Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro

Ver también:

La revolución pendiente. Del socialismo al ciudadanismo (I): Campesinos, burgueses y proletarios

La revolución pendiente. Del socialismo al ciudadanismo (III): Anarquistas y marxistas

La revolución pendiente. Del socialismo al ciudadanismo (y IV): La revolución socialista en el siglo XX


Volviendo a lo dicho antes, en ocasiones se parte de la premisa de que el proletariado occidental actual ha padecido un proceso de degeneración en su anhelo revolucionario. Como si cuanto más hacia atrás viajásemos en el tiempo fuésemos a encontrar un mayor grado de adscripción y coherencia en ese sentido. Nada más lejos de la realidad. Los antiguos campesinos y artesanos proletarizados en las industrias, a finales del siglo XVIII en Inglaterra y principios del XIX en el resto de países, que se incorporan a la Revolución Industrial, no tenían una aspiración de este tipo. Su forma de concebir la realidad estaba próxima aún a la cosmovisión reducida del mundo rural. Sólo algunos miembros de la intelectualidad burguesa se interrogaban por aquel entonces sobre cuál podría ser el modelo social óptimo. Los planteamientos revolucionarios que emanaban de tales disquisiciones confluían, como ya se ha explicado, en el propio proyecto revolucionario liberal-burgués. El nuevo proletariado industrial se rebelará a menudo contra sus inhumanas condiciones de trabajo y aun de vida, pero lo hará a la antigua usanza; de forma espontánea, localizada, gremial. Su objetivo nunca será un cambio de modelo político, cuestión que no forma parte de sus pensamientos, sino la simple mejora de sus condiciones particulares concretas. El campesinado del que la mayoría procede, por razones de las que hablaremos en otro capítulo, suele ser un grupo social de carácter conservador, tradicionalista, poco amigo de calentarse la cabeza y de posibles cambios estructurales. De hecho, la mayoría de pensadores socialistas y comunistas, empezando por Marx y Engels, desconfiarán del mundo rural y pondrán todas sus esperanzas revolucionarias en el minoritario proletariado industrial. Tal cosa no cambiará hasta bien entrado el siglo XX cuando, en Asia y en América Latina, surjan algunos movimientos revolucionarios de base campesina, generalmente liderados (6), eso sí, por intelectuales procedentes de la ciudad.

Si repasamos la historia del socialismo, enseguida notamos que los movimientos considerados como su precedente inmediato tienen muy poco de rupturistas. De hecho, toda la primera mitad del siglo XIX, periodo de condiciones laborales extremadamente duras en todas partes, va a estar jalonada por actuaciones obreras y campesinas más relacionadas con la tradicional revuelta cuando asoma el accionar insurgente, o de carácter político-pactista cuando se adoptan formas de presión colectiva organizada. Por ejemplo, el ludismo, fechado en Gran Bretaña entre 1811 y 1816 (7) y protagonizado por pequeños artesanos urbanos que trataban de frenar la implantación de las nuevas maquinarias industriales que estaban destruyendo sus negocios y empleos, recuerda mucho más a la revuelta campesina clásica que a las luchas proletarias posteriores de carácter revolucionario. Los luditas carecían de un proyecto de transformación social; solo deseaban mantener a salvo su propio mundo. Como mucho, que sus circunstancias particulares no empeoraran con la nueva situación. En el mismo caso están los campesinos jornaleros ingleses que bajo la advocación de un misterioso e imaginario Captain Swing se dedican a sabotear las nuevas máquinas agrícolas que, asimismo, están suprimiendo puestos de trabajo en el agro en la década de 1830. Todavía, alrededor de 1840, sucederían en Gales los Rebecca Riots; una lucha campesina insurgente, en este caso, contra la elevada fiscalidad.

El primer hecho histórico que nos da fe de un movimiento obrero políticamente organizado es la fundación de asociaciones o sociedades de obreros, a partir de 1830, en diferentes países como Francia, Bélgica, Alemania o España. Son el antecedente de los sindicatos. Consisten en agrupaciones locales de trabajadores, por oficios, con un tipo de organización en gran parte heredada de los antiguos gremios. El objetivo es la defensa solidaria de sus intereses, basándose en sistemas tradicionales de apoyo mutuo. Por ello, dentro de este movimiento, es corriente encontrar cooperativas de producción (que solían ser fundadas por los trabajadores de una empresa que había quebrado) o de consumo, para abaratar el acceso a materias primas o bienes de primera necesidad. Por lo demás, su actividad política no fue mucha, estando en general sus discursos dirigidos a defender su propia libertad de asociación, que no en todo tiempo y lugar fue legalmente reconocida, y a reclamar el sufragio universal, masculino por lo general. En el caso de España, más tardío, el movimiento societario estuvo relacionado con el republicanismo que defendía Pi y Margall (8).

