por Daniel C. Bilbao

«Las palabras se cansan o se enferman, como los hombres o los caballos», dijo Julio Cortázar hace 25 años, en Madrid, durante una conferencia. Se cumplían entonces cinco años de la irrupción de la dictadura genocida de las fuerzas armadas argentinas que encabezaron Videla, Massera y Agosti.

Por aquellos años, en el estado español estaban reciclando al franquismo y a la monarquía. Tras el horror de las dictaduras aplicadas bajo la
doctrina de la «seguridad nacional» en América y los oscuros y terribles cuarenta años del Generalísimo, las palabras que expresaban el momento político eran democracia y fascismo. La palabra «democracia» pugnaba por convertirse en categoría que reflejara la lucha de las sociedades por la libertad y los derechos elementales. Se oponía a «fascismo», la violencia impune de los estados que cerraba el camino a la dignidad de hombres y mujeres.

Mucha agua ha corrido bajo el puente, tanta, que la palabra «democracia» es hoy un caballo cansado y gastado, según el decir del esclarecido
escritor argentino. Muchos identifican a la democracia con el fascismo, porque el miedo de las clases burguesas a los cambios inevitables las
han llevado a asimilar los métodos represivos del fascismo hasta convertirlos en la norma que desplazó a los que en su origen eran los
«derechos del hombre y del ciudadano».

En la «transición» española, el PSOE encarnó el sentimiento democrático dentro del Estado, pero en su lamentable involución arrastró todo lo
que la palabra democracia significaba en términos de esperanza. No dudó en recurrir al terrorismo de estado para mantener viva la idea de la
«España Una, Grande y Libre». Convertido en la izquierda del franquismo, lidera hoy, junto con el Partido Popular, el vaciamiento
definitivo de la democracia.

Desde el Gobierno español, se dice sin pudores que inventarán nuevos recursos jurídicos para que los presos políticos se pudran en la cárcel.
Clausuran una taberna porque allí se reunieron dirigentes de Batasuna. Le niegan un régimen de visitas más benigno a un prisionero gravemente enfermo del corazón y con cáncer. De ninguna manera puede ser ésto síntoma de un gobierno democrático. Sus propias palabras y acciones, por un juego de espejos, nos remiten a los sistemas represivos del fascismo.

En la conferencia citada, Cortázar decía: «Hoy, en que tanto en España como en muchos otros países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inquívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas».

Un cuarto de siglo después, una nueva encrucijada con el mismo dilema y la oportunidad de la palabra democracia para ser resemantizada. Cruje todo el andamiaje estatal español. Las naciones oprimidas que lo integran emprenden el camino definitivo para sacudirse el yugo. Las fuerzas que encarnan el progreso y el cambio claman por el acuerdo y el diálogo en torno a los derechos individuales y colectivos. Esto es, a la vez, método y contenido de la democracia. La razón dice la necesidad de recurrir a la palabra como medio de lograr acuerdos que permitan abrir una negociación. Es la vía democrática, donde debe descartarse la tentación fascistoide de continuar con la represión y la negación de
derechos. El PSOE tiene una última oportunidad de salvar los restos de dignidad que pueden quedar en alguno de sus repliegues. Aunque se vista con los harapos de la degradada «democracia española», igual es esperado en la mesa de los acuerdos. Esta democracia de la que nos hablan está herida de muerte. Hay que dotarla de nuevos contenidos que vayan prefigurando el porvenir. Para ello, hay que sentarse a dialogar y negociar.

Al fin de cuentas, tal como dijo Cortázar en aquella conferencia de 1981, «La historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra».