagrante los poderes del Estado para generar cambios de Gobierno, persecución a políticos y el asesinato de líderes sociales a conveniencia, sin mayor denuncia por parte de la comunidad internacional. En todo caso, podríamos concluir que la democracia occidental como la conocemos se encuentra en crisis, pero ese tipo de análisis merecería un artículo aparte.

Sobre el tema semántico.

La orientación del discurso político, acompañada de las acciones, son las que permite convencer o no a la mayoría de la población a elegirte como opción válida, o alternativa, para ejercer el poder del Estado. El discurso político del Gobierno se sitúa ante la retórica antiimperialista, que se ajusta perfectamente ya que existen numerosas sanciones llevadas a cabo al Estado venezolano, por el Gobierno de Estados Unidos y la Unión Europea principalmente, afectando transacciones que Venezuela intenta hacer para la compra de ciertos insumos. Estas sanciones terminan sirviendo de comodín ante las graves realidades que enfrentamos en el escenario de la corrupción y pésima gestión de Gobierno. La “guerra económica” acuñada por el discurso oficial, y justificado en el accionar de Gobiernos extranjeros que buscan generar descontento en la población, es la excusa perfecta de un Gobierno incapaz de resolver los graves problemas económicos que enfrenta día a día la población venezolana.

Por su parte, la oposición ha asumido el discurso épico de la lucha por la libertad y la necesidad de vencer la tiranía, que lo ha llevado a un mar de contradicciones. Este discurso condena su capacidad de acción, respuesta y negociación política ante el Gobierno ya que sólo permite un escenario posible, la toma del poder. Este discurso orientado, y atractivo, a un sector específico de la oposición, tiene grandes limitantes para atraer a otros sectores de la sociedad que se encuentran descontentos con la actual gestión, sin llegar a tales extremismos. Ese enfoque fantasioso, junto a propuestas desvinculadas de la realidad del venezolano común, como la privatización de empresas, reparaciones a grandes terratenientes y devolución de concesiones a canales de televisión, hace imposible generar una contrapropuesta al Gobierno que se solidifique y permita, por vía democrática, la toma del poder del Estado. La desconexión entre la oposición y la realidad popular es mayúscula.

Dentro de este escenario, el Gobierno sale fortalecido. Al materializarse las sanciones y declaraciones del Gobierno estadounidense, que a diario intimida, bloquea e incluso exige un golpe militar por parte de las Fuerzas Armadas Bolivarianas en contra de Maduro, generan argumentos claros que cohesionan a una parte importante de la población en contra de una amenaza real. Esta dinámica hace poco atractiva la propuesta opositora y desenfoca a los factores políticos de lo esencial: el desastre en la gestión que ha destrozado la economía, PDVSA y gran parte del sector productivo del país.

Mientras no se genere una propuesta seria, que a nuestro parecer debe surgir de la izquierda, se enfoque en las realidades del venezolano y aborde temas como la inflación, programas sociales, la recuperación de las empresas del Estado, abastecimiento real del país, mejoría de servicios públicos, estabilización económica y recuperación real del salario, el juego político permanecerá trancado. No se avanzará hacia mejorías mientras se mantengan discursos fantasiosos de libertad que sólo aglomera a cierto sector de la “clase media” o la excusa antiimperialista de un Gobierno, para justificar una pésima gestión, que ha descontrolado la economía y vida diaria del venezolano más allá del alcance de cualquier conjunto de sanciones. La realidad material siempre será la que determina, dejando para fanáticos las épicas batallas narradas por medios de comunicación. Es imprescindible, por el bien del país, abandonar estas narrativas para centrarse en un plan mínimo conjunto que permita la recuperación económica.

Sobre el ajedrez político actual.

Hasta el día de hoy, la oposición venezolana venía marcando la pauta política e incluso puso en aprietos al Gobierno. Sin embargo, cada vez que este grupo político asume una ventaja, así sea mínima, cae en un error garrafal que pareciera destinarlos al fracaso: anunciar el fin del Gobierno. Ejemplos de esto hay varios, mencionaremos tres: el anuncio de Henry Ramos Allup, que Nicolás Maduro no duraría seis meses en el poder, a partir de su asunción como presidente de la Asamblea Nacional el 3 de enero de 2016, es uno. El llamado a protestas violentas en 2017 y la proclamación de una presidencia paralela en la actualidad, son los otros, que han servido para generar muchas expectativas a los militantes de la oposición que salen a las calles masivamente a apoyar. Sin embargo, la incapacidad política de la oposición de utilizar estos picos de popularidad para tener un mayor margen de maniobra ante el Gobierno, junto a la falta de un plan real, con estrategias precisas que le permita ser una opción viable, termina desgastando y generando fracturas dentro del grupo de partidos que, luego de incumplidos sus objetivos, entran en un letargo que el Gobierno aprovecha para consolidarse aún más en el poder.

El partido de Gobierno, por su parte, ha sabido sobrellevar cada una de las embestidas opositoras atrincherándose y manteniendo una unión hermética en las filas de su dirigencia, independientemente del apoyo popular que fluctúa ocasionalmente. Esto quedó claramente evidenciado en las últimas semanas, cuando diferentes factores internos y externos hicieron llamados a altos funcionarios civiles y militares a que reconocieran Juan Guaidó como Presidente encargado, las deserciones fueron mínimas, la capacidad del Gobierno de compactarse ante amenazas a su poderío y la aglutinación una parte importante de la población que rechaza enérgicamente una amenaza de invasión, sirvieron de ingredientes esenciales para que saliera ileso de una situación política que parecía crítica.