El societarismo coincidió con el momento en el que se empezaban a escuchar algunas voces teóricas que iban más allá del pensamiento liberal y ensayaban propuestas político-sociales que tuvieran en cuenta la nueva situación y a la nueva clase proletaria. Algunos de estos intelectuales, posteriormente catalogados por Engels como «socialistas utópicos», no se limitaron a formular teorías sociales sino que, en algunos casos, trataron de llevar a la práctica sus ideas a escala pequeña. Los falansterios de Charles Fourier y las cooperativas de Robert Owen (9) dieron mucho que hablar en su época, inspiraron a los obreros agrupados en sociedades e hicieron circular el pensamiento de que era posible lograr una sociedad justa y armónica, paso a paso, iniciando el camino desde pequeñas realidades comunitarias y cooperativas, que pudieran paulatinamente extenderse hasta llegar a comprender la sociedad toda, que así habría logrado su transformación de forma natural, libre y pacífica. En general la mayoría de estos experimentos, que en algunos lugares se siguieron ensayando hasta bien entrado el siglo XX, constituyó un fracaso y evidenció ya en épocas tan tempranas, la incapacidad cultural, casi antropológica, para lo comunitario que es propia del hombre contemporáneo occidental. Lo comentábamos en un capítulo anterior.

También en coincidencia temporal con las sociedades obreras y la predicación de los teóricos «utópicos», en las islas británicas se dio el movimiento llamado «cartismo». Éste, que solo duró una década —entre 1838 y 1848—, es interesante, por ser, a diferencia de las asociaciones obreras, un movimiento a escala estatal y, especialmente, por su carácter cien por cien político. Hasta ese momento toda acción colectiva obrera lo había sido por cuestiones laborales. Quienes impulsaron el cartismo, así denominado por el nombre del documento en el que se redactaron sus reivindicaciones, «la Carta», consideraban que, si la clase trabajadora alcanzaba el poder político, desde ahí podría legislar el cuerpo jurídico que mejorase sus condiciones de trabajo. Entendían el acceso al poder político mediante el uso de los cauces establecidos, que en sí no cuestionaban. Esta idea recuerda mucho a la de la socialdemocracia actual. Por ello, su reclamación era la obtención del sufragio universal, el voto secreto, que los diputados cobraran un sueldo y medidas similares que pudieran favorecer la presencia de sus representantes en el Parlamento. El cartismo, que no sería infructuoso y obtendría a medio plazo alguna de sus reivindicaciones, se disolvió por una combinación de desavenencias internas y represión estatal. A partir de este momento la clase obrera británica se centrará en cuestiones meramente laborales desde sus trade unions, sindicatos no políticos.

Como puede apreciarse, no hay ningún rastro de pensamiento ni de acción organizada que recuerde a revolución, definida tal como la entendemos hoy: un deseo de ruptura con el ordenamiento político y económico del capitalismo. Habremos de esperar a la década de 1850 para observar un proceso de ideologización de obreros y campesinos asalariados en este sentido. Tendrán mucho que ver en ello teóricos y divulgadores de la talla de Proudhon, Marx, Engels y Bakunin.

