
Se atribuye a Confucio el dicho que vincula al sabio, al necio y a la luna (o al Sol en otras explicaciones): «Cuando el sabio señala la luna el necio mira el dedo» (o similar).
Si nos tomamos el consejo desde el punto de vista político, diríamos que este cortesano, que debió de ver muchas necedades e intrigas palaciegas a lo largo de su dilatada vida, vendría a decir que los mandarines actúan como necios cuando abordan los problemas sin mirarlos de frente, quedándose en el dedo que los señala.
El dicho viene pintiparado para explicar la actitud de «nuestros» gobernantes (da igual si estos de ahora, los de antes o los que les sucederán), ante los «problemas» que, en teoría, «resuelven» con sus «políticas».
Pero en particular me voy a referir ahora al caso concreto de las «medidas» con las que quieren «abordar/solucionar» el «problema» de los soldados mayores de 45 años, que los pobrecitos, al vencer la posibilidad de reenganches sucesivamente en su oficio soldadesco, se van a la calle con lo puesto, injusticia sin igual que sólo se puede resolver, dicen, dándoles el reconocimiento del empleo fijo que se merecen por el gran sacrificio previo realizado por todos nosotros con su abnegada vida y bla, bla, bla.
El argumentario se las trae, pero en una sociedad alegremente desinformada, cuela como una verdad. De hecho, es una verdad, como todas las que canoniza el poder y sus difusores, perfectamente operativa y vigente a pesar de esconder una serie de mitos y una trola, como voy a intentar explicar.
1) ¿Cuál es el problema?
Como se habla de problema, es bueno concretar en lo posible los perfiles de dicho problema.
Para ello me valdré, en primer lugar, de la verdad oficial que lo canoniza.
Según informó Europa Press el 23 de diciembre de 2019, más de 50.000 soldados tendrán que abandonar el ejército hasta 2036 por cumplir la edad máxima (45 años) que la ley de la carrera militar fija para continuar como soldado de tropa o marinero.
Que este problema es el problema, podemos rastrearlo a partir de la proposición no de ley presentada por Podemos para la modificación de la Ley de tropa y marinería (Boletín Oficial de las Cortes Generales, núm. 27, de 4 de octubre de 2016, págs. 41 y 42), auspiciada por su diputado Juan Antonio Delgado, antes portavoz nacional de la Asociación Unificada de Guardias Civiles y parte interesada en el asunto, en cuyo preámbulo se afirma que la falta de salida para estos soldaditos será brutal :
- «A la falta de atención de estas demandas por el Gobierno, se suma ahora una situación que, por conocida y previsible, no ha sido objeto de políticas concretas que permitan evitar lo que, a todas luces, va a suponer un auténtico «ERE» encubierto y salvaje, que afectará en los próximos años a miles de mujeres y de hombres profesionales de las Fuerzas Armadas que no hayan adquirido la condición de militares de carrera.»
- «Nos referimos al abandono obligatorio de las Fuerzas Armadas de miles de mujeres y hombres que al cumplir cuarenta y cinco años, perderán la condición de militar. Es decir, una carrera profesional, un puesto de trabajo, unas retribuciones y sus expectativas vitales, sin que exista, como alternativa voluntaria, un plan de incorporación a la vida civil, que establezca apoyos y recursos para la integración al mercado laboral ordinario»
¡Qué terrible drama! Me imagino al hoy Vicepresidente de gobierno Pablo Iglesias y al entonces Portavoz del Grupo Parlamentario Errejón, firmante de la proposición, desolados por los rincones congresiles, ellos tan solidarios, ante el crudo destino de miles de mujeres y hombres que al cumplir 45 años de edad van a ser arrojados de sus más legítimas expectativas vitales y caerán en el hondo agujero del paro, donde se mezclarán tal vez con los muchísimos miles de miles de parados civiles que llegan allí por vencer su contrato laboral y sin sindicato ni perrito que les ladre.
