Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro

Ver también:
Más sobre la libertad. El Individuo (I): Lo particular frente a lo común


Volviendo a la voz «común», podemos constatar tristemente que el pensamiento liberal ha liquidado casi por completo las dinámicas sociales que materializaban el concepto en la realidad. Ello ha ocurrido a lo largo y ancho de Occidente. Hoy prosigue el proceso de acoso y derribo de toda forma cultural no basada en la individualidad en los continentes aún no plenamente occidentalizados. Y, si bien, en estos últimos lugares la destrucción de lo comunitario y la implantación del modelo occidental encuentra algunas resistencias, no ocurre lo mismo en el viejo mundo. Dado que no quedan sociedades rurales basadas en el comunalismo, movimientos proletarios afirmados sobre el mutualismo y la autogestión y que los grupos políticos que tradicionalmente se han cobijado bajo el paraguas «comunismo», lejos de apostar por la comunidad, lo han hecho por fuertes autoritarismos estatistas, traicionando así su propia etiqueta, creo poder afirmar que la ideología liberal es hoy el paradigma ideológico que, no solo rige el desarrollo de la actual sociedad en sus aspectos materiales, sino que también determina el pensamiento de su intelectualidad, a la derecha, a la izquierda o en cualquier otra dirección.

Ni siquiera el movimiento anarquista es ajeno a esta cuestión. Si nos aproximamos al concepto «libertario», comprobamos que comparte la misma raíz semántica con «liberal». No es casual; el proyecto libertario bebe en la misma fuente que el liberalismo, siendo además deudor y heredero del mismo. La otra palabra con que se nombra —anarquismo— tampoco hace la menor referencia al común y sí, implícitamente, a la libertad del individuo, negando todo tipo de gobierno o norma, incluyendo el autogobierno. «Libertario» y «liberal» son palabras que, en resumidas cuentas, significan lo mismo tanto a nivel semántico como, en buena medida, de ideología aplicada a la praxis. Pero no deseo simplificar tanto el asunto. El movimiento libertario, ya en sus orígenes, fue un ente complejo y multiforme integrado por corrientes con marcadas diferencias entre sí. En la actualidad se mantiene esa heterogeneidad. Y, aunque el ideal ilustrado de la libertad del individuo (Rousseau es el precedente lejano) es común a todas las ramas del anarquismo, éstas se dividen en multitud de capillas según si son más o menos proclives al mutualismo, al sindicalismo, a la autogestión, a la política posibilista, al frentepopulismo, a la tolerancia al estado o a diversas estrategias y tácticas de acción. El grueso del anarquismo del siglo XIX se encuadraba en las luchas obreristas y campesinas del momento, de carácter más y menos revolucionario y anticapitalista, pero contrarias siempre a la cosmovisión individual-elitista burguesa. La terminología que se emplea pone de relieve esta forma de ver las cosas: si la clase burguesa opresora es «liberal», la clase proletaria oprimida es «comunista» o «socialista». El acento significante está puesto sobre lo colectivo; en la idea de «el pueblo unido», que jamás será vencido. Y esa es una contradicción con la que nace el anarquismo y que nunca le abandonará a lo largo de su historia: que bebiendo de ese espíritu de «pueblo unido» también quiere la misma libertad para el individuo que defienden los burgueses; una libertad que emana del propio individuo y no del común, y que para ser materializada precisa un acuerdo o «contrato social», que las masas proletarias organizadas han de «arrancar» al poder burgués. He tratado de describir párrafos arriba cómo ambas cosas —común y actitud individualista— se excluyen mutuamente (o son difícilmente acumulables) en la práctica. Tal vez sea éste uno de los motivos de lo escaso y efímero de los logros de este movimiento a lo largo de su historia.