La noción de revolución, como vengo diciendo, en este periodo solo es imaginada por mentes de la intelectualidad burguesa. Además, la representación decimonónica de esta idea, no conviene perderlo de vista, tiene poco que ver con nuestra imagen actual, determinada por el tipo de cambios acaecidos tras la Revolución rusa de 1917 y la plasmación del sistema soviético. En el XIX el referente es la Revolución francesa de 1789. Es decir, un tipo de transformación fundamentalmente política, que tiene el objetivo de desalojar a la tiranía del poder y establecer un ordenamiento jurídico igualitario y democrático. Entendido esto último de manera diversa. Los filósofos de la Ilustración reflexionaban, en su momento, sobre cuál podría ser la sociedad ideal. Ese esfuerzo intelectual consigue materializarse, logra su aplicación a la realidad, a partir de los sucesos históricos de la independencia de las Trece Colonias de Norteamérica y la Revolución francesa. Los pensadores, a partir de ese momento, tendrán claro que la filosofía ya no es mera especulación, sino que existe, de facto, la posibilidad de que las personas de una sociedad la intervengan, se hagan con el control de su centro neurálgico y la rediseñen según principios de justicia y racionalidad. En esto viene a consistir el concepto «revolucionario» de la época. Obviamente, este pensamiento precisa, con carácter previo, una visión identitaria global de una sociedad, delimitada y definida por unas fronteras, generalmente estatales, que va mucho más allá del localismo de las sociedades tradicionales. Conviene matizar que no todos los intelectuales que se hacen este planteamiento (muchos sí) están pensando en una toma jacobina de las instituciones, a la manera de 1789. También hay quienes apuestan por transformaciones graduales, sostenidas en el tiempo y desempeñadas por medios fundamentalmente pacíficos. Hemos hablado de los socialistas llamados «utópicos». Muchos de ellos ni siquiera darán el nombre «revolución» al proceso que proponen. Todos estos pensadores, pues, tendrán motivos suficientes para, alejándose de la filosofía abstracta, dedicar importantes energías al análisis de la realidad sociológica, política, económica etc. que aspiran a transformar. Y, puestos a realizar esa observación, no pueden dejar de observar los cambios sociales recientes de los que hablábamos arriba. Intelectuales vinculados a la ciudad todos, o casi todos ellos, que, además, son de sexo masculino prácticamente sin excepción, les cuesta captar la problemática rural derivada de «la gran transformación» (para el pensamiento de la modernidad, ayer y hoy, lo que no sucede en una ciudad, simplemente no existe), pero sí consiguen empatizar con la situación trágica del nuevo proletariado industrial urbano, cuyas condiciones de vida en estas décadas duras del periodo de industrialización eran pavorosas, próximas a la esclavitud. Por ejemplo: se llegaron a hacer huelgas en reclamación de una jornada laboral de ¡14 horas! Algunos intelectuales, Voltaire, por ejemplo, o Stuart Mill, entre otros muchos, como decíamos en un capítulo anterior, fueron indiferentes a los sufrimientos de estas personas, y sus alegatos en pro de la igualdad y la libertad se circunscribieron a la clase burguesa. Sin embargo, hubo otros pensadores que quedaron impresionados ante la contemplación de tanta miseria, expolio e injusticia y lograron empatizar con una clase social proletaria cuya misma existencia como tal suponía una flagrante contradicción y desmentido de sus ideales ilustrados.

Es convención entre los historiadores del socialismo y el movimiento obrero, ubicar en la propia Revolución francesa el momento en que surge el pensamiento que considera injusto que haya clase alguna postergada en cuanto a derechos. Concretamente, se habla de la figura de François Babeuf. Entre 1790 y 1792, sensibilizado por las condiciones de pobreza de los campesinos de su región, Picardía, obligados a pagar severas indemnizaciones tras ser «liberados» de las cargas feudales por el nuevo gobierno, llega a la conclusión de que la propiedad privada debe ser suprimida dando lugar a «la comunidad de bienes y trabajos». Esta primitiva versión del comunismo influirá en teóricos y activistas posteriores ya que Babeuf, instalado en París desde 1793, no solo realiza un notable esfuerzo periodístico de difusión, sino que conspira para derrocar el gobierno e instaurar uno nuevo que ejecute su programa. Ejecutado —en la guillotina— resultará él mismo, cuando en 1797 sus planes sean descubiertos.

La primera mitad del siglo XIX, como ya se ha explicado, además de ser el periodo de la victoria del liberalismo sobre el antiguo régimen, es el tiempo del movimiento societario obrero y de los pensadores burgueses conocidos como socialistas utópicos: Owen, Fourier, Saint-Simon (10)… No vemos reaparecer un activismo político socialista de tipo revolucionario, que pudiera, de algún modo, ser continuador de los anhelos de Babeuf, hasta finales de la década de 1820, cuando empieza su larga carrera política Auguste Blanqui (11). Este tenaz revolucionario, de quien se dice que inspiró a Marx la idea de la lucha de clases y la dictadura del proletariado, es el principal eslabón teórico entre el republicanismo jacobino y el marxismo. Proponía la conquista del poder por parte de un selecto grupo de revolucionarios, los cuales, una vez en él, gobernarían dictatorialmente durante un breve tiempo, hasta poder implantar una sociedad igualitaria para todos. Coherente como nadie, pasó su vida organizando grupos secretos y tratando de instrumentar tomas armadas del poder. Esto le reportó gran prestigio y un rosario de condenas carcelarias. Sus seguidores tuvieron un papel destacado en la revolución de 1848 y, especialmente, en la de 1871, la Comuna de París, de la cual fue nombrado presidente a pesar de estar ausente cumpliendo su enésima condena de prisión.

