«De la pseudociencia a la conspiración. Un viaje por la espiritualidad New Age»
Pablo San José Alonso.

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Cabría pensar que en un contexto de declive de la espiritualidad (la Iglesia Católica, por ejemplo, asiste con gran preocupación a la vertiginosa «descristianización» de Occidente) y de avance de las visiones materialistas de la vida, debería prosperar ampliamente el pensamiento científico, racional y objetivo, tendiendo a ser cada vez más minoritarias, además de las religiosas, las sensibilidades supersticiosas, místicas o pseudocientíficas. Sin embargo la realidad nos demuestra que, de alguna manera, una cosa no está reñida con la otra (1). Es decir, a pesar de la evidente incongruencia que supone contemplado desde una perspectiva lógica, hay algún tipo de compatibilidad epistemológica entre un marco general de carácter racional y materialista, y expresiones concretas, dentro de ese mismo marco, de carácter espiritual y acientífico. De hecho, cualquiera que cuente entre sus amistades con personas adscritas a este tipo de pensamiento habrá notado no pocos de esos desajustes y aparentes contradicciones: gente sumamente crítica con la medicina «oficial» que corre rauda al hospital o al médico de cabecera al menor síntoma de una dolencia importante; otras a quienes mantener discursos ecologistas especialmente radicales no les impide emplear el automóvil a diario o comprar ropa que no precisan; quienes votan en cada elección a pesar de sostener la creencia de que hay un gobierno mundial en la sombra que lo controla todo, divulgadores de la teoría de la nocividad de las redes inalámbricas que se pasan el día pendientes de su teléfono móvil, y muchas más del mismo tenor.

Visto desde fuera, da la impresión de que este tipo de personas tienen verdadera confianza en realidades en las que, intelectualmente, no quieren creer, al tiempo que carecen de fe suficiente hacia aquellas otras cosas por las que quisieran apostar y de las que hacen proselitismo. Una especie de querer y no poder que, por otra parte, no parece suponerles problema alguno. La explicación hay que buscarla en la cultura de la posmodernidad, que hemos nombrado sucintamente. La persona posmoderna, en principio, no es espiritual y se siente más cómoda que nadie en un contexto de predominio del materialismo. Ni siquiera es moral. De hecho, no está declaradamente en conflicto con la razón ni con la ciencia. En cambio, lo que no admite es que nadie le imponga la menor cuota de verdad objetiva. Para el posmoderno no existe la Verdad, sino las verdades, las cuales dependen de cada individuo y de cada perspectiva y, por lo tanto, son siempre relativas. Ni siquiera son permanentes dentro de su propio relativismo y pueden evolucionar con la mayor celeridad al más mínimo cambio de circunstancias o de intereses personales. Tal es el marco que, a pesar del contexto aparentemente desfavorable, hace posible la proliferación de todas estas sensibilidades de desafío a los paradigmas académicos y a los discursos «oficiales».

Por otra parte, el estudio de la psicología de masas en situaciones de crisis cuenta con no pocos análisis que observan, tanto eventos acotados que afectan a grupos delimitados como grandes crisis históricas que han influido en las condiciones de vida de amplios sectores de población. En dichos contextos, entre otras cosas que ocurren, suele resquebrajarse o perderse la confianza en lo que venían siendo las autoridades que regían los destinos de dichos grupos humanos y se tiende a levantar la mirada en búsqueda de otras nuevas que, en principio, y merced a un discurso novedoso y rotundo, aparenten mayor solvencia. Entiéndase autoridad no solo en relación a lo político, sino también a lo moral, cultural, espiritual, etc. Del mismo modo, el miedo a lo que está por venir, la incertidumbre experimentada al notar que se tambalean los marcos objetivos y esquemas que definían las circunstancias vitales propias, provoca que muchos individuos comiencen a dudar de lo que venían siendo las explicaciones de la realidad en que confiaban, que estaban, además, mayoritariamente aceptadas y sobre las que no había discusión, o la había muy residualmente (2). Toda realidad vivida se apoya en algún tipo de marco teórico; si tal realidad es insatisfactoria, decepcionante, amenazante… el individuo dudará también de la explicación que la fundamentaba. Si, en ese momento, aparece alguien, conocedor de la perdida de credibilidad de esos referentes ideológicos, con un discurso alternativo mínimamente enhebrado, cuenta con grandes posibilidades de ser escuchado.

Unamos las dos variables enunciadas. Una vez se extiende y prolifera en la sociedad la mentalidad antiobjetiva y relativista de la posmodernidad, dicho estado de pensamiento llega a coincidir con una crisis; sea económica, como hace unos años, sea una pandemia, como pasó recientemente (acompañada además de problemas anteriores y/o sobrevenidos de tipo económico). Como se decía al principio de todo, se dan las condiciones para una tormenta perfecta. Quienes sienten afectadas o amenazadas sus condiciones de vida (incluso sus marcos referenciales de pensamiento, como ocurre a las personas de mentalidad tradicional en épocas de cambios) por las nuevas circunstancias, tienden a buscar explicaciones satisfactorias distintas a las «oficiales»; más radicales cuanto mayor es su descontento o su preocupación. Con el agravante de que en la complejidad del mundo actual se hacen difíciles las explicaciones simples para definir las situaciones de cambio. Y eso en el caso de que pueda lograrse la formulación de dichas respuestas, incluso las no tan sencillas, en plazos razonablemente cortos, lo que no siempre ocurre (3).

