
2.
Corrían los años 90. Vivía en Galicia con mis abuelas maravillosas: ellas me regalaron mi primer coche, era un Ford Fiesta rojo. Era de una tía mía, bien cuidado, pero con la chapa carcomida por la sal del mar. Parecía rosa… Bueno, al grano.
Al tiempo lo quise vender, muy a mi pesar, y lo llevé a un taller de compra-venta de coches. Sabéis que no me gusta hacer propaganda gratuita, pero otra vez haré una excepción: se llamaba, o se llama, Motor Bueu, en la localidad de Pontevedra del mismo nombre. Les vendí el coche y me dieron 100.000 ptas, unos 600 euros de ahora. Sé que me dieron algún papel, pero no me acuerdo dónde lo puse, de joven me pasaba a menudo. Bueno, y ahora también… Al cabo de un tiempo volví a Valencia, me puse a currar e hice la declaración de la renta. Me salía a devolver. El Ayuntamiento de Pontevedra me quitó la miseria que cobré. Llamé por teléfono y me dijeron que debía un montón de pasta de los impuestos de circulación. Les dije que si eso no prescribía como todos los casos de aquella época, y me dijeron que lo publicaban en el B.O.E. para que eso no sucediera nunca jamás.
Llamé al sinvergüenza del taller y me dijo que “onde vai o coche…», que lo había llevado todo el tiempo un familiar suyo hasta que lo desguazó y que pasaba de todo, que me buscara la vida. Me tocó ir a tráfico de Pontevedra, ya era el año 2000, y jurar que ese coche ya no existía. Me dieron de baja muy amablemente, pero que tenía que pagar todos los impuestos de circulación hasta ese momento. Por supuesto no he vuelto a hacer declaración de la renta: igual me toca regularizarme como el Rey emérito.
3.
Corría el pintoresco año 2003. Me quedé un pintoresco kiosco/bodega de un pintoresco/jubilado, y me tocaba arreglar todos los papeles-pintorescos. Dejé a mi padre, otro pintoresco/jubilado en el kiosco y con mucha celeridad fui a ponerme al día.
Me informaron que, si pedía un préstamo, no me cobrarían intereses y pedí 3000 euros. Los usé para pagar la entrada de la furgoneta. También me dijeron que como había estado trabajando hasta el día anterior e iba a montar mi propio negocio, me correspondía cobrar todo el paro junto. También que si pedía una subvención me correspondía por mujer-empresaria-emprendedora. Bueno, pues lo pedí todo, todo, mientras mi padre en el kiosco se hacía la picha un lío.
Me dieron el préstamo, que pagaba religiosamente. Me dieron el paro todo junto, después de decirme que me faltaba tal papel y me tocaba volver al INEM (Instituto Nacional de Empleo) ahora Labora. Me dieron unos 1200 euros y dos palmaditas en la espalda.
La subvención me la denegaron después de presentar una memoria engorrosa y un montón de requisitos que ni me acuerdo. Recuerdo que me puse a llorar, pero no porque me la denegaran sino por el tiempo que había perdido.
Empiezo a currar en el kiosco, y me dicen al cabo del tiempo que el paro lo tenía que devolver. Que no me correspondía porque me di de alta de autónomos el mismo día que pedí el paro. Si lo hubiera hecho al día siguiente sí que me hubiera correspondido; entonces no constaba en el paro. Nadie fue capaz de informarme en el INEM. Menos mal que me dejaron devolverlo en “módicos” plazos, creo que con intereses. Por cierto, el paro prescribía a los cinco años: no pude cobrarlo nunca jamás.
Conclusión: si me hubiese quedado en el kiosco “sin hacer nada” hubiera salido ganando, y mi padre sin sofocos. La “buena gente y pintoresca del lugar” encima le decían a mi padre que si lo pillaban en el kiosco le iban a quitar la pintoresca-pensión porque trabajaba ilegalmente, a la picaresca…