Precisamente, la revolución de 1848 en París, la última de la serie de las llamadas «burguesas» en Francia, va a marcar un punto de inflexión. La clase proletaria había colaborado con la burguesía en las anteriores revueltas antimonárquicas. Sin conciencia de ser un grupo diferenciado y sin obtener ventajas materiales como tal. Será en ésta cuando el proletariado participe por primera vez con entidad propia, dotado de programa y representantes. Algunos de éstos, tras derrocar entre todos al monarca de turno, compartirán sillón con los políticos burgueses en el nuevo gobierno provisional y podrán implementar algunas medidas —la jornada de diez horas, por ejemplo— durante el tiempo que dure la aventura. La cosa acabará en una lucha entre burgueses y proletarios, con la derrota de éstos y más de mil quinientos ejecutados. Este proceso dará mucho de qué hablar y de qué pensar aquí y allá. Quizá no sea casualidad que este año, 1848, es el de la publicación del «Manifiesto del partido comunista», de Marx y Engels. Un texto que, rápidamente traducido a diferentes idiomas europeos, por su planteamiento revolucionario radical, supuso un aldabonazo en el debate intelectual de la época y dio a conocer en todo el continente a los dos teóricos que más influirían en el socialismo y en el devenir del movimiento obrero.

Más o menos a partir de 1845, es cuando desarrollan su labor política y ejercen influencia los principales y más conocidos teóricos de la historia del socialismo. Además de Blanqui (que les llevaba más de una década de adelanto), Engels y Marx, podemos citar a Proudhon, Bakunin, Herzen o Lassalle (12), por nombrar los más importantes. Las décadas centrales del siglo, hasta 1880 aproximadamente, presenciarán un enconado debate entre las diferentes visiones de revolución socialista propuestas por esta generación de pensadores y activistas, quienes pugnarán por atraer hacia su influencia respectiva a los grupos de obreros organizados, que cada vez abundaban más en las urbes industriales del continente. Por ejemplo, Engels llegó a viajar a París, ya en 1846, con el propósito de atraerse a los seguidores de Proudhon. Como puede advertirse, en comparación con los filósofos ilustrados y liberales, los socialistas, además, son políticos militantes. No solo se limitan a la literatura ensayística y al periodismo (Bakunin, por ejemplo, no llegó a escribir un solo libro en su vida) sino que, cual Mahoma que va a la montaña, salen al encuentro de la clase obrera a la que ellos no pertenecen (Engels, poniendo otro ejemplo, era un acaudalado industrial; Bakunin y luego Kropotkin, aristócratas, etc.).

Como venía diciendo, los obreros sólo estaban asociados, donde y cuando lo estaban, en organizaciones no políticas con objetivos esencialmente laborales. Los socialistas tratarán de ideologizarlos, primero, y de dotarles de estrategia para la transformación de la sociedad. Este esfuerzo altruista obtendrá resultados muy desiguales según lugares y momentos, pero, en general y con muy pocas —aunque honrosas— excepciones, el movimiento obrero como tal será remiso a la hora de traspasar la frontera de las aspiraciones cortoplacistas y nunca será masivamente revolucionario. Los propios Marx y Engels lo pudieron constatar en primera persona, cuando ambos fracasaron respectivamente en su intento de sembrar el ideal revolucionario entre diversos grupos de obreros industriales en Alemania e Inglaterra. No les ayudaba demasiado, seguramente, el hecho de que a partir de 1850, según está estudiado, el capitalismo liberal fundamentado en la producción industrial para la exportación, había conseguido consolidarse. El proceso industrializador había sido concluido, primero en Inglaterra (estamos en la época victoriana) y luego en el resto de países. Asistimos, así, a la culminación en paralelo de dos procesos revolucionarios: la revolución industrial y la revolución liberal burguesa. El libre comercio basado en la explotación de las colonias, por fin logra un buen abasto de alimentos para la metrópoli. Los salarios de los obreros tienden a ir aumentando y sus condiciones laborales experimentan una mejora paulatina, lenta pero sostenida. En buena medida, estoy por decir, el socialismo revolucionario llega a la historia con unas décadas de retraso. Este cambio de la situación es el que provoca que una de las principales figuras del socialismo de la siguiente generación, el alemán Eduard Bernstein (13), llegue a afirmar en 1899 que la teoría marxista está equivocada, puesto que el capitalismo ha resuelto sus crisis y sus contradicciones, resultando reforzado, que los obreros viven en mejores condiciones y que, por ello, no es precisa una revolución, sino profundizar en el proceso de mejora en marcha. Es muy significativa la eclosión de este punto de vista entre las filas del socialismo. Y arroja mucha luz sobre los acontecimientos sucedidos desde entonces hasta el presente. Pero no adelantemos acontecimientos.

