
«De la pseudociencia a la conspiración. Un viaje por la espiritualidad New Age»
Pablo San José Alonso.
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Atendiendo a la dimensión sociológica y política, cabe analizar, también de forma breve, de qué identidades previas emergen y cómo se organizan, articulan y expresan las personas y grupos que orbitan en torno a la espiritualidad New Age.
En primer lugar hay que decir que lo propio del New Age —y de la posmodernidad en general— es la informalidad y la falta de estructura organizativa. Sin embargo, siendo como es el humano un ser sociable por naturaleza, incluso en este ámbito no dejan de surgir grupos de afinidad y formas asociativas dotadas de cierta organización, con fines de retroalimentación, divulgación y militancia. Incluso como empresas con objetivos comerciales. En algunos casos que han alcanzado una mayor resonancia mediática y son seguidos por mucha gente (vacunas, dióxido de cloro, antievolucionismo, covid-19, negacionismo del cambio climático…) existen sitios de internet donde se desarrollan elaboraciones teóricas complejas y se profundiza en torno a estos temas pseudocientíficos y conspirativos a una escala técnica y formativa solo apta para especialistas. Ya se dijo que apostar por este tipo de teorías no es sinónimo de falta de preparación o de inteligencia. La existencia de tales espacios en donde lo argumentado, en ocasiones de forma prolija y documentada, solo puede ser rebatido por personas debidamente formadas en las respectivas materias, proporciona al creyente «medio» de las distintas teorías (a pesar de que tampoco posee la capacidad de seguir y descifrar las distintas exposiciones) la engañosa seguridad de que éstas están avaladas por un conocimiento científico, técnico o empírico de carácter superior o, como mínimo, a la misma altura de aquel que pretende enfrentar. Con la ventaja de que la teoría de carácter académico, en comparación con la que se le opone, puede desacreditarse fácilmente bajo la acusación de estar contaminada por intereses espurios.
En paralelo a dichos espacios virtuales de alto nivel intelectual, y en muchísima mayor medida, existen páginas web, perfiles en redes sociales, canales de vídeo, de audio, etc. dedicados a la divulgación de estas materias en términos harto más simples, así como al encuentro y diálogo entre las personas interesadas. En una parte muy importante, toda esta información fluye a través de las distintas redes sociales de internet, las cuales, debido a su característica de comunicación sencilla, directa e impersonal constituyen el recipiente ideal para generar, compartir y divulgar un tipo de pensamiento que considera meritorio el hecho de no ser oficial ni académico. En cambio, a pesar de ciertos estruendos mediáticos ocasionales, más allá del ámbito cibernético apenas existen entidades colectivas en torno al New Age con un mínimo de estabilidad y estructura organizativa. Éstas, a diferencia de, por ejemplo, una institución religiosa o una académica, acogen a un porcentaje ínfimo de las personas seguidoras o simpatizantes de estas teorías. De hecho, siguiendo con la comparativa con otros sistemas de pensamiento que sí gozan de soporte institucional, la creencia New Age fluye principalmente de lo particular, lo individual, la experiencia propia, hacia lo colectivo, y no es recibida por sus seguidores como mera «doctrina» que emana desde el centro de una institución. Lo cual no niega que existan fuertes retroalimentaciones provocando que los individuos absorban e interioricen continuamente nuevos contenidos procedentes del compartir colectivo y el consenso que se da fundamentalmente —como decíamos— en internet. Incluso es posible observar una cierta informalidad y provisionalidad en relación a las propias creencias, las cuales, experimentadas colectivamente (si bien de forma espontánea), mutan, evolucionan y, en ciertos casos, decaen en cuanto a su importancia y centralidad en favor de nuevas preocupaciones. Podría decirse que en este ámbito también existen las modas.
