FERNANDO M. CARREÑO

Sólo Elon Musk sabe si cuando dijo aquello de las bolas chinas anales, por medio de las cuales Hans Niemann podría haber recibido mensajes durante la polémica partida que le enfrentó a Magus Carlsen en la Copa Sinquefield, se estaba divirtiendo con uno de esos comentarios con los que manipula el mercado de criptomonedas -se dice que lo hace- o tenía información privilegiada. En este segundo caso habría que concluir que la forma elegida por el joven -19 años- y polémico jugador estadounidense para tomar ventaja ilegal sería algo rocambolesca -valga la redundancia- pero, también, de forma prácticamente obligada. Porque hacer trampas en el ajedrez es extremadamente difícil. Más allá incluso del doping ‘normal’.

La misma complejidad del juego y las condiciones de competición -tanto presencial como telemática- obligan a quien quiera hacer trampas a extremar la creatividad y/o contar con un numeroso equipo de colaboradores haciendo en cierto modo honor, en la práctica, al deporte. Pero trampas en el ajedrez se han hecho, y la prueba son las grandes medidas de seguridad que se toman en los torneos físicos, con todo tipo de controles como arcos de detección o cacheos y revisiones por sorpresa y, en los virtuales, utilizando complejas y potentes herramientas de análisis para detectar irregularidades o patrones sospechosos, sin excluir medidas más ‘simples’, como el control visual de que los jugadores no estén consultando programas o recibiendo mensajes mientras juegan.

La irrupción de la informática y en igual medida de la comunicación vía internet ha proporcionado al ajedrez grandes vías de desarrollo y, como reverso tenebroso, también muchas oportunidades a los tramposos. La plataforma chess.com, quizá la más importante del mundo, ha revelado que no son pocas las cuentas suspendidas por hacer trampas, y que entre ellas se encuentran algunas de muchos jugadores de gran nivel. Chess.com resuelve estos casos anónimamente -Niemann ha reconocido que hizo trampas a los 12 y 16 años, jugando en esta modalidad- Sin embargo, algunos casos de trampas trascienden y dan lugar a serias sanciones. Sobre todo cuando tienen lugar en partidas presenciales. Ahora, sin embargo, se han detectado numerosos paralelismos entre su juego en ciertas partidas y las soluciones que puede ofrecer un programa informático.

Trampas en el ajedrez: auriculares, móviles, ordenadores…

Fue el caso de Gaioz Nigalidzde durante el Abierto de Dubai 2015: visitaba con frecuencia el cuarto de baño y, en una revisión, se descubrió que allí había oculto un teléfono móvil -como el revólver de Michael Corleone- a través del cual recibía consejos. El ruso Igors Rausis empleó el mismo sistema cuatro años más tarde, y fue también detectado. En 2006, Veselin Topalov acusó a Vladimir Kramnik de emplear un ‘truco’ similar en su encuentro por el título mundial. Una revisión encontró un extraño cableado en el servicio -privado- pero no se tomaron más medidas. Ya en 2002 se había prohibido incluso llevar encima un teléfono móvil durante las partidas: ya se sospechaba que podían ser utilizados para recibir mensajes codificados.

Sin embargo y como sucede con el dopaje, los tramposos siempre encuentran la posibilidad de ‘adelantarse’. Fue famoso en la Olimpiada 2010 el caso de la selección francesa, en la que el engaño se daba a tres bandas: un jugador analizaba la partida a manipular y transmitía sus sugerencias al capitán de la selección vía móvil y por medio de claves. Este, por medio de lenguaje gestual y sus movimientos en la sala de acuerdo a una clave preestablecida, los transmitía a su jugador. Todos fueron suspendidos por la propia Federación gala y luego por la FIDE. John Von Neumann, en 1993, abandonó voluntariamente el juego tras haber alternado en el torneo de Filadelfia grandes resultados con errores garrafales: era prácticamente evidente que estaba recibiendo ayuda externa. Modernamente, sin entrar en las disquisiciones de Elon Musk, existen microauriculares -incluso de implantación quirúrgica- que permiten recibir mensajes con mucho más detalle y claridad que las famosas bolas anales.

En un artículo publicado en chessbase.com Frederic Friedel, que fue editor de la página, reconoció haber colaborado en la primera ocasión en la que se utilizó un ordenador para ayudar de forma clandestina a un jugador: en 1980, en una exhibición de simultáneas, tratando de probar si en el ajedrez se podía ejecutar un ‘test de Turing’ -es decir, saber si un ser humano puede identificar que está interactuando con una máquina-: un receptor oculto en la cabellera de un jugador que se enfrentaba a un gran maestro le ‘dictaba’ las jugadas.