El anarquismo, como decimos, surge en el siglo XIX como una corriente de pensamiento —primero— de carácter antiautoritario, defensora de la libertad del individuo frente a las instituciones y —después— partidaria de la emancipación socioeconómica de las clases oprimidas. Es decir, nace inserta en la más pura tradición liberal para posteriormente incorporar la visión socialista. De hecho, los estudiosos no se terminan de poner de acuerdo a la hora de etiquetar a algunas de sus figuras clásicas, y de diferenciar hasta qué punto son libertarios o simplemente liberales. Ello sucede, por ejemplo, con William Godwin (1756-1836), el principal eslabón entre Rousseau y los teóricos anarquistas posteriores más conocidos. Godwin es asumido por el anarquismo por su idea antiestatista y antiautoritaria, mientras que el liberalismo le tiene por uno de los suyos a causa de su defensa a ultranza de las fronteras del individuo. Ocurrirá otro tanto con autores posteriores, sobre todo del mundo anglosajón. Los llamados anarcoindividualistas llegarán en algunos casos a posturas anticomunitarias más extremas que las del propio proyecto burgués, cuestionando incluso cualquier tipo de colaboración o asociación, por ser condicionadora y limitadora de la individualidad. Figuras asumidas por el anarquismo como Max Stirner o Benjamin Tucker, las más conocidas entre algunas otras en esa línea, propondrán un paradigma filosófico más cercano, quizá, a las ideas de Stuart Mill o de Herbert Spencer, que al de los socialistas militantes coetáneos. No es de extrañar que uno de los desarrollos actuales de esta visión político-social sea el llamado anarcocapitalismo, del que hablábamos en el capítulo anterior.

La contradicción o dicotomía presente en el movimiento libertario, desde su fundación hasta la actualidad, entre la defensa a ultranza del Yo y la necesidad de construir y dar vida a la asamblea, será patente a lo largo de todo el proceso. Aún a día de hoy, se palpa cuando se escuchan voces de teóricos del movimiento realizando propuestas de tipo estratégico. En el origen, frente a la idea individualista de los libertarios ingleses y norteamericanos, imbuida del ideal de la modernidad y no muy lejana al pensamiento de John Locke o de Thomas Jefferson (5), en otros lugares de Occidente el anarquismo se sumergió en el sufrimiento de las mayorías postergadas. Más allá de la fría actitud racional que venía caracterizando a los teóricos de la centuria, logró empatizar con los deseos de vida mejor de proletarios, artesanos y campesinos jornaleros y, así, su bandera negra fue el estandarte, no de un club de intelectuales en reclamación de los derechos que les adjudicaba la Ilustración, sino de un pueblo obrero unido marchando en pos de la mejora de sus condiciones materiales. La lucha sobre todo se ubicó aquí y allá en el terreno laboral; en la defensa del medio de vida tradicional de pequeños campesinos independientes y artesanos, y en la reclamación de un mejor trato dentro del nuevo trabajo asalariado. Pero sin perder de vista un horizonte trágico, mesiánico, casi místico, llamado «revolución social». En este contexto emergen figuras como Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), que planteó la abolición de la propiedad basada en la explotación y acumulación, proponiendo el mutualismo —una organización económica universal que, manteniendo la pequeña propiedad privada, estaba afirmada sobre la cooperación y el apoyo mutuo a diferentes niveles— y el federalismo; la articulación de la sociedad en asambleas soberanas libremente vinculadas entre sí, desde abajo hacia arriba. Posteriormente otros nombres relevantes de la historia del anarquismo, como Piotr Kropotkin, Errico Malatesta, para quien —quizá por ubicar la mayoría de su activismo revolucionario en el mundo rural— el individualismo y la solidaridad eran mutuamente excluyentes, o Ricardo Flores Magón (en otro contexto) (6), profundizarán en esta visión eminentemente social y tendente a lo comunitario. Su pensamiento no será elucubrativo. Bien al contrario, multitud de anónimos y nada letrados trabajadores del campo y la ciudad se esforzarán en dar cuerpo material a esas ideas, poniendo en marcha, aquí y allá, diferentes realidades de apoyo mutuo y autogestión. Es heroica y abnegada la lucha de los anarquistas organizados en Rusia, España, Italia y otros lugares entre las décadas finales del XIX y las primeras del XX. La teoría mutualista y federalista dispondrá de un buen encaje entre las masas de ex campesinos y artesanos empobrecidos que constituyen el nuevo proletariado, las cuales no han perdido aún su tradición comunal previa y tratan, más o menos, de resistir el inexorable avance del proyecto estatal-capitalista. De hecho, volviendo al lenguaje, la terminología mayormente empleada en ese momento y en esos lugares era «comunismo libertario» o «anarcocomunismo», lo cual subraya la importancia dada a la dimensión comunitaria por parte de estos grupos.

En tal contexto surge la necesidad del sindicato. Éste, en su origen, es un medio táctico de capital importancia con el que se persigue un doble objetivo. Por una parte se trata de desarrollar alternativas económicas; construir una red autogestionaria de apoyo mutuo paralela a la propia economía y los servicios en manos estatal-capitalistas (cooperativas, mutuas laborales, cajas de pensiones, centros educativos…) También es una organización confrontativa que desafía a la burguesía y al poder estatal cuando se da la ocasión o se requiere para la mejora de las condiciones materiales de los asalariados. En ambos casos se puede constatar cómo hay una cierta herencia o continuidad con lo que en su día fue el gremialismo; la forma organizativa-corporativa que defendía los intereses del pequeño artesanado urbano. Anarcosindicalismo es el nombre de esta corriente en el seno del movimiento libertario, cuya principal expresión histórica fue el sindicato CNT en España. La huelga constituyó su principal táctica para obtener los fines enunciados. Volviendo a la semántica —so pena de ser pesado, es una perspectiva que me parece muy ilustrativa— vemos que la etimología de la palabra sindicato es griega (syndikos) y viene a significar algo así como «hacer justicia con», es decir y traduciendo de forma más libre: gente que se une para buscar la justicia en común. Nuevamente la vocación colectiva. El problema de la acción sindical, en la que fue paulatinamente desembocando de facto la tradición comunitario-mutualista del anarquismo, es que está a un paso del reformismo posibilista, del llamado tradeunionismo. No es difícil dejar aparcada la aspiración de la revolución social (en el limbo de lo teórico) cuando se están dedicando enormes energías a la conquista o defensa de derechos concretos dentro de la propia sociedad burguesa. En el caso español puede seguirse esta secuencia: Cómo, por citar dos importantes hitos históricos del anarquismo peninsular, se pasa del insurreccionismo revolucionario en la llamada revolta del petroli, acaecida en Alcoi en 1873 (7), a una lucha fundamentalmente de carácter laboral —si bien con una gran demostración de unidad y solidaridad— en la huelga de La Canadiense de 1919 en Barcelona (8). Esta deriva hacia el posibilismo en detrimento de la aspiración revolucionaria pura producirá estampas, a priori, tan alejadas de los principios libertarios como ver a anarquistas detentando carteras ministeriales, organizando sistemas de prisiones o ejerciendo cargos de oficialidad en un ejército regular estatal (9) durante la guerra civil española. Forma parte de la contradicción secular del movimiento a la que me refería arriba. Es justo decir que, en esos mismos instantes y en ese mismo escenario, muchos miles de anarquistas se esforzaron en materializar experiencias reales de autogestión y asamblearismo. Esta histórica aplicación, a mediana y gran escala, del ideal libertario ha de contextualizarse en la situación de excepcionalidad bélica. Aunque también cabe resaltar que, al menos en el caso español, a pesar de la evolución mayoritaria hacia el sindicalismo posibilista (que generó un debate sostenido y nunca resuelto, entre los llamados «sindicalistas» y los denominados «anarquistas puros»), el espíritu insurreccional del primer anarquismo nunca desapareció del todo. Las primeras décadas del siglo XX fueron testigo del «terrorismo revolucionario», de huelgas generales, también de signo revolucionario, tanto en el campo como en la ciudad, acciones directas contra objetivos policiales y militares, etc. En la década de los años treinta, coincidiendo con una fuerte crisis económica mundial y con la Segunda República, rebrota con fuerza la acción insurreccional: Casas Viejas, la Comuna del Alt Llobregat o la participación anarquista en la Revolución Asturiana de 1934, son las citas más destacadas entre un rosario de revueltas de carácter generalmente local, que entroncarán con los avatares de la propia guerra civil.

