Preguntas del periódico suizo de ecología política Moins!, Lausanne, número de enero 2024.

Respuestas de Miguel Amorós.

– ¿De qué manera el progreso tecnocientífico, que acelera la industrialización de nuestros medios de vida, es nocivo y supera (e incluso anula) los beneficios de dicho progreso esgrimidos por las clases dominantes?

Eso es así porque las fuerzas productivas a partir de un determinado momento del desarrollo científico-técnico, que podemos situar en la década de los sesenta del siglo pasado, se vuelven eminentemente destructivas. A mayor progreso, mayores inconvenientes. A esas alturas los resultados positivos de las innovaciones técnicas de ninguna manera superan los negativos, cuya enorme magnitud no se puede disimular: despilfarro, escasa utilidad, crisis estructural, contaminación, desastres ambientales, pérdida de empleos, calidad y saberes, desigualdad y anomia social, peligros inherentes a su implantación como por ejemplo el incremento de las enfermedades mentales, etc. La noción de progreso, que supone una evolución racional del mundo, característica diferencial de la ideología burguesa, descansa en la hipótesis de que el ser humano es un animal que fabrica herramientas gracias a las cuales puede dominar las fuerzas de la naturaleza,. Según ese punto de vista optimista y metafísico el progreso es eminentemente tecnológico y, de acuerdo con los turiferarios progresistas, inevitable. Pues bien, bajo la economía de mercado, dicho progreso -en realidad, acumulación de capitales, dominio de la mercancía- a la larga implica la artificialización completa del mundo, y por lo tanto su desnaturalización más o menos violenta en función de las resistencias encontradas. El trabajo artificializador debe más a las nuevas tecnologías que a las fuerzas represoras del Estado. El resultado directo de esta artificialización impuesta y facilitada en último lugar por la electrónica es el desarraigo total del género humano y su dependencia absoluta de un sistema técnico cada vez más autónomo. El dominio de la naturaleza ha comportado el de las personas.

–La industrialización impulsada por el progreso tecnocientífico, particularmente a través de la digitalización ¿tiende a uniformizar y atomizar a nuestras sociedades?

Las tecnologías digitales han culminado la colonización e industrialización de la vida cotidiana, convirtiendo así a los seres humanos en habitantes de un espacio virtual, consumidores autómatas y ciudadanos sumisos, plenamente controlados y perfectamente intercambiables. Han realizado el homo economicus, la criatura totalmente subordinada a la economía, que es a la vez homo technicus, el ser esclavizado por la máquina. El denominado progreso ha atrapado a los individuos y los ha moldeado y amaestrado a placer. Por consiguiente, la sociedad entera se está convirtiendo en una inmensa industria automatizada donde las técnicas median en todo tipo de relaciones: son una especie de prótesis de la vida privada. Es la vida sin raíces reducida a imperativos industriales, la vida simplificada en movimientos previsibles y fácilmente calculables, o sea, mecanizables. Para combatir hacen falta muchos, pero para consumir uno solo se basta. La atomización y la uniformización, la masificación y la domesticación, son las características que mejor reflejan la generalización del estilo de vida dócil, consumista y solitario bajo el régimen tecnocapitalista.

– Aunque todo parara, ¿qué habría que hacer con los restos del sistema industrial?

Si el principio regulador de la sociedad no fuera la mercancía, el sistema industrial, que es la materialización de su reino, quedaría obsoleto. No funcionaría sin las relaciones sociales mediatizadas por objetos, es decir, sin sus mecanismos reproductores. Si lo que se busca son relaciones directas, sin dinero de por medio ni cualquier otra abstracción, aquél deberá pues ser desmantelado, salvo en aquellas partes que puedan ser reutilizadas para satisfacer necesidades reales, pero sin causar dependencias indeseables (económicas, técnicas, políticas, militares…), ni provocar divisiones insuperables (entre burgueses y proletarios, dirigentes y ejecutantes, técnicos y peones, trabajadores y empleados, campesinos y urbanitas, productores y consumidores…). Así pues, partiendo de la base de que la técnica nunca es neutra, los conocimientos técnicos adquieren de modo fugaz una dimensión liberadora. Paradójicamente, usadas con diligencia, correctamente reutilizadas, las máquinas pueden servir para destruir la sociedad que las ha producido.