Escenario bélico.

Luego de la reunión de cancilleres el día 25 de febrero de 2019 en Bogotá, una invasión militar de los Estados Unidos parece ser poco viable. Los Gobiernos de América Latina se negaron a la petición de Guaidó de una intervención extranjera, haciendo llamados a la recuperación de la democracia por vías pacíficas. El Gobierno de Estados Unidos, por su parte, sostuvo que acompañará a Guaidó en su mandato paralelo e imploró a las demás naciones a incrementar la presión diplomática y económica en contra de Venezuela, reiterando que aun seguían “todas las opciones sobre la mesa”, sin embargo, no anunciaron acciones militares, presumiblemente por la falta de consenso dentro de los países del Grupo de Lima.

La amenaza estadounidense, como podemos ver una vez jugadas las cartas, tenía como fin un alzamiento militar interno para derrocar el Gobierno de Nicolás Maduro. El cálculo errado que se realizó fue que si se presionaba a la Fuerza Armada Nacional, el Alto Mando Militar daría un golpe de Estado para evitar una guerra con Estados Unidos, sin embargo, las filas castrenses se mantuvieron leales a Maduro, escenario que lo consolida aun más en el poder luego de disuadir las amenazas del país norteamericano, escenario que se convierte en una victoria política importante y que, a nivel discursivo, dará cierto provecho.

Escenario futuro.

El peor escenario para Venezuela era un conflicto armado, eso es irrefutable, y por el momento pareciera haberse despejado esa tormenta que se avecinaba. Sin embargo, el futuro inmediato no es del todo alentador. Con el incremento de las sanciones económicas en contra del país, que fueron anunciadas por EEUU y otros países de la región, no es difícil prever el deterioro aún mayor de la economía venezolana, en especial cuando se ha anunciado el cambio en la administración de bienes de la república en el extranjero para que sean asumidos por Juan Guaidó. Igualmente, en la actualidad, pareciera improbable un cambio de rumbo por parte del Gobierno que derive en un manejo eficiente de recursos, o medidas que permitan la mejora de la economía y, lamentablemente, seremos los venezolanos los que continuaremos pagando tanto las nefastas políticas de oficialistas (nacionales) como las opositoras (lobby pro-bloqueo del país).

Como ha sucedido en escenarios anteriores, la oposición va a sufrir un revés del cual le va a costar recuperarse, ya que sus seguidores son inclementes cuando las expectativas generadas no son satisfechas. Ante esta situación, el Gobierno seguramente aprovechará para plantear un escenario electoral que le permita consolidarse y continuar consolidando la hegemonía, como elecciones a la Asamblea Nacional o un referéndum aprobatorio para una nueva constitución, si considera su posición lo suficientemente sólida, ya que en ese escenario se vería obligado a renovar todos los poderes nuevamente. Es decir, lo planteado es seguir polarizando pese a que lo lógico sería el reconocimiento mutuo de las partes y que se entendieran, al menos, hasta que se logre diezmar la crisis económica actual.

¿Qué hacer?

A estas alturas, la situación es sumamente complicada, la prioridad debería continuar siendo el diálogo, renovación de poderes como el CNE y el planteamiento de un escenario electoral que permita refrescar las propuestas de los diferentes grupos de cara a la situación actual. Esa dinámica permitiría incorporación de nuevos factores que dinamicen el ya gastado panorama político. El problema con este planteamiento es que es muy poco probable que el Gobierno, luego de haber obtenido una victoria frente a la intentona opositora, quiera sentarse a ceder concesiones ante los vencidos. La verdadera complicación de haber planteado un escenario de guerra es que como los riesgos son altos, el que gana se queda con lo conquistado.

A los venezolanos como pueblo, una vez más a la deriva, entre dos élites que sólo son capaces de mirar la paja en el ojo ajeno aferrándose al poder o buscándolo de manera desesperada, nos toca organizarnos de manera independiente. El proceso va a ser largo, pero la única forma de salir de esta difícil situación que atravesamos, es buscando formas de reencontrarnos, politizarnos para generar un análisis serio de la situación material actual y así elaborar propuestas para dinamizar la participación popular a través de las estructuras vigentes de poder. Con la generación y ejecución de planes locales se pueden generar nuevos tejidos políticos y sociales que se retroalimenten para generar una propuesta nacional. Lamentablemente, para este caso, no hay varitas mágicas que solucionen los problemas a corto plazo.

El debate, el estudio, el reconocimiento del aliado y el contrario, la organización en base a necesidades básicas como el agua, electricidad, gas y otros servicios que padecemos en común, pueden servir de puente a la conformación de este refrescamiento político necesario. Crear un nuevo movimiento que se atreva a exigir con irreverencia una mejor gestión, solución a la inflación, recuperación de PDVSA, entre otros temas fundamentales para el país, sin la necesidad de andar mendigando invasiones extranjeras, producto de la incapacidad política de un sector. Se debe construir, desde lo local, una propuesta dinámica que atraiga a la población porque, en definitiva, los problemas de los venezolanos sólo los resolveremos nosotros mismos.

Fuente: http://humanidadenred.org.ve/?p=9802


Ver también:

Editorial de Tortuga: Diálogo, negociación y reconciliación para Venezuela

Venezuela: no queda otra que dialogar

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