Juan Carlos Rois

Tortuga

Indagando entre los empolvados libros que guardo en casa, me salta, como si quisiera hablarnos, uno que viene al pelo para preguntarnos por la mentalidad militarista que explica el redundante gusto de nuestra milicia por exhibirse como solución a problemas que no le competen y la indecorosa preferencia de nuestros políticos por exhibir a los militares cada vez que tienen oportunidad de ello.

Me refiero al libro del por entonces General de Brigada Don Carlos Martínez de Campos y Serrano, publicado en 1942 por la Editora Nacional con el título de «Cuestiones de Ante-guerra».

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El autor tiene su enjundia porque fue uno de los militares vencedores de la guerra desencadenada contra la república y, para más, Jefe del Estado Mayor Central del Ejército de Franco en el tiempo en que publicó el libro. Pero no solo. Era nieto del General Serrano y fue preceptor más tarde del príncipe Juan Carlos de Borbón, luego rey y número uno de la jerarquía militar española, desde 1955 a 1969, aspecto este último que le concede una actualidad, siquiera como referente del susodicho.

EL libro es una exaltación, como no podía ser menos por el autor y la época, de las teorías caudillistas y fascistas de la posguerra, pero refleja muy bien la mentalidad militarista que ha acompañado a nuestros militares de carrera antes y después y que se ha impregnado en la sociedad, aspecto que hoy sufrimos con cierta naturalidad, como si no implicase nada. Luego volveré sobre este tema.

Dice Don Carlos en el capítulo 3 de su libro que el soldado ofrece un gran tesoro a sus compatriotas (antes no se hablaba de ciudadanos, sino de españoles buenos y malos) y que a ellos debemos la «libertad de acción, sus esperanzas, el derecho a la existencia y el hogar», nada menos.

Para forjar tan valeroso salvador se necesita «instrucción premilitar», que «ayudará a formarlo» y a hacerle parte de un batallón de iguales que marcha en masa para ganar la guerra y asegurar la paz.

El general insiste más adelante en la necesidad de que el que luego será recluta (recordemos que el modelo de reclutamiento era de leva forzosa y el ejército era uno de los principales brazos ejecutores de la política de venganza del franquismo, si hacemos caso a Preston) haya «recibido de antemano una preparación para el servicio en filas» que incluya educación moral e instrucción física; para lo que conviene además «inculcar a todo ciudadano -a partir de su tierna infancia- la idea de patriotismo y el sentimiento del honor», razón por la que «hoy, en todas partes, se procura conseguir que el niño adquiera instinto de dignidad. En la escuela se le inculca lo preciso para que oriente sus ideas hacia el amor a la Nación. En los deportes y en los juegos, se aprovecha la ocasión para lograr que el patriotismo impere. En los descansos, se ponen a su alcance libros de historia que recuerdan las grandezas de la patria» y otras mil diabluras para lo que podíamos llamar una hiperventilación cerebral ad hoc.

Sigue proponiendo esta escuela de formación militar a lo largo de la vida de los adolescentes (a los que aconseja la participación en instituciones juveniles fundadas en enseñanzas militares y un entrenamiento premilitar, para luego entrar a formar parte del servicio militar, que «es un honor» y no, como pensaba la mayoría de la gente con sentido común, un sarampión que era mejor pasar con el menor número de magulladuras físicas y morales posible.

Pasando de largo el período de reclutamiento, en el que primorosos oficiales se encargaban sobre todo de la formación moral de la entusiasta tropa (la formación técnica era innecesaria porque el ejército de franco estaba concebido como una fuerza política y represiva de sustento del régimen) concibe la formación militar como un continuo desde la cuna a la tumba de cada parroquiano.

Para las mujeres y los reservistas también proponía lo suyo. A los segundos les encomendaba mantenerlos en condiciones de servir, para lo que proponía unos períodos de entrenamiento militar posteriores y otros medios de adoctrinamiento y propaganda nada sutiles.

Y había que tener presente a la mujer, retórica incluida: «Ella pacienta largos meses para dar vida a nuevos seres, que en su día reforzarán las filas de los ejércitos nacionales. Ella educa a la generación futura, en la que van a florecer nuevas virtudes, para así sobrellevar el tremendo peso de la guerra» y un largo etcétera que mi ordenador se niega a escribir a estas horas de la mañana. Ella trabaja sin asomo de protesta en pro del bienestar del guerrero.

