
Aún vivía aquellos años en los que cabe un cuento de Poe en cada noche de invierno. Y, aunque era verano y de día, llegó Nacho, un amigo de mi padre, con unos discos a casa. Por lo visto, hacía años que mi progenitor no los escuchaba, a pesar de que se los conocía al dedillo.
No hace tanto de aquello —apenas dos décadas y media— pero parece que las prisas eran menores, incluso en una ciudad que, como Elche, padecía esa estúpida urgencia por sacar adelante la faena.
Esos vinilos se convirtieron en unas cintas de casete que fueron a parar al coche. Y, de este modo, entre atascos y baches, me estremeció poco a poco un tipo que, a mí me parecía, más que cantar recitaba. Y, sin entender demasiado, sentí la carne y el hueso y adiviné una belleza que, a diferencia de la de las palomitas de Paco Buyo, trascendía lo inmediato y la parafernalia circense.
Esa voz, esas palabras, si bien parecían evaporarse en mi mente infantil, fueron la madre de un barril que requería nuevas cosechas.
Pasaron unos pocos años y llegó a mi casa un disco compacto doble, ahora original, que incluía todas las grabaciones de aquellas cintas. Yo ya era un adolescente y, aunque sabía poco, ya intuía que el mundo se entiende mejor a través de la música y la poesía que mediante la ciencia. Desde entonces no he dejado de tener a Patxi Andión entre mis referentes.
Cada canción suya es un cuadro que nunca presidiría una estancia, un catalejo asomado a las fracturas de Occidente, una puñalada de sal que hiere y alimenta el alma, un puñetazo que desdeña la mentira.
Pero, sobre todo, Patxi retiene. Sus historias de olvidados y la rudeza de su verso tensan una cuerda entre la fantasía insolidaria y la desesperanza asesina, entre la crecida y el estiaje, entre todas las contradicciones humanas. Y es a eso a lo que llamamos verdad.
La obra de Patxi Andión es ante todo verdad. Y belleza. Y para mí, también, un regalo de mi padre.
Gracias, Patxi, por agredir a mi conformismo y a mi comodidad. Y, sobre todo, por hacerlo despacio para que pueda entender el porqué.
Santa Pola, a los diecinueve días de diciembre de dos mil diecinueve.

Palabras para Patxi Andión
Un precioso homenaje al «maestro» Patxi, de parte de
Un joven que no pertenece a su generación, pero que
ha sabido apreciar la belleza de sus versos.
Porque lo bueno perdura, porque gente como tú , Adri,
No permite que se pierda
Palabras para Patxi Andión
Emotivas palabras a la altura de Patxi. Seguro que dondequiera que esté vibrará con tu mensaje. Por cierto… no conocía tu faceta de escritor relatando emociones. Una abrazo Adrián.