El anarquismo, derrotado por los ejércitos y policías del capital-estado en sus principales bastiones entre 1920 y 1940 (10), sufrirá una importante mengua de apoyo popular. Las clases asalariadas de Occidente, a partir de estos momentos, están inmersas en un gradual proceso de asimilación a la moderna sociedad burguesa. Su —cada vez menor— facción crítica, en las décadas centrales del siglo XX, pondrá preferentemente la mirada en la propuesta marxista-leninista. Ésta tiene en dichos momentos la gran ventaja de contar con referentes, más o menos tangibles, en forma de estado. La URSS a partir de 1917 es la gran alternativa «comunista» a las «democracias» occidentales. A este estado nominalmente popular —que, como trataré de explicar más adelante, no lo fue en realidad— se irán sumando otros a lo largo de los años 40, 50 y 60. También intelectualidad (11) y resistencias organizadas en forma de guerrilla, rural y urbana, en diferentes puntos del globo. Hacia los años 80, el proyecto leninista dará muestras de agotamiento como supuesta alternativa al capitalismo y como teoría capaz de definir y articular una sociedad menos desarmónica que su contraria. Como veremos en otro capítulo, una de las razones de este hecho podría encontrarse en que los sistemas estatales o insurgentes de carácter leninista, ni son realmente superadores del capitalismo, ni tampoco de la ideología liberal. De hecho la vienen a representar en su vertiente más cruda: la libertad no se concibe individualmente (salvo, en todo caso, para el pequeño círculo de los dominantes, las élites que han concertado y acaparan el sistema de gobierno), sino de forma colectiva, patriótica, materializada en un estado o sociedad nominalmente libre de la opresión burguesa. No importa que las masas, entendidas como menores de edad, hayan de ser dirigidas —por su bien —de forma autoritaria. De forma provisional, naturalmente, hasta que se haga posible el imposible de dar el paso a la sociedad sin estado y sin autoridad. Tal venía a ser la propuesta tardomarxista a la que, al menos, hay que reconocerle el hecho de no haber caído en la trampa del pensamiento individualista. Bajo este paraguas ideológico los estados leninistas usarán, al igual que sus homólogos de libre mercado, la etiqueta «democrático» para autodefinirse. Recordemos que ese planteamiento de despotismo bienintencionado se asemeja no poco a la teoría de, por ejemplo, John Stuart Mill. Incluso a la de Hobbes.

Con el advenimiento de las modas contraculturales, a partir de los años 60 del siglo XX, en las grandes capitales de Occidente, y la posterior eclosión de la llamada posmodernidad, el anarquismo tornará a cobrar importancia. Como es sabido, estos fenómenos sociológicos, de los que también nos ocuparemos más adelante, suponen una reacción contra el modelo moral y relacional burgués preponderante en esos momentos. El influjo sobre el individuo, sobre todo en edad joven, de la nueva sociedad de consumo y comunicación tendrá mucho que ver en la generación de esta nueva psicología. El nuevo patrón o estilo de vida que está posibilitando el estado de bienestar, junto con —en menor medida— el desgaste de las tradiciones religiosas y del referente ideológico comunista en su plano real, son factores también a tener en cuenta. Sus características son, entre otras, un individualismo exacerbado, de carácter narcisista (por si aún quedaba alguna vuelta de tuerca más que darle a esta concepción del ser humano), el subjetivismo moral, la fascinación romántica por la rebeldía y una, más o menos impostada, posición de crítica y deseo rupturista con algunos aspectos formales de la sociedad vigente, con especial animadversión hacia los vestigios antropológicos remanentes; por ejemplo, la religión o la cultura rural tradicional (12). En este contexto, el anarquismo, debidamente despojado de su tradición popular mutualista, retomando sus visiones más individualista-libertarias, encajará a la perfección. El renacido anarquismo ya no estará integrado por masas proletarias articuladas en cooperativas y sindicatos. Aunque entre sus filas se mantengan algunos «históricos», viejos dinosaurios depositarios de la memoria de los «gloriosos» tiempos pasados, no será la punta de lanza de la acción de obreros y campesinos para caminar hacia la revolución social, ni en primera fila de sus tácticas estará la autogestión o la huelga general revolucionaria. Antes bien, será un movimiento sociocultural protagonizado fundamentalmente —aunque no solo— por jovencísimos activistas urbanitas, frecuentemente más preocupados por su estética personal autorreferencial que, en general, por cualquier otra cosa. Apenas formados en su propia tradición ideológica y poco distinguibles de las tribus urbanas —hippies, beatniks, punks, okupas…— con las que mantendrán lazos de promiscuo parentesco. La noción revolucionaria, como digo, en estos casos quedará, de facto, arrumbada, relegada meramente a la pose discursiva y estética, y la praxis se concretará básicamente en manifestaciones culturales (ropa, música, diseño), en propaganda teórico-panfletaria (fanzines, carteles, pintadas, webs más tarde…) y, en algunos sitios, un tipo de acción sindical minoritaria. La nomenclatura escogida entre las múltiples variantes históricas —anarquista, libertario— volverá a poner la mirada en lo individual. La voz «anarquía» —no normas— expresará el imaginario de muchos seguidores de esta ideología —occidental al máximo— de poder actuar individualmente de forma irrestricta, más allá de cualquier convención social. Buena parte del movimiento será pasto de la posmodernidad y, a diferencia de lo que ocurría en etapas pretéritas, los anarquistas, por ejemplo, serán apologetas del consumo irrestricto de drogas —«anarkía y cerveza fría», fue un conocido slogan, con la ka, además, que en España subraya la pose pretendidamente radical— y consumidores tan desaforados como cualquier otro (de productos alternativos, eso sí; tatuajes, conciertos, alcohol y otras drogas, vestuario…). En su anhelo autorreferencial, muchos grupos libertarios a caballo entre el siglo XX y el XXI, serán bastante más conocidos por parte de propios y extraños a causa de sus expresiones de violencia tribal-urbana «anticapitalista», «antifascista», etc, que por sus propuestas políticas propositivas. Esta impronta tan pretendidamente rompedora y tan situada en el terreno de lo estético, provocará que algunas iniciativas actuales de signo cooperativo-comunitario, las cuales son dignas herederas de la tradición mutualista, (estoy pensando, por ejemplo, en el movimiento de cooperativas integrales, en neorrurales y ecoaldeas o en grupos que trabajan diferentes tipos de autogestión vecinal), seguramente, no terminen de sentirse demasiado cómodas bajo la etiqueta «anarquismo», ni sientan especiales ganas, en algunos casos, de vincularse a los colectivos libertarios «oficiales» (13).

