Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro

Ver también:
1ª parte: Precedentes y origen
2ª parte: Capitalismo industrial y financiero en los siglos XIX y XX


A partir de la Segunda Guerra Mundial, además de lo reseñado sobre el imperialismo, también empiezan a producirse algunos cambios de importancia en el modelo productivo capitalista y en la gestión empresarial y financiera. Entramos de lleno en el llamado «capitalismo tecnológico» o tercera revolución industrial. La tecnología, como ya se dijo, ha sido un factor crucial para entender el desarrollo de los estados y de los modelos económicos de concentración-expansión desde que la historia es historia. Podemos ahora hablar de una nueva variable: la velocidad. No todos los poderes políticos y acumulaciones de riqueza crecen al mismo ritmo. Tampoco avanza de una forma constante la innovación tecnológica. No me atrevería (o sería materia para otro estudio) a realizar una gráfica de curvas que tratara de cuantificar el grado de concentración política, económica y de desarrollo técnico a lo largo de la historia de Occidente. Entiendo que las tres líneas no van a ser siempre rectas pero sí se me ocurre decir que: a/ las tres trayectorias no van a resultar muy disímiles entre sí, b/ la tendencia general será al alza y c/ en los dos últimos siglos esa tendencia al alza será muy acusada, observándose momentos de aceleración relacionados con los tres momentos clave de innovación tecnológica (primera, segunda y tercera revolución industrial).

En este tercer gran escalón de la era moderna-contemporánea, la tecnología va a explotar de tal manera que va a rebasar ampliamente el factor productivo. Los desarrollos técnicos ya no tienen como única finalidad mejorar la producción fabril y el transporte. Ahora la tecnología es el producto mismo. Su importancia económica, mucho más allá de optimizar la capacidad de producir, es la de ensanchar más y más los mercados generando necesidades nuevas a la población. Un industrial algodonero británico en 1830 aspiraba a mejorar la maquinaria de su instalación para poder fabricar más pantalones en menos tiempo con los mismos costes de mano de obra. Una vez lograba eso, su preocupación consiguiente era la de transportarlos a mercados lejanos, por ejemplo Australia, donde poder venderlos. Ese mismo empresario en 1970 tiene problemas distintos. La cuestión ya no es fabricar más prendas clásicas de vestir que —por la fuerte competencia— no tiene lugar en el mundo donde vender, por muy económica que le pueda resultar su producción y transporte. La tecnología vendrá en su auxilio a la hora de diseñar y fabricar un nuevo tipo de pantalón inexistente hasta el momento. Por ejemplo, una prenda deportiva con un nuevo tejido sintético con propiedades, se me ocurre, hidrófugas. Algo que hasta el momento nadie se planteaba adquirir, puesto que no existía.

Así, llegamos a un momento en el que el sistema capitalista, más allá de la cuestión financiera de la que hemos hablado, en cuanto a economía «real», no está tan preocupado en fabricar como en vender. Para ello debe generar y engordar mercados, con clientes dotados de la suficiente capacidad adquisitiva. Debe renovar continuamente su oferta, inventando todo tipo de nuevos productos que esa gente pueda adquirir —llenando sus vidas más y más de artilugios tecnológicos y estéticos— en un flujo incesante. Entre esos nuevos bienes de consumo, cada vez supondrán mayor cuota de mercado los servicios. El turismo es un buen paradigma. Ésta es la era, por todo ello, de la necesidad artificial, de la caducidad, de la obsolescencia programada (en un principio relacionada con el agotamiento del funcionamiento del objeto; cada vez más con su caducidad social; la moda), del usar y tirar, del envase de plástico, de los problemas de residuos. También de la publicidad: herramienta fundamental que logra de las masas el consumo compulsivo de productos que, en no pocos casos, no les hacen la menor falta.

