Juan Carlos Rois

Tortuga.

Ver también:

¿Podemos saber el gasto militar de 2019? (1ª parte)

¿Podemos saber el gasto militar de 2019? (2ª parte)

¿Podemos saber el gasto militar de 2019? (3ª parte)

¿Podemos saber el gasto militar de 2019? (4ª parte)


SIETE CONSECUENCIAS DE ESTE ASPECTO CUANTITATIVO

Este aspecto cuantitativo del gasto militar tiene su reflejo en las propias políticas aplicadas.

Lastrando la paz

Con arreglo al índice mundial de paz global para 2019, España ocupa el puesto 38 del ranking de países pacíficos, frente , por ejemplo, a Islandia, que ocupa el primero, Nueva Zelanda, que ocupa el segundo, Portugal, que ocupa el puesto tercero, Austria, que ocupa el 4, Dinamarca, que ocupa el quinto, o Canadá que ocupa el 6. Estos primeros puestos, sin ser una bicoca, se caracterizan, a diferencia de nuestro caso, y entre otros aspectos que puntúan muy positivamente para dicho índice, por su escasa participación en misiones militares, por sus mayores y más equitativas políticas sociales y su menor despliegue militar y militarista.

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Según el citado informe, el gasto militar mundial es responsable de al menos el 40% de la violencia en el mundo, una explicación que comparte también el relator independiente de la ONU para la promoción de un orden democrático y justo, que en su informe de 2017 destacaba el papel nefasto del gasto militar como uno de los principales obstáculos para la promoción de un orden justo y democrático, pedía a los gobiernos el trasvase del gasto militar a políticas sociales y de derechos humanos y recomendaba una normativa de naciones Unidas que promoviera dicho cambio.
En el caso de España, el citado índice penaliza a España por la securitización y las políticas de seguridad y policía, por la exportación de armas y nuestra participación en operaciones militares exteriores.

Priorizando el interés securitizador sobre las necesidades de seguridad humana.

Indicadores sociales

No es el único índice que nos ofrece una panorámica adecuada.
El informe de la European Anti-Poverty Network (EAPN) sobre el estado de la pobreza en España 2008-2019 destaca que, aunque con una tendencia decreciente, en España en 2019 «un total de 11.870.000 personas, que suponen el 25,3 % de la población española está en Riesgo de Pobreza y/o Exclusión Social» y que el crecimiento macroeconómico de los cinco últimos años no ha reducido esta grave situación de pobreza.

Del mismo modo ha destacado el aumento de la desigualdad. Una desigualdad que ha sido escandalosa en 2019 y que viene acompañada por un gran agravio comparativo: «la renta total del 20 % de la población con mayores ingresos multiplica por 6 la renta total del 20 % con menores ingresos
Una desigualdad que tampoco tiene parangón en Europa, el referente al que aspiramos a parecernos en cuanto a militarismo. El informe denuncia que «prácticamente todas las variables de pobreza, exclusión y desigualdad, los datos españoles están por encima del valor medio que corresponde al conjunto de la Unión Europea, tanto en lo que se refiere a los valores del año 2018 como a la variación acumulada desde el año 2008. Por una parte, la tasa AROPE es 4,3 puntos porcentuales superior a la media UE y la séptima más alta de todos los países miembros. Por encima sólo están Bulgaria, Rumanía, Grecia, Letonia, Lituania e Italia. Respecto a su evolución desde el año 2008, el AROPE, el incremento en España es el cuarto más elevado de todos los países de la UE».

También para la OCDE las políticas sociales se han visto especialmente golpeadas en España tanto en 2019, como en años anteriores. De hecho, ninguno de los indicadores sociales de la OCDE nos pone en buena posición.

Llama la atención, ante tal desaguisado, el enorme agravio comparativo que supone el uso de más de 35.000 millones de euros que el gasto militar importa en 2018, para «políticas de defensa». ¿Defensa de qué? Desde luego de las necesidades y derechos sociales de la población no, pues sólo con lo que se destina a esos ministerios «civiles» colaboracionistas con el gasto militar al año, podríamos duplicar, triplicas y cuadruplicar muchas de las partidas sociales minusvaloradas en los presupuestos generales del estado.

Insolidaridad internacional

En cuanto a la cooperación al desarrollo, de nuevo la OCDE arroja datos que sitúan a España en 2019 en el furgón de cola de Europa. Según los coeficientes que maneja la OCDE «en términos reales hay una disminución de la AOD del 4´6%, lo que supone que el esfuerzo de ayuda al desarrollo pasa del 0´19 al 0,18 PIB.»

