
Dicen los historiadores que los poderosos siempre acostumbraron emplear la grandiosidad para impresionar a sus súbditos. Así las megalómanas pirámides egipcias, las catedrales medievales o los palacios de los monarcas absolutos tenían como función visibilizar la diferencia en todo tipo de grados entre los que mandaban y quienes debían obedecerles a pies juntillas. Mostrar la superioridad en inteligencia, recursos materiales, cantidad de bendición recibida de parte de la correspondiente divinidad y -especialmente- capacidad de imponer, machacar, aniquilar cualquier desviación, disidencia o falta de adhesión incondicional.

Las dictaduras más recientes también fueron grandes amigas de este método estético-psicológico. Ahí están las fastuosas ceremonias tipo Nüremberg , los desfiles militares soviéticos, o megaconstrucciones como El Valle de los Caídos sin ir más lejos.

En el País Valenciá tenemos la suerte de contar con gobernantes que no desmerecen en nada en tales cuestiones a los faraones o al Rey Sol, y merced a ello tenemos Terra Mítica o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de València por ejemplo. Los caciquillos locales -el alcalde de Elx verbigracia- se afanan en seguir esta estela y así incluso en ciudades más pequeñas que la capital se sucede la edificación de monumentos tan enormes como feos, normalmente de hormigón para más inri.

La Administración de Justicia como buen brazo ejecutor del poder conoce desde siempre lo importante que es hacerse sentir infinitamente pequeño, ignorante y vulnerable al reo y a sus seres cercanos y por ello ha instituido toda una serie de formas y rituales (las togas, los estrados, las ceremonias, los procedimientos, los arcos detectores, las ingentes resmas de papeles en lenguajes indescifrables, el careto circunspecto de sus señorías…) El objetivo es que acercarse a las Puertas de la Ley, como bien describía Kafka en sus novelas, se parezca a una especie de iniciación en la que el ser indigno que se acerca a pedir o padecer justicia deba atravesar puertas, pasillos, funcionarios, internándose a cada paso que da en un ámbito cada vez más recóndito, imponente y extraño.

Pues bien, la llamada Ciudad de la Justicia de la ciudad de València es uno de esos espacios magníficos. Un enorme cubo negro (debilidad que tienen también los sistemas autoritarios por la línea recta) de vanguardista arquitectura, vecino de las colosales obras de Santiago Calatrava en la ciudad. Enormes puertas de vidrio que dan acceso a un espacio diáfano de centenares de metros cuadrados, de decenas de metros de altura, de ni se sabe cuantos metros cúbicos de aire climatizado, plantas de plástico adornando con simetría (mayormente cactus, quizá simbolizando el efecto necesariamente punitivo de la Justicia), asientos de diseño, higiene, asepsia, elegancia minimalista…. Vaya, todo un derroche de geometría y exageración para un reo de provincias como yo acostumbrado a los juzgados locales más de andar por casa de mi ciudad.

Y tras la parafernalia y el correspondiente ritual de entrar a la sala del juicio, sentarme en el banquillo frente a los togados encaramados en su plataforma de madera de roble, mi juicio se ha suspendido. Vaya por Dios… Su señoría decide que se suspende y señala nueva fecha. Con voz grave nos informa a mí y a mis compañeras de banquillo, y nos apercibe que no se nos convocará al nuevo juicio por correo de forma oficial, sino que se nos comunica en el acto.
Y la comunicación oficial que nos dan es: un papelito amarillo post-it de 6 x 6 cm. donde el funcionario que se sienta al lado de su señoría ha escrito con boli únicamente una fecha y una hora. Ya ves, tanta megalomanía para eso. Qué cutreeeeeeeeeeeeeee.

Más información sobre la Acción Directa Noviolenta que causó la celebración de este juicio.
> Justicia rica justicia pobre
Muy bueno el articulo,menuda jarta de reir,la ironia es una buena arma para combatir a los poderosos,o como decia el otro ya que la lucha sera larga hagamosla riendo.