Puede decirse que esta economía tiene ya poco que ver con atender las necesidades humanas en distintos rangos. Por el contrario, precisa de las personas un consumo desaforado e incesante, les haga falta o no aquello que compran, usan y tiran. Dicho consumo es el combustible que alimenta la caldera de una máquina que trabaja cada vez a mayor velocidad. Sin él se detendría. Y lo que desconocemos, aunque algunos lanzan hipótesis sobre ello, es el punto de aceleración máxima a partir del cual el artefacto podría llegar a estallar.

En la segunda mitad del siglo XX se generalizan en Occidente el uso particular del motor de combustión —el automóvil— y las aplicaciones de la electricidad a la vida doméstica; los electrodomésticos. La forma de habitar la vivienda y de desplazarse van a experimentar un cambio radical. Su repercusión inmediata es una inusitada expansión de las vías de comunicación (carreteras y autopistas, vuelos, navegación…) y una profunda transformación de las ciudades y la forma de habitarlas. El uso masivo de automóviles hará necesario un importante rediseño de las mismas. En un segundo momento, la problemática derivada del abuso del coche obligará a ulteriores transformaciones: creación de zonas exentas de tráfico, transportes alternativos, medidas antipolución, aparcamientos… Las innovaciones tecnológicas en el campo de la electrónica y, posteriormente, de la informática y la cibernética van a propiciar importantes cambios de tipo sociológico —y psicológico—. De hecho, se puede hablar de una cuarta revolución a partir de la irrupción masiva del ordenador personal e internet. Hay más avances tecnológicos de gran trascendencia: el rayo láser, los satélites, la biotecnología, la robótica, el descubrimiento de nuevas fuentes de energía… Ello sin nombrar la ingeniería para fines bélicos, cuya investigación está siempre especialmente bien financiada por estados y empresas, desarrolladora de artilugios como, por ejemplo, los drones.

La transición hacia la sociedad de la tecnología y la artificialidad puede decirse que se ha completado en Occidente hacia los años ochenta del siglo XX. Desde entonces se vive una profundización del modelo, el cual no deja de presentarnos, una a una, innovaciones tan sorprendentes como el llamado internet de las cosas, el big data, la nanotecnología, el teléfono inteligente, la realidad aumentada, la impresión tresdé… La tecnología, que ha afectado hasta la médula la vida en sociedad, tal como se imagina en la ciencia ficción, amenaza con sustituir toda capacidad humana. Las posibilidades son ciertamente inquietantes. Sin dejar volar mucho la imaginación, cabe preguntarse qué le va a pasar en un futuro a medio plazo a la cifra de empleo asalariado, del cual depende, como es sabido, la mayoría de la población. Aparte está la cuestión medioambiental. El desarrollo tecnológico, ciertamente, permite capacidades productivas nunca vistas; en cuanto a posibilidad de fabricación, pero sobre todo en cuanto a la innovación de los productos. Dado que el hecho de consumir, como venimos explicando y aún abundaremos más en esta obra, es el principal instrumento de control de las poblaciones occidentales por parte de sus gobernantes (15), la capacidad de dominar va a verse así exponencialmente incrementada.

Pero aquí estamos hablando de economía. Disponer de la tecnología más avanzada, el llamado «know how» concede a quien está en ese caso una formidable ventaja en el mercado. Ventaja que se intenta mantener en virtud del llamado «secreto industrial» y, cuando no es posible ocultar lo principal del avance técnico a los investigadores de la competencia, mediante la protección legal de las patentes. Tal comportamiento delata a buena parte de la investigación científica, comprometida, de hecho, con los negocios y no con los seres humanos. Quien posee la tecnología más avanzada en un momento determinado y tiene capital suficiente (ambas cosas suelen darse unidas, ya que es el capital quien financia la investigación), ni siquiera tiene la necesidad de producir por sí mismo. Puede «externalizar» —esa es la palabra que se usa— la generación del producto mercantil a otras empresas, y limitarse a comercializar el producto final con un importante margen de beneficios. Esta es una actuación típica de las empresas multinacionales, cada vez más especializadas en la cuestión comercial que en la productiva.