Pero ya en el primer libro de ajedrez moderno que se conserva, el incunable de Lucena publicado en Salamanca en 1497, se dan consejos para, de algún modo, hacer trampas: Se recomienda que el rival quede sentado frente al sol, si se juega de día, o donde el tablero quede en sombras si se juega con luz artificial. En el siglo XVIII fue famoso ‘El Turco’ del inventor Kempelen: Presuntamente, era un autómata que jugaba a gran nivel al ajedrez y -evidentemente- en grandes escenarios: lo hizo ante Napoleón Bonaparte entre otros. Se cree -aunque Kempelen se llevó su secreto a la tumba- que en realidad un operador real se ocultaba dentro del mecanismo.

Sin embargo, en cuanto a acusaciones de fraude y trampas, nada fue comparable al encuentro por el título mundial de ajedrez que tuvo lugar en 1978 entre Anatoly Karpov y Viktor Korchnoi, que tuvo más que ver con un choque de bloques de la Guerra Fría más aún que el duelo de seis años antes entre Bobby Fischer y Boris Spassky.

Trampas en el ajedrez: El turbulento mundial entre Karpov y Korchnoi

El duelo ya llegaba enrarecido: Korchnoi era un disidente soviético que había abandonado el país -tal vez más por rivalidades ajedrecísticas que por opiniones políticas, pero esa es otra historia- y Karpov la nueva estrella patrocinada por la potente estructura soviética. Viktor se presentó en Filipinas con un equipo relativamente modesto pero con su ‘conocimiento’ sobre el funcionamiento de la estructura soviética. Karpov, con un ejército de analistas y expertos de todo tipo.

El encuentro fue bronco. Ambos rivales acabaron negándose el saludo. Korchnoi acusó a Karpov de mirarle con demasiada fijeza para ponerle nervioso. Él contraatacó usando gafas de sol de espejos que reflejaban sobre Anatoly los focos de la sala. Acusó a su rival de usar parapsicólogos e hipnotizadores del KGB para ejercer control mental sobre él -en realidad, soviéticos y estadounidenses tenían departamentos que estudiaban seriamente estos asuntos- y reaccionó con ‘especialistas’ propios, que a su vez fueron obstaculizados por los soviéticos.

Acusó también a Karpov de recibir mensajes ocultos a través de yogures que se le servían durante las partidas -el sabor o la posición de la cucharilla indicarían una línea de juego- y, finalmente, acusó de traición a un miembro de su propio equipo, que habría pasado información al ‘bloque soviético’. Karpov ganó 6-5, después de 32 partidas. Ni el árbitro Lothar Schmid -que ya había dirigido el muy tenso Fischer-Spassky- ni la FIDE avalaron trampa alguna (aunque se determinó que a Karpov se le sirviera en cada partida un solo yogur y siempre del mismo sabor y que ambos contendientes pudieran usar gafas y mirar donde quisieran) aunque un detalle no pasó desapercibido: al frente del equipo de Karpov estaba Viktor Baturinsky, jefe del ajedrez soviético, coronel del KGB y antiguo colaborador de los mismísimos Stalin y Beria que, por cierto, era también gran aficionado al ajedrez entre purga y purga.

No son las trampas de aquello de lo que más se habla en relación al ajedrez pero cuando entran en escena, son resonantes. Queda dicho que, en cierto modo, su complejidad hace también honor al deporte.

Diario Marca


Gambito de trampas

JESÚS J. BOYERO

Eran tiempos felices y la biblia del ajedrez, la revista New in Chess, dedicaba su portada al joven talento estadounidense Hans Moke Niemann. El cuarto número de 2022, de los ocho que publica anualmente la compañía de la que el noruego Magnus Carlsen, campeón del mundo, es uno de los máximos accionistas, presentaba a un joven elegante, moderno, de pelo corto, con proyecto de barba, mirada infinita y seductora media sonrisa. Un triunfador de sólo 19 años que acababa de ganar el torneo de Malmö (Suecia) y del que Nils Grandelius, el gran maestro que firmaba el artículo, comentaba en el titular con carácter casi profético: «No teme a nadie». Después de alabar su ambición, destacaba que en los últimos 20 meses había jugado ¡¡¡327 partidas (1 cada menos de 2 días)!!! y subido 191 puntos de Elo, pasando del 1011 del mundo al 90. Una progresión increíble -Carlsen hizo un resultado parecido en 2006 y 2007-, después de que su juego estuviera estancado de diciembre de 2018 a octubre de 2020. «Niemann rara vez se apura de tiempo y es muy imaginativo tanto cuando tiene buenas posiciones como, lo que es más importante, malas», apostillaba Grandelius. Unas palabras de reconocimiento a un gran jugador, a un niño nacido en San Francisco (Estados Unidos), hijo único de padres mormones de origen danés y hawaiano que emigraron a los Países Bajos, y al que con 8 años matricularon en un colegio de superdotados de Utrecht en el que el ajedrez figuraba en los planes de estudios.

