Juan Varela, Periodistas21

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Comienza la guerra de los himnos.

Andan las palabras y los papeles
con un protagonismo como no se veía en mucho tiempo entre revisionistas
y conservadores. La política española vuelve irremediablemente al mito.
Descubro que el ardoroso Antonio Burgos acusa al ministro José Bono de «atentado contra la propiedad intelectual» y lo nombra «hacker ministerial manchego» por la supuesta orden (desmentida por el jefe de la Armada) de cambiar las alusiones religiosas y el ardor imperial guerrero del Himno de la Armada, en realidad el himno de la Academia Naval de Marín.

Himno en mp3

Los rumores acusan al ministro de cambiar versos del poeta gaditano José María Pemán como¡en la Rosa de los Vientosme crucifico por ti!o el extático y religioso final:debajo las voces de nuestros caídos,y arriba el mandato de España y de Dios.De España y de Dios, de España y de Dios.

Bono es un héroe trágico a fuerza de su propia propaganda y su voz altisonante. Y aunque acechado por el ruido de sables y las críticas
no puede permitir la crucifixión de nuestros militares ni su entrega
demasiado piadosa a un dios que ya no preside los actos del estado.Sobre aquella otra estrofaEl imperio a España vendrápor los caminos del mar.¡Qué
decir de su imposible anhelo! Por el mar ya sólo llegan pateras llenas
de animistas, musulmanes y conversos dudosos. Los católicos vienen en
avión con contrato de trabajo o se cuelan como pueden por Barajas, eso
si no tienen pasaporte comunitario ahora que la ampliación es generosa
con el Este.Cuando se trasiega y se abusa de patrias e historias
aparecen enseguida los himnos, las canciones pesadas que todavía hace
unos años nos hacían entonar antes de empezar las clases o para poder
colarse en una de aquellas pocas oportunidades para salir de casa en
una excursión de la OJE, sustituta mojigata del Frente de Juventudes.Dice Paco Umbral que José María Pemán era de «una fe fija y austera» en pugna con otro poeta popular y de gracia gaditana.

A mí siempre me pareció un poeta impostado con un deje de señorito hecho
a las calles y al fino por salir de rigores impuestos a otros. Como
poeta sensible se alarmó por Federico, pero Lorca fue fusilado sin
remedio.Pemán creía que para ser poeta hay que «ser fiel a unas pocas cosas, muy pocas, pero muy fiel, y reírse de todo lo demás».
Era religioso y monárquico como las letras de sus himnos de joven
versiculador de Falange. Y como otros se fue cansando de Franco y acabó
en el consejo de Don Juan de Borbón, donde sirvió a una de sus dos
causas.A estas alturas, nacionalismos enfrentados aparte, sorprende la persistencia de esas letras
tan de otros tiempos y otras causas. Están bien en los libros, la
historia y los museos militares pero cuando empieza uno al alba
cantando imperios a ritmo de sol y sombra acaba el día con ganas de sacar la compañía para pronunciarse ante el Ministerio de Defensa.

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