La preeminencia tecnológica de que hablamos concede a las multinacionales —que además tienen acceso privilegiado a los créditos que permiten las nuevas inversiones— el control sobre la economía productiva. Así, las empresas medianas y pequeñas que se ven obligadas a fabricar y generar servicios para ellas, lo tendrán que hacer en condiciones cada vez más leoninas. Ni qué hablar sobre pequeños agricultores y productores del sector primario. Este mecanismo de externalización, unido al de «deslocalización», esto es, el traslado de las factorías a países en los que es más barata la mano de obra (y hay una fiscalidad menos onerosa), es lo que llega a generar las sociedades terciarias: esos grandes espacios de Occidente en los que la gran mayoría de la población obtiene su sueldo de la economía de servicios. En porcentajes elevados y crecientes, de servicios gestionados por los estados —el funcionariado—. Estados que, en tal situación, tienden a expansionarse de forma hipertrófica. Este contexto es el del «estado de bienestar». También el de la llamada «división internacional del trabajo». Los países empobrecidos fabrican, a menudo en condiciones de semiesclavitud, mientras que los occidentales administran el proceso económico en su integridad y custodian el beneficio. Su población, dedicada, no a la producción, sino a servirse unos a otros, disfruta de una capacidad de consumo financiada, en gran medida, con la acumulación económica que genera el expolio. Consumo que, como decíamos, es imprescindible para que todo el engranaje funcione (16) y ha terminado por ser el valor social de referencia.

La economía, como la sociedad, tiende a hacerse más compleja, más inextricable. Las grandes empresas no son poseídas por propietarios concretos, ya que el accionariado vuelve difusa la propiedad. En su lugar serán gerentes tecnócratas, únicos con plena información sobre todos los procesos que en ella suceden, quienes realmente decidan en cada caso. El objetivo no es tanto el beneficio, el reparto de dividendos, como que la empresa —un ser con vida propia (17)— prosiga su incesante expansión. Cosa que, como ya hemos explicado, es imprescindible para su supervivencia. El mundo, finalmente, a causa de la expansión tecnológica (transportes y comunicaciones, abaratamiento de los materiales de fabricación…) y económica, se convierte, definitiva e irreversiblemente, en global. El ciudadano primermundista medio puede quedar con sus amigos para pasar el fin de semana en cualquier ciudad del continente, así como escoger cualquier destino exótico donde pasar sus vacaciones, e incluso su jubilación en no pocos casos. Elige el país de donde ha de proceder el vino de su copa; sigue al Real Madrid, el Barcelona o a alguno de los poquísimos equipos de fútbol que concentran el forofismo internacional; come cualquier tipo de fruta o verdura de su apetencia durante todo el año, sea o no su temporada: o pescado recién capturado en cualquier mar (o lago, como el Victoria, donde se cría la perca del Nilo) que llega a su mesa gracias al transporte aéreo. Lo mismo la carne. También se comunica instantáneamente, de forma multimedia, con la persona que desea, sin importar el punto de la Tierra en el que ésta se encuentre. El planeta entero es un gran almacén donde la humanidad rica puede adquirir productos y disfrutar de servicios.

