
Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.
Ver también:
La revolución pendiente. Del socialismo al ciudadanismo (I): Campesinos, burgueses y proletarios
Como se viene explicando, en la segunda mitad del siglo XIX, las diferentes tradiciones del socialismo acabarán confluyendo en dos tendencias: la marxista y la anarquista o anarco-comunista. Para entender esta última corriente, identificada en este momento con la figura de Bakunin, y su desarrollo posterior, es preciso conocer sus precedentes inmediatos. El anarquismo de Bakunin, como decía arriba, nace de la tradición revolucionaria liberal y, así, será de carácter jacobino, insurreccional, asumiendo el empleo de la violencia cuando ésta sea necesaria. Su aportación propia es la idea de la destrucción inmediata del estado. Pero también, recogiendo la herencia de Proudhon, asumirá el proyecto de una sociedad en la que la propiedad es común (comunismo o mutualismo, según el grado en que permita cierta propiedad privada) y la gestión política se fundamenta en una federación de asambleas soberanas. A diferencia de sus vecinos marxistas, los anarquistas contemplarán con respeto la sociedad rural tradicional de pequeños campesinos libres, y contarán con esta clase social, así como con los jornaleros, como sujeto revolucionario, al mismo nivel que los obreros industriales. En esta última idea el anarquismo bebe de la fuente de los conocidos como «Naródnik» o «populistas»; socialistas rusos que, idealizando la estructura social tradicional de su sociedad, proponen como modelo revolucionario la «obshchina», la comuna rural rusa y su sistema de gestión político aparejado; el «mir», una especie de concejo abierto (15). Hay que decir que no les quedaba otra, puesto que en la Rusia de esos momentos no existía el proletariado industrial. Destaca la figura de Aleksandr Herzen quien, desde un discurso anticapitalista firmemente asentado en la línea expresada, influyó notablemente en el socialismo europeo, incluyendo a Marx, a quien interesó la reflexión sobre las potencialidades revolucionarias de la obshchina, y, especialmente, en su compatriota Bakunin. Décadas después otro ruso, Lenin, seguirá teniendo en cuenta esta perspectiva.
Esta pluralidad de fuentes provocará, como se habló en capítulo anterior, que el anarquismo se bifurque en el futuro en un ramillete de corrientes ideológicas atendiendo a las diferentes sensibilidades e influencias. Sin perder una identidad común, eso sí. A partir de 1860 y teniendo la figura de Bakunin como referencia, el anarquismo político (desecho aquí, por poco trascendente, el anarquismo filosófico coetáneo, especialmente el anarcoindividualismo de Stirner) desbordará sus focos originarios, Francia y Rusia, y se extenderá hacia diferentes puntos de Europa e incluso América, convirtiéndose en la rama socialista con más seguidores en España e Italia. Únicamente ahí. El famoso historiador marxista Eric Hobsbawm, apoyándose en estudios de Raymond Carr, analizará el caso español con argumentaciones que, pienso, en parte, son bastante trasladables al italiano (16). Así, entiende que la sociedad española de esos momentos es un espacio propicio para que prenda la semilla anarquista. Por causas sociales: un país abrumadoramente agrícola, sin clase media, que no ha hecho la revolución industrial. Con regiones enteras, al sur, de latifundios y trabajo jornalero. País acostumbrado a la revuelta campesina, incivilizado, iletrado, de carácter explosivo (es decir, aquellas características que habían sido propias de toda sociedad rural europea anterior a la revolución industrial, y que Hobsbawm y Carr no pueden evitar presentar con cierto sesgo peyorativo). Hobsbawm, sumamente crítico con el anarquismo, al que acusa de impedir la revolución en España (y dificultarla en otros lugares), al no posibilitar que ésta hubiera sido dirigida por grupos marxistas que la pudieran haber conducido por un camino no improvisado, ve un perfecto maridaje entre estas características sociales y el espontaneísmo insurreccional libertario, que también juzga críticamente. Bien es cierto que llegará a reconocer la honestidad revolucionaria de los anarquistas españoles y su capacidad de movilización social masiva entre 1931 y 1939, periodo al que adjudica la etiqueta de «revolución», no vista en la historia, según sus palabras, «desde 1848». Por su parte, George Lichteim añadirá el dato de la religión a esta interpretación. España e Italia son los bastiones tradicionales del catolicismo. La secularización de estas sociedades que ha propiciado la modernidad crea un vacío espiritual, sobre todo en las capas sociales no culturizadas, que es compensado con el anarquismo, el cual es etiquetado por Lichteim —y pienso que no va muy desencaminado, ciñéndonos al anarquismo de esa época— como una forma de misticismo milenarista. Esta sería la razón por la que el ateísmo, experimentado visceralmente, y su consecuencia lógica; la animadversión hacia la institución católica, serán señas de identidad del movimiento libertario. Esta herencia antirreligiosa, perfectamente compatible con el materialismo cientificista que es propio tanto del marxismo como de la modernidad liberal, ha llegado a nuestros días.