A ello podemos acompañar del elevado nivel de la llamada «ayuda no genuina», que no contribuye a la lucha contra la pobreza y la desigualdad. El informe AidWatch de 2018, de la Confederación Europea de ONG para el desarrollo (CONCORD) refleja esta lamentable situación en el caso de la ayuda española, más enfocada a la protección de los intereses de las empresas españolas que en el desarrollo genuino de los pueblos.

Nuestro gasto militar favorece nuestra inclusión en el club de la OTAN, con su política de imposición violenta a escala global, pero también condiciona nuestras políticas generales, abrazadas a la imposición de los intereses de EEUU (de cuyo escudo de protección formamos parte con varias bases militares) y la emergente potencia militar de la UE (con la participación en sus cuerpos militares como un actor destacado del intervencionismo militar creciente de la UE), 0 la cesión de bases como la de Bardenas Reales para el entrenamiento militar de sus políticas de agresión, o el uso de nuestra guardia civil y de la armada para consolidar la abusiva política de control migratorio del mediterráneo, ante una migración forzada por muestras propias políticas «europeas» en el Sahel).

Todos estos indicadores llevan a una conclusión fundamental: el militarismo contribuye a la injusticia social, sostiene la situación de violencia estructural y cultural tan elevadas que padece el mundo y son una de las causas y un efecto a la vez del paradigma de dominación-violencia que define el estado del mundo y que, junto con las otras crisis interrelacionadas que padece nuestro mundo (ecológica, patriarcado, . . .).

Intervencionismo militar español.

España, según los datos «oficiales» que manejemos, cuenta con militares interviniendo en conflictos internacionales entre 16 a 20. Ello se debe a que en algunas zonas acudimos en dos contingentes diferentes, lo que hace que el Ministerio lo cuente a veces como una sola misión o como dos. Tampoco suelen contar como «misiones» las participaciones españolas en lo que llaman «diplomacia de la defensa» que consiste básicamente en proporcionar asistencia militar y formadores a diversos países del cuerno de áfrica y en dotarlos de material bélico Made in Spain para que hagan el trabajo por nosotros.

El cuadro más reciente de estas misiones, sacado de la infografía del propio ministerio de Defensa, da cuenta de nuestro exagerado intervencionismo militar.

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Si contamos el intervencionismo español desde que se autorizó por primera vez, en tiempos de Felipe González, hasta el momento actual, encontramos la presencia de tropas militares españolas en al menos 92 operaciones militares españolas, propiciadas por todos y cada uno de los gobiernos del turnismo español en el gobierno sin excepción.

Contamos con una definición estratégica que aplican nuestros ejércitos y que implican el despliegue que mantienen. Se llama doctrina de fronteras avanzadas, según la cual nuestra frontera militar y estratégica se sitúa en el Sahel y el cuerno de áfrica, en oriente medio y en la frontera de Europa con Rusia.

Provocamos inestabilidad en estos límites porque es la manera, al parecer, de estabilizar nuestro sistema de vida privilegiado aquí. Eso justifica la política militar intervencionista de España en el mundo.

Este intervencionismo no es barato. En una anterior colaboración de mediados de 2019 con Tortuga ya adelantábamos que España llevaba gastados en operaciones militares en el exterior al menos 15.185,95 millones de euros, cantidad a la que al menos hay que sumar los más de 1.200 millones del año 2020 y los más de 1.200 que gastará en 2021.

La pregunta surge evidente: ¿en qué ha mejorado la situación de violencia mundial este intervencionismo español?¿en qué han mejorado las situaciones de derechos humanos, justicia social o paz en Malí, Líbano, Irak, Afganistán, golfo de Guinea, Cuerno de áfrica, Oriente Medio y un largo etcétera?

Porque bien se merece una auditoría esta presencia militar abrumadora que, según los diversos indicadores que utilicemos, ha contribuido a mantener, cuando no empeorar, las condiciones de violencia y conflicto de amplias regiones del planeta y, con ello, la inestabilidad global.

Por no hablar de la parte de nuestro gasto militar que destinan nuestros preclaros próceres a fortalecer una industria militar principalmente exportadora que ayuda a países como Egipto, Arabia Saudí y otros por el estilo a propagar la guerra y el conflicto sin contar con el enorme tráfico ilegal de armas mundial donde también aparece el armamento español.