Mi valoración personal actual sobre el movimiento es sentimentalmente agridulce. Si bien nunca me identifiqué con la etiqueta «anarquista», la cual evocaba en mí una especie de caricatura —un tipo de militante enamorado del color negro, de la violencia urbana a lo black bloc, consumidor habitual de speed y/o kalimotxo, formado ideológicamente a base de las letras del grupo La Polla Records (hablo de una cierta época)—, me hacía más gracia el concepto «libertario», que relacionaba con la tradición histórica realmente revolucionaria del anarquismo. A día de hoy, después de comprobar cuánto debe el anarquismo, incluso en dicha vertiente, al liberalismo individualista burgués, tampoco me termina de convencer. Viendo lo que hay, casi le tengo que dar la razón a la sempiterna crítica leninista de que el anarquismo (al menos el actual) es pequeñoburgués. Añadiría que, salvo honrosas excepciones, además de acomodaticio —quiérase o no— con respecto a la sociedad vigente, también es materialista hasta la médula, llegándose al punto de que ya no hay corazones en los que quepan mundos nuevos. De hecho, estoy por decir que, a pesar de sus contradicciones sociológicas, mayores que las del anarquismo, como punto de partida teórico hacia una posible sociedad futura mejorada, prefiero la propuesta cristiano-evangélica; mucho más propensa a lo colectivo y comunitario (aunque sea bajo su propia identidad fundante) en lo axiológico y en lo práctico, más humanista y —teóricamente— mucho menos materialista. Cuando dialogo con personas afines o integrantes del movimiento libertario, y sin pretender tener razón a toda costa, constato que de ellas suelen emanar discursos autojustificatorios y nunca, o casi nunca, autocríticos. Incluso cuando quienes los defienden son funcionarios del estado (o aspirantes a ello), partidarios de leyes represivas y cosas aun más incongruentes —lo cual no es nada infrecuente—. Ello no hace sino socavar todavía más la credibilidad que concedo a este punto de vista ideológico, que no compromiso revolucionario, el cual, aunque lo fue algún día, con honrosas excepciones, repito, hoy ya no lo es.

