
Desde hace algún tiempo las redes dedican espacio a discutir de lo que ha sido denominado «corrección política» y su contrapartida «incorrecta». Bajo ese paraguas suelen resguardarse posturas políticas que contravienen el mainstream cultural de los identitarismos en boga. Si criticas el feminismo imperante, el animalismo, el veganismo, el gretismo (o ecologismo histriónico), etc. entonces puedes colocarte la etiqueta de «incorrecto» (o te la pueden colocar los demás) y así engrosar las tropas lideradas por influencers de éxito, abanderados de las nuevas corrientes.
A medida que ese «incorrectismo» se hace más popular, más ampliamente aceptado, se convierte en un movimiento. Una corriente donde militar ya es considerado cool porque te otorga un halo contestatario a un bajo precio, el de la desavenencia con los «correctistas». Esta discrepancia no es sino garantía de que se está en el camino acertado hacia la liberación de los corsés impuestos. Pero eso sí, bien respaldado por tu tribu, que lo contestatario no quita lo gregario.
Parece haberse olvidado que la incorrección surgió en individuos que supieron cuestionar el pensamiento hegemónico y que, cuando lo hicieron, a menudo fueron silenciados, insultados o condenados al ostracismo. Su génesis se obvia. De este modo, lo que surgió como cuestionamiento audaz, de muy pocos, a veces de kamikazes solitarios, contagia ideas pero no incita a la emulación de su germen: el pensamiento, el cuestionamiento de lo que se da por instalado, de lo que se asume como parte de un paisaje cuya naturaleza no se pone en duda. Ponerlo en cuestión constituiría una genuina incorrección.
Militar en ese «incorrectismo» de moda, por sí, no le hace a uno menos dogmático ni más reflexivo. A esta altura, a lo sumo, le hace estar más en la cresta de la ola, como el que adquiere el elemento de marca que otorga el pasaporte de admisión en la tribu de vanguardia. Esto es fácil comprobarlo cuando esos «incorrectistas» se ven en la tesitura de abordar algún asunto de extrema actualidad que, por inédito, no goza de manual de instrucciones.
Llamemos a ese asunto de extrema actualidad confinamiento mundial por pandemia. Experiencia insólita, por demás, para la que no contamos con referencia alguna que nos sirva de guía.
Es en tesituras como la enunciada cuando uno comprueba cuán incorrecto (que no incorrectista) es capaz de ser o no. Para ello hay que tener en cuenta la excepcional circunstancia, donde el miedo es inducido desde todos los altavoces públicos. Mientras estamos sometidos a las agitaciones emocionales, somos menos capaces de agudizar el raciocinio y a menudo éste se encuentra del todo ausente. El shock actúa como esos árboles que no nos dejan ver el bosque. Frente al pánico, hay sujetos que se agarran a clavos ardiendo. Prefieren seguir las normas impuestas, sin someterlas a escrutinio, como el que se aferra a un talismán confiando en que tenerlo en su mano logrará salvarle. Es un mecanismo de defensa. Otro consiste en interrogarse hasta el hartazgo –¿qué está pasando aquí?– a menudo con la obsesión de quien, mediante la observación, pretende advertir el truco que emplea el prestidigitador. Entre estos últimos se encuentran los incorrectos. Que lo son por no asumir acríticamente la versión mayoritariamente aceptada del fenómeno.
El confinamiento por pandemia tiene varias vertientes a analizar. Una es la gestión que está realizando nuestro Gobierno que, ésta sí, ha obtenido ciertas críticas desde el «incorrectismo» militante. Sobre todo en lo que afecta a esas ideologías identitarias que son objeto común de su crítica. Otras serían el confinamiento de la mitad de la población mundial, las implicaciones geopolíticas del virus, las repercusiones económicas, la reestructuración del orden político existente o incluso si desembocará en un cambio de paradigma aún no vislumbrable.
La observación en redes da cuenta de que pocos son los que se aventuran a cuestionar si la amenaza del virus es motivo suficiente para que los Estados decidan arruinar la economía y con ello poner en jaque su propia existencia. Muchos ciudadanos del primer mundo, en concreto en Europa, creen que el Estado es, ante todo, el Estado de Derecho y el Estado de Bienestar. Han olvidado que el Estado es, también –y sobre todo– el que obliga a morir a soldados de recluta en los campos de batalla de las guerras que emprende. Es, además, el que condena a morir bajo las bombas del bando enemigo a la población civil. Como el Estado es el que otorga derechos y bienestar, al ciudadano europeo contemporáneo le resulta inconcebible que éste pueda anteponer su preeminencia frente a toda otra consideración. Así pues, cree que el Estado vela por él y por su familia, por lo que sólo cabe obedecerle como a un padre protector y dadivoso, que proveerá. Ante el que sólo cabe encomendarse como niño obediente.
El Estado es, sobre todo, un ente de poder y como tal aspira a perpetuarse y a expandirse, quienes perciben esto están más en predisposición de sospechar de ciertas maniobras. Entre las que se encuentran la declaración de Alarma que se prorroga por fases –y que suspende derechos y libertades– y un sistema de salud desabastecido y caótico. El buen ciudadano debería observar en estos hechos que el Estado le ha arrebatado los derechos que le otorgó (quien otorga es dueño también de arrebatar) y que le ha sustraído además el «bienestar», abandonando el sistema sanitario, antes publicitado como el más preciado galardón.