Si, una vez más, volvemos a recordar que el socialismo, teorizado por burgueses y no por proletarios, es una aplicación concreta de las ideas ilustradas y liberales, podríamos convenir que el ideal que mejor se adapta a las características del anarquismo es el de «libertad». La otra gran corriente del socialismo juzgará que el ideal «libertad» es una mera utopía en tanto no se corrijan los desequilibrios económicos de la sociedad capitalista. Así, la idea ilustrada que tomarán como referencia será la de «igualdad». Esta diferencia de principios será la causa de que en el siglo XX sea esta corriente la única que utilice en propiedad los términos «socialismo» y «comunismo», hasta entonces compartidos por marxistas y anarquistas, términos que se refieren nítidamente al concepto «igualdad».
El socialismo de la igualdad, llamémosle así, bien encuadrado por el antecedente de Babeuf y Blanqui, encontrará conjunción natural con el sindicalismo obrero, si bien en forma parcial, dadas las limitadas aspiraciones de éste. Al contrario que el anarquismo, y en similitud con el pensamiento ilustrado y liberal, no será antiestatista y comprenderá dicha institución, el estado, como una herramienta neutra, capaz de hacer caer el fiel de la balanza política y económica hacia el plato de la clase que lo controle. Con algunos avances con respecto a la concepción del estado de, por ejemplo, Montesquieu y Rousseau, sin embargo, Marx y Engels plantearán que el socialismo para ser cabal, una vez haya sido garantizada su pervivencia tras la pertinente transición, precisa de la desaparición de la institución estatal, centro de poder incompatible, per se, con el ideal igualdad. En parecidos términos —llama la atención— hablaría Lenin meses antes de la revolución de 1917, en su obra «El Estado y la revolución».
Marx, sin duda, es la gran figura de la historia del socialismo. La principal personalidad de su época y, posiblemente, la mente intelectual más brillante de todo el siglo XIX en Occidente. Le cabe el honor al socialismo y al movimiento obrero, de que una persona que revolucionó la ciencia económica de su tiempo y que está en los manuales de filosofía a la misma altura que Kant, Hegel o Aristóteles, tuviera también una vocación política, y ésta fuese de compromiso con la clase proletaria, a la que no pertenecía. Marx, con la colaboración y complemento de Engels, pensador que no se ha de minusvalorar pese a trabajar bajo la sombra del coloso, se adentró también en los terrenos de la historia, la sociología y la antropología. Me parece correcto que a su teoría política se le dé la etiqueta «científica», que Engels le adjudicó, por su esfuerzo metódico y sistematizador, dejando aclarado que hablamos de ciencias sociales, que no son exactas. Obviamente, Marx y Engels erraron en no pocos de sus análisis y predicciones, y su propuesta política, en evolución durante el medio siglo que duró su reflexión (desde aproximadamente 1845, hasta 1895, año del fallecimiento de Engels), fue tan subjetiva y falible como las restantes.