Notas

5- Thomas Jefferson (1743-1826): tercer presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, considerado uno de los padres de la nación. Influido por el pensamiento de Locke, profundiza en sus ideas, desarrollándolas y dándoles cuerpo en lo que es conocido como «democracia jeffersoniana». Es la base teórica del sistema político actual estadounidense, que fue el primero del mundo de sus características y el modelo que fueron imitando después otros estados. Su concepto de la libertad individual era ambicioso, ya que no se limitaba a la idea que, décadas después, expresaría Stuart Mill de que el único límite a la libertad de uno es la de los demás. Jefferson entendía que el estado, además de garantizar eso, debía refrenarse al máximo a la hora de limitar la libertad de sus gobernados. De ahí, por ejemplo, la vigencia del movimiento que defiende el derecho de los ciudadanos norteamericanos a poseer armas de fuego (idea que, por cierto, sostienen algunos teóricos libertarios de la actualidad como, entre otros, Toni Negri). Llegó incluso a afirmar la posible viabilidad del anarquismo en sociedades pequeñas. Esta idea le fue inspirada por su observación de los nativos americanos, a quienes, por cierto, no dio cuartel en su etapa como gobernante. Racista y dado al lujo, fue dueño de centenares de esclavos (su mentor, John Locke, por su parte, además de terrateniente absentista, también fue accionista de una compañía de comercio de esclavos). La figura de Jefferson, en la que algunos estudiosos quieren ver un «filósofo anarquista», jugó cierto papel para que el pensamiento libertario europeo (por ejemplo el de Proudhon) tuviera poca repercusión en Inglaterra y Estados Unidos, donde fue percibido -sin más- como una extensión lógica del liberalismo de Locke y la democracia jeffersoniana.

6- Ricardo Flores Magón (1873-1922). Pensador, periodista y activista revolucionario mexicano, procedente de una familia liberal. Está considerado como uno de los principales precursores de la revolución mexicana de 1910. Pasó largos años en prisión, donde murió, a causa de su activismo armado y su periodismo crítico con el ente gubernamental. A lo largo de su vida se fue radicalizando y, junto a su hermano Enrique, llegó a posiciones anarquistas realizando una fusión entre la teoría libertaria europea del momento, el liberalismo mexicano del siglo XIX y las tradiciones comunitarias de los pueblos indígenas. En la actualidad, algunas iniciativas políticas de pueblos indígenas mexicanos (sobre todo en Chiapas y Oaxaca) se reivindican herederas de este pensamiento —el magonismo—, que también es asumido por grupos urbanos de jóvenes anarquistas del país.
Por su parte Errico Malatesta (1853-1932), incansable activista revolucionario italiano, es considerado por algunos autores como la más ética de las grandes figuras del movimiento libertario.

7- En la década de 1870, la ciudad de Alcoi era ya un importante núcleo del anarquismo ibérico, estando afiliados a la Federación Regional Española de la AIT (Asociación Internacional de los Trabajadores, «La Internacional») casi la cuarta parte de obreros de la ciudad. En 1873, siguiendo el llamado de la FRE-AIT de organizarse y prepararse para la inminente revolución social, los obreros alcoyanos organizan una huelga general en la que, en principio, exigen un aumento de los salarios en un 20% y la disminución de la jornada laboral de doce a ocho horas. Tras recibir la negativa por parte de los empresarios locales exigen la renuncia del alcalde de la ciudad y que el poder municipal pase a estar administrado por los obreros. En el transcurso de estas negociaciones el alcalde republicano federal (estamos en la Primera República Española) Agustí Albors, «Pelletes», ordena abrir fuego contra los manifestantes causando un muerto y varios heridos. Éstos responden armándose y conquistando el poder por la fuerza, matando al alcalde y a varios guardias y tomando a los industriales como rehenes. La Revolta del Petroli, así llamada por el olor que dejaban las antorchas utilizadas como símbolo por los obreros alzados en armas, fue sofocada por el ejército republicano tras apenas una semana de autogobierno proletario. La represión posterior fue amplia y cruel.

8- La huelga de La Canadiense, que es como era conocida una de las empresas que suministraban electricidad a Barcelona, se inicia cuando ésta despide a ocho trabajadores por realizar actividades sindicales. La solidaridad de sus compañeros de sección, secundada pronto por más trabajadores, se convierte finalmente en una huelga de toda la empresa, la cual despide a más empleados. La huelga consigue el apoyo de los trabajadores del resto de empresas eléctricas de la ciudad, que queda sin suministro. Pronto se suman obreros de otros sectores estratégicos (agua, ferrocarriles…) y se desemboca en una huelga general de toda la ciudad. En este punto los trabajadores, coordinados por el sindicato CNT, se saben fuertes. Además de la readmisión de todos los despedidos y la garantía de que no habrá represalias hacia los huelguistas, exigen el reconocimiento de la actividad sindical y la implantación de la jornada laboral de ocho horas. La fortaleza y cohesión del movimiento huelguista obliga a intervenir al gobierno central español, preocupado de que la insurrección laboral saltase a otras zonas del país bajo influencia cenetista o que fuese apoyada por el otro gran sindicato, la UGT. Así, la huelga concluye con la aceptación de la mayoría de las demandas de los huelguistas y el propio conde de Romanones, presidente del gobierno, firma el famoso decreto de la jornada de ocho horas. Esta huelga, a pesar de que mucho de lo pactado fue incumplido y de que la CNT fue duramente reprimida posteriormente, es considerada un gran éxito del anarquismo y del movimiento obrero.

