SI JOSÉ María Aznar, hubiese tenido un mínimo conocimiento de la historia de España, probablemente no hubiese involucrado a su país en una guerra injusta e ilegal ni probablemente estaríamos llorando las víctimas del 11-M. Tal vez, cuando ya ha transcurrido un año del inicio de la guerra, convenga refrescar la memoria histórica y demostrar el asombroso paralelismo entre el conflicto de España contra los EE. UU. en 1.898, cuando éramos el «Imperio del mal», y este otro de Irak convertido en «Eje del mal». La única diferencia es que entonces fuimos víctimas y ahora colaboramos con los verdugos.
La historia se repite, pero a muchos, por ignorancia o por tozudez, les
cuesta reconocerlo. Hace poco más de un siglo, en 1.898, EE. UU.
ambicionaba la ocupación de la isla de Cuba, última colonia del vasto
imperio que España había sustentado. La isla, situada a tiro de piedra de
la costa americana, tenía un enorme interés para los reyes del dólar que
pretendían el monopolio del comercio del azúcar y del tabaco. Si bien era
cierto que el ejército español, de la mano del general Weyler, había
ejercido una dura represión sobre los independentistas cubanos, tras el
asesinato del conservador Cánovas del Castillo, su sucesor, Práxedes Mateo
Sagasta le había sustituido por otro militar más conciliador otorgando a la
isla una amplia autonomía que satisfacía a la mayoría de los cubanos. La
prensa americana, de tinte amarillo pero de gran audiencia, no cesaba de
propagar sus insidias contra España y su supuesta política de exterminio.
El «imperio del mal», España, estaba a la cabeza de lo que hoy sería el
«eje del mal». Los calificativos que el New York Journal dedicaba a Weyler
han sido literalmente copiados cien años después para definir a Sadam
Huseín: «Déspota endemoniado, despiadado, frío, exterminador de seres
humanos…». La flota española, formada por barcos anticuados e inútiles
ante los modernos acorazados americanos, era considerada un peligro para
los Estados Unidos: eran las armas de destrucción masiva. Se necesitaba un
motivo para iniciar una guerra ganada de antemano. Las torres gemelas en
aquella ocasión fue el acorazado de la marina norteamericana, el Maine, que
explotaba y se hundía en el puerto de la Habana por razones desconocidas.
Para la prensa americana había sido un sabotaje organizado por España en el
que habían muerto 258 marineros; (ningún oficial de alta graduación). Para
la prensa española la explosión habría sido provocada por los propios
americanos para justificar la guerra contra España. Con el tiempo se ha
sabido que no fue ni lo uno ni lo otro, sino un accidente en la sala de
máquinas. Nunca se permitió abrir una investigación. Tampoco entonces los
inspectores internacionales pudieron intervenir. Pero, tal vez, donde el
paralelismo se mostró más patente, fue en la manipulación de la opinión
pública. La bandera de las barras y estrellas ondeaba en todos los
balcones, «Recordemos el Maine» era la leyenda que aparecía en todas las
esquinas. La guerra era cuestión de días.
Y la guerra fue muy corta. No se desarrolló desde el aire, sino en el mar.
La flota española fue aniquilada en Filipinas en abril. Y lo que quedaba,
frente a Santiago de Cuba en julio. Cientos de marineros españoles muertos
o desparecidos frente a una sola baja reconocida por los americanos. Lo
mismo que en Irak el elefante derrotaba a la hormiga. Sin embargo, lo mismo
que en Irak, los militares estadounidenses que habían practicado el tiro al
blanco, el asesinato en masa, fueron aclamados como héroes de guerra. Pero
lo mismo que en Irak a los cubanos no les gustaba la «democracia» tutelada.
Pese a la manipulación electoral que no permitió votar a los «negros
analfabetos», ni a las mujeres, ni a los no propietarios, reduciendo el
censo a 100.000 cubanos, cuatro años más tarde los «yankis» se vieron
obligados a retirarse de Cuba para no aparecer ante el mundo como los
nuevos colonialistas. Años después Fidel Castro les terminó de aguar la
fiesta. Para no perderlo todo se quedaron con una gran base en Guantánamo,
en el corazón occidental de la Isla. Cien años después siguen allí. La base
les sirve para tener allí detenidos y privados de sus derechos a cientos de
prisioneros afganos sin acusación y sin juicio. Todo un ejemplo de democracia.
La Historia se repite. Aznar hincó la rodilla ante el nuevo imperialismo
que encierra la derecha más reaccionaria que gobierna el país más poderoso
de la Tierra. Espero que Zapatero no lo haga. Para eso, entre otras cosas,
ha recibido mucho voto de izquierdas. Me sitúo humildemente junto a grandes
historiadores como Richard Gott o Carl Grimberg que, tras revisar los
documentos históricos, condenan aquella masacre. La Historia no sólo sirve
para conocer el pasado, también para entender el presente y prevenir el
futuro. Nuestro futuro, pese a José María Aznar, está con Europa.
Pedro Vizcaqy González
Jefe de Departamento de Geografía e Historia en el IES Rio Óbrigo de Veguell
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