La propuesta de Podemos dio lugar a la creación, por otra propuesta del PSOE, de una subcomisión dependiente de la Comisión de Defensa (estas son las cuitas y las callejones cerrados de la reglamentista política parlamentaria) «para el estudio del régimen profesional de los militares de tropa y marinería de las Fuerzas Armadas» que ha dado como fruto un informe de 24 de septiembre de 2018, donde se proponen diversas medidas destinadas a privilegiar el futuro laboral de los soldados y marineros que llegaban a dicha edad sin haber conseguido hacerse oficiales o recolocarse en alguna de las ofertas de «inserción» que se les ofrece durante lo que podríamos llamar la vida «útil» (ningún ejército del mundo quiere soldados viejos para en teoría operaciones que requieren unas capacidades físicas de jóvenes, menos aún un ejército como el nuestro, enfocado al intervencionismo en guerras ajenas) de estos soldados.
Por precisar más las cosas, los soldados y marineros que siguen en activo como tales al llegar los 45 años, no pueden reengancharse, lo que para ellos implica perder el empleo. Así se dispone por ley, dado que el ejército no desea tener soldados viejos.
2) Matices al problema desde el punto de vista del problema
Ahora bien, por precisar más aún las cosas, el drama de estos «trabajadores de la milicia» que llegan en un suspiro a los 45 años y ¡pobres de ellos! se quedan de la noche a la mañana sin empleo, viene complementado con varios pasos más que no podemos olvidar, al menos si vamos a hablar, como ellos hacen, de agravios comparativos, eres encubiertos y exigencias de conservación del empleo.
Uno, que existe un considerable número de convocatorias para pasar a formar parte de la oficialidad del ejército a las que pueden concurrir a lo largo de su compromiso temporal. Si aprueban las pruebas selectivas correspondientes, pasan a ser oficiales y por tanto siguen en el ejército hasta pasar a la situación de reserva activa. En esta reserva activa, como el resto de los oficiales, cobrará su sueldo por estar disponible y además, podrá trabajar en otra cosa (es compatible). Es de suponer, desde la perspectiva militar, que no es posible hacer oficial a toda la tropa y marinería, pues engendraría un problema añadido al problema del que luego hablaremos de el exceso de oficialidad que mantiene el ejército español. Seguramente sólo escogen a los de mejor cualificación, mejores pruebas de acceso y dejan atrás a los de ¿peor? cualificación, pero eso nos pone en otra observación: tal vez estos soldados que claman por su empleo no sean tas cualificados si es que el ejército no los quiere entre sus oficiales. ¿O tal vez no se presentaron a las plazas convocadas?¿O tal vez sencillamente esperaron ricamente a cumplir los cuarenta y cinco años, con sucesivos reenganches, incluso en operaciones en el exterior donde los soldados ganan un pico extra, para decir ahora que son unos parias?
Dos, que la Ley de Tropa y Marinería ya dispone de mecanismos para el reciclaje durante la vida de soldado para facilitar su inserción civil. Dicha encomienda legal ha dado lugar a un Plan «Aprovechamiento de capacidades profesionales del personal militar de las FF.AA.» (SAPROMIL) dependiente de la Subsecretaría de Defensa, el cual tiene suscritos infinidad de convenios con empresas, ayuntamientos, comunidades autónomas, federaciones de municipios, universidades, fundaciones, etc. y que además oferta plazas en el propio Ministerio de Defensa. Dicho proyecto permite, tras cursos de formación, pasar a otro empleo antes de llegar a los 45 años y según las memorias anuales que ofrecen, ha facilitado el empleo a un número muy considerable de soldados y marineros para facilitar su inserción antes de llegar a los 45 años.
Haciendo uso de los datos de las memorias (con cifras muy imprecisas para las reservas de plazas para policías locales y ningún dato sobre empresas y sectores administrativos fuera de Policía y Guardia Civil) podemos ver que ha existido un importante trasvase de tropa y marinería a otros cuerpos securitizadores desde 2013, en que inicia su acción SAPROMIL hasta 2019. Más tarde veremos que la suma de esta tasa, junto con las colocaciones civiles, comparados con los soldados de tropa y marinería que se prevé en los próximos años que lleguen a 45 años, hace que estemos buscando soluciones para un problema insignificante:
o que mucho debió de ver de necedades y de intrigas palaciegas a lo largo de su dilatada vida.

Tres, que, además, cuando esta tropa llega a los 45 años, no se quedan como se dice completamente con el culo al aire, sino que pasan a formar parte de la llamada «reserva de especial disponibilidad» situación en la cual siguen cobrando del ejército, en concreto la cantidad de 7200 euros anuales, compatible con encontrar otro trabajo, lo cual no es o mismo que decir que se van a la calle.