Como hemos explicado arriba, a causa de su déficit organizativo y de institucionalidad, la espiritualidad New Age difícilmente puede definirse como «movimiento». Sin embargo, ello no obsta para que muchas personas, en virtud de su identificación con el resto de individuos con quienes, de unas formas y otras, comparten aproximación a la realidad, tengan la percepción de formar parte de una entidad colectiva concreta, diferenciada y formalmente opuesta a lo que sería el «pensamiento mayoritario». Como también hemos dicho antes, esta vinculación, en bastantes casos, se traduce en términos de lucha y militancia en pro de «la verdad», lo cual confiere a los grupos que se significan activamente en estas cuestiones un carácter eminentemente proselitista y apostolar. Dado que, por lo general, dicho esfuerzo suele toparse con la negación y el rechazo por parte de la mayoría dominante, su activismo será vivido con cierta impronta épica y romántica, haciéndose cada vez más y más confrontativo y doctrinario. Es a partir de este momento cuando las personas y grupos que comparten —sobre todo en internet, pero ya no únicamente— su pensamiento y militancia, observados desde el exterior, adquieren rasgos colectivos que no distan demasiado del actuar de los predicadores de ciertas formas fundamentalistas de religión y de sectas de diferente signo.
Al hablar de la génesis de esta forma de comprender la realidad, decíamos que el New Age, en una grandísima parte, es una reacción. Recibiendo la herencia del romanticismo que reaccionaba contra el imperio de la razón dogmática, o la de la contracultura, que lo hacía en contra de una sociedad prosaica, mecanicista y orientada a la acumulación material, los actuales seguidores de este sistema de pensamiento son personas disconformes con el mundo en que viven y sistemáticamente críticas y desconfiadas con respecto a las explicaciones que reciben acerca de él. De ahí la proliferación y el tremendo éxito de las teorías conspirativas, pero también de la búsqueda de lo que pudieran ser «alternativas» al alcance de cualquier individuo. Es decir, la persona New Age —volvemos a remitirnos a las explicaciones dadas sobre las características de la posmodernidad— en principio no está demasiado interesada en desarrollar propuestas colectivas de tipo económico, sociopolítico, etc. Sobre todo si éstas le suponen grandes inversiones de dedicación y compromiso, o riesgos personales. En su lugar apuesta por desmarcarse del «sistema» de una forma individual, atendiendo en especial a aquellas dimensiones que entiende como fronteras íntimas; la salud y el propio cuerpo. Por ello la gran abundancia de terapias y medicamentos alternativos, o posicionamientos defensivos de la independencia corporal, como las teorías antivacunas. Podría decirse metafóricamente que, como opción vital, la persona New Age media, desistiendo de convocar o integrarse en un ejército con el fin de ganar una guerra, prefiere cavar una trinchera sólida a la par que discreta (salvo para sus afines), en la que poder mantenerse indefinidamente sin ser completamente conquistada por el enemigo.
Visto de esta manera, y retomando las claves psicológicas de las que hablábamos en el epígrafe anterior, la «militancia» New Age permite adoptar —hacia la propia persona pero también de cara al exterior— posturas personales de inconformismo, rebeldía, originalidad e, incluso, radicalidad, que pueden desempeñarse de forma eminentemente individual y modulable sin tener que pagar los peajes de participación, compromiso, dedicación, adscripción grupal y negociación con los restantes miembros del colectivo que supone el activismo «clásico» en organizaciones de tipo político, social, religioso, etc.