Y, para colmo, el señor Duque (se me olvidó decir que este espadón era, además, III Duque de la Torre, un grande de España) proponía que el servicio militar no fuera únicamente un período entre los 20 y 45 años de edad, sino toda una vida, en un servicio que denomina «totalitario». Totalitarismo que no se refería a la mentalidad fascista que impregna tal pensamiento, sino a que todo dios estaba pringado de por vida, «y la mujer es la primera cuando el oficio está a su alcance».

Si me he permitido esta larga explicación es porque me parece que muestra en parte la mentalidad militarista que sigue hoy vigente, siquiera de forma latente, en nuestra élite variopinta. Los militares son la solución para todo y les debemos cuanto somos. La preparación «moral» de la población desde la cuna para hacer de la sociedad un gran cuartel, ha de llevarse a cabo con la propaganda y la socialización de los valores militares desde la tierna infancia, en las casa, en los libros, en las escuelas-cuarteles, en el deporte y los juegos, en las organizaciones sociales … y por supuesto reconociendo el papel abnegado y maternal de las mujeres, a las que también hay que tener presentes y militantes.

El señor Martínez de Campos, como un poco más tarde el también jefe del Estado mayor Jorge Vigón con el libro «Hay un estilo militar de vida» (este último publicado en 1953, cuando era Ministro de Educación el más tarde defensor del pueblo de la democracia, Joaquín Ruiz Jiménez, y formaban parte del gobierno los generales golpistas Muñoz Grandes, ministro del ejército y Luis Carrero Blanco, ministro de Presidencia, con otros tres ministros militares más) ampararon una solución militarista para resolver los males sociales, la cual impregnó todos los valores sociales y que tiene continuidad hasta nuestros días.

El militarismo expansivo es parte de la genética de nuestro ejército. Los generales que dirigieron las academias militares de las que salió la oficialidad de la transición pertenecieron al abrumador cuerpo de alféreces provisionales (muchos de ellos falangistas incorporados a la guerra por su ideología ultramilitarista) que quedaron reenganchada al ejército cuando acabó la contienda y no quiso el régimen dar solución a su desmesura.

La Academia General Militar (que en su día dirigió Franco y fue uno de los semilleros de la oficialidad golpista) fue restablecida en 1940, y la Escuela Naval Militar y la Academia General del Aire se crearon en 1943 y 1945 respectivamente, en el período en que el general Martínez de Campos dirigía el ejército español. La lectura de los estatutos de estas instituciones refleja que la formación que allí recibían los cadetes no era técnica, sino sobre todo moral, religiosa y social, basada en el expansivo ideal militarista que hemos expresado. Justo lo que propugnaba el susodicho III Duque de la Torre.

El propio general fue preceptor del rey Juan Carlos I, primer militar hasta su abdicación renqueante y formado en las mismas academias puestas en marcho por aquel.

La «escuela de formación» que supuso el trauma del servicio militar cumplió a la perfección el papel de transmisor de estos valores, tan interiorizados en la sumisión social desde entonces. Cuarenta años de dictadura vengativa y militarista no son un chisgarabís.

Nuestros políticos y gobernantes de hoy en día, incluso el vicepresidente Iglesias que al parecer se declaró en su día objetor (aunque yo no acabo de creérmelo y que en una entrevista que leí hace tiempo y ahora no encuentro vino a decir que se arrepentía de ello) se han formado en este ambiente y han sido repeinados por la mentalidad militarista y la doctrina de la verdad del ejército, ahora menos ofuscada pero igual de militante.

Incluso nuestro Congreso de los diputados tiene varios generales de aquella larga tradición (en VOX) y cuenta con otros ex militares entre los diputados y esta vez no sólo en partidos de derechas. ¿qué otra explicación tiene que la Comisión de Defensa sea en realidad una comisión de aplausos y siestas?

Las proclamas de militares, principalmente retirados, pero también en activo, afirmando los valores militaristas o enalteciendo el derecho de los militares a salvarnos ante lo que consideran los principales enemigos de su visión visionaria, son frecuentes, y no siempre cuando se trata del tema soberanista.

Por dos veces se ha activado el estado de alarma, las dos bajo gobiernos del PSOE, y militarizando aspectos sociales que no son principalmente motivo de seguridad militar, sino de seguridad humana.

La expansión militarista se observa en otros muchos aspectos de nuestra sociedad, y hasta para apagar incendios o acudir a las catástrofes de cualquier naturaleza hace falta escenificar el despliegue de medios de la UME, hiperdotada en recursos en detrimento de los medios civiles que deberían cuidarse para este tipo de supuestos (y por cierto, con el reproche de los medios civiles que se la juegan en las crisis y ven como aparentan los otros).