Todo ello forma parte de nuestra política de defensa y seguridad y todo ello debe contabilizarse en su cuenta de resultados, junto a las emotivas retransmisiones de ministros, presidentes de gobierno o reyes por navidad animando a la tropa desplazada a lugares que no sales ni siquiera en el imaginario de la sociedad y que, los pobrecillos, no pueden comerse el turrón.

Mantener la estructura militar.

Después de oír hace poco menos de un mes a diversos espadones, jubilados y en activo, explicarnos su recetario social, no parece muy descabellada la afirmación antimilitarista acerca del peligro social de los ejércitos, es decir, de cualquiera de ellos.

No vamos a incidir en este aspecto de sobra verificado en la triste historia de aquí.
Pero actualmente mantenemos un ejército que entre sus características más acusadas, fuera de la de su ideología, son el ser una estructura monolítica y gregaria, gigantista en su número y estructura, descompensada por su enorme número de mandos y oficiales (uno por cada 1,7 soldados), y que defiende intereses y privilegios propios.

El gigantismo de nuestro ejército, incluyendo tanto los mandos como los oficiales en activo, los reservistas en sus distintas categorías y las llamadas clases pasivas militares, junto con la enorme e igualmente desproporcionada guardia civil, cuerpo militar donde los haya, pesa como una losa y da de comer a una enorme cantidad de personas, cerca de 3.500.000.

Desde el punto de vista del gasto no es lo mismo tener un ejército de esta dimensión que tenerlo, por ejemplo, de la mitad, o de un tercio, o que no tenerlo, sobre todo cuando sabemos que el gasto militar genera un enorme coste de oportunidad dado que no produce nada ni ofrece retornos significativos.

La gran pregunta es ¿necesitamos un ejército elefantiásico como el que sufrimos?
Y la gran respuesta es que no, o al menos la gente de a pie no, porque dicho ejército no se precisa para ninguna de las funciones que el constructo de la defensa militar «democrática» asigna a un ejército: defender nuestra soberanía y la vida de los españoles frente a agresiones exteriores (que hoy son impensables) o ejercer una labor de prevención y disuasión frente a hipotéticos enemigos que hoy son quiméricos.

Si algún peligro amenaza a la sociedad, este no tiene naturaleza militar y tiene más que ver por los múltiples problemas globales que sufre el planeta y las diversas crisis que cercan nuestra convivencia, principalmente las de índole cultural e institucional que tienen que ver con el decadentismo de nuestro sistema político y el fin de ciclo cultural que sufren todas las sociedades.

La respuesta a éstas no es militar. No pueden consistir en incrementar las ya de por sí muy altas concentraciones de militarismo en nuestra atmósfera social, ni en fusilar a una parte de la población o imponerla políticas autoritarias ni securitizadoras. Menos aún en incendiar conflictos en el exterior o promover guerras.

Y si la guerra no es el escenario, y si la guerra futura (de haberla) es de tercera ola, altamente tecnificada, lo cierto es que no se sabe muy bien para qué se necesita un ejército masivo como el que cuenta España.

Si tiene un valor, es el que nuestra casta política le otorga, un valor simbólico y de mantenimiento de los privilegios. En la reciente catástrofe pandémica se ha visto con claridad: en vez de soluciones basadas en los cuidados, en el refuerzo de la ciencia o la sanidad, militares a troche y moche.

Lo militar tiene para nuestras élites, políticas y económicas, el alto valor de su empleo securitizador para defender sus privilegios y negocios. La fuerza como ultima ratio, el estado de excepción como ley más segura.

De ahí que los de arriba de cualquier sociedad, en vez de cambios sociales hacia la seguridad humana y la promoción de una sociedad más justa, prefieran constituir el ejército, cualquier ejército, en baluarte de sus privilegios, lo que a su vez conlleva favorecer los privilegios gremiales de los ejércitos, constituyéndolos en una especie de estado dentro del estado con amplio margen de autonomía interna, pero al servicio del poder.

¿Conocen alguna otra institución que tenga justicia y tribunales propios, instituciones culturales y deportivas propias, universidades propias, escuelas propias, hospitales y sistema de prevención social propios y separados del resto, política de vivienda propia, farmacia propia, policía propia, parques naturales propios, farmacia y medicamentos propios, museos propios y hasta, por si algo faltara, una catedral propia? ¿conocen alguna que pueda afectar los usos de cualquier rincón del territorio a sus intereses? ¿alguna que haya conseguido que todos los ministerios del país le financien parte de sus gastos?