Cuatro, que vista la dimensión del problema en sí, resulta que no afecta a todos los que han pasado por el ejército y cumplen los 45 años, sino sólo al grupo residual de los que, demás, o no han podido o no han querido buscarse otra cosa, esperando que el grano que supone este embolsamiento fuera al final un grano en el culo del poder que obligara a una solución corporativa que no se da en ningún otro sector social que sepamos.
Para abordar este cuarto aspecto interesa comenzar explicando que la distribución actual de nuestro ejército supone:
– Efectivos de tropa y marinería
– Mandos
– Guardias civiles
Como veremos más adelante, ello da lugar a un ejército desmesurado no ya desde el punto de vista antimilitarista (que es desmesurado a partir de uno o menos) sino desde la «racionalidad» (si la tiene) militar y la eficacia «estándar» de los ejércitos con los que se codea el de aquí.

Si nos centramos sólo en la distribución del ejército excluida la Guardia Civil, que es donde se produce el cuello de botella de los soldados viejunos de más de 45 años, haciendo caso del anuario de 2018 «Estadísticas de personal militar de complemento, militar de tropa y marinería y reservista voluntario» del Ministerio de Defensa, resulta, conforme al cuadro que ellos mismos elaboran, que la composición del mismo es

Si hacemos caso a esa evolución estadística, parece que el problema, que parece grave cuando este personal tiene entre 30 y 39 años, va desde entonces solventándose de forma gradual hasta reducirse a la nada desde los 42 años, lo que quiere decir, cuando menos, que los mecanismos (privilegiados) con los que el propio ejército (que ha generado el problema como veremos más adelante) suelta lastre, son cuando menos bastante eficaces.
Nosotros hemos elaborado un cuadro por edades en 2018, ante el alarmismo que nos indica que hay un problema que afecta a 50.000 efectivos, para verificar de qué números estamos hablando en realidad.

Conforme a este, la gestión que hay que hacer en 2020 para el peor de los casos (es decir, que no consigan colocación en otro lado por ninguno de los medios, lo que no parece posible a tenor de las múltiples convocatorias de plazas que van surgiendo y el grado de reserva para estos militares que implica) afectaría a un total de menos de 1.600 personas (los desempleados temporales civiles para este año se estiman en varios cientos de veces ese número y nadie les garantiza una situación laboral estable posterior ni tienen reserva de plaza en ninguna de las convocatorias públicas que a lo largo del año se planteen), en menos de 1800 para 2021, en menos de 2100 para 2022, etc.
Parece que la dimensión del problema es como el parto de los montes, mucho ruido y pocas nueces, aunque sirve para consolidar los mensajes manipuladores promilitaristas que la casta se empeña en soltarnos en sus medios de difusión de la verdad haciéndonos creer, de nuevo, que los militares sufren mucho, que están en la indigencia y que gastamos poco en defensa. Todo un cúmulo de publicidad engañosa a favor del Tradición Reivindicativa Organizada Legislativa Adormecedora (TROLA) a la que parece que están afiliados unos y otros.
3.- Promesas y beneficios
Si fijamos el «problema» en buscar un empleo fijo a estos soldados que van declinando en sus capacidades castrenses pero quieren que se les garantice un empleo fijo (¡y quien no!), tenemos que acompañar a los beneficios que ya reciben durante su carrera de soldados (ya sea como oportunidades de inserción laboral fuera del ejército con los convenios con ayuntamientos, federaciones de municipios, fundaciones, corporaciones públicas, universidades, organizaciones empresariales, etc, o de promoción dentro), con las promesas con las que nuestros políticos les adornan para el futuro.
Según informa el diario «El Periódico» del día 23 de enero de 2020, es decir, en el actual gobierno PSOE/Podemos, Defensa estudia recolocar a estos soldados en tareas que previamente ha externalizado (un gasto añadido) como limpieza, seguridad de edificios, jardinería, etc., para evitar que ninguno de los que en 2020 pueden cumplir los 45 tacos caigan en la competencia feroz del mercado laboral que trunca esperanzas de vida al resto de los mortales.