De hecho, Marx no partió de cero en ninguna disciplina. Como filósofo se inspira en el sistema de Hegel, de quien toma la idea de que la historia es una sucesión progresiva de fases con un dinamismo propio, que tiene como meta el triunfo de la razón y su plasmación absoluta en el orden social. Marx sustituirá «la razón» como motor de la historia (que a su vez sustituía a «la naturaleza», que decía Kant, o la providencia de los filósofos cristianos aristotélicos), por «el trabajo»: el desarrollo de las fuerzas productivas, que es como lo nombra. También recoge el concepto «dialéctica»: cómo las dinámicas históricas que periódicamente suceden en dirección aparentemente contraria al progreso racional son necesarias y, en realidad, son las que posibilitan que se pueda pasar de unos a otros estadios (simplifico mucho la idea). El conflicto como ocasión de cambio. Este concepto, pongo un ejemplo, es el que alumbrará el debate de los marxistas rusos de fin de siglo XIX, sobre si debían o no favorecer, o esperar a la implantación del capitalismo industrial en su país, como paso previo necesario a la revolución proletaria. En tanto mecánica histórica, la dialéctica, servirá de base a Marx para desarrollar su teoría de la «lucha de clases», de la que ya venían hablando autores anteriores. Por último, la idea de alienación, tan importante en el análisis económico y antropológico de Marx, también procede de Hegel. No solo es discípulo de Hegel. Podemos decir que, con carácter previo a su propia y original teoría, Marx es un recopilador y sintetizador del pensamiento de su época. Resumo y complemento de la Wikipedia (17): De los ilustrados recoge la idea de la importancia de la educación y el contexto; del economista inglés David Ricardo, a su vez discípulo de Adam Smith, la teoría del valor-trabajo, la plusvalía y la estructuración económica de la mecánica de la apropiación capitalista; del cartismo la importancia de la lucha política; de los continuadores «izquierdistas» de Hegel la crítica a la religión; de los socialistas anteriores (Fourier, Proudhon, Blanqui, Saint-Simon…) el cuestionamiento del pensamiento liberal, la idea del proletariado como agente revolucionario, el concepto de «dictadura del proletariado», la meta de la abolición de las clases sociales, etc. Añado que adopta también los valores de la modernidad en su faceta de triunfo industrial: materialismo, economicismo, cientificismo, fe en el progreso basado en la tecnología, etc.
El acontecer histórico que Marx plantea —materialismo histórico se denominó más tarde— es de carácter inexorable: un historicismo. Más allá de lo que los individuos de la sociedad puedan hacer o dejar de hacer, un conflicto permanente entre lo que da en llamar fuerzas productivas y relaciones de producción, esto es, cómo se produce y detenta la riqueza, provoca continuos cambios. Incluso cuando dichos cambios parece que constituyen involución, en realidad solo están cumpliéndose las reglas de la dialéctica. Así, por ejemplo, en el Manifiesto Comunista, se leerá que «la burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario». La intervención humana consciente puede ayudar a acelerar ciertos procesos e influir sobre el tipo de situación que sobreviene tras cada cambio, pero la historia tiene un dinamismo propio. Así, el capitalismo, se haga lo que se haga en su defensa, acabará sucumbiendo víctima de su propia imperfección. La sociedad sin clases, el comunismo, es el fin del camino. Éste solo podrá suceder cuando la historia haya recorrido su trayecto, culminando cada una de sus etapas obligadas. No podrá darse el paso revolucionario final, del capitalismo al comunismo, si no se cumplen en paralelo unas condiciones de carácter objetivo relacionadas con el agotamiento del ciclo capitalista, y unas condiciones de tipo subjetivo: la existencia de una clase protagonista con conciencia de tal y deseo consciente de que suceda esa transformación. Ahí es donde juega su papel la minoría comunista políticamente militante (18).
A pesar de que el impacto de su pensamiento fue tremendo, como sabemos, Marx no se limitó a teorizar, sino que predicó con el ejemplo y, junto con Engels, dedicó importantes energías a tratar de extender la conciencia revolucionaria entre el proletariado. Se esforzó, asimismo, en promover su táctica y estrategia revolucionaria en detrimento de otras no coincidentes, por ejemplo, la de Proudhon, o la de Bakunin. Ya hemos hablado de su papel en la Primera Internacional. Esta metodología política es, quizá, más ambigua que su análisis de conjunto. Sobre todo en cuanto a saber cuál es el método por el que el proletariado conquistará el estado burgués. Así, la herencia de Marx es reclamada tanto por el leninismo como por la socialdemocracia.