Esta epistemología reactiva y fuertemente desafecta hacia todo tipo de discurso de carácter institucional o académico, en el ámbito de la orientación política, como se habló más arriba, presenta distintas concreciones. Si bien existe un pensamiento de tipo conspirativo vinculado a visiones críticas del orden vigente fácilmente asimilables al posicionamiento de la izquierda antisistema y el anticapitalismo, también, como decíamos, hay formas de experimentar el New Age desde ideologías individuales de orientación conservadora, en algunos casos mediatizadas por estatus personales de relativo o neto bienestar (1). En estos últimos casos, dado que, por una cuestión de lógica y coherencia, una crítica sincera de carácter global al sistema sociopolítico carece de sentido, la persona New Age enfocará la mirilla de sus teorías conspirativas especialmente hacia aquellas partes del stablishment que relaciona con opciones de tipo progresista, antitradicionalista y que, de unas formas y otras, promueven el cambio social: quienes vendrían a ser los herederos de la modernidad ilustrada. Es en este contexto cuando surge la, a priori, sorprendente, conexión entre el New Age y diversas posturas antifeministas, antiinmigración, homófobas…, y teorías conspirativas en relación a atentados, conflictos bélicos, procesos electorales, prohombres de la socialdemocracia, agendas medioambientales… Todo ello da lugar a, no menos llamativas, confluencias prácticas con fuerzas políticas de derecha y —también— de ultraderecha, siempre dispuestas a capitalizar y convertir en votos la desafección hacia los gobiernos de turno. No son pocos los casos (véase, por ejemplo, la figura de Donald Trump, el partido ultraconservador español VOX o la pléyade de influencers dedicados a divulgar y convertir en nuevos seguidores de sus espacios virtuales cualquier teoría conspirativa o simple bulo que apunte contra el progresismo) en que este tipo de organizaciones políticas alientan y difunden teorías de este tenor desde sus medios de comunicación propios y afines en pro de sus intereses partidistas, contribuyendo significativamente a la proliferación del conspiracionismo en la sociedad. Con ellas, esta escora del New Age comparte fobia hacia la izquierda, el progresismo, la corrección política, la cultura de la cancelación… así como idealización y añoranza de lo tradicional, incluyendo a menudo lo patriótico, que este New Age, reacio a comprometerse con tales causas, nunca expresa de forma abierta, pero sí reactiva frente a nacionalismos separatistas. También cierto espíritu romántico y liberal, en el sentido de hacer bandera del concepto de libertad personal tal como lo expresaba en su día, por ejemplo, el teórico liberal John Stuart Mill (2), o lo hacen hoy, también por ejemplo, los norteamericanos que defienden su derecho constitucional a poseer armas bélicas, o algún que otro político español ubicado en el populismo conservador. Derecho a la libertad que tiene mucho más de emocional que de racional o ideológico, que no dista apenas del sentimiento con el que tratan de conectar los spots televisivos con el fin de conseguir ventas, y que —no son realmente libertarios— solo se invoca en relación a determinadas cuestiones de índole personal en las que se rechaza la intromisión gubernamental (llevar mascarilla, poder salir de copas de forma irrestricta…), ya que para el resto de asuntos se sigue confiando en las prestaciones del Estado de Derecho y Bienestar.
Por otra parte, y siempre atendiendo al vínculo entre New Age y orientación de tipo político, también lo enumerábamos más arriba, existe un conjunto de sensibilidades procedentes del inconformismo social. Se trata de un contingente bastante heterogéneo en el que podemos encontrar tipos muy diferentes. Desde la personalidad libertaria, antisistema… —la estudiábamos en el epígrafe dedicado a la psicología— motivada por necesidades individuales de desmarque y rebeldía, a la contemporánea cultura hippie, alternativa. También se da el perfil de antiguos activistas de la política y los movimientos sociales, decepcionados con las organizaciones de la izquierda clásica, en las que perciben una deriva que progresivamente las acerca más y más a posicionamientos utilitaristas e integrados en la institucionalidad. Preocupados ante la constatación de que en ellas, además del pragmatismo y lo que se percibe como sumisión y falta de crítica al orden establecido, imperan las visiones de la realidad vinculadas al análisis de la modernidad; abandono de cualquier atisbo de espíritu romántico y desmantelamiento de todas las metas utópicas. Podría decirse que, ante tal situación, experimentan un gran desencanto. Y, precisamente, más arriba afirmábamos que una de las características principales del New Age es la búsqueda de «reencantamiento», de devolver a la vida la magia, la esperanza y la fe en que es posible lo imposible. Así, las decepciones sucesivas que experimentan en relación a dicha izquierda, les vuelven recelosos y desconfiados ante la realidad sociopolítica, llegando en algunos casos al rechazo y entredicho sistemático de cualquier discurso procedente de la institucionalidad, lo cual les convierte en terreno fértil para el crecimiento de unas y otras teorías de la conspiración.