9- El 4 de noviembre de 1936, acudiendo a la llamada del presidente socialista Largo Caballero, cuatro destacados miembros de la CNT tomaron posesión como ministros en el gobierno de la república española. Éstos fueron Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López. García Oliver, a la sazón ministro del interior (creador del sistema de campos de trabajo penitenciarios), nombró a otro cenetista, Melchor Rodríguez, como director general de prisiones. En la vertiente militar, más allá de Buenaventura Durruti, de quien podemos decir que, junto con sus camaradas anarquistas en el frente de Aragón y en la defensa de Madrid, casi hizo la guerra por su cuenta, cabe citar a Cipriano Mera. Tras una amplia militancia en CNT, al inicio de la guerra civil, al igual que Durruti, comanda una columna de anarcosindicalistas. Decepcionado por la falta de eficacia militar de las milicias anarquistas, solicita su incorporación orgánica al ejército de la república, al que accede con grado de comandante y termina con el de teniente coronel, al mando del IV Cuerpo del Ejército, con el que logra, en la batalla de Guadalajara, la única victoria militar de importancia del bando republicano en la contienda. En su favor hay que decir que se le recuerda —tanto por parte de correligionarios como de adversarios— por su honestidad y humanidad, y por su coherencia. Burlando prisiones e incluso la condena a pena de muerte decretada por Franco, nunca abandonó la militancia anarquista, la cual compaginó con su trabajo de albañil, del que vivió hasta su muerte, sucedida en Francia en 1975.

10- La secuencia se inicia en la Rusia posrrevolucionaria. Los anarquistas habían sido aliados de los bolcheviques y mencheviques en el proceso que desembocó en la revolución de 1917, y habían jugado un papel importante en ella. Tras la supresión del poder zarista surge una pugna de signo político y armado entre el núcleo duro del partido bolchevique y sus antiguos aliados, entre los que se encuentra el conglomerado de colectivos anarquistas. Entre 1918 y 1922 se dan distintos episodios en forma de atentados, confrontaciones armadas y represión policial, que terminan con la victoria de los leninistas y la aniquilación —incluso física— del que había sido importante y popular movimiento libertario ruso. Es reseñable el caso de Ucrania, territorio de mayoría anarquista en el que el líder Nestor Majnó, a partir de 1918, combatió con éxito a las tropas zaristas contrarrevolucionarias (el ejército blanco) durante dos años, logrando mantener importantes zonas del país administradas por el propio campesinado según principios más o menos libertarios. En 1920 tropas trotsko-leninistas muy superiores en número (el ejército rojo) atacan al ejército de Majnó, al que derrotan, condenando a sus integrantes a una feroz represión e instaurando en Ucrania la forma de dominación política centralizada que estaban aplicando en el resto del país. También cabe recordar el episodio de la ciudad de Kronstadt, en el que marinos de la flota del Báltico —entre los que había anarquistas, socialistas e incluso bolcheviques desencantados— se rebelaron contra el poder de Moscú en reclamación de mayores cotas de democracia obrera, siendo también vencidos y posteriormente masacrados.
En Italia —Malatesta es la figura más conocida— sucedió en los años 20 un importante movimiento anarcosindicalista, no muy distinto al que se estaba dando en España. Quizá más enfocado al mundo rural. El advenimiento de la dictadura de Mussolini ilegalizó todas las formaciones libertarias en 1926 y persiguió duramente a sus integrantes, logrando aniquilar el movimiento (al igual que al comunista) en la práctica. Ni siquiera tras la segunda guerra mundial éste pudo recuperarse.
Por su parte en España es conocida la importancia del movimiento anarcosindicalista (se dice que —habría que comprobarlo— la CNT llegó a tener un millón de afiliados en la década de 1930). Ya durante la propia guerra civil es conocido el acoso que sufrió este importante movimiento social y político anarquista por parte de las facciones estalinistas que controlaban el gobierno de la república. Pero es la victoria del ejército comandado por el general Franco y la posterior implantación de un estado autoritario, lo que acaba con la práctica totalidad del anarquismo en España, el cual fue perseguido, encarcelado, fusilado u obligado al exilio hasta grados inimaginables, lográndose también su práctica extinción.
El movimiento anarquista corrió suerte similar en otros lugares de Occidente en los que tenía cierta presencia. En EEUU, por ejemplo, el anarquismo, conjuntamente con el resto de activismo socialista fue perseguido por el estado en las décadas de los años 20 y 30. El ejemplo más conocido es el proceso y ejecución en 1927 de los obreros inmigrantes anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.
La película de Héctor Olivera «Patagonia Rebelde» (1974), describe a la perfección el caso argentino.