Tras el fracaso de la Comuna de París y el final de la Primera Internacional, el socialismo teórico entra en unos años de cierto bajón. De hecho, no habrá ningún acontecimiento masivo de índole revolucionaria en Europa hasta 1905 (19). Sin embargo, está en auge el movimiento obrero; la acción sindical. Ello se debe a que la clase trabajadora está aumentando porcentualmente en toda Europa, por el crecimiento económico de este momento. Los socialistas militantes pondrán sus ojos, con mayor interés que antes, en los grupos de obreros organizados, y de esta confluencia surgirán, en el último cuarto del siglo, los partidos socialistas nacionales. El primero y más importante, el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania (SPD), fundado en 1875. Pronto le seguirán otros en Francia, Bélgica, Italia, Suiza, países escandinavos, EEUU, etc. La influencia marxista será muy importante en todos ellos. En este contexto y como espacio de coordinación de esos partidos y de los principales sindicatos, se funda la Segunda Internacional en 1889, año del centenario de la Revolución Francesa. Este nuevo intento de unificar la estrategia socialista volvió a evidenciar diferencias irreconciliables. Los anarquistas, fuertemente opuestos a la acción de tipo parlamentario e inflexibles defensores de la huelga general como estrategia, cual si fuera un déjà vu, fueron nuevamente expulsados en 1896. Seguían siendo minoría. Por su parte, la mayoría, de inspiración marxista, debatirá entre sí acerca de si la acción del proletariado debería estar enfocada hacia los partidos políticos o hacia los sindicatos. Este debate —meta política versus meta laboral— que, como hemos venido analizando, no es artificioso sino que procede de lo que había acontecido, de facto, durante todo el siglo, viene a representar el que será el segundo gran cisma de la historia del socialismo: el sucedido entre quienes creen que hay que luchar por el logro progresivo de mejoras económicas y sociales, y quienes plantean que lo prioritario es la conquista del poder. En un principio, hasta 1905 aproximadamente, se impuso la segunda corriente, cuya figura más destacada era Rosa Luxemburgo, a la primera, representada principalmente por el marxista revisionista Eduard Bernstein.
Me resultan de gran interés para el propósito de esta obra, que trata de reflexionar sobre los porqués y los cómos de la época que vivimos, los años inmediatamente anteriores y posteriores al cambio de centuria, entre el XIX y el XX. En estos momentos cada vez hay más partidos y sindicatos obreros en Occidente. Las reuniones de la Internacional son cada vez más nutridas. Pero, al mismo tiempo, el movimiento socialista-obrero y, concretamente, las posiciones mayoritarias en la Segunda Internacional, van basculando hacia la tesis marxista revisionista que, llevada a la práctica, se llamará «reformismo» y terminará por impregnar por completo, a medio plazo, a la corriente marxista socialdemócrata. La causa hay que buscarla nuevamente en la coyuntura económica. En este periodo (entre aproximadamente 1879 y 1905), superado el momento de reajuste conocido como «crisis de 1873», la economía crecía con fuerza, los salarios aumentaban, las condiciones laborales mejoraban y la pobreza disminuía. Había una sensación de cierta euforia con respecto a las posibilidades de mejoría material para todos. Ello se debía a la expansión que se estaba dando de la economía capitalista, la cual había encontrado un filón de ganancias en la explotación a gran escala de los países colonizados. Tal contexto es el que provoca las dudas de Bernstein sobre las predicciones de Marx y Engels de que el fin del capitalismo es inminente. Esta especie de bonanza económica en Occidente produce la relajación populista de algunos gobiernos, que legalizan la actividad sindical y permiten a los partidos socialdemócratas presentarse a las elecciones. El número de parlamentarios obtenidos por estos partidos, elección tras elección, allá donde les dejan concurrir, no dejará de crecer en estos años y trasladará al movimiento obrero la idea de que, mediante esta vía, es posible el acceso a las instituciones desde las que podrán legislar en satisfacción a sus demandas.