A estos debemos añadir otros destinos, pues el que fue Secretario de Estado en el año 2019, Alejo de la Torre de la Calle, prometió en la misma Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados en enero de 2019 (y lo cumplió) que los soldados y marineros en esta situación pasarían si aprobaban unas pruebas selectivas a plazas públicas reservadas en la Policía, la Guardia Civil, el Servicio de Vigilancia aduanera o en el Ministerio de Defensa.
Es decir, que aunque parece que el problema es muy grande (aunque las estadísticas que hemos visto lo desenmascara) resulta que está resuelto por la puerta de atrás, por lo que toda la retórica política y pseudo sindical de los militares y sus potentes lobbys pidiendo ayuda, no es más que parte de la hojarasca manipuladora con la que edulcoran ese supositorio que nos quieren hacer probar de aceptar los privilegios militares como buen purgante. Lo que viene a ser su idea de la cultura de la defensa, consistente en hacernos tragar con entusiasmo y sin crítica nuestro papel de paganinis de sus cosas.
4) El problema de la solución.
Existe, justo es reconocerlo, un verdadero problema con el personal de la defensa.
Aclaro que no estoy refiriéndome al problema general que existen con la lacra del militarismo, o con el problema político que supone el ejército y las instituciones securitizadoras y la ideología que sustentan, problema este último del que es posible que comience (si los amigos de Tortuga me lo permiten) una larga diatriba en otro momento.
Y es que, desde el punto desde el punto de vista de la propia eficacia de una organización, el personal militar es un verdadero problema para la sostenibilidad y la financiación de estas estructuras (por cierto tan gravosas para la sociedad civil que las paga con sus impuestos).
«Nuestro» ejército es desmesurado también en su composición, y esa fue una elección militar avalada por los políticos cuando decidieron dar el paso de abolición del servicio militar.
Es probable que los políticos, tan propensos a no molestar a los espadones por no darles un disgusto, decidieran no darles más malos ratos que el de privarles del secuestro de la juventud que suponía la conscripción y la lección desobediente de los insumisos, y permitieron, sin reducirlo sustancialmente, mantener un ejército desmesurado (demasiado más grande de lo que teóricamente «se necesitaba» desde la óptica de la defensa militar eficaz) e hidrocefálico (demasiados más oficiales de los que se necesitaba para mantener una ratio lógica de mandos/soldados).
Ese sí es el problema del que el tonto no se da cuenta cuando el dedo crítico señala su relumbre, quedándose con la imagen del dedo.
Veamos.
Si comparamos el ejército español con los de nuestros vecinos militares a los que se supone que nuestros políticos quieren compararse, resulta que tenemos un ejercito mucho más grande (en comparación a la población y al territorio) que el de Alemania, o el de Italia, o el de Austria y, si sumamos a la Guardia Civil, que el de Reino Unido y Francia.
Mantenemos una ratio de un militar por cada 382 civiles (Italia uno por cada 541 y Alemania uno por cada 458) situándonos en las cercanías de Francia Y reino Unido, las dos potencias nucleares del continente y los dos ejércitos con más ínfulas imperiales del mismo.

Alguien, con un poco de cultura de la defensa nos podría llegar a decir que no podemos compararnos con Francia, porque ellos incluyen en su personal militar a la gendarmería (lo que viene a ser aquí nuestra guardia civil y en Italia sus Guardacostas, por ejemplo), pero entonces, si en vez de restar militares a los franceses hacemos la suma de los guardiaciviles a los españoles (otros 71.000 efectivos más) nuestra tasa de militarización aumentará considerablemente, para situarse en un militar por cada 242 personas, por encima de la propia Francia.
Este problema de gigantismo de nuestro ejército viene dado además porque España mantiene una oficialidad desmesurada a la que no se quiso reducir drásticamente precisamente porque nuestros políticos en general son de la cuerda de que al ejército es mejor dejarlo hacer lo que quiera, con lo que tenemos un mando por cada 1´7 efectivos, casi más jefes que indios.
De este modo, nos sobran soldados y nos sobran mandos (estamos hablando desde una lógica organizacional, insisto que desde mi punto de vista nos sobra también todo el militarismo por razones de índole política, pero ahora no estoy abordando el tema desde otro punto de vista) y falta una racionalización que haga que la ratio de unos respecto de otros sea diferente a la actual y más cercana a la de nuestro entorno.
