
Después no hay nada
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde… Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
Manuel Machado, “Castilla”
Arturo Pérez Reverte ha escrito un nuevo libro en este caso en torno a la figura del Cid. No lo he leído (ni pienso hacerlo) aunque quizás sea una lectura entretenida. Pero me preocupa el hecho de que los novelistas metidos a historiadores tienen mucho peligro y por ello voy a tomarme la molestia de hacer algunas precisiones al respecto de esta figura histórica tan rodeada de leyenda.
En general el inconveniente al que nos enfrentamos cada vez que salen a la palestra los dos personajes más populares de la Historia medieval española, Pelayo y Rodrigo Díaz, es que realmente sabemos muy poco de ellos a ciencia cierta. Casi todo lo que la gente normal cree saber, son en realidad informaciones que pertenecen al campo de la leyenda. Y eso es un problema porque se ha llegado a un punto en que el público no es capaz de separar los datos procedentes de la realidad de aquellos que forman parte del mito. Es un poco lo que ocurre también con la figura del «rey» Arturo en Inglaterra, aunque respecto a este personaje quizás operamos con un poco más de prevención asumiendo de partida que la mayoría de lo que se dice habitualmente sobre él son meras fabulaciones tejidas en torno a una base histórica muy endeble. Y sin embargo en relación a Pelayo o Rodrigo no es que sepamos con certeza realmente mucho más.
En el caso concreto de Rodrigo Díaz (en realidad esa es una modernización de su nombre original Ruderico) está fuera de toda duda que se trató de un noble feudal con una existencia histórica real. Lo sabemos por fuentes contemporáneas al personaje, o casi, como la Historia Roderici, así como gracias a las informaciones coetáneas de cronistas musulmanes que narran la conquista de Valencia. En cuanto a otra documentación han llegado hasta nosotros la carta de arras del matrimonio con Jimena y un documento firmado de puño y letra por “ego Ruderico” procedente de la etapa final de su vida como gobernante de Valencia. Incluso podríamos considerar como fuente de información más o menos válida sobre su vida y andanzas un poema del siglo siguiente, el Carmen Campidoctoris.
La cuestión es que a partir de ahí todos los cantares de gesta que le serán dedicados a dicho personaje histórico durante el resto de la Edad Media, desde las Mocedades de Rodrigo al muy conocido Cantar de mio Cid, no solo no contienen información válida sino que básicamente inventan un personaje nuevo, el legendario Cid Campeador, protagonista de múltiples hechos fantasiosos. Como al final las personas preferimos una buena mentira antes que una aburrida verdad desde entonces será esta versión de la vida de Rodrigo Díaz la que ganará predicamento y pasará a toda la literatura posterior. Una imagen que se consolidará a partir del s. XVII gracias a nuevas obras de ficción, como las Mocedades del Cid de Guillén de Castro o Le Cid de Pierre Corneille, y más adelante llegará a la ópera, a la pintura historicista decimonómica, o al cine ya durante el s. XX.
En dicho siglo además esa equivocación lejos de solucionarse incluso se consolidó al verse refrendada por la historiografía supuestamente seria. Todo empezó cuando el filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal, por diversas razones, entre ellas un nacionalismo exacerbado, decidió empezar a considerar el Cantar (al cual incluso hizo “retoques” en su traducción al español contemporáneo) y en general los romances medievales sobre el Cid, como fuentes históricas válidas (pese a que os acabo de explicar que NO lo son). Tras ello la interpretación digamos “Pidaliana” del personaje, con lo que implica de confusión interesada entre el personaje legendario y el histórico, pervivió durante buena parte de dicho siglo debido a que convenía a la visión de la historia patria sostenida por la derecha conservadora, hegemónica en la política pero también en las cátedras universitarias de historia medieval durante buena parte del siglo pasado.
Un ejemplo del carácter icónico que aún en fechas recientes tenía la figura del Cid dentro de ese sector ideológico es la siguiente entrevista (la foto es interesante pero el delirante texto tampoco tiene desperdicio).

Ahora bien, aunque en cierta forma el Cid represente al guerrero “español” cristiano por antonomasia, esterotipo un tanto rancio, dado que en una determinada etapa de su vida también luchó al servicio de señores musulmanes resulta que en tiempos recientes el Cid ha servido igualmente de emblema de una España medieval caracterizada por una políticamente correcta (y más bien imaginaria) armonía en la convivencia de las culturas musulmana, judía y cristiana. De esa forma desde sectores ideológicos no necesariamente conservadores también se ha llegado a contemplar su figura con cierto interés.