Si, además, como sucedía en el contexto de la pandemia del covid, dichas explicaciones han de emanar de fuentes «científicas», el problema se agrava. La educación escolar que ha recibido la inmensa mayoría de la población en los países occidentales inculca el sometimiento a la autoridad del paradigma científico, el cual queda así establecido como una sólida instancia, un pilar sobre el que reposa el bienestar y la seguridad de la sociedad. Sin embargo, en dicho proceso educativo, suele olvidarse subrayar que «la ciencia», en cualquier caso, no deja de ser un conocimiento siempre imperfecto, una forma de aproximarse a la realidad que es gradual, progresiva, a menudo a base de avances y retrocesos, coral, cooperativa, también competitiva, en ocasiones plena de polémica y desacuerdos y, por todo ello, incapaz de proporcionar todas las respuestas que se le requieren en cada momento (4). En plena crisis sanitaria, siguiendo con el ejemplo, muchas personas necesitan y esperan respuestas rápidas y claras, y soluciones determinantes por parte del estamento científico. Sin embargo, éste se encuentra, a su vez, navegando territorios desconocidos que, en todo caso, debe recorrer con rigor y sin violentar sus propios procedimientos, lo cual requiere una cierta inversión de tiempo que, según la naturaleza del nuevo reto, puede llegar a ser cuantiosa. Por ello, dicha voz no siempre está capacitada para emitir las respuestas demandadas en el plazo requerido. Este hecho, en tales casos, provoca decepción, pérdida de prestigio y desafección hacia la ciencia «oficial» por parte de numerosas personas. Y, en consecuencia, se convierte en fuente de alimentación de epistemologías y teorías «alternativas» que se autoproclaman capaces de llenar ese vacío.

Cuando la pandemia del covid estaba en sus fases más álgidas y la vacunación masiva de la población apenas comenzaba, como decía arriba y es bien sabido, el nivel de incertidumbre, en todos los aspectos, se hallaba en niveles máximos. No solo se estaba en medio de una crisis económica destructora de empleo y tejido empresarial, con el consiguiente incremento de la precariedad y la pobreza. Además de ello se asistía a un momento de cambios profundos, de gran calado, que se sucedían a gran velocidad. Pensemos, por ejemplo, en el desplazamiento de todo tipo de referencias vitales, comunicativas, relacionales, laborales, administrativas, educativas… hacia el mundo de lo cibernético y virtual. El impacto sociológico y psicológico de las llamadas redes sociales de internet alcanzó cotas insospechadas. Pero hay más procesos que en dichos momentos sufrían una fuerte profundización: la progresiva desaparición de dinero físico, la mengua de los Estados de Derecho con una fuerte irrupción de las pulsiones punitivistas, el regreso de ciertas formas autoritarias de comprender la política y el Estado, la pérdida de hegemonía política, cultural y económica de Occidente en beneficio de las potencias asiáticas emergentes y un largo etcétera. Son muchos cambios simultáneos y, además, sirviendo de acelerante a las transformaciones citadas, había una pandemia que obligó a la población a largos confinamientos domiciliarios, a importantes cambios de hábitos, a introducir fuertes restricciones dentro de su vida relacional y social o a circular por las calles detrás de una mascarilla sanitaria o, más tarde, provista de un pasaporte sanitario imprescindible para acceder a según que servicios. Todo ello decretado desde los poderes establecidos invocando figuras jurídicas de excepción e impuesto mediante coacción policial a base de multas y detenciones. Sin olvidar esa otra forma de obligar consistente en utilizar los altavoces mediáticos de esos mismos poderes para generar presión social y, Michel Foucault no lo habría descrito de otra manera, incitar la vigilancia entre unos y otros ciudadanos y la autovigilancia.