Pocos años después, Lenin teorizará sobre este momento y hablará de la «aristocracia obrera» (20). Según su tesis, el amplio margen de beneficios que están obteniendo los grandes capitalistas les permite dedicar una pequeña, pero significativa, parte de esa ganancia a «corromper» a un sector del proletariado, principalmente a su dirigencia política y sindical, quien, a cambio de ventajas materiales, aceptará mirar para otro lado, colocarse orejeras de cabalgadura que le impidan empatizar y solidarizarse con el sufrimiento de las clases trabajadoras explotadas en las colonias. Recordemos esta idea, porque es exactamente el mismo recurso que posteriormente se empleará cuando se instaure el «estado de bienestar».
Éste que acabo de describir, seguirá siendo el contexto principal del socialismo entre 1905 y 1914 y no dejará de afectar a la Internacional, mayoritariamente integrada estos años por dirigentes obreros burocratizados por la institucionalización de su partido o sindicato, cada vez más conciliadores con las clases medias de sus respectivos países, cada vez menos marxistas; de hecho, incluso menos socialistas. Eric Hobsbawn, para nada sospechoso de simpatías hacia el anarquismo, llega a afirmar que, entre 1907 y 1914, el grueso del socialismo marxista se encuadraba en un tipo de socialdemocracia no revolucionaria. Que la visión revolucionaria en esa época se mantenía principalmente en el seno del movimiento anarcosindicalista. Llamo la atención sobre estos datos porque son la fuente del manantial que, aguas abajo, será el afluente «izquierdista» del gran río donde se encuentran y funden armónicamente las aguas proletarias y burguesas, para dar lugar al sistema político bipartidista que hoy nos rige (aunque haya nominalmente más partidos, diferenciados por matices secundarios, en realidad, en cada estado, solo hay dos: el progresista y el conservador, en turno pendular, a mayor gloria de la credibilidad del simulacro de democracia).
A partir de 1910, los analistas del momento lanzan advertencias de que los estados occidentales están en vísperas de un conflicto bélico «interimperialista» de grandes proporciones. En la Internacional se debate sobre el tema, y se escuchan encendidas proclamas de rechazo al belicismo burgués y en pro de la solidaridad internacionalista obrera. Que, como mucho, se aproveche la guerra, si la hay, para hacer la revolución socialista (en Rusia tomaron nota). Sin embargo, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, en 1914, los representantes obreros demuestran, de lejos, estar más apegados a los ideales nacionalistas burgueses que al socialismo. La Segunda Internacional estalla en pedazos el cuatro de agosto de ese año cuando los ciento once diputados del SPD en el parlamento alemán votan unánimes por la financiación de la guerra contra Francia. Ese fervor patriótico se mantendrá en una segunda votación, en diciembre, con una sola excepción: la de Karl Liebknecht, hijo del fundador del partido y compañero de Rosa Luxemburgo en la facción revolucionaria del socialismo alemán; los espartaquistas. Haber sido el único diputado del Reichstag en negarse a la guerra, y mantener su postura antibelicista durante la misma, le supuso ser expulsado del SPD y, posteriormente, dos años de prisión. La votación favorable al conflicto bélico de los socialistas alemanes fue imitada por los parlamentarios socialistas franceses, en apoyo a su propia nación. Y así sucesivamente. Durante los años de la Gran Guerra, cualquier tipo de activismo socialista quedó anulado por la misma. Excepto en Rusia. Hubo voces antibélicas y, muchas otras, como, por ejemplo, la del anarquista Kropotkin, favorables a participar en la contienda en auxilio del bando de sus simpatías. El mismo desbarajuste que sigue dándose hoy ante conflictos bélicos suficientemente divulgados por los medios de comunicación y en los que se suponen intereses del «Imperio» en juego.