En cuanto al tema laboral, éste, del llamado «posfordismo», es el tiempo de los denominados «cuellos blancos», esos trabajadores por cuenta ajena que no se manchan las manos. Su predominio creciente en lo que se da en llamar «mercado laboral», ha terminado por arrumbar al sindicalismo industrial. «Clase obrera» deviene un concepto anacrónico y, aunque de tarde en tarde, cada vez menos, se ven mineros y trabajadores del metal organizando piquetes y siliconando cerraduras, tal cosa no va mucho más lejos de la lucha corporativista minoritaria (o masiva-simbólica-de-un-día). Casi siempre tratando de que sus puestos de trabajo por cuenta ajena no desaparezcan por traslado a países más rentables o por el reemplazo de la mano de obra por máquinas. En su lugar, los asalariados occidentales, que lo son mayoritariamente en el sector servicios y con posibilidades adquisitivas no especialmente malas a pesar de la autopercepción negativa que puedan tener, vienen a constituir una «clase media». Ni son millonarios, ni son marginales. Sus vidas en nada se asemejan a las de las mayorías del Sur. Su modelo de referencia es la vida opulenta de los ricos. Teniendo mucho más que perder que ganar, solo arriesgarán en aquello donde no hay riesgo. Así, el conflicto laboral es algo con más pasado que presente en los estados de Occidente. Los dueños de las empresas y el gobierno duermen tranquilos.

Pienso que, a la luz de toda esta reflexión, queda expuesto de forma entendible —al menos es esa mi intención— el mecanismo de concentración y expansión que define la sociedad en la que vivimos. En su faceta económica, esto es, el sistema capitalista, no puede dejar de advertirse un nubarrón en el horizonte. ¿Cual es el umbral a partir del cual no es posible una mayor concentración de la propiedad y los medios de producir riqueza? ¿Qué pasará cuando no sea posible una mayor expansión al haberse alcanzado la saturación de todo mercado posible sobre la Tierra, o falten algunas materias primas determinantes? Sin pretender incurrir en un análisis mecanicista de tipo marxista, sí cabe sospechar de la pretendida fortaleza del capitalismo (18). Los defensores del liberalismo económico, desde Adam Smith a Alan Greenspan, eludiendo estas preguntas, siempre han sostenido que el libre mercado, el capitalismo, al ser capaz de extraer las mejores capacidades de cada individuo, supone un progreso social infinito. Progreso lineal, entendido como tecnológico y como disfrute de bienestar material. Los actuales neoliberales siguen opinando que del laissez faire sólo ha de derivarse un crecimiento económico capaz de beneficiar al conjunto de la sociedad. Aunque tal beneficio, ante todo, se vea reflejado hoy en los balances de la gran empresa privada, la riqueza acabará por resbalar de alguna manera —que no terminan de explicar muy bien— a todas las capas sociales, incluidas las más desfavorecidas. Tal aserto, que podría demostrarse parcialmente en la capacidad adquisitiva media de las sociedades «de bienestar» o, por ejemplo, en la penetración de la tecnología multimedia en los países menos desarrollados, a día de hoy, si atendemos a las condiciones de vida de la parte mayoritaria de la humanidad que no reside en Occidente, sigue sin cobrar cuerpo; se mantiene en la categoría de «mito». ¿Sería posible que el capitalismo en un futuro extendiera la sociedad de la abundancia al resto del planeta? En este punto prefiero ser cauto, ya que no soy economista. Tampoco profeta. Pero opino que, a pesar de que el discurso liberal afirma la posibilidad de tal cosa, incluso su carácter inexorable según algunos entusiastas, la esencia del modelo capitalista, que, como hemos visto, ni nació ni se desarrolló bajo influjos filantrópicos, es otra. De hecho, el estado de bienestar no es una meta hacia la que apunta, sino —como se verá— un medio del que se vale para superar ciertas coyunturas.