El miedo, es sabido, es un arma poderosa de sometimiento y ningún sistema de poder desperdicia la oportunidad que le concede administrarlo para obtener obediencia. Es implementado en situaciones en las que urge un cambio, un golpe de timón que enderece el rumbo que se percibe perdido. En este sentido resulta paradigmática la puesta en escena del día inicial del Estado de Alarma. El general del Jemad, alta autoridad del Estado dijo, a los atónitos espectadores de la televisión, que «esto es una guerra». Semejantes palabras, pronunciadas por un experto en guerras, hacen percibirse en un peligro cierto, tal como se halla una población expuesta a los ataques de un ejército enemigo. Se dirá que esas palabras no eran sino una metáfora (contra un virus). Pero ¿por qué se escoge una metáfora que acongoja de tal manera? Hace pensar que esconde información sólo dada a conocer a las más altas instancias de poder, que al ciudadano sólo corresponde obedecer cegado por el pánico.
Al librepensador (incorrecto) su inquietud le empuja a no conformarse con la información suministrada por la oficialidad al mando, por lo que tantea en las aguas de internet. Alguien dijo que la verdad es la primera víctima de una guerra. En las guerras tecnológicas de la actualidad, la propaganda circula en toda dirección entrecruzando conflictos de intereses. Es necesario emplear intuición detectivesca como guía.
La versión oficial es sostenida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los estados miembros. Se ampara en el criterio de algunos expertos que aconsejan el confinamiento de la población para contener la expansión del virus. Gracias a la propaganda insistente y al miedo inducido, esta versión es asumida por una mayoría.
De ninguna realidad existe una única versión. Aunque los adeptos de la Ciencia crean en ella como elemento de salvación, lo cierto es que ésta sólo es un método empleado por unos sujetos que, a menudo, discrepan entre sí. Tan científicos son los expertos de la OMS como otros que, fuera de este organismo, sostienen un criterio opuesto. Al ciudadano común, lego en estas materias, sólo le queda el empacho de información, que a menudo es incapaz de digerir, o guiarse por la observación de otros indicios.
En los grandes medios de comunicación sólo cabe la versión oficial con insistencia y no se admite debate abierto. Los expertos que aparecen corroboran dicha versión y nunca se invita a alguno de los discrepantes. Éstos se ven destinados a la aparición en redes. Para hallarlos, el atribulado ciudadano, debe hacer una búsqueda activa, quizá cuando esto suceda ya habrá dado por válida la que con tanto ahínco le ha sido suministrada. Cambiar esa primera impresión resultará tarea poco probable, porque tenderá a corroborar el sesgo buscando la información que lo refuerce. Si a esto se une la incertidumbre y el pánico, tenemos terreno abonado para las reacciones intransigentes. Se puede comprobar cómo personas, en circunstancias normales razonables y dialogantes, se fanatizan al punto de no admitir la más mínima siembra de duda sobre la versión que ya han abrazado. La versión dominante tiene como eje que el virus es altamente contagioso y de una letalidad pavorosa que justifica toda medida extrema, desde arrestos domiciliarios masivos a denuncias policiales, delaciones de los vecinos o insultos y bloqueos en redes.
El confinamiento por la pandemia ha puesto patas arriba la vida de millones de personas a las que se les ha quebrado su modo de subsistencia, sus relaciones de convivencia y su autodeterminación personal. A cambio sólo han recibido órdenes, intimidación y una versión que no admite regateos.
Una sociedad educada en la obediencia, y en la propaganda que crea consensos espurios, merece a cambio de la sumisión obtener el azucarillo del consumo y los derechos. Sin embargo, las contrapartidas han sido cercenadas y del contrato han quedado las obligaciones. De ese modo, bajo la amenaza de un miedo inédito, la población queda a merced de la parte que ha roto el acuerdo, el Estado, que además debe resolver, aunque ya ha defraudado por incumplimiento.
Las conciencias están secuestradas. La normalidad que dejamos atrás con el encierro no va a volver, se nos advierte. ¿Podemos seguir confiando en lo mismo que nos ha traicionado? ¿No es papel mojado toda promesa?
Urge recuperar la soberanía de nuestras conciencias, sólo a nuestra conciencia libre nos debemos. Hay que establecer un plazo de vencimiento al distanciamiento social. Ese distanciamiento –que tanto nos recomiendan los mismos que nos han acercado al abismo– nos envenenará más que un virus, nos debilitará más que una enfermedad. La vida nos espera, sabemos que vivir comporta riesgos, lo hemos sabido siempre, como siempre hemos sabido que es en la solidaridad y la mutualidad donde hemos hallado la fuerza de perdurar como especie. No dejemos que nos borren de la memoria que es en la unión entre semejantes y no en la disgregación donde los humanos hallamos fortalezas.

Fuente: https://espaciosinseguros.com/incorrecion-politica-frente-al-estado-de-alarma/?fbclid=IwAR0r1IkMrbPNNmhnq476wT6Fn5cWXhXnZ-02ewuiWJjgww6owQa4KXPl4xc