Era un consuelo para el intelectual pensar que allí estaba el obrero, hermoso, sano, fuerte, dispuesto a rehacer el mundo. Y después, eso también lo han visto ustedes, el obrero seguía allí pero la clase había desaparecido. Navegación de entradas Shakespeare, Julius Caesar, II, 2. Umberto Eco, El Péndulo de Foucault