

Existe la creencia, generada y alimentada por la ideología dominante, de que los público en general y los servicios sociales en particular, son los órganos garantes de el bienestar de las personas en esta sociedad (democrática, social y de derecho), personas para las que se utiliza el eufemismo burgués de “ciudadanos” (palabra aún más vieja y reaccionaria que la burguesía) Dicha creencia, alimentada por el ala izquierda del capital, nos lleva a presuponer que la sociedad en la que vivimos ofrece garantías a todas las personas por igual y trata de satisfacer sus derechos, incluso de aquellos colectivos marginales y no productivos. Encargados de implantar estas políticas sociales, estarían los técnicos de los social, un ejército altruista de expertos en la necesidad ajena, dotados de infinitos recursos y habilidades. Nada más lejos de la verdad. Cualquiera que se haya acercado a “lo social” (como usuario o trabajador) sabe de sobra que dicho “tinglado” forma parte de la miseria realmente existente. El nacimiento de los servicios sociales se fundamenta (ya en el siglo XVIII) en el control de los pobres de nacimiento, de los trabajadores empobrecidos y de los marginados sociales (enfermos sin recursos, abandonados, locos,…), si bien es alentado por un cierto humanismo, su funcionalidad se centra en el control. Ya en el siglo XX su profesionalización va de la mano del naciente capitalismo de Estado, fruto de la crisis histórica del Modo de Producción Capitalista y en la actualidad cabalga a todo trapo, hacia los cuidados paliativos, en estado de descomposición y fuera de todo control, vendido al mejor postor en pos de una, más que difícil, rentabilidad. Lo mejor que podemos hacer, los que trabajamos en “lo social”, dejando a un lado, la prepotencia profesional, es retomar el sentido pleno de palabras como ayuda, compasión y solidaridad, y desde ellas buscar la verdadera causa de la pobreza y la exclusión. Para debatir con sentido crítico (el que se pueda) sobre estas cuestiones emprendemos estas charlas, con viejas palabras y con nuevas experiencias y con los propios afectados por esas políticas “sociales”.