A ese respecto nuevamente la realidad de las fuentes históricas más o menos contrastadas arroja resultados que no son del gusto imperante. Los textos musulmanes del período, como no podía ser de otra forma, no describen al Cid de manera especialmente favorable, ya que todos ellos admiten su capacidad como guerrero pero lo dibujan al mismo tiempo como un mercenario cruel, ávido de saqueo y de dudosa lealtad. Se puede considerar desde luego que Rodrigo Díaz fue un líder inteligente y con gran capacidad de adaptación a las circunstancias, lo que le permitió cerrar alianzas con líderes musulmanes (algo de todas formas común durante el período) y, probablemente, también integrar combatientes de dicha religión dentro de sus tropas. Ahora bien, lo anterior sumado al hecho de que en diversas ocasiones se enfrentó sin dudarlo a otros señores cristianos opuestos a él, nos dice al mismo tiempo que no es probable que fuese un cristiano especialmente rígido o fervoroso. Asimismo la errática aunque exitosa trayectoria vital del Rodrigo Díaz histórico desde luego no permite pensar en un líder adscrito de manera firme a un proyecto político concreto, mucho menos uno relacionado con nada similar a la construcción de “España” tal y como nosotros la entendemos. Puede afirmarse que en realidad la motivación más clara que se advierte a lo largo de la trayectoria de Rodrigo Díaz es la búsqueda de poder y enriquecimiento personal.
Tampoco debemos creer que el Campeador era un hombre del medievo dotado de una moralidad y «tolerancia» próximas a nuestros valores contemporáneos ya que por ejemplo al hacerse con el control de Valencia mandó quemar vivo en público al antiguo cadí. Si tras la conquista de Valencia no se deshizo de buena parte de sus nuevos súbditos musulmanes eso se debió simplemente a que no tuvo tiempo y sobre todo a que no poseía otros dominios con un excedente demográfico que le permitiese «repoblar» a su gusto los territorios conquistados. Además, por la pura lógica de la guerra de frontera en la Península de la época, y el hecho de que cuando se enfrentó a otros señores cristianos eso le llevó en ocasiones a saquear sus territorios, es probable que en algún momento durante sus destierros complementase sus ingresos con el saqueo de iglesias, a lo que no sería descabellado añadir la venta de esclavos. Todo ello nos lleva muy lejos de la imagen que se tiene de su figura a nivel popular todavía hoy.
Así pues, para aclarar las cosas respecto a dicho personaje casi es más interesante hablar de lo que no sabemos, o más bien de lo que sabemos que no es verdad. Porque de hecho la mayor parte de las informaciones que la creencia popular asocia con Rodrigo Díaz no son históricamente ciertas. De esta forma una vez que despojemos al Cid Campeador de las cosas que sabemos seguro que no son exactas históricamente, lo que nos quedará serán los contornos difusos del Rodrigo Díaz histórico y las pocas cosas que más o menos podemos contar sobre él sin incurrir en el error, quedando en zona de sombra muchos detalles que nunca llegaremos a conocer.

Os haré un repaso rápido.
Rodrigo Díaz nació en la década de 1040, no podemos estar seguros siquiera del año exacto ni tampoco de si en verdad nació en Vivar como se presupone habitualmente.
No era un infanzón de clase humilde y de hecho tampoco podemos afirmar con absoluta certeza unos supuestos orígenes castellanos del personaje. De hecho, a día de hoy se cree que lo más probable es que perteneciese a la ilustre estirpe leonesa de los Flaínez.
No mató en duelo al padre de su prometida, Jimena, porque esa es una información que no aparece mencionada por primera vez hasta el s. XIV, algo improbable de ser cierta.
Por otro lado el rey Sancho II murió durante el asedio de Zamora, pero probablemente debido a alguna enfermedad, muy comunes en los asedios de la época. La escasa documentación histórica de la que disponemos simplemente no lo aclara, aunque tampoco reseña nada especificamente anormal en torno al hecho. En relación con ello la leyenda que habla de la traición de un tal Vellido Dolfos es eso, una leyenda.
Es más, sabemos que tras la muerte de Sancho II Rodrigo Díaz pasó al servicio del nuevo soberano Alfonso VI con toda normalidad. Desde luego jamás protagonizó el famoso, pero completamente inventado, episodio de la jura de Santa Gadea, un hecho inverosímil en base a lo que hoy conocemos de la lógica feudal del período y del que no se empieza a hablar hasta el siglo XIII, en una obra del historiador eclesiástico Lucas de Tuy.