11- El comunismo de inspiración marxista, en tanto referente, llegó a calar con fuerza, incluso, entre la intelectualidad de los países capitalistas de occidente entre, aproximadamente, 1949 (Revolución China) y 1989 (Caída del Muro de Berlín). Las principales figuras del movimiento surrealista del momento, por poner un elocuente ejemplo, por definición a años luz de las teorías materialistas de Marx, no dudaron en adscribirse públicamente a esta ideología.

12- Salvando las distancias, esta forma más o menos rupturista de comprender la realidad viene a ser un revival del espíritu ilustrado, del que hemos venido hablando.

13- Hay una excepción digna de mención a todo lo dicho en estos párrafos. En los últimos años del franquismo y en la nueva etapa llamada «transición» (década de 1970), hubo un cierto resurgir del anarquismo de masas en España. La formidable experiencia de la CNT entre 1910 y 1939, a pesar del esfuerzo de la dictadura en hacerla olvidar, mantenía parte de su memoria colectiva y gozaba de prestigio entre la clase obrera. Esta década coincidió con una crisis económica que tuvo fuerte impacto en la economía de carácter industrial que, en esos momentos, era significativa en el país. El movimiento obrero volvió a las calles, principalmente de la mano de los sindicatos —entonces— de inspiración comunista UGT y Comisiones Obreras y del PCE. La CNT, refundada oficialmente en 1976, jugó un papel importante logrando la afiliación de un sector significativo del proletariado. Sin embargo, su retorno a la centralidad política fue fugaz. Tras el éxito de las jornadas libertarias de 1977, que congregaron a cientos de miles de personas en Barcelona, el «Caso Scala» (1978), un montaje policial que criminalizó a la organización, marcó el inicio de la desafiliación y su pérdida de influencia. Tras el V Congreso, celebrado a finales de 1979, el derrumbe es total. En apenas dos años se pasa de más de 300.000 afiliados, a menos de 30.000. En poco tiempo lo que queda de la CNT está prácticamente aislado del universo obrero y sus militantes dedicados al tipo de luchas minoritarias de las que he hablado arriba. La explicación es sencilla. El cambio de modelo político y el fin de la crisis económica terminan por introducir a España en la sociedad de consumo europea. La economía española va perdiendo su carácter industrial y se va terciarizando. Desaparece el proletariado —y el campesinado— y se configura la gigantesca «clase media» que hoy es característica de todo Occidente. El proyecto libertario en este contexto resulta anacrónico; algo muy alejado de los deseos e intereses de la gran mayoría de la población. Esto bien lo captó el sector de anarquistas que en 1979 se escindieron de la CNT para crear lo que luego se llamó CGT: un sindicato que realiza la cuadratura del círculo, otra vez, de desarrollar una lucha supuestamente anarquista desde las propias instituciones del sistema. Para no perder la costumbre de la contradicción, CNT y su escisión proporcionaron durante años un curioso espectáculo pleiteando entre ellas en los tribunales del estado.

One thought on “Más sobre la libertad. El individuo (y II): Luces y sombras del proyecto libertario”
  1. Más sobre la libertad. El individuo (y II): Luces y sombras del proyecto libertario
    Desconoces por completo que es el anarquismo, como puedes decir que nace de una raiz individualista, para alcanzar el socialismo. No has entendido nada o tu pensamiento nacional progresista te esta haciendo manipular. No merece la pena ni rebatirte.

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