¿Nos sobra algo más?
Pues sí, hay un contingente de oficialidad que no está en activo (reserva) sino «disponibles» hasta que por edad pasen a la reserva. Es la solución que se encontró para que al menos la abundancia de mandos no colapsara la cadena de mando (se da el caso de haber nombrado a un general antaño como responsable de unas instalaciones donde se custodiaba una piscina, lo cual evidencia el despropósito). Estos oficiales ni siquiera tienen que ir a los cuarteles, y además pueden trabajar en otra cosa, sin perder la paga militar, tal vez un privilegio que se explica como incentivo para que dejaran el servicio activo.
El pago de esta reserva cuesta al año más de quinientos millones de euros ¡por no hacer nada! sin que nadie se escandalice (en realidad el escándalo es mayor si llegamos a considerar que la principal actividad del ejército en su conjunto es cobrar sueldos a tenor de los capítulos de gasto de los presupuestos del Ministerio de Defensa).
De modo que tenemos une ejército que tiene exceso de peso, hidrocefalia, y además soldados viejos de los que no puede deshacerse, a los que ha de sumar los soldados jóvenes que van ingresando en las distintas convocatorias para renovar la soldadesca.
No adivinamos a ver el ejercicio matemático que resuelve un problema de exceso de gente en un conjunto dado metiendo más todavía, porque desde nuestra humilde óptica eso no hace sino aumentar el problema, no disminuirlo.
Por otra parte, a los políticos se les ve a la legua el cortoplacismo de sus soluciones.
Nos endilgarán el mantener a los militares protestones a costa del erario, incrementando el gasto que soportamos todos.

O, lo que es peor, si no consiguen la recolocación de todos ellos en las diversas policías y demás que tienen previstos, nos los meterán como funcionarios de apoyo, tal como ya han dicho en otras ocasiones, en sectores civiles que, en su visión disciplinaria, necesitan un cepillado de disciplina y «valores».
Desde otra óptica, si el gasto de personal del ejército incorpora, según se ha visto en los análisis del gasto militar que Utopía Contagiosa desarrolló en su momento y en los posteriores de Tortuga o que yo mismo he presentado aquí, la inmensa mayoría del presupuesto del Ministerio de Defensa (ahora algo más de la mitad porque han aflorado en el presupuesto de Defensa otros gastos que antes escondían en otros sitios de inversiones en armas y operaciones en el exterior) y a ello hay que sumar los más de quinientos millones de eurazos que sueltan para tener contentos a los oficiales reservistas, a los que sumar lo que pagan por las clases pasivas (jubilados militares y familiares de ellos) y encima hay que incrementar la cifra asumiendo a los militares mayores de 45 años que reivindican un trabajo fijo, vemos que el insostenible problema de soportar un presupuesto militar desmesurado se quiere solucionar incrementándolo más aún.
Si volvemos al inicio, a Confucio, digamos que nosotros, del vulgar de los mortales, sin querer dárnoslas de sabios, al menos apuntamos con el dedo al problema (el gigantismo voraz del militarismo de aquí) pero los políticos lo que hacen es mirar el dedo del cacareo interesado de los soldados de más de 45 años, y dándonos gato por liebre, nos cuentan que el problema es que los pobrecillos se quedan sin trabajo después de lo que han sufrido, buscando solucionar lo que es, en realidad, agrandar el problema que no ven.
O lo que es lo mismo, provocar un problema más donde se busca una solución.
5. ¿Por qué no reducir el ejército?
Y si el problema no es el que nos dicen, sino el que decimos, ¿por qué no cambiar de paso y aprovechar para abordar el gigantismo militar?
¿Por qué no abordar la injusticia de la reserva militar que no se necesita?
¿Por qué no recudir el número de militares, oficiales y soldados, que no se necesitan?
¿Por qué no reducir el presupuesto militar que no se necesita?
¿Por qué no transferir el presupuesto militar, principalmente enfocado a un ejército de injerencia en conflictos militares, a promover el desarrollo humano y ecológico?
¿Por qué no usar el dineral que se puede ahorrar en reducir el personal militar innecesario en afrontar planes de eficacia para la inserción de estas personas en la vida civil y laboral alternativa?