Muchos individuos en tal situación no se resignan a abandonar toda militancia y tratan de mantener una suerte de compromiso social congregándose en torno a diversas teorías alternativas que, de alguna forma, estén dotadas de una pátina de utopía y radicalidad. En su deseo de recuperar la ilusión perdida, intentan hallar contenidos referenciales que, de algún modo, se correspondan con sus inquietudes. Hablamos de personas que proceden de tradiciones ideológicas poseedoras de base teórica, por lo cual las nuevas elaboraciones que generen tenderán a ser más complejas que en otros casos. Por ejemplo, existen corrientes que, ante lo que juzgan como fracaso histórico del socialismo y el movimiento obrero, ponen su mirada en formas precapitalistas de organización popular que quisieran ver resucitar: en modelos tradicionales de sociedad agrícola, más o menos idealizados y reinterpretados; sociedades naturales y ecológicas, que opondrían su sabiduría ancestral y sus formas consuetudinarias de organización política al paradigma cientificista y racional (3).
Todos estos ingredientes dan lugar a nuevas comunidades virtuales de retroalimentación que vienen a sustituir a las antiguas organizaciones de militancia política: vinculaciones de activistas cibernéticos que comparten barricada en cualquiera de los temas New Age que han adquirido notoriedad y suscitan polémicas públicas: vacunas, covid, homeopatía, cambio climático… No es infrecuente que en dicho intento de retomar antiguas militancias, el objetivo principal de su combate sea, precisamente, la izquierda de la que un día formaron parte, y que ello les lleve a compartir posicionamientos, análisis y estrategias con esos otros sectores reaccionarios de los que hablábamos antes.
De la mano de la progresiva virtualización de cada vez mayor cantidad de esferas de la vida, algo que afecta intensamente a la sociedad en su globalidad, la inquietud de tipo político también tiende a desplazarse hacia los ámbitos cibernéticos. Es decir, las militancias dejan de serlo en la vida real y se convierten en virtuales, fundamentalmente gracias a las redes sociales de internet. Es éste un contexto especialmente favorable para el activismo social de identidad New Age. Dado que la pugna política ya no se desempeña preferentemente en forma de huelgas y conflicto laboral o de contestación social a pie de calle, sino en forma de intercambio de opiniones en medios de comunicación y en internet, las tendencias New Age tienen un amplio campo en el que poderse expresar. De tal forma, lo que podríamos denominar «nueva política» viene a consistir en una suerte de pública batalla epistemológica. Es decir, un pulso por establecer qué es lo cierto y qué es lo falso y por posicionar ante las audiencias (random, share, mainstream, viral, trending topic…) los contenidos que se desean promover. En esta batalla de algoritmos, profundamente alejada del activismo clásico, que lo es por el control de la información y por la capacidad de establecer la «verdad» de cada cuestión, la militancia New Age encaja como un guante. Actuar en internet en defensa de las propias verdades y en actitud de denuncia de lo que se consideran falsedades, manipulaciones y actitudes gregarias de la mayoría social constituye la militancia perfecta para el tipo de personalidades inconformistas de la posmodernidad que hemos descrito en epígrafes precedentes. Con más sentido si cabe en tiempos en que el monopolio de la violencia de los estados se impone como nunca y la protesta real, no virtual, sufre más trabas que en tiempos anteriores (véase por ejemplo la llamada ley mordaza en España).
Todo ello produce una gran retroalimentación, dándose el efecto de que las visiones sociopolíticas del New Age invadan todo tipo de espacios comunicativos y sumen gran cantidad de adeptos. Partidos políticos ávidos de votos o de erosionar los gobiernos de turno, o medios de comunicación más interesados en vender morbo o controversia que información rigurosa (4) acogen con interés este tipo de propuestas psudocientíficas y conspirativas, lográndose con ello que el momento social que vivimos sea, por antonomasia, el de la posverdad, y que la proliferación de «bulos» se haya convertido en un serio problema que preocupa a todo tipo de autoridades políticas y académicas.