¿Por qué esas inexactitudes presentes en los cantares de gesta posteriores? Debido a lo de siempre. En el caso del mítico Pelayo lo poco que sabemos del personaje está contaminado por los intereses políticos que se ocultaban detrás de las Crónicas Asturianas (por ejemplo el propósito nada disimulado de convertir el naciente reino asturleonés en heredero directo del orden político visigodo, algo que resulta como mínimo discutible en el plano de la realidad histórica). De la misma forma las discrepancias sobre algunas informaciones que aparecen en las fuentes medievales en torno al Cid debemos entenderlas en base a los intereses de los poderosos monarcas castellanos de los siglos posteriores, deseosos de apropiarse de la figura del Cid, castellanizándolo, y aprovechando de paso para desacreditar por todos los medios la tradición leonesa, por ejemplo presentando como villanos de la historia al rey «leonés» Alfonso VI, quien habría obtenido el trono mediante la traición, así como a los infantes de Carrión protagonistas de otro truculento hecho inventado en la historia del Cid, sobre el que luego volveré brevemente.
De esa forma para un rey como Alfonso X el prestigiar la figura del Cid era prestigiar su propio linaje y a la vez fortalecer el pasado mítico del núcleo castellano en torno al que se estaba intentando dar cohesion al reino unificado castellano-gallego-asturiano-leonés que amenazaba con disgregarse producto de querellas internas (de hecho así había ocurrido con las tierras del actual Portugal). Por ejemplo en la zona de León, en origen más romanizada y gotizada, los monasterios habían tomado la delantera en la labor repobladora y había permanecido más tiempo el uso del derecho de tradición visigoda, mientras tanto la zona de la Castilla original (que se correspondería con el noreste de la actual comunidad de Castilla) poseía por el contrario estructuras sociales más igualitarias entre otras cosas debido a que el campesinado tenía mayor peso en el esfuerzo militar, y esto a su vez se había reflejado en el uso de un derecho de tipo consuetudinario. Aunque hoy nos cueste creerlo hubo un momento del pasado en el que lo que hoy entendemos como «Castilla» era visto como un territorio casi tan diverso y multicultural como la actual España y en consecuencia una región capaz de albergar potencialmente diversos Estados (en este caso debemos hablar de Reinos) con pasados y culturas diferentes. Así que el hecho de que con el tiempo el reino de Castilla (durante gran parte del medievo una realidad heterogénea precariamente articulada en torno al inicialmente marginal condado de Castila) llegase a servir como núcleo aparentemente indisoluble en torno al que intentar homogeneizar una entidad mucho mayor llamada «España» nos indica que el proceso «castellanizador» desarrollado durante la Baja Edad Media, que implicó sobre todo la absorción de la parte leonesa en un primer momento hegemónica, funcionó bastante bien. Y ese proceso usó como herramientas, entre otras cosas, la mitificación de figuras como la de Fernán González, o más adelante la de Rodrigo Díaz, a través de la televisión y el cine del período que es más o menos lo que eran los juglares con sus cantares de gesta.
Aclarado esto, sabemos que las relaciones del ambicioso Rodrigo con el rey Alfonso VI se deterioraron con el tiempo, lo que le llevaría a sufrir dos destierros (no necesariamente injustos como presenta la leyenda, particularmente en el caso del primero). Realmente una de las pocas cosas de las que podemos estar seguros respecto al Rodrigo histórico es que durante su vida desarrolló una febril actividad como saqueador de frontera, algo que tarde o temprano tenía que acarrearle problemas debido al complejo sistema de pactos y lealtades de la época donde diversas entidades políticas musulmanes tenían acuerdos diplomáticos con los reinos cristianos. Por ello no debemos extrañarnos de que eso es lo que ocurriese cuando Rodrigo atacó los territorios de la taifa de Toledo con la que el rey Alfonso tenía pactos de no agresión.
Pero en última instancia a Rodrigo el destierro (probablemente para nada iniciado con el penoso peregrinar que describe el Cantar) le resultó positivo en la medida en que le permitió por fin dar rienda suelta a ese tipo de actividades, a las que sumó la también lucrativa ocupación de actuar como mercenario a favor de los regentes musulmanes de la taifa de Zaragoza, lo que le llevó a su vez a luchar en varias ocasiones contra diversos nobles aragoneses y catalanes del período.