Con la crisis de 2008 el sistema capitalista mostró sus costuras a los habitantes de Occidente. La creciente deslocalización empresarial hacia países menos desarrollados había generado en ellos un tejido industrial cada vez más importante. De la mano de la inversión industrial extranjera llega el avance tecnológico y la occidentalización cultural. Sociedades menos aburguesadas —por el momento— y autocomplacientes que las occidentales, su dinamismo económico es mayor. Si añadimos que fabricar en ellas resulta más barato y, por lo tanto, competitivo, obtenemos como resultado de la ecuación un fuerte crecimiento y la consolidación de nuevas economías «nacionales» independientes. No se lea este párrafo, desde luego, como una loa a la capacidad de las élites del capitalismo para explotar más intensamente a aquella mano de obra, sino como una simple descripción de su modus operandi. Tal hecho produce un aumento de la oferta y de la competencia a nivel mundial. Una vez más se genera producción a ritmo superior de lo que crecen los mercados. Pudiera parecer que a la gran empresa la situación se le ha ido de las manos. En realidad, un poco sí. Donde más se nota el desajuste es en el sistema financiero, que ha de emprender una reestructuración de gran calado, dando motivo a la necesidad de rescate (19) de bancos, monedas y aun estados. La economía real también se resiente debido a la falta de mercados y a la contracción del crédito. En este caso, los mayores problemas suceden en los países occidentales, especialmente aquéllos con sectores económicos que habían crecido rápida y desordenadamente en las precedentes décadas de bonanza (burbuja inmobiliaria, bancaria, de financiación estatal…). Su economía productiva no puede —a nivel de costes— con la competencia de los llamados «países emergentes» y, para no entrar en colapso, ha de emprender, con gusto o con disgusto (20), una serie de ajustes, sobre todo salariales y de gasto del erario estatal (21).

Ante todo esto, el gran capital, que no es nada nacional y sí perfectamente global, se limitará a mover sus dólares y sus factorías a aquellos lugares que mantienen mayores márgenes de solvencia, sin importarle especialmente la suerte de su compañero de viaje; el asalariado occidental. Al dinero le es indiferente si su centro neurálgico está en Nueva York y Berlín o si radica en Shanghái y Kuala Lumpur. Tras unos años de ajustes, resulta un planeta con mayor número de países con economías industrializadas que antes. Los consejos de administración de las grandes transnacionales cuentan con mayor variedad racial y étnica (y de género). Sin embargo la Propiedad con mayúscula sigue estando igual (y crecientemente) concentrada. Pareciera que en Occidente ha habido una cierta mengua de los estados de bienestar. En realidad lo que ha ocurrido es que se han deslocalizado un tanto. Como cuando se pisa un flotador: la —no muy grande— pérdida de poder adquisitivo sucedida en algunos lugares del mundo rico tiene su reflejo en ciertas —tampoco muy grandes— mejoras laborales, salariales y de disfrute de servicios en los países emergentes.

Notas

15- Un buen estudio, crítico, sobre la sociedad de consumo es el libro «Por una sociología de la vida cotidiana», de Jesús Ibáñez, aparecido póstumamente en 1994.

16- Para que dicho consumo sea incesante, el núcleo del poder en Occidente dispone de una máquina que fabrica dinero: el Banco Central. La riqueza por éste generada, que ya no se corresponde con factor productivo alguno, ni comercial, ni casi financiero, inyectará en la economía de un estado o de una zona concreta una liquidez completamente artificiosa. Lo hará creando moneda física, y de este modo desequilibrando (devaluando) la relación entre dicha moneda y el resto de divisas y los precios. También prestando «dinero» a los bancos particulares. El dinero que se presta a estos bancos no existe propiamente; es virtual y su «existencia» se fía a la promesa de éstos de devolverlo en cierto plazo al Banco Central. Por lo común, ya que no le cuesta nada, el BC presta el dinero inexistente a un interés muy bajo, un 1% por ejemplo y, a su vez, los bancos lo prestan a otros bancos, empresas, estados y particulares a un interés bastante más alto. Esta política, además de mantener la solvencia del sistema bancario, clave de todo el asunto, inyecta «dinero» en la economía del lugar, induciendo el consumo y contribuyendo, aunque sea con una mentirijilla, a que la fiesta no pare.
El Banco Central utiliza otra facultad con el mismo objetivo: la regulación de los tipos de interés bancario del mercado; a qué precio pueden prestar su dinero los bancos (flagrante contradicción con el espíritu del liberalismo económico, por cierto). A tipos más bajos, más créditos y más consumo. El peligro de todo esto, además de ir engordando poco a poco una descomunal burbuja financiera que no se sabe qué futuro puede tener, es que se dispare la inflación, la tendencia al alza de precios. Cuando la inflación se desboca, toda la economía se desequilibra y quienes han realizado inversiones ven menguar sus beneficios. A pesar de dicho riesgo, los líderes del capitalismo apuestan siempre por un escenario en el que haya cierta inflación, si bien baja y controlada, ya que constituye el mejor contexto para el consumo. Al contrario que la deflación, la tendencia de precios a la baja, que es fatal para el mismo. ¿Quién se compraría una vivienda hoy sabiendo que el mes que viene será un diez por ciento más barata?