Volviendo a las décadas centrales del siglo, nos encontramos en un momento en el que el socialismo trata de clarificarse como proyecto. El principal espacio de diálogo y debate será la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), más conocida como «La Internacional». En su primera etapa se extenderá entre 1864 y 1876. Consistirá en una ronda de encuentros a los que diferentes grupos de socialistas, sindicalistas e incluso republicanos (14) de varios países de Europa enviarán a sus representantes, con el objetivo de dotar de organización política al proletariado y coordinar estrategias. Desde un primer momento van a aflorar las diferentes sensibilidades y, aun, personalismos existentes. Al contrario que el pensamiento liberal, bastante homogéneo, el socialismo como ideología estará marcado por la división y el cainismo. Ya en sus albores, contrastaba la disimilitud estratégica de quienes, como los utópicos, aspiraban a un cambio social de tipo gradual (Proudhon, por ejemplo), con la de quienes se inspiraban en las revoluciones burguesas de 1789, 1820, 1830 y 1848, y proponían un cambio rápido mediante la toma ejecutiva del poder. Blanqui sería el principal referente de esta línea. En los años de la Primera Internacional, la visión gradualista de la revolución perdía terreno a ojos vista. Conviene tener presente que nos encontramos en el momento triunfal del proyecto industrial-liberal y que la ideología que emana desde los centros de poder burgués —positivismo, utilitarismo—, es cientificista, materialista, muy alejada de las sensibilidades humanistas de los pensadores de décadas atrás. El socialismo no será inmune a esta influencia. Se puede decir que hacia 1870 la gran mayoría de los seguidores de Proudhon, o bien están próximos a las teorías de Marx y Engels, o bien están confluyendo en la nueva tendencia socialista revolucionaria antiautoritaria encabezada por Bakunin. Estas dos corrientes, que polarizaron los debates de la Internacional durante la década y algo en que existió, estaban de acuerdo en el concepto de revolución como subversión del orden capitalista a partir de un punto de ruptura. Diferían en cuanto al modo de lograrlo. Especialmente en lo tocante a la fase de «dictadura del proletariado», que defendía Marx. Bakunin y sus seguidores veían en ello un estatismo autoritario y un peligro de que tal instancia derivase, de hecho, en una dictadura sobre el proletariado. En su lugar reclamaban la inmediata destrucción del estado. La falta de entendimiento entre estas dos visiones, afectada en parte por la fuerte personalidad de sus impulsores, condujo a la primera gran escisión del socialismo y del movimiento obrero, escenificada en el congreso de la Internacional de 1872, en La Haya. Marx, haciendo prevalecer su mayoría numérica, logra la expulsión de los bakuninistas quienes, desde entonces, seguirán su propio camino. Aunque este acontecimiento resuena con fuerza en la historiografía, bajo mi opinión no fue más que una tormenta en un vaso de agua. La Internacional estaba integrada, de forma ampliamente mayoritaria, por representantes procedentes del sindicalismo, especialmente el británico que, como ya se dijo, no contaban con una visión política revolucionaria, ni aun propiamente socialista. Precisamente Marx fundamentó su mayoría en el apoyo de estos grupos que, si bien estaban impresionados por su formidable análisis político y económico (la primera parte de El Capital se publicó en 1867), no estaban dispuestos a seguir senda revolucionaria alguna, como se pudo comprobar en las décadas siguientes, y hasta el final de la centuria. La Internacional, por su propia composición, había nacido impotente. De sus reuniones solo podían salir, como así fue, escritos y discusiones estériles. Pero no revoluciones.

Sí hubo una revolución proletaria en aquellos años. La de 1871, conocida como La Comuna de París. Episodio complejo que en poco o nada fue deudor de las reuniones de la AIT. Ocurrida de forma espontánea en pleno contexto bélico de la guerra franco prusiana, acaeció en un París sitiado por el ejército alemán, sometido a bombardeos y a la escasez de alimentos. Tras la derrota francesa en la batalla de Sedán, se produce un vacío de poder. La población del municipio (en Francia se denomina «comuna») soliviantada por las duras condiciones que venía padeciendo, ve con indignación las políticas del gobierno provisional, que negociaba un humillante armisticio con Alemania. Así, el municipio se hace con el control de las tropas que defendían la plaza, integradas por población local, y su armamento. Esta situación —resumo muchísimo el proceso— conduce al conflicto y a la ruptura total con la nueva autoridad. A partir de este momento París se autogestionará, durante dos meses y pico, mediante un Consejo Comunal de noventa y dos delegados, que representaban todo tipo de tendencias no reaccionarias. Entre ellos destacarán los seguidores de Proudhon y Blanqui. El Consejo, durante ese breve periodo de tiempo, disfrutará de una inusual libertad de movimientos para desarrollar un ambicioso programa de medidas socialistas y obreristas. Esta vez, a diferencia de 1848, el poder burgués estaba fuera y no dentro de la propia ciudad, y la comuna hubo de ser vencida tras un asedio y conquista militar. Una vez más, la matanza ulterior fue espantosa.