Todo era maravilloso y lejos parecía entonces lo que meses después acapararía la atención de los medios de comunicación internacionales: las graves acusaciones a Niemann, 37º del mundo, de haber hecho trampas con la ayuda de programas informáticos en partidas presenciales, pero sobre todo en torneos por Internet. Hasta en 100 partidas según Chess.com, aunque él confirmó con anterioridad que las hizo cuando tenía 12 y 16 (17) años.

El detonante del escándalo fue su victoria sobre Carlsen en la Sinquefield Cup a principios de septiembre. El sexto sentido del noruego parecía indicarle que su derrota no había sido normal, que el comportamiento de Niemann durante la partida presencial era totalmente diferente a lo que acontece entre profesionales, con ausencia de tensión y falta de concentración en momentos decisivos. Las insinuaciones del noruego en Twitter quedaron de manifiesto pocos días después en el juego que les volvió a enfrentar en el Julius Baer por internet. Carlsen abandonó en señal de protesta tras realizar el primer movimiento, argumentando no querer jugar con gente que ha hecho trampas en el pasado por miedo a que las vuelva a realizar en el futuro.

A la vista de los análisis de las partidas de Niemann, y como declaró Francisco Vallejo, el mejor jugador español, a MARCA, estamos «ante un genio y referente generacional o un gran tramposo». La genialidad es evidente en muchas de sus partidas y para el fraude hay algunos indicios, que no pruebas, que invitan a la reflexión.

Partiendo de la base de que Niemann es un jugador de gran nivel y de mucho talento, aunque irregular según el escocés Jacob Aagaard -su entrenador en algunas sesiones-, el análisis de las partidas presenciales del estadounidense indica que en 10 de ellas sus movimientos casi coinciden al 100% con los de los programas de ajedrez, y en 23 al 90%. Ningún campeón tiene registros parecidos. Carlsen en dos ocasiones al 100% y en dos por encima del 90%, Fischer sobre el 72%…. El gran maestro Miguel Illescas, ocho veces campeón de España, consultor de IBM en el duelo que Deep Blue ganó a Kasparov en 1997, entrenador de Vladimir Kramnik y experto en informática, opina en su canal Chess FM de Youtube que no tiene evidencias de que Niemann haya hecho trampas presencialmente en los últimos meses, pero sí sospechas en varias partidas en la época en las que las hacía por internet, en 2020.

Ajeno a los análisis públicos

Una actitud muy llamativa de Niemann es que nunca analiza públicamente las jugadas. Todos los ajedrecistas, desde el más humilde aficionado hasta el campeón del mundo, no paran de charlar sobre tal o cual variante en los análisis post mortem. ¿Temor a que se descubra que no tiene el nivel que en teoría tiene? ¿Puede ser que Carlsen viera algo de esto cuando amistosamente analizaban en las playas de Miami días antes de la Sinquefield Cup? En la película Cortina Rasgada de Alfred Hitchcock, el nivel del físico Michael Armstrong (Paul Newman) es descubierto cuando charla personalmente con el profesor Karl Manfred (Günter Strack). Un contraargumento a esta reflexión es que no hablar de jugadas de ajedrez no es prueba de nada.

Si Niemann es un tramposo hoy en día tendría que serlo con ayuda de la tecnología más sofisticada y al alcance de muy pocas personas. ¿Ciencia ficción, paranoia, teorías de la conspiración? El tiempo aclarará esta historia de la que sólo hay este caso en la superélite, aunque mientras tanto algunos miran de reojo al Ajedrez Avanzado -humano con la ayuda de ordenador-, como el que experimentaron Kasparov, Anand o Topalov en los Magistrales Ciudad de León de 1998 a 2004. Y es que, si no puedes con tu enemigo, únete a él.

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