Juventud Rebelde

En cada rincón de nuestra Latinoamérica y el Caribe, la juventud se enfrenta a un modelo de sociedad que pretende domesticarla a través del miedo, la represión y la militarización. Nos quieren callados, obedientes, sin sueños ni luchas. Nos persiguen por organizarnos, nos criminalizan por pensar distinto, nos matan por exigir justicia. Pero no han entendido que la juventud es semilla de transformación, que la rebeldía es el único camino cuando la dignidad está en juego.

La militarización de nuestros territorios y de la vida misma no es un hecho aislado. Es parte de una estrategia de dominación que busca perpetuar el orden injusto de las élites, de los terratenientes, de los que ven en la guerra un negocio y en la juventud un enemigo. Nos imponen la guerra como única salida, nos quieren carne de cañón de sus ejércitos o cuerpos serviles en sus fábricas, nos educan para no cuestionar, nos disciplinan para no resistir.

Pero la juventud ha demostrado, una y otra vez, que la historia no está escrita, que no seremos espectadores de nuestra propia tragedia. En cada levantamiento popular, en cada grito de justicia, en cada mural pintado con la sangre de nuestros compañeros caídos, renace la digna rabia que nos empuja a luchar. Porque la rebeldía no es un capricho, es una necesidad.

Desmilitarizar la vida juvenil es despojarla del miedo impuesto, de la violencia estructural, de la lógica del exterminio. Es recuperar nuestras calles, nuestras escuelas, nuestros barrios y convertirlos en espacios de construcción colectiva, de conciencia de clase, de organización popular. No se trata solo de rechazar la presencia de uniformados en las calles, sino de desmontar el aparato que sostiene su dominio: el hambre, la desigualdad, el racismo, la falta de oportunidades.

La lucha de clases no es un concepto lejano, es la batalla cotidiana entre quienes nos arrebatan el presente-futuro y quienes lo estamos reclamando. En las barricadas de la historia, la juventud ha sido la primera en alzarse, la que no negocia con migajas, la que entiende que rebelarse no es un acto de desesperación sino de esperanza.

Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica, decía Salvador Allende. Ser joven y no luchar en este mundo de injusticia es un acto de rendición. Nos quieren sumisos, pero nos tendrán organizados. Nos quieren dormidos, pero nos tendrán despiertos. Nos quieren derrotados, pero nos tendrán en pie de lucha.

Fuente: https://prensarural.org/spip/spip.php?article31040

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