¿Les resulta explicable a qué se debe esto?

El enemigo interno

Yendo un poco más lejos, controlarnos a los que no pintamos nada es una de las misiones que los ejércitos tienen en nuestras sociedades modernas.

Antiguamente la doctrina que estructuraba este control «militar» de los de dentro era conocida como doctrina del enemigo interno, porque se supone que, frente a los enemigos externos, siempre hipotéticos, cabía defenderse de la gente de dentro que podía actuar como quinta columna a favor de estos o bien, sencillamente, pretender romper desde dentro la hipotética unidad de destino en lo universal que forma parte del imaginario militar autóctono.

Hoy en día, con nombres cambiados, también nuestro planeamiento sostiene la utilización del ejército contra el tradicional enemigo interno, ahora revestido de otras nomenclaturas.

Puede verse esta orientación en la propia directiva de defensa vigente, o en el libro blanco de la defensa y los demás documentos de planeamiento.

El ejército también nos controla y si usted no se da cuenta es porque no quiere o porque no sabe, sin contar con la cada vez mayor integración de las fuerzas de seguridad externas a lo militar a la doctrina securitizadora que forma parte de esta visión del enemigo interno.

Casos particulares en que el militarismo afecta a su vida

Nuestro modo de vida es un asco. LO es sin militares y lo es mucho más con ellos.
Mucha gente practica el gongorismo más chusco: ande yo caliente,… sin mirar el modo en que ese egoísmo personal nos repercute para mal a todos, incluido uno mismo, pues por la indefectible ley de la gravedad, cuando se escupe hacia arriba es muy probable que las miasmas o el salivazo acabe también aterrizando en nuestras cocorotas.

¿Quiere usted pasear por las Bardenas reales, una reserva de la biosfera? Pues espérese a hacerlo cuando los militares no tengan a bien realizar maniobras militares sobre este espacio, porque es muy probable que la avutarda se altere y no pueda poner sus huevos si pasea usted, pero no sufre impacto alguno si pasa un F18 de la UE entrenando un próximo ataque militar.

Lo mismo le pasará si quiere contemplar la naturaleza desde Pájara o si aspira a unas islas canarias sostenibles, pues ahora Canarias se ha convertido en un espacio de interés especial para la defensa militar y la gente del común les resulta un estorbo.
Es insufrible encontrar cómo los militares pueden condicionar los usos de la tierra, de la agricultura incluso, a sus propios intereses con sólo declarar zona de interés para la defensa un lugar cualquiera, de forma que si usted quiere plantar vaya a saber qué, deba pedir autorización a los militares en cualquiera de los pueblos circundantes del Cuartel de San Gregorio, por ejemplo, o del Teleno, entre otros muchos lugares, o si quiere ponerse una casa ecológica e integrada en la naturaleza, o una casita sencillamente, en cualquier lugar de la sierra del Retín o de la costa de cualquier lugar que esté declarada de interés para la defensa, deba igualmente pedirles autorización o, incluso, exponerse a que el registrador de la propiedad no le pueda inscribir el asunto en el registro.

La defensa condiciona los usos del territorio porque se supone (y así lo declara el Tribunal Supremo) que su interés es prioritario. Por eso habrá oído quizás que los militares pueden realizar maniobras en Doñana y que pueden hacerlo sin pedir autorización alguna, o que amanecen algún día en el pirineo haciendo un simulacro de invasión e invadiendo en realidad un pueblito.

Tal vez los urbanitas tienen menos oportunidades de ver afectada su vida diaria por el militarismo, porque en realidad que ayudemos a mantener varias guerras a lo largo del planeta o que vendamos armas a países de elevado ardor guerrero no se ve mucho en la nómina que recibimos.

Pero si usted ha ido a una manifestación y le han dado una manta palos, o simplemente le han amedrantado con sus despliegue y coreografía militar, probablemente se lo deba a los cursos que reciben del ejército israelí nuestras fuerzas de seguridad.

El ejército ha militarizado servicios en varias situaciones con ocasión de huelgas, lo cual, si se ha visto involucrado en alguna de estas, lo habrá probado en sus propias carnes.

¿Opina que hay que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que genera nuestro modo de vida? Sepa que, según el último informe de impacto de nuestros ejércitos al respecto, algo ya antiguo porque no se han atrevido a publicar otro, la actuación ordinaria del ejército producía al año más de 150 materias altamente contaminantes y emitía cantidades desmesuradas de halones de los principales gases de efecto invernadero.