La revolución rusa de 1917, en cuyos intríngulis no me voy a detener, se originó por una concatenación de circunstancias similar a situaciones anteriores (crisis aguda del sistema político y social nacional, el menos evolucionado del continente, y penuria material generalizada, a causa de un largo y exigente conflicto bélico) y triunfó, a diferencia de lo sucedido en 1905, por una más que adecuada —se podría decir también afortunada— conjunción de factores: colapso del poder político, incapaz de gestionar la situación, falta de reacción rápida de la, nada desdeñable, base social que lo sustentaba, el correcto análisis de la situación de Lenin y su camarilla, quienes, al contrario que sus correligionarios europeos, habían dedicado los años de la guerra a impulsar la revolución socialista, y su audacia e inteligencia a la hora de dar sucesivos golpes de estado, muy a lo Blanqui, capitalizando esfuerzos propios y ajenos, superando todo tipo de resistencias, aniquilando adversarios (en ocasiones antiguos aliados) de izquierda y derecha, hasta hacerse con el poder total del estado zarista en un momento en el que, teóricamente, no sucedían las condiciones objetivas exigidas por la doctrina del materialismo histórico. No me extrañaría que el día del ascenso de Lenin al paraíso ultraterrenal de los socialistas, tras su muerte en 1924, hubiera sido recibido por Marx y Engels con algún tipo de reprimenda similar a esta: «Ya te decíamos que si te saltabas alguna de las fases históricas necesarias, la dictadura del proletariado, que sabías que debía ser provisional, solo por el tiempo necesario hasta poder desmantelar el estado e instaurar la sociedad comunista, acabaría convirtiéndose en una dictadura del partido a ejercer in aeternum.» (21) De hecho, el tipo de estado resultante de este proceso, rápidamente, devino un totalitarismo nunca visto en la historia contemporánea, superando, incluso, a los posteriores fascismos de Hitler y Mussolini en cuanto a la cantidad de esferas de la dinámica socioeconómica del país y de la vida concreta de los ciudadanos que llegó a administrar imperativamente. En las primeras décadas de la «revolución», el gobierno bolchevique procedió a una remodelación social de grandes proporciones que incluyó reorganizaciones territoriales étnicas o la destrucción a gran escala de la pequeña propiedad campesina, superando de lejos a los gobiernos burgueses que habían hecho esto último, más de un siglo antes, en Inglaterra o Francia. La clase obrera y el campesinado quedaron sometidos a condiciones parecidas a las del «periodo de acumulación original» marxista. Estas actuaciones, unidas a la persecución de la disidencia política y la colectivización industrial forzada, provocaron una gran mortandad cuya cuantificación exacta es hoy objeto de polémica. Todo ello en persecución del logro primordial de un estado fuerte, industrializado, moderno, socialmente pacificado, de carácter imperial (es decir, con capacidad de dotarse de un cinturón de estados satélite). Me cabe decir, sin gastar tiempo en adentrarme en el terreno de la discusión, porque creo que la historia ya ha dictado sentencia, que el proyecto soviético fue un fracaso. Tanto sufrimiento sólo logró que la economía estuviera siempre en desventaja frente a la del bloque capitalista-liberal, manteniendo a la mayoría de la población en una situación endémica de pobreza relativa, y que el sistema de gobierno fuese tanto o más autocrático y temido que en la época de los zares.
Notas
15- En la obshchina la propiedad de la tierra era comunal. Regularmente, y por un periodo de tiempo acordado, era distribuida entre todas las familias de la aldea en función del tamaño y necesidades de cada una. Éstas la explotaban libremente y retenían los beneficios obtenidos, entregando a la comunidad la parte proporcional de impuesto que la obshchina pagaba regularmente al estado, o a la autoridad nobiliaria semifeudal, en caso de que fuera quien les cediese las tierras. Este sistema de propiedad compartida se acompañaba del mir, un modelo de toma de decisiones asambleario en el que participaban directamente todos los integrantes de la obshchina (no he hallado el dato de si lo hacían también las mujeres o era una cuestión meramente masculina, como —mayoritariamente— en el concejo abierto de la Península Ibérica). Los socialistas rusos de mediados del siglo XIX, en una polémica que Marx y Engels siguieron atentamente, reflexionaban sobre este sistema de gestión económica y política rural. Algunos consideraban que la pervivencia de la obshchina estaba impidiendo la implantación del capitalismo, fase que consideraban necesaria para que Rusia evolucionase del feudalismo