En un contexto tan complejo, afectado por las circunstancias descritas, quienes tienen necesidad de respuestas a sus dudas y preguntas, como consecuencia importante de la proliferación de formas de comunicarse virtuales, las van a encontrar fácilmente. No solo eso; las hallarán en forma profusa y variada, pudiendo, como si de comprar en un hipermercado se tratara, escoger aquellas que encajan mejor con sus determinantes epistemológicos personales (educación, sesgos, identidades colectivas…) y desechar las restantes. Cada explicación alternativa vendrá acompañada de toda una legión de seguidores, lo cual conlleva la garantía de que la persona que la adopta no se va a encontrar sola sosteniendo ese punto de vista. Ser muchos compartiendo una determinada forma de contemplar las cosas aporta confirmación y seguridad en el principio. La validación que cada miembro del grupo de pensamiento ejerce sobre el discurso de otro miembro, en el cual se siente reflejado como si fuera un espejo, redunda en un convencimiento cada vez mayor del mismo por parte de ambos. Es lo que se conoce como retroalimentación. Si, además, el punto de vista es criticado o perseguido desde otros ámbitos de pensamiento, la retroalimentación y el autoconvencimiento alcanzan cotas mayores. Si es un punto de vista minoritario, que es combatido desde otro que es mayoritario, dicha retroalimentación desembocará en la implementación de estructuras de trinchera y blindaje discursivo. Es lo que conocemos como fanatismo, una actitud que, no por poco nombrarse, deja de estar muy en auge y que incapacita a los individuos para la escucha, el diálogo con otras personas y el procesamiento de nuevos datos que la realidad pueda ofrecer. El siguiente paso es la militancia para promover el propio pensamiento y combatir todo aquel que se le opone o que, simplemente, no coincide con él. Decía Bertrand Russell: «El miedo colectivo estimula el instinto de manada y tiende a producir ferocidad hacia aquellos que no son considerados miembros de la manada». Este tipo de dinámicas, que no suponen novedad histórica, puesto que siempre han existido, hoy suceden con mayor frecuencia e intensidad merced a la omnipresencia de las redes sociales de internet como lugar donde realimentar sin cesar las propias creencias entre los iguales y donde combatir las de las personas y grupos de distinto pensamiento. Y, también, en general, por causa del predominio de la comunicación virtual (sin dimensión corporal) en detrimento de la real, lo que facilita la impersonalidad y, por tanto, la falta de compromiso con el otro, de empatía y, finalmente, el desencuentro.

El uso de Internet suma un efecto más a los descritos. En virtud de los encuentros y conflictos que produce la comunicación virtual, añadiendo la querencia de cada cual de relacionarse preferentemente con personas afines, acaba por suceder que muchos comunicantes virtuales solo mantengan amistades e interrelaciones de internet con personas de su idéntico pensamiento. De tal forma, tomando, en muchos casos, la parte por el todo, robustecen más y más su propia forma de ver las cosas, a la vez que se acrecienta su ignorancia o su conocimiento deformado en relación a aquello que se encuentra fuera de ese límite, lo que conduce a una importante mengua de la perspectiva de la realidad en toda su complejidad y extensión.

Volviendo al principio del hilo, cabe pensar que, en virtud de los mecanismos descritos, cuanto más profunda sea la crisis, más probabilidades hay de que proliferen y prosperen los puntos de vista alternativos y que no llegue a ser nada infrecuente que éstos sean de carácter dogmático y sectario. Tal circunstancia pudo contemplarse sobradamente en el contexto que hemos empleado como ejemplo.

Notas

1- Gilbert K. Chesterton: «Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo».

2- «La complejidad del mundo actual, su acelerado ritmo y la sobreinformación que dificulta interpretarlo es el alimento de los creyentes en las maquinaciones a gran escala».
https://www.publico.es/sociedad/radiografia-antivacunas-y-errores-han-dado-alas-negacionismo.html

3- «En la cobertura a tiempo real que han ido ofreciendo los medios de comunicación de la ciencia de la pandemia, los espectadores, ansiosos por encontrar certezas en la ciencia, se han topado de bruces con una radical incertidumbre».
Lorraine Daston. 2020. Sciencie and its Public after the Pandemic. https:/zif.hipotheses.org/634 .

4- «…En tiempos de crisis pandémica la sociedad espera que la ciencia juegue un papel autoritario que reduzca la incertidumbre y la ambigüedad. Sin embargo … la ciencia se mueve necesariamente en el terreno de la incertidumbre y ha de enfrentarse constantemente a problemas de ambigüedad. El funcionamiento normal de la ciencia, lento, debatible, provisional, se aleja diametralmente de la expectativa de la sociedad que demanda una respuesta única, definitiva y rápida. Los citados autores identifican cuatro incompatibilidades entre la ciencia y la expectativa surgida durante la crisis (que, por otra parte, parece mantenerse también en otras épocas de normalidad). La primera incompatibilidad tendría que ver con el rechazo de la sociedad, de lo que el fundador de la ciencia, R. Merton, denominó el “excepticismo organizado”, es decir, la búsqueda activa de la crítica, el debate y, por tanto, la normalización del desacuerdo entre los científicos. En segundo lugar, estaría el rechazo por parte de la sociedad de la lentitud propia de la acumulación de evidencias a largo plazo, imprescindible para obtener conocimientos rigurosamente contrastados empíricamente. En tercer lugar, se daría una falta de comprensión del esfuerzo colectivo e impersonal que requiere la ciencia, donde buscar una única autoridad de la que dependa qué se considera aceptable resulta inadmisible. Finalmente, en cuarto lugar, la sociedad no comprende la importancia de la complejidad, la incertidumbre y la multiplicidad de perspectivas en la investigación científica, claramente incompatible con la búsqueda rápida de soluciones sencilla que la sociedad exige en tiempos de pandemia.»
El cómputo de muertes por covid-19: Incoherencia metodológicas y dificultades genuinas. María Caamaño Alegre. Revista de La Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia en España. Especial: Filosofía en tiempos de pandemia. Enero 2021.

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