Durante esta revolución, los delegados de la Internacional aparcaron sus diferencias respectivas y le mostraron su apoyo. Tras su conclusión, tanto marxistas como anarquistas la reivindicaron para sí. Acertadamente, unos y otros, entendieron que la Comuna era una experiencia sin precedentes: ejemplo revolucionario de autogestión obrera que suprime las instituciones burguesas y gobierna de forma democrática incluyendo a todas las tendencias proletarias. Así había sido. Los marxistas quisieron ver en ella una plasmación histórica de la dictadura del proletariado, mientras que los bakuninistas afirmaron su carácter anarquizante, dada su descentralización política. En cualquier caso, y a diferencia del socialismo del siglo XX, que valora la experiencia de 1871 como un gran hito histórico y un importante referente, sus coetáneos lo vivieron más bien como una experiencia fracasada y duramente reprimida, que les invitó durante décadas al pesimismo. Por su parte, la propaganda liberal-burguesa, que ya la había en la época, trató el acontecimiento —que había quedado circunscrito a la ciudad de París— como una algarada de vagos y maleantes contra la autoridad legítima. Así quedó reflejada en el imaginario social europeo y, de hecho, la historiografía convencional también la ha tratado tradicionalmente de ese modo: como una revuelta urbana más, sin gran causalidad política, de poca trascendencia y meramente vinculada al desarrollo de la guerra franco prusiana.

Notas

6- Una notable excepción a lo dicho sucede durante la Revolución mexicana de 1910. Éste es un complejo y largo proceso de pugna entre fuerzas burguesas liberales y conservadoras del país, que se convierte en guerra civil. En ella tendrán un papel relevante las masas campesinas, muy castigadas económicamente por políticas de ajuste capitalista implementadas por los gobiernos anteriores, las cuales participan como agente independiente en reclamación de una reforma agraria y diversas medidas de justicia social. A diferencia de otras grandes revueltas de base campesina, ésta tendrá un claro programa político y económico. Su principal líder, Emiliano Zapata, a pesar de su extracción campesina, será capaz de darle forma ideológica y de llevarlo a la práctica en las zonas bajo su control militar. En esa aplicación material de su ideal «Tierra y Libertad» contará con el apoyo del otro gran caudillo guerrillero campesino: Francisco Pancho Villa.

No muy lejos de México, en Nicaragua, entre 1925 y 1933, Augusto César Sandino, también de extracción rural, lidera un exitoso movimiento guerrillero de signo nacionalista-antiimperialista contra la ocupación de su país por parte de EEUU.

7- Aunque el término «ludismo» se aplica al movimiento contra la implantación de moderna maquinaria industrial ocurrido en Gran Bretaña en las primeras décadas del siglo XIX, hay que saber que la destrucción de máquinas ya venía sucediendo desde al menos un siglo antes, en diferentes puntos de Europa, como medida de presión contra la propiedad en diversos conflictos puntuales de carácter laboral. Más allá del ataque contra la maquinaria productiva, consta la destrucción de cualquier tipo de pertenencia del empleador en este contexto desde, al menos, el siglo XVI. El primer episodio propiamente ludita que tuvo lugar en España son «los sucesos de Alcoi de 1821». La ciudad acoge por entonces una importante industria textil lanera y provee de trabajo complementario a los campesinos de las comarcas de l’Alcoià y el Comtat, quienes mediante el sistema putting-out, realizaban manualmente en sus domicilios los primeros trabajos de la lana: el hilado y el cardado. La introducción de maquinaria importada, a partir de 1819, trasladará estas labores a las factorías de la ciudad, privando de su economía subsidiaria a quienes las venían desempeñando hasta entonces. En marzo de 1821, una multitud de unos 1.200 hombres llegados de los pueblos vecinos, asaltó Alcoi y destruyó la maquinaria de las fabricas del exterior de la ciudad. Solo se retiraron cuando el alcalde les prometió que serían destruidas las restantes. Este episodio, que fue duramente castigado, tuvo réplicas de menor entidad en 1822, 1825 y 1844.

8- Francisco Pi y Margall (1824-1901). Escritor, periodista, jurista, pensador y político catalán, principal figura del republicanismo español del siglo XIX. Influido, entre otras, por las ideas de Proudhon, está considerado el eslabón entre el liberalismo y el socialismo en España. Presidió brevemente la I República Española en 1873.