al socialismo. Otros, por el contrario, bendecían este modelo como la quintaesencia de lo ruso (el nacionalismo fue muy importante en la historia del socialismo ruso) y veían la obshchina como una muralla de altruismo y solidaridad contra el individualismo burgués. A esta corriente se le llamó «socialismo agrario ruso». Aleksandr Herzen, por ejemplo, decía que los campesinos de la comuna rusa tenían un espíritu comunista tan arraigado que cuando iban a trabajar a las fábricas de la ciudad, rápidamente se organizaban en grupos de apoyo mutuo imitando las estructuras de su comunidad. Herzen veía en ellos un espíritu indómito, en permanente estado de rebelión contra toda autoridad impuesta. Cabe decir que ninguno de los socialistas que decían estas cosas era campesino y que idealizaban un tanto el modelo, tal como, en mi opinión, les pasa hoy a algunos simpatizantes del tradicionalismo rural en el estado español con respecto a modelos locales extintos de base comunal, y con la representación (a veces recreación) histórica que hacen de las comunidades campesinas altomedievales en la península. Un texto para conocer más sobre la comunidad campesina rusa, del que saco la mayoría de ideas de esta nota es: «Breve historia de la comuna campesina en el socialismo ruso del siglo XIX», de Patricia García Espín. Es un documento pdf que puede encontrarse en este enlace de internet: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3626004.pdf
16- Charles Tilly. «El siglo rebelde, 1830-1930». (1975). Me resulta muy interesante el capítulo dedicado al análisis de Italia, que firma Louise Tilly. En especial en lo que se refiere a la formación del fascismo mussoliniano a expensas de las fuertes organizaciones obreras y socialistas preexistentes. El libro, procesando numerosos datos para los casos de Francia, Italia y Alemania en el periodo citado, llega a asociar las movilizaciones de signo violento, más que con la propia extensión del capitalismo industrial, con la implantación del moderno estado: levas, recaudación de impuestos, legislación de cercamientos de tierras, creación de «mercados nacionales» para abastecer a las ciudades…: «Los estados se han desarrollado como organizaciones bélicas mediante el uso de la violencia, han «mantenido la paz» por medio de la violencia y han generado violencia por todas partes al desarrollarse.»
17- https://es.wikipedia.org/wiki/Materialismo_hist%C3%B3rico (1-11-17).
18- «Cuando una sociedad ha descubierto la ley natural que determina su propio movimiento, ni aun entonces puede saltarse las fases naturales de su evolución ni hacerlas desaparecer del mundo de un plumazo. Pero esto sí puede hacer: Puede acortar y disminuir los dolores del parto.» K. Marx, Prefacio a «El Capital».
19- La Revolución rusa de 1905 fue un complejo acontecimiento con cierta discontinuidad temporal, territorial e ideológica. En ella confluyeron dinámicas sociales, políticas y económicas que venían sucediendo desde décadas atrás: La autocracia zarista se debatía entre el mantenimiento del sistema de gobierno tradicional y la necesidad de introducir reformas, sobre todo en el mayoritario medio rural, sometido a restos de feudalismo. Ello en un contexto de creciente implantación del capitalismo industrial y con importantes fuerzas de contestación política en activo: grupos más o menos organizados de campesinos descontentos por las reformas o por la falta de las mismas que se inspiraban en los ideales de Herzen y los populistas rusos, colectivos anarquistas como el que en 1881 asesinó al zar Alejandro II, grupos de socialistas que habían importado el marxismo desde sus exilios forzados en Europa Occidental, nacionalismos étnicos… A ello hay que añadir el impacto entre la población, una vez más, de una situación bélica: la guerra ruso-japonesa, que acabó, para más inri, en una estrepitosa derrota. El polvorín estalla el 22 de enero de 1905, «el domingo sangriento», cuando una pacífica manifestación de obreros es duramente reprimida en San Petersburgo. La indignación se extiende por todo el país y durará, al menos, todo el año. Consistirá en una oleada de protestas y huelgas masivas por parte de los obreros industriales y de violentas revueltas campesinas: se atacarán y saquearán los latifundios. Habrá también amotinamientos entre la tropa de la Marina (la película «Acorazado Potemkin» relata uno de ellos), que estaba integrada por reclutas procedentes del campesinado y el pequeño proletariado urbano. La situación será enfrentada y paulatinamente resuelta por el poder zarista con una mezcla de represión policial-militar de gran contundencia y de concesiones políticas no comprometedoras del sistema autocrático.