Si hay algo de lo que podemos estar seguros es de la destreza militar de Rodrigo tanto a nivel táctico, nunca perdió una batalla, como a título personal como combatiente. Pero ni tenía dos espadas denominadas Colada y Tizona (y por ello el Gobierno de Castilla y León hizo una estupidez cuando compró a un precio desorbitado una espada con dicho nombre hace años) ni un caballo que respondiera al nombre de Babieca. Todo eso son invenciones literarias. Y de hecho, dado que la guerra del período distaba bastante del espectáculo de esgrima que algunas películas históricas reflejan, es probable que Rodrigo fuese especialmente diestro con la lanza y no con la espada.
Asimismo a nivel diplomático y estratégico también mostró una gran habilidad para labrarse unos dominios propios en torno a la ciudad de Valencia, si bien ya dije que Rodrigo no es probable que en origen perteneciese a la baja nobleza sino a la alta aristocracia y por tanto su ascenso social no fue tan grande como se pretende dar a entender en algunos romances. Pero no cabe duda de que fue uno de los soldados de fortuna más exitosos del medievo europeo junto con el inglés John Hawkwood, el francés Du Guesclin y algunos condottieros italianos.
No obstante respecto al tema de su descendencia biológica nuevamente lo que cuenta la tradición no es exacto. Tuvo un hijo, Diego, muerto en batalla en el año 1097, y dos hijas que se llamaban Cristina y María, no Elvira y Sol, las cuales se casaron con un conde de Barcelona y un príncipe de Navarra. Realmente el mito de la deshonra de las hijas a manos de los infantes de Carrión es pura propaganda, como ya mencioné.
Y en relación con esto hay otra cosa curiosa. En el fondo por descendencia Rodrigo Díaz no solo está ligado al reino de Castilla sino que de hecho está profundamente ligado al Reino de Aragón por parte de los condados catalanes, reino que más adelante reconquistaría para la cristiandad el territorio valenciano.
En cualquier caso un último dato del que estamos seguros es que Rodrigo Díaz murió en el año 1099, si bien no ganó ninguna batalla después de muerto, atado a su caballo, un añadido más a la leyenda en este caso a manos de los monjes del monasterio de Cardeña.
Respecto a sus apelativos sabemos que se le conoció en vida como Campeador (algo así como “señor del campo de batalla”, “doctor o experto en la batalla”) pero no es seguro que se le llamase Cid (Sidi, “señor” en árabe) ya que la primera mención a ello que conocemos es de unas cuantas décadas después de su muerte, aunque no es imposible por ejemplo que sus súbditos musulmanes de Valencia lo conociesen con ese apelativo todavía en vida. Lo que sí es seguro es que la expresión combinada “Cid Campeador” es un apelativo muy posterior a su muerte.
Como podéis ver lo que sabemos de él, pero sobre todo lo que sabemos que no es cierto, nos lleva a despojar al Cid de casi todos los atributos y hechos que se le atribuyen comúnmente y lo que nos queda es un guerrero llamado Roderico especialmente hábil y afortunado en batalla para los estándares de su turbulenta época hasta el punto de merecer ser recordado una vez muerto. Todo ello pese a que, en términos prácticos, el señorío feudal que conquistó en las tierras de Levante apenas sobrevivió unos años tras su deceso y por tanto su impacto en la gran historia no podemos considerarlo demasiado relevante.
Así que si me preguntáis mi opinión el gran olvidado de todo esto es el autor del principal cantar de gesta que se ocupó de reinventar al personaje del Cid, pues creó una historia (ficticia) tan poderosa que convirtió a un personaje histórico interesante como muchos otros dentro de la fascinante historia del medievo en una figura de un calibre legendario, hasta el punto de que su memoria ha sobrevivido casi mil años. Sin pretender menoscabar la importancia de la figura del Rodrigo Díaz histórico os sugiero que penséis un momento en todas las historias inverosímiles de guerreros sin parangón que podemos sacar de las invasiones vikingas, la expansión normanda en el Sur de Italia, las cruzadas de Oriente o el avance teutón por el Báltico, todo ello además sin necesidad de entrar en procesos extraeuropeos como la expansión mongola. No obstante pocas de esas figuras históricas pueden jactarse de haber inspirado en su día una obra que hoy valoramos como clave dentro de la literatura del período. Desde mi humilde irrelevancia no puedo por menos que sentir empatía por el juglar o juglares, seguramente mal pagados, que desde su humildad trabajaron de forma tan creativa y eficaz para engrandecer la figura de alguien al que en realidad nunca llegaron a conocer, todo ello con el simple propósito de entretener a los demás y a la vez ayudar a cohesionar la sociedad de su tiempo.
Y ya para terminar, comprenderéis que tengo que ponerlo:
Fuente: http://despuesnohaynada.blogspot.com/2020/06/polvo-sudor-y-hierro-el-cid-cabalga.html