9- Charles Fourier (1772-1837). Socialista francés que criticó el capitalismo en épocas tempranas. Era antiindustrialista, contrario a la vida urbana, crítico con el liberalismo, la moralidad cristiana y el tipo de familia basado en la monogamia. Su moderna consideración del papel de la mujer hace que tenga un lugar propio en la historia del feminismo. También es reivindicado por algunas corrientes situacionistas, surrealistas, postfreudianas del siglo XX, por su encendida defensa del placerismo y las pasiones humanas. Su oposición al capitalismo no se centraba en el análisis económico sino en el cultural. Fourier proponía una sociedad alternativa organizada de forma cooperativa según principios racionales. Así, ésta se fundaría sobre comunas de libre asociación, las falanges, que reunirían un número óptimo de personas (unas 1.500), organizadas de forma social-cooperativa. En un último paso, la racionalización de funciones llevaría a cada falange a convivir en un gran edificio o granja, que llamaba falansterio. La comuna se crearía mediante la aportación económica de capitalistas, a quienes habría de devolverse el préstamo. Los miembros del falansterio cobrarían un salario por el trabajo realizado, pero éste no sería igualitario, ya que se recompensaría lo que Fourier denominaba como «el talento». La forma de articular el trabajo, también racional, haría que éste no fuese penoso sino placentero. En la práctica la propuesta fracasó. Apenas se implementaron un par de falansterios en Europa, aunque en Estados Unidos llegó a haber más de cincuenta. Solo tres duraron más de dos años de vida. El fracaso se debió mayoritariamente a causas económicas, de financiación y viabilidad, a conflictos de intereses entre inversores y trabajadores, y a desavenencias de orden interno. Se considera que las ideas de Fourier influyeron en las revoluciones de 1848 y, en general, en el movimiento obrero del siglo, al ser un precedente de propuestas posteriores como el consejo obrero o el principio federativo.

Robert Owen (1771-1858). Mediano empresario británico que desarrolló posturas anticapitalistas y socialistas. Desde su posición de propietario puso en marcha una serie de experimentos sociales en las colonias británicas norteamericanas y en la propia Gran Bretaña invirtiendo en un tipo de industria en la que el personal obrero trabajaba en unas condiciones ventajosas, inusitadas para la época, pensadas para lograr la felicidad de los trabajadores. Prestó especial importancia a la educación infantil. Tras unos prometedores inicios, que demostraron la viabilidad económica de la empresa, sus proyectos acabaron fracasando y él mismo arruinado. A partir de este momento se implicó en el movimiento obrero británico promoviendo diversas iniciativas cooperativas y sindicales de carácter estatal. Es en este momento cuando perfila su pensamiento proponiendo que los obreros se unan en cooperativas que paulatinamente sustituyan el capitalismo. Su propósito era el de reformar el sistema capitalista, no solo para abolir la injusticia que recaía sobre la clase trabajadora, sino para generar un nuevo tipo de sociedad basada en el humanismo. Owen rechazaba la revolución y el concepto de lucha de clases. Pensaba que el cambio transformador no debería constituir una pugna interclasista sino un avance consensuado entre todos los elementos de la sociedad. Dado que su influencia fue muy potente, estos principios resultaron determinantes en la evolución posterior del socialismo inglés.

10- Henri de Saint-Simon (1760-1825). Fue un aristócrata francés. Imbuido del ideal de la Ilustración y entusiasmado ante el progreso científico y los avances tecnológicos de su época, fue uno de los principales inspiradores de lo que luego se llamaría «sociedad industrial». En ese sentido su influencia abarca el socialismo utópico, el liberalismo —por ejemplo Stuart Mill— y el propio marxismo. Cual un nuevo Platón, no reclamó para su tiempo el gobierno de los filósofos, pero sí el de los técnicos; las personas más preparadas y óptimas por su formación científica o por su capacidad de emprendimiento industrial. Es considerado, entre otras cosas, un pensador socialista ya que, al final de su vida, muy influido por el cristianismo, escribió en favor de la emancipación de la clase obrera. Tras su muerte surge una corriente que reivindica su legado: los sansimonianos; un movimiento a caballo entre el socialismo, el misticismo religioso y el positivismo, muy influyente, al que se adscribieron numerosos miembros de la clase dirigente, política y técnica, en Francia y otros lugares, entre 1830 y 1860. Saint-Simon, a mi parecer, es un perfecto ejemplo de lo difusas que son las fronteras entre liberalismo y socialismo.

11- Auguste Blanqui, que vivió entre 1805 y 1881, además de esta metodología de la conquista del poder apoyada en un tipo de organización férrea y disciplinada, proponía un modelo de sociedad igualitaria compuesta por asociaciones de trabajadores. Su pensamiento al respecto fue considerado muy utópico. Marx y Engels reconocieron su radicalidad y entrega personal pero condenaron su elitismo y la debilidad de su estrategia voluntarista, a la que se acabaría denominando «infantilismo político». No obstante asumieron algunas de sus teorías, la de la dictadura del proletariado en especial. Años más tarde, Lenin tendría en cuenta sus ideas y actuaciones a la hora de proponer sus postulados sobre organización del partido comunista y método revolucionario.