17- Resulta recomendable el documental canadiense «The Corporation. ¿Instituciones o psicópatas», dirigido en 2003 por Jennifer Abbot, Mark Achbar y Joel Bakan. A partir de la tesis de que la empresa capitalista moderna ha ido adquiriendo paulatinamente los derechos jurídicos de las personas físicas, se realiza un detallado análisis de la institución en clave psiquiátrica. La conclusión es que la empresa, especialmente en su versión de multinacional, reúne holgadamente todos los rasgos que la psiquiatría asigna a la personalidad psicopática.

18- No faltan análisis que pronostican un, más pronto que tardío, colapso del sistema capitalista a nivel mundial. Me resulta especialmente sugerente el trabajo en los últimos años de Anselm Jappe, el cual desarrolla la teoría divulgada por Robert Kurtz en los años 90, desde la revista «Krisis» y otras publicaciones similares, denominada «teoría de la crítica del valor». Según dicha visión, de inspiración neomarxista, la aplicación creciente de la tecnología a la producción disminuye, tanto el valor de los productos, como la tasa de ganancia. Problema que solo se puede resolver incrementando la producción —inundando así el planeta, en forma también creciente, de todo tipo de objetos inútiles y prescindibles— y generando crédito; economía virtual. Jappe advierte que, desde los años 70 del siglo XX, el sistema capitalista muestra claros síntomas de agotamiento. La mengua del valor y la ganancia, y el consiguiente aumento de producción, tienden a agotar los mercados, al tiempo que se genera y acrecienta una colosal crisis energética, ecológica e incluso antropológica. Tras cada crisis económica, aumenta el volumen del crédito en circulación, en una desesperada «huida hacia delante». La inyección de tecnología, a su vez, provoca que haya un creciente sector humano innecesario para producir y que no puede consumir; población superflua, prescindible y de carácter problemático para el sistema capitalista. Puede leerse un resumen de la teoría en este enlace: https://disonancia.pe/2018/04/16/la-teoria-critica-del-valor/
En el caso español, el pensador Carlos Taibo, desde un análisis causal, más bien, de tipo ecológico (cambio climático, agotamiento de materias primas…), habla también de «colapso» inminente y de «capitalismo terminal». Su propuesta para minimizar preventivamente el impacto social de dicho derrumbe, es la apuesta voluntaria por la «transición ecosocial», idea que mayormente se asocia al concepto «decrecimiento». No menos pesimista al respecto es Miquel Amorós quien, coincidiendo en la inexorabilidad del futuro colapso, cuestiona las citadas vías de transición: «Las esperanzas de los sectores aferrados a la conservación del capitalismo de Estado en un decrecimiento paulatino, pacífico y voluntario serán prontamente desmentidas por la brutalidad de las medidas de adaptación a escenarios de escasez y penuria y la dinámica social violenta que van a originar.» http://www.rebelion.org/noticia.php?id=155184