En ciertos casos, el «activismo» New Age desborda las fronteras de internet y llega a irrumpir en la escena política propiamente dicha. En tiempos de la pandemia se dieron actos organizados de desobediencia civil protagonizados por pequeños grupos de críticos y disidentes hacia las medidas anticovid. Hubo negacionistas de la pandemia que hicieron campaña de su postura empleando tácticas de la política clásica: octavillas, pintadas, pequeñas concentraciones. Incluso acciones directas en hospitales y centros médicos, o en centros de enseñanza con el fin de impedir la vacunación de menores. Este tipo de activismo, desarrollado de forma muy minoritaria, que hoy sigue teniendo vigencia (5), en cualquier caso, no puede desvincularse por completo de la cultura virtual. Hoy resulta corriente que un grupo o una persona concreta (influencer) que trata de ganar presencia en un medio determinado de internet, con fines tanto de divulgación como de negocio (6), refuerce su esfuerzo cibernético con la emisión de vídeos originales y atrevidos, grabados personalmente, que le aporten una mayor audiencia. Este es el contexto en el que conviene enmarcar buena parte de las acciones de este tenor.
Este activismo «radical» en pro de diferentes causas New Age, por su parte, provoca diversas respuestas institucionales. Desde la represión judicial y policial en el caso de las acciones más extremas, a la creación de legislaciones que tratan de poner coto a las tendencias que se consideran más perjudiciales; por ejemplo, decretar la obligatoriedad de ciertas vacunas o de determinados tratamientos médicos. Aunque el efecto que juzgo de mayor entidad es el establecimiento de filtros, restricciones y control de la información que circula en internet, algo que termina por afectar negativamente a la población en general. Todo este tipo de acciones que tratan de minimizar el impacto social del activismo New Age, a su vez, refuerza el convencimiento de las personas militantes, las cuales se sienten confirmadas en sus acciones ante la persecución que sufren, la cual entienden injusta e ilegítima. Así, además de generar continuamente nuevos espacios de internet «libres» en los que poderse expresar sin restricciones, adoptarán discursos y tácticas de la desobediencia civil con el fin de obtener legitimidad.
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1- Podemos remitirnos, por ejemplo, a ciertos actos políticos de protesta convocados contra las medidas anti-covid en algunos barrios de rentas altas de Madrid. Sus participantes fueron conocidos con el mote despectivo de «cayetanos».
2- John Stuart Mill (1806-1873). Fue un pensador liberal británico adscrito a la escuela del utilitarismo. Su filosofía en relación a la libertad se resumiría en el concepto de que el individuo debe ser libre para hacer siempre cuanto desee, con la única restricción de no causar ningún mal a una tercera persona.
3- Se emplea el término «rojipardo» para referirse a personas que se autodefinen «de izquierda», al mismo tiempo que defienden ideas y conceptos que habitualmente se asocian a sectores conservadores e incluso ultraderechistas. Se trata de una posición que prolifera abundantemente en la sociedad.
4- Hechos como, por ejemplo, el asalto al Capitolio estadounidense de 2021, deben ser relacionados con intervenciones o manipulaciones algorítmicas deliberadas en redes sociales de internet capaces de viralizar bulos (en este caso la teoría del fraude electoral) por encima de la información veraz. De esta manera se crea un eco que, mediante el mecanismo de sesgo de conformación, logra conectar con la sensibilidad de miles de usuarios y, si es esa la intención como en tal caso sí lo fue, la movilización de los mismos.
5- Son acciones cuyo objetivo varía en el tiempo en función de los temas que en cada momento centran la atención de la «comunidad» New Age. En 2023, por ejemplo, la Agencia Española de Meteorología (AEMET) se vio obligada a emitir diversos comunicados ante la campaña de insultos por teléfono e incluso pintadas en el edificio de su sede por parte de personas creyentes en la teoría conspiratoria de los chemtrails: https://www.elplural.com/sociedad/acoso-desmesurado-contra-aemet-parte-negacionistas-cambio-climatico_311027102. En la actualidad, algunos reconocidos científicos medioambientalistas son objetivo de campañas difamatorias e incluso de amenazas directas por parte de negacionistas del cambio climático.
6- Más allá de los activistas de la divulgación de determinadas teorías conspiratorias, no puede descartarse la intencionalidad de obtener pública notoriedad con objetivos comerciales aprovechando el «tirón» de este tipo de temas. Desde los influencers que ganan dinero en función de las visitas que recibe su espacio virtual, a quienes tienen negocios de venta online de determinados productos «alternativos». Se podrían nombrar bastantes casos con nombre y apellido.