
El liberalismo privilegia por sí mismo cierta cultura: la cultura occidental moderna. Además de por la libertad de elección, el liberalismo está también marcado por un fuerte prejuicio: es intolerante cuando a los individuos de otras culturas no se les da libertad de elección, como es evidente en cuestiones como la ablación femenina, el matrimonio infantil, el infanticidio, la poligamia y el incesto. Sin embargo ignora la tremenda presión que, por ejemplo, empuja a las mujeres de nuestra sociedad liberal a someterse a procedimientos como la cirujía estética, los implantes cosméticos o las inyecciones de bótox para seguir siendo competitivas en el mercado del sexo.
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Asimismo se deben considerar las limitaciones de la típica actitud liberal respecto a las mujeres musulmanas que llevan velo. A las mujeres se les permite llevar velo si es su voluntad y no una imposición de sus maridos o familiares. Sin embargo, dede el momento en que las mujeres llevan velo como consecuencia de una elección individual y libre, es decir, para afirmar su propia espiritualidad, el sentido del velo cambia por completo: ya no es un signo de pertenencia a la comunidad musulmana, sino una expresión de su propia individualidad. La diferencia es la misma que existe entre un granjero chino que se alimenta de comida china porque así se ha hecho en su pueblo desde tiempo inmemorial, y un ciudadano de una megalópolis occidental que decide ir a comer a un restaurante chino local. En nuestras sociedades seculares, basadas en la libre elección, las personas que mantienen un compromiso religioso sustancial están en una posición subordinada. Incluso si se les permite mantener su creencia, esta creencia es «tolerada» porque se trata de su elección u opinión personal. En el momento en que la presentan públicamente como lo que es para ellos, es decir, una cuestión de pertenencia sustancial, se les acusa de «fundamentalismo». Lo cual implica que el «sujeto de libre elección», en su «tolerante» y multicultural significado occidental, puede surgir sólo como resultado de un violento proceso de extrañamiento de un mundo de vida particular, de un ser arrancado de las propias raíces.
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…Los derechos humanos surgen como una universalidad ideológica falsa que emascara y legitima la política concreta del imperialismo y la dominación occidental, las intervenciones militares y el neocolonialismo.

Slavoj Zizek, «Sobre la Violencia. Seis reflexiones marginales». Ed. Paidós, 2019 (publicado originalmente en 2008).