– ¿Cómo reconstruir una sociedad viable y deseable? ¿Qué barreras impondríamos a las técnicas, materiales o inmateriales?

En una sociedad justa, igualitaria y autogestionada, sin Estado, sin clases, donde rige un único interés común a todos, y donde el orden, inscrito en la memoria de las luchas pasadas, discurre de la “voluntad esencial”, naturalmente, por experiencia -en una nueva gemeinschaft– la economía nunca será una esfera autónoma, separada del conjunto de la actividad humana. Llamar a esa actividad particular, estrechamente entrelazada con las demás actividades comunitarias, economía de subsistencia, equivale a contemplarla bajo una óptica capitalista. Se aprovecharán las técnicas que no pongan a la sociedad en peligro, a saber, las que favorezcan su desarrollo horizontal y colectivo, aquellas que Ivan Ilich llamaba convivenciales y Lewis Mumford, democráticas. Se trata de una tecnología centrada en el ser humano, no en la dominación, basada en la producción local, en el control de la herramienta, en el reciclaje… Como bien señala el autor de “El mito de la máquina”, a su alrededor se agolpan prácticas relacionadas entre sí como “el auto-gobierno comunitario, la libre comunicación entre iguales, el acceso sin impedimentos al común almacén del conocimiento, la protección contra los controles arbitrarios externos y un sentido de la responsabilidad moral individual en cuanto a la conducta, que afecta a toda la comunidad.” De todo esto existen muchos antecedentes en la historia, desde la organización clánica hasta el sistema de comunas y concejos medievales, pasando por las diversas instituciones consuetudinarias y terminando en las realizaciones revolucionarias: diggers ingleses, colectividades españolas, soviets libres ucranianos, comuna de Oaxaca, Chiapas…

– Y en ese mundo ¿Qué hacer del deseo de poder, visible por todas partes, y cuestionado en ninguna, incluso en la izquierda radical?

El deseo, ansia o voluntad moderna de poder nace con el individualismo, con el homo homini lupus o la lucha de todos contra todos postulada por el “Leviatán”, el pedestal sobre el que descansa la ideología política burguesa. Ese rechazo absoluto de una autonomía individual basada en la fraternidad ha de recurrir para realizarse al órgano ideal de la acumulación de poder: el Estado. La proyección fuera de sí, o sea, la alienación, junto con el miedo subsidiario, son los grandes obstáculos de la liberación. La falsa conciencia y el pánico de los individuos adaptados al mundo de la tecnociencia, son el gran problema. Los antiguos griegos inventaron el ostracismo, un sistema de votación secreta (con conchas de ostra) que decidía el destierro de aquél a quien los ciudadanos considerasen un peligro para el régimen democrático. Pero también crearon la paideia, la formación en valores convivenciales. Bastaría con reforzar los lazos comunitarios a través de la educación para que una sociedad auto-gobernada fuera capaz de impedir la aparición de jerarquías formales o informales que trasluciese una voluntad de poder camuflada. En una palabra: imposibilitar la formación de una burocracia cualquiera susceptible de alumbrar un aparato paraestatal y, por lo tanto, una organización mecánica controladora capaz de adueñarse de la voluntad de miles de hombres y mujeres y forzarlos de nuevo a la industrialización. Mientras esperamos que el fortalecimiento de las comunidades ocurra y desaparezca la mentalidad colonizada por el industrialismo, o dicho con otras palabras, mientras el hombre y la mujer se reinventan, algo que requerirá el mayor de los esfuerzos, pueden ser de gran ayuda la elección asamblearia de delegados, el mandato imperativo, el control de los mandatarios, la rotación de cargos representativos, la revocabilidad, la no re-elegibilidad y cualquier otra traba al liderismo. En resumen, la democracia directa.

Fuente: https://kaosenlared.net/la-nefasta-idea-de-progreso/

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