Lo militar y la industria militar están exentos de pago de determinados impuestos y cánones, gozan del parabién de los alcaldes cuando quieren montar un desfile o les cede espacios para sus actos de promoción. Nuestras calles están impregnadas de nombres de sus generales y mitologías. Poseen el segundo patrimonio del Estado. Nadie le pone coto.

Es asombroso que la única unidad de tratamiento médico ante agresiones NBQ sea propiedad del ejército y, sin embargo, los hospitales no cuenten con recursos ante agresiones bacteriológicas o similares.

Entre las medidas diseñadas para resolver el inconmensurable problema de gigantismo de nuestras fuerzas armadas (130.000 efectivos y un mando por cada 1,7 soldados, sin contar con la Guardia Civil, cuerpo igualmente militar) no hay ninguna que pase por reducir su volumen y hasta el ruido militar de los mayores de 45 años que se resisten a dejar de vivir de la milicia, consigue privilegiar salidas de estos a funcionariado civil, como si nos hiciera falta poner un militar más en nuestras vidas.

Contamos con una base antártica aparentemente científica pero que, ¡oh sorpresa! también es militar.

Debemos aceptar sin rechistar que los militares hagan maniobras por ejemplo en Doñana sin pedir permiso ni comunicarlo a las autoridades civiles.

Soportamos una deuda militar de mas de 30.000 millones de euros por compra de armas que no se necesitan y que han sido adquiridas en nuestro nombre por puertaagiratorias entre la industria militar y el ministerio de defensa o los ejércitos.

Farmacia militar, centros deportivos y recreativos (por cierto bastante elitistas) militares, escuelas dentro de cuarteles, prerrogativas sobre el territorio por “interés de la defensa”, bases militares donde se entrena el bombardeo aéreo dentro de un parque natural reserva de la biosfera, islas y parajes de especial valor ecológico reservados a los militares, accionariado militar en industrias, producción de armas inservibles … y hasta una catedral adquirida desde el ministerio de defensa para prestar a los militares el servicio religioso católico que se supone indisociable de nuestro militarismo patrio.

El presupuesto que consume nuestro gasto militar es escandaloso, pero no menos que el hecho de que una gran parte del mismo se encuentre disfrazado en partidas de ministerios civiles o de otros organismos aparentemente ajenos al mismo, o que la actividad más importante de nuestro descomunal ejército, al margen de cobrar sueldos, sea tener desplazados soldados en 13 conflictos y escenarios de guerra mundiales (más de 90 intervenciones militares en el período desde la transición hasta la fecha). O que mantengamos una reserva de oficiales innecesarios que nos cuesta al año más de 500 millones de euros en sueldos y que les permite trabajar en otra cosa además.

Pero eso no es todo. La militancia “militarista” se expande a medios de comunicación, a periodistas pagados y mimados desde defensa, a centros educativos, universidades con las que se suscriben convenios desde lo militar, a alianzas con sectores como el energético, el bancario y otros oligopolios y reductos de los poderes fácticos… e incluso se atreve a imponer la inclusión en el currículo escolar de la visión militar de la historia.

El miedo asociado (y alimentado) a la crisis sistémica del capitalismo vigente ha provocado también una expansión de la mentalidad militarista al abordaje de cualquier problema humano, con el incremento de políticas securitizadoras para tratar cualquier clase de problema social o ecológico y la cada vez más apabullante implementación de leyes restrictivas de derechos, disciplinarias, represoras de la protesta social y autoritarias.

El militarismo, lejos de ser un desbordamiento de lo militar fuera de su teórico cauce, se nos presenta más bien como algo mucho más complejo, oculto y estructural y, aunque mucha gente cree que no nos afecta, es la camisa de fuerza que nos ata tanto o más que cuando nos imponían el servicio militar y otras obligaciones de la dictadura.

Paradógicamente, hoy sabemos del militarismo mucho más que en otras épocas, pero la capacidad de desencadenar una lucha social es muy inferior que en nuestros mejores momentos.

Ahora la crisis vírica también tiene un tratamiento militar y los militares patrullan las calles, con rango de “autoridad” (lo que significa multas y penas de prisión para quienes los desobedezcan) mientras nos mantenemos, unos por responsabilidad y solidaridad y otros por confinamiento legal, en nuestras casas y poco faltará si a algún descerebrado no le da por pedir un aplauso para el abnegado papel de estos.

Y mientras esto ocurre de forma tan perturbadora, los déficit sobre las prioridades sanitarias y sobre la movilización de la solidaridad social saltan a la vista, sin que la élite claudicante o la masa crítica (que queda) se atreva a levantar el dedo para criticar el enfoque militar y poco competente con el que se quiere poner la venda donde no está la herida.

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