12- Aleksandr Herzen (1812-1870). Socialista ruso y militante contra la autocracia y la servidumbre (régimen feudal ruso). Proponía el modelo de la comuna rusa —idelizada— como vía revolucionaria hacia el socialismo, que veía válida para toda Europa. Criticó duramente los valores de la clase burguesa y del capitalismo, que entendía amenazantes para la organización rural tradicional democrática. De gran influencia en el socialismo ruso y europeo e incluso entre su intelectualidad artística, Tolstoi, Bakunin o Kropotkin adoptan muchas de sus ideas.

Ferdinand Lasalle (1825-1864). Abogado y político socialista alemán. Fundó la Asociación General de Trabajadores de Alemania, entidad que en 1875, unos años después de la muerte de Lassalle en un duelo por rivalidades amorosas, confluiría con los marxistas en la fundación del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). Mantuvo una importante polémica con Marx y Engels, ya que proponía una especie de alianza entre la aristocracia y el proletariado contra la burguesía, la cual se expresaría —en esto seguía el ideal de Hegel— en la institución del estado prusiano. Defendía el pacto constitucional y el sufragio universal. Entendía que el estado debía intervenir para garantizar que los salarios de la clase obrera estuvieran en una horquilla adecuada que atendiese sus necesidades pero que no descompensara las leyes del mercado. Se le puede considerar un precursor del reformismo socialdemócrata, aspecto que percibieron bien Marx y Engels cuando denunciaron estas ideas en el congreso fundacional de la SPD en su obra «Crítica al programa de Gotha».

Mijaíl Bakunin (1815-1876). Noble ruso que, inspirado por ideas del romanticismo, la Ilustración, Hegel, Fichte, Saint-Simon, Herzen o Proudhon, emprendió una azarosa vida de revolucionario militante y conspirador por diversos países de Europa. No fue un teórico ensayístico, pero sus ideas, transmitidas mediante escritos periodísticos y la predicación directa de sus discípulos, arraigaron en amplias capas del proletariado y campesinado europeo, sobre todo al sur del continente. En resumen, Bakunin proponía la eliminación de los estados nacionales y su sustitución por asambleas libres federadas de obreros industriales y campesinos, la desaparición de las clases sociales y la eliminación de los partidos políticos. Considerado el padre del anarquismo como movimiento político popular, son recordadas sus polémicas con Marx en la Primera Internacional.

13- Eduard Bernstein (1850-1932). Colaborador de Marx y Engels, quienes le propulsaron a puestos de responsabilidad en el SPD, jugó un papel destacado en la Segunda Internacional. Tras el fallecimiento de Engels en 1895, divulga sus tesis revisionistas del marxismo en las que critica aspectos fundamentales de la teoría marxista y propone el abandono de la vía revolucionaria en pro del trabajo desde las instituciones para lograr mejorías para la clase obrera. Sus posturas fueron enfrentadas por otros grandes teóricos del Partido Socialdemócrata como Rosa Luxemburgo, Karl Kautsky o August Bebel, quedando arrinconadas. Aunque Bernstein no volverá a disfrutar de una situación de preeminencia en el SPD, su teoría reformista poco a poco iría calando en el partido hasta terminar de impregnarlo por completo en el futuro.

Vale la pena nombrar también a Karl Kautsky (1854-1938) Colaborador de Engels y prominente miembro del SPD. Defendió la ortodoxia marxista ante las propuestas revisionistas de Bernstein, pero también ante lo que entendía como «desviación izquierdista» de Rosa Luxemburgo. Durante la Primera Guerra Mundial sus posturas antibelicistas le llevaron a abandonar provisionalmente el partido, al que se reintegraría más tarde. Sus críticas, desde el marxismo, a la revolución rusa, realizada, según él, en un país que no estaba maduro para ello, y a su deriva autoritaria, le valieron los juicios de Lenin quien le acusó —no sin razón— de haber evolucionado hacia las tesis reformistas de Bernstein. Hacia 1920 dejaría de tener influencia en el SPD.

14- Concretamente cabe hablar de Giuseppe Mazzini (1805-1872). Conocido sobre todo por su papel como impulsor de la unificación del estado italiano, objetivo que persiguió infructuosamente desde sociedades secretas y con métodos conspirativos que trataban de incitar revueltas populares. No sé cansó de hacerlo durante décadas y ello le obligó a pasar en el exilio gran parte de su vida. Desde el último de estos exilios impulsó a sus seguidores italianos a participar en la fundación de la Primera Internacional. En realidad, su ideología era fundamentalmente liberal y republicana (en el sentido de los valores democráticos republicanos de la revolución francesa); por lo tanto burguesa. Marx, de hecho, le tenía por «un idiota recalcitrante».

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