¿Por qué no suprimir y desmantelar unidades militares innecesarias y dar un destino socialmente útil a los recursos dedicados a estas?
¿Por qué no preocuparnos por garantizar a todas las personas un nivel de vida digno de forma incondicional en vez de fragmentar más aún la sociedad privilegiando y asegurando un trabajo a unos y negándoselo a los otros?
Llevamos milenios de política oportunista y mezquina, sin que los mandarines de ahora hagan algo distinto de los de antes: mirar el dedo que señala la luna (o el Sol) pero negarse a mirar el sol (o la luna) de frente.
En realidad, no creo que el gobierno quiera abordar el problema del militarismo, ni me hago ninguna ilusión en que los argumentos que podamos dar convenzan a nuestra casta política de la oportunidad de virar su rumbo, por razonable que ello sea. Tampoco creo que los antimilitaristas tengamos como principal afán el de ser tribunos de nada, ni veo con agrado la mutación de nuestra apuesta de desencadenar movilización al cambio de convertirnos en grupos de expertos y centros de estudios que dialogan con el poder o cabildean para ver si le convencen.
Más bien creo que si algo ha de variar en nuestro panorama de creciente militarismo, será porque la gente se movilice con el propósito de que al poder le pase factura su actuación (como ocurre ahora con las movilizaciones contra los barcos con los que los señores de la guerra arriban a los puertos, o con la lucha contra las guerras activas de Siria u otras, o con la lucha contra las ferias de armas u otras expresiones que intentan normalizar el militarismo en los ámbitos educativo, del ocio, etcétera) y obligue a estos políticos a cambiar por pura conveniencia.
Lo que requiere apoderarse de los temas y conocer todo lo posible sus intríngulis, sin dejarnos imponer un relato lleno de trampas.
Si para algo sirve a la causa de informar e indignar a la gente del común y de movilizarla este texto, doy por bien empleado el tiempo que me he tomado en intentar ofrecer esta explicación.
Detrás de la solución en falso a los soldados de más de 45 años, que con tanta alharaca nos muestras los políticos con su campaneo y nos difunden los medios de comunicación con sus tácticas de difusión de la verdad, se esconde el propósito de que nada cambie, el empeño pactado de nuestra casta en ocultar el abrumador problema de la losa del militarismo en nuestras vidas y su verdadero papel político, la suerte de fatalismo de hurtarnos el derecho a decidir si queremos que esto siga así y de hacernos creer que esta situación, como otras muchas que afectan a los ejércitos, en realidad son un problema técnico, algo en lo que no tenemos arte ni parte ni nada que decir.
Porque la incultura en lo militar es el pin con el que nos embaucan y someten a su retórica.
A pesar de todo, sigamos señalando con el dedo, como Confucio, o gritando que el rey sigue desnudo, como el niño del cuento.
Expertos y centros de estudios
Gracias por el articulo: muy bueno.
No es el tema del mismo, pero me ha llamado la atención esta frase:
«ni veo con agrado la mutación de nuestra apuesta de desencadenar movilización al cambio de convertirnos en grupos de expertos y centros de estudios que dialogan con el poder o cabildean para ver si le convencen.»
Veo un error en esta crítica a los centros de estudios antimitaristas o a los ‘expertos’ en la materia. Doy las gracias a esos centros y a esos expertos por su magnífica labor.
Y ademas creo que da una visión de las cosas tergiversada, por lo que no ha lugar esa crítica. No creo que el movimiento antimiliatr haya ‘mutado’ de unas formas de lucha a otras. Lo que ha ocurrido es que una pata de esa lucha, la movilización masiva en las calles casi ha desaparecido, mientras otra pata se mantiene como puede. Si la movilización está como está, hagamos lo posible por reactivarla. Y desde luego que el camino para ello no es atacar a lo poco que queda del otrora potente movimiento antimilitar.
Salud y alegria para todxs
Expertos y centros de estudios
Estimado amigo:
Es de apreciar que no pensamos igual. Incluso es oportunidad para explicarnos y profundizar las coincidencias y divergencias.