¿Se quiere ir usted de vacaciones a un establecimiento idílico y a precio de ganga? ¿quiere acceder a ayudas jugosas a la vivienda? ¡qué lástima, porque las convocatorias anuales que realiza el Ministerio de Defensa y el INVIED pone como condición la de ser militar y usted no lo es. ¿prefiere disfrutar de los imponentes espacios recreativos de La Dehesa o del club hípico o del espacio deportivo San Jorge, en Madrid o de espacios recreativos y deportivos exclusivos en otras regiones? Tampoco podrá.

A lo mejor ha orientado su vocación a la ciencia y pretende hacer investigación. Probablemente tendrá la mala suerte de tener que marcharse a otro país para poder cumplir su sueño, salvo si se piensa dedicar a la investigación militar, en cuyo caso sabe que el gasto presupuestario de 2021 en i+d+i destinará a investigación militar (esencialmente fabricar armas) el triple de lo que destinará a investigación civil.
Pero el grueso de la población no tiene problemas, porque no queremos aprender a montar en caballo o en barco, no vamos a plantar algo más allá de un geranio, ni a pasear por parajes asombrosos, ni a manifestarnos, ni a hacer otra cosa que ver la tele.

Claro que, si allí se reproducen estereotipos machistas y violentos, o se ensalza la guerra y las gestas militares, o se enseña a resolver los problemas sociales aplicando altas dosis de violencia sutil e indirecta frente al otro, tal vez debería preocuparse de las instituciones que perpetúan esto. Y más si tiene un hijo o una hija en edad escolar, porque es muy probable que en algún momento de sus estudios le intoxiquen la cabeza con las nuevas tendencias de la «cultura de la defensa» que promueve con los presupuestos generales el ministerio de Defensa y que consiste en adoctrinar a los menores para que apoyen a las fuerzas armadas de forma acrítica, cuando no para que formen parte de su tropa.

Y qué no decir de los estudios que con tanto esfuerzo habrá realizado para cualificarse y que en un momento dado, en una oferta de trabajo, va a verse relegados por otros no cualificados a quienes les van a dar el mismo título por el hecho de haber firmado un convenio de homologación en su comunidad autónoma con el Ministerio de Defensa.

¿Vive en la Comunidad de Aragón? Pues mire qué suerte, porque la Comunidad de Aragón financia el profesorado que contraten los centros militares de FP gracias a sus impuestos.

Paga usted un IBI o una tasa de basuras, o cualquier otro tipo de tasas en una gran ciudad donde hay cuarteles e instalaciones militares. Enhorabuena. Una parte proporcional del gasto en estos servicios que benefician al ejército la paga usted por ellos, pues están exentos de los mismos.

¿Es usted una persona solidaria con el tercer mundo? Sepa que parte de la solidaridad española tiene una finalidad nada santa. ¿Colabora con ONG´s que trabajan en el tercer mundo? Cuídese de elegir bien. Algunas de las más renombradas colaboran con los ejércitos en sus misiones «de paz» y unas pocas de ellas son nada críticas con su actuación.

¿Tiene esperanza en una sociedad más justa? Empiece por cuestionarse la distribución del gasto en los presupuestos públicos y las prioridades a las que atiende. Aspire a menos gasto militar y más gasto social. Es el modo de construir una parte de esta esperanza que usted tiene y, si me apura, es imposible construirla sin abordar este asunto.

¿Aspira a un cambio cultural, de valores? ¿Cree de verdad en la paz? Si es el caso poco más puedo decirle. Los ejércitos no promueven la paz. Si acaso esta empieza a construirse una vez que ellos dejan el campo de acción libre.

Podría poner una tras otra, ciento de páginas de ejemplos de cómo en lo cotidiano y cada día el ejército y el militarismo nos aprisionan en su cárcel sutil y nos convierten en cómplices de su lógica.

No lo piense más, en esto no se puede, aunque se quiera, ser neutrales. LO que nos ponen de militarismo nos lo quitan de seguridad humana, de felicidad, cómo lo quiera llamar.

Desmilitarizar (no desarmar) es hoy una tarea tan urgente como otras causas, por fortuna con buena salud y fama.

Nuestro reto es saber poner la desmilitarización también en la agenda de esas otras causas imprescindibles.

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