20- Lenin en «Esbozo de tesis sobre la cuestión agraria para el Segundo Congreso de la Internacional Comunista» (1920): «Los trabajadores industriales no pueden cumplir su misión histórica universal de emancipar a la humanidad del yugo del capital y de las guerras si se preocupan únicamente del estrecho marco de su oficio, de sus estrechos intereses gremiales y se limitan escrupulosamente a mejorar sus propias condiciones de vida pequeño-burguesas, a veces tolerables. Esto es exactamente lo que ocurre en muchos países avanzados a la “aristocracia obrera” que sirve de base a los partidos supuestamente socialistas de la Segunda Internacional».
Suena muy actual, desde luego. Y, sobre Lenin, añade Hobsbawn en el libro de donde tomo la cita (Eric J. Hobsbawn, «Revolucionarios». Crítica, Barcelona 2010): «Los fragmentos relativamente condenatorios del Imperialismo son desarrollados en una argumentación bastante más completa en El imperialismo y la división. La existencia de una aristocracia obrera se explica por los superbeneficios de los monopolios, que permiten a los capitalistas dedicar una parte de ellos (¡y qué parte!) a sobornar a sus propios obreros, a establecer algo así como una alianza entre los obreros de una nación y sus propios capitalistas contra los otros países. Este soborno actúa a través de los trusts, la oligarquía financiera, los altos precios, etc. (algo así como monopolios conjuntos de un capitalista y sus obreros). La suma que alcanza el soborno potencial es de envergadura —Lenin la estimaba en unos cien millones de francos sobre mil millones ingresados—, como también lo es, bajo ciertas circunstancias, el estrato que se beneficia de ella.»
21- «Las organizaciones vanguardistas han desatado numerosas catástrofes por forzar cambios que la gente y las condiciones de la época no podían soportar ni material, ni ideológica ni moralmente. (…) Puede ser rápidamente calculado y establecido cuándo fue que la revolución, no forzada y fácilmente concretada por la movilización popular, acabó y fue reemplazada por el golpe de estado de Lenin en octubre de 1917. Pero cómo fue que la sola voluntad de un pequeño cuadro de oficiales, favorecidos por la desmoralización y la estupidez de sus oponentes, llegaron a hacer del éxito un fracaso invocando el mismísimo nombre del éxito es más difícil de explicar. Que la movilización habría llegado a su culminación de haber sido librada a su propia espontaneidad y determinación, posiblemente con conquistas que hubiesen impulsado el progreso social en otros países, es quizás lo más seguro que podemos decir con la perspectiva que el tiempo nos ha dado. La transformación social, y en especial la revolución social, es proclive a encontrar a sus peores enemigos en los líderes cuyos deseos suplantan los espontáneos movimientos del pueblo.» Murray Bookchin, Op. Cit.
La revolución pendiente. Del socialismo al ciudadanismo (III): Anarquistas y marxistas
«La idea de la Anarquía en España nunca fue monolítica, sino que se fraguó con la práctica y con unas ricas discusiones en la calle, en las fábricas, en los grupos de afinidad, en los ateneos, y con un trabajo editorial digno de reverencia, hasta llegar al intento más amplio y sólido de construir el paraíso en la tierra de los últimos tiempos. Myrtille, gran conocedora de la revolución española de 1936 —a su impresionante trabajo con otros Gimenólogos Del amor, la guerra y la revolución nos remitimos—, emprende un interesantísimo recorrido, sin perder de vista el momento presente, para comprender mejor el desarrollo del pensamiento y la práctica del movimiento libertario ibérico.
Esta obra permite conocer las raíces de las ideas anarquistas, sus impulsos, sus audacias, sus limitaciones y sus grandezas. Y sobre todo sus discusiones fundacionales, que aún siguen vigentes y poco o nada tienen que ver con los ensimismamientos pseudoteóricos actuales».
https://www.pepitas.net/libro/los-caminos-del-comunismo-libertario