En mi opinión sí se ha producido un verdadero desplazamiento de las acción política pacifista desde la pretensión de desencadenar movilización social basada en el protagonismo de la gente del común (lo que caracterizó al menos en el Estado español la lucha pacifista y sobre todo la antimilitarista durante los años 80-2000 más o menos), lo que implicaba tener como principales interlocutores a la gente del común para su movilización y acción (desobediente) y el énfasis en la sensibilización social y el diálogo con sus expectativas y esperanzas, como principales instrumentos para conseguir llevar adelante objetivos políticos antimilitaristas/pacifistas (y propuestas y prácticas tanto de contraste con la realidad «positiva» militarista, como «alternativas» y no meros cambios dentro de un mismo paradigma), a un momento (actual) donde los actores/sujetos que protagonizan las ofertas y agendas pacifistas (no tanto antimilitaristas) no son principalmente la sociedad y la acción colectiva, sino la especialización de grupos de expertos que priorizan el diálogo/lobby con el poder político para conseguir llevar adelante una agenda más minimalista. Por tanto, un cambio de énfasis, de perspectiva, de contenidos, pero sobre todo de apuestas y de metodología.
Y, necesariamente, de alcance y de agenda y de proyecto.
No es lo mismo pretender que la sociedad se empodere de la metodología de lucha noviolenta, por ejemplo, o promover la desmilitarización o la abolición de la conscripción, que proponer un cambio para que en un Parlamento (es un ejemplo hipotético) se haga una ley para controlar la venta de armas y material de doble uso. O no es lo mismo aspirar a que la objeción fiscal como estrategia de desobediencia ponga en crisis el discurso del gasto militar que luchar para que los diputados y senadores aprueben una ley que permita la exclusión o la determinación de una partida de impuestos por motivos de conciencia.
En mi criterio el hecho de que la ideología pacifista o antimilitarista, o su mezcla, cuente con las capacidades y especializaciones de cada cual en su campo, y con las múltiples perspectivas de análisis, ideas y creencias de cada cual no es malo, sino buenísimo, sobre todo si es capaz de sumar inteligencia colectiva, acumular aprendizajes y prácticas compartidas y supeditarse a la apuesta desde abajo y al propósito de generar debates y consensos diferentes.
Pero lo que sí considero, no diría ni bueno ni malo, sino de consecuencias empobrecedoras para la lucha global es que el movimiento ideológico y de acción se supedite a lo que digan los grupos de estudio, los expertos, las ONG (con sus propios y legítimos intereses), o que la acción política se enfoque principalmente (a veces de forma casi exclusiva) a ese trabajo de lobby, por importante que pueda llegar a ser.
A mi no me gusta (y me entristece, aunque eso es un problema mio) que tantas veces deleguemos la labor de analizar, conocer, investigar, crear … a estos grupos, por loables que puedan ser, con renuncia de hacer el esfuerzo de elaborar más nuestro propio pensamiento. Yo puedo dar las gracias a la magnífica labor de los centros de expertos cuando es magnífica (muchas veces lo es) pero eso no quita para que tenga en cuenta que muchas veces tienen intereses diferentes y otras muchas más sencillamente no pueden abarcar la tarea de dinamizar el debate social y de desencadenar movilización social o de servir a la idea de empoderar a la gente desde abajo.
Reconocer su labor no me lleva a cerrarme a este aspecto que no abordan, no pueden abordar o no quieren abordar porque no es su campo, y por eso veo con desagrado que los antimilitaristas y pacifistas, muchas veces, nos conformemos con dar por buenos sus datos sin otro filtro.
Es más, en mi opinión se ha dado un triste acontecimiento: una práctica antimilitarista/pacifista desconectada de la teoría y una teoría desconectada de la práctica del común.
De ahí mi insistencia a reconcetar esos dos polos y mi propia «molestia» por que no se perpetúe tal desconexión y de que la gente del común asuma la labor de autoformarnos, reflexionar nuestra acción, dinamizar y elaborar agendas más allá de los datos (por importantes que sean) suministrados por centros de estudio y observatorios en su labor.
En mi opinión la crítica si ha lugar y no es una visión tergiversada, sino situada en un plano de análisis (y tal vez en unos intereses de lucha) distintos.
Y sobre todo,nos permite que podamos poner en el tapete estas perspectivas diferentes y generar debate para aclarar criterios y objetivos, dos cosas que necesitamos como agua de mayo.