19- El rescate es la intervención de entidades supranacionales (FMI, Banco Central Europeo, Consejo Europeo…) o estatales, en el caso de entidades más pequeñas, para evitar la quiebra de entidades bancarias y gobiernos. Consiste en la inyección de capital que permita la necesaria liquidez para mantener su actividad en curso. Estos fondos se aportarán como préstamo a retornar añadiendo una serie de condiciones. Resulta maquiavélico el uso de este recurso que obligará, caso de Grecia, por ejemplo, a subidas de impuestos, congelación de salarios y pensiones y fuertes recortes del gasto estatal en asistencia, para poder hacer frente, en plazo, a la devolución de hasta el último céntimo, junto a sus intereses. Al tiempo que se exonera de retornar la mayoría del dinero, con unos y otros trucos, a la mayoría de entidades bancarias rescatadas. Es decir: el ajuste, que pese sobre la población, no sobre el eje financiero del sistema. Dichos bancos, para más inri, a su vez, son los prestamistas de las instituciones estatales. Como bien se dice: «la banca siempre gana».

20- Hubo tres o cuatro años de cierto pánico. Mucha gente lo pasó mal. Véanse los desahuciados o las tasas de suicidios. O los inmigrantes que retornaron a sus países. Se temió por el futuro de forma generalizada. Sin embargo, la economía occidental demostró tener riñón, es decir, fondo de armario y soluciones, para capear una crisis como ésta en concreto. Las personas y familias fuertemente golpeadas por la recesión pudieron —en general— apoyarse en ahorros, subsidios y solidaridad familiar. Los y las pensionistas jugaron un papel destacado: poseedores de vivienda, ingresos fijos y tiempo para afrontar el cuidado de las personas dependientes; en muchos casos fueron el salvavidas que permitió alcanzar la orilla a las familias. Podría decirse que la sangre no llegó finalmente al río, y la gente, unos por otros, sobre todo al ver la luz al final del túnel —o los brotes verdes de los que hablaba aquí Rajoy— terminó por adaptarse a la nueva situación. Descontento sí lo hubo. Véase el fenómeno llamado 15M en España, o las nutridas, recurrentes y agresivas huelgas generales en Grecia. Pero, finalmente, esas aguas torrenciales fueron exitosamente captadas y conducidas al mar a través del colector parlamentario. Syriza y Podemos (o el Movimiento Cinco Estrellas, no por casualidad, liderado por un conocido humorista, en Italia) son los ejemplos paradigmáticos, que no los únicos, en Europa.

21- Desde algunos ámbitos socialdemócratas en la oposición se propuso —más bien se exigió— la adopción de medidas neokeynesianas. Es decir, ante el avance de otras economías emergentes se reclamó poner al banco central (en este caso el europeo, BCE) a fabricar dinero para que los gobiernos, en lugar de recortar, pudiesen ampliar su gasto, extendiendo así aún más el, no pequeño, estado de bienestar. Más servicios, rentas básicas, mejores pensiones, etc. Como si se estuviese en 1945 y el problema fuese la circulación del dinero, la pobreza de la gente y la falta de consumo, y no la pérdida de competitividad. En España, el politólogo y columnista neokeynesiano Vicenç Navarro, cercano a Izquierda Unida y, más recientemente, partícipe en Podemos, encabezó el grupo de «expertos» que proponían el aumento del gasto estatal como solución a la crisis. Tal vez animado por ésta y otras voces, el gobierno de Rodríguez Zapatero trató de enfrentarla en sus inicios con algunas medidas de corte keynesiano: cheque bebé, el Plan E… Esta política, lejos de conjurar la crisis, le abrió las puertas de par en par, obligando al gobierno a dar un giro de ciento ochenta grados y, alineándose con el resto de países de su entorno, emprender drásticas medidas de ajuste en el gasto estatal y en la legislación laboral. Medidas que fueron profundizadas por el posterior gobierno de Mariano Rajoy y que, a medio plazo, guste o no guste, se demostraron las imprescindibles para afrontar el momento, cumpliendo el objetivo de recuperar competitividad macroeconómica y conservar el estado de bienestar en la mayor integridad posible. Los resultados fueron visibles en toda Europa.

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