
«Una ciudad como Londres, en la que se puede caminar durante horas enteras sin llegar siquiera al comienzo del fin y sin topar con el mínimo signo que permita deducir la cercanía de un terreno abierto, es cosa muy peculiar. Esa centralización colosal, ese amontonamiento de tres millones y medio de seres humanos en un solo punto, ha centuplicado su fuerza (…). Pero solo después se descubren las víctimas que ha costado. Cuando se ha vagado durante un par de días por las calles principales adoquinadas es cuando se advierte que esos londinenses han tenido que sacrificar la mejor parte de su humanidad para consumar todas las maravillas de la civilización de las que su ciudad rebosa; se advierte también que cientos de fuerzas, que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas y han sido reprimidas (…). Ya el hormigueo de las calles tiene algo de repugnante, algo en contra de lo cual se indigna la naturaleza humana. Esos cientos, miles, que se apretujan unos con otros, ¿no son todos ellos hombres y mujeres con las mismas propiedades y capacidades y con el mismo interés por ser felices? Y, sin embargo, corren dándose de lado, como si nada tuviesen en común, como si nada tuviesen que hacer los unos con los otros, con un único acuerdo tácito entre ellos, el de que cada uno se mantenga en el lado de la acera que está a su derecha para que las dos corrientes de la multitud, que se disparan en uno y otro sentido, no se obstaculicen el paso; nadie se digna ni tan siquiera a echarle una sola mirada a su vecino. La indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada uno sumergido en sus intereses privados, se hacen tanto más repelentes, tanto más hirientes, cuanto más apretujados están todos en su pequeño espacio».(33)
Nota 33. Friedrich Engels, «La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra», Madrid, Akal, 1976, p. 55. [Escrito en 1845]

Texto de Engels extractado por Walter Benjamín en su artículo «Sobre algunos temas en Baudelaire», incluido en «Iluminaciones». Taurus, Madrid 2018.