
Arrepentido (o cómo deconstruir un panfleto) 1
Rueda de prensa de un ministro de defensa de un país indeterminado, unos 60 años, viste un traje impecable, cabello blanco engominado.
MINISTRO DE DEFENSA: Por favor, no me hagan fotos. Retiren sus cámaras. No haré ninguna declaración hasta que las hayan retirado. No quiero que lo importante sea mi imagen. Si quieren una, cójanla de sus archivos. Por otra parte, lo que voy a decir es tan delicado que no quiero distraerme con el sonido de sus fotos. (Espera unos instantes a que las cámaras sean retiradas, mientras bebe agua y repasa sus papeles.)
Así está mejor, sus cámaras no pueden reflejar mi vergüenza, mi arrepentimiento. Supongo que un buen titular para sus periódicos podría ser: el primer ministro de defensa del mundo que presenta su dimisión irrevocable por arrepentimiento. (Silencio. Escruta las miradas de los periodistas.)
Mi arrepentimiento y mi vergüenza se dan la mano, pero ninguno de los dos es lo más importante de mi comparecencia. Mi dolor, siento una profunda tristeza por todo el sufrimiento que he causado.
Pero vayamos al centro del asunto. ¿Saben ustedes que el año 2013 ha sido en el que más guerras hemos sufrido desde la Segunda Guerra Mundial? Tampoco les costará comprobar que el gasto militar mundial era en 2010 de 1,6 billones (con b) de dólares. Y que entre 2001 y 2010 se incrementó en un 50,3 %. O que nuestro país ocupa el séptimo lugar en la lista de exportadores de armas.
Soy culpable: yo he colaborado con esa miserable realidad, y no solo como ministro. También fui accionista, consejero y directivo de varias empresas de producción y venta de armas. (Bebe agua.)
Con mi iniciativa en el gobierno hemos ocultado las verdaderas cifras de mi ministerio detrás de partidas de otras carteras. ¿Saben por qué? Para prevenir reacciones contrarias de la opinión pública.
Me arrepiento, sí, sobre todo, de dar mi voto en el consejo de ministros a la reducción de la ayuda oficial al desarrollo, ya de por sí insuficiente. Pero el origen de mi mayor vergüenza y dolor, sí, dolor, ha sido el conocimiento de lo que está ocurriendo en Siria desde hace tres años. Ustedes tienen los datos, algunos medios en los que trabajan los han publicado. Miles de muertos, millones de desplazados, algunos de ellos intentando cruzar nuestra frontera obscena para los derechos humanos. (Bebe agua.)
Ya va siendo hora de que en lugar de tantas reuniones de alto rango para enriquecer nuestros negocios o planificar nuevos sistemas de defensa o de guerra, llamémoslos por su nombre, los gobiernos se reúnan para desarrollar otro sistema de resolución de conflictos. Ya va siendo hora de planificar desde las Naciones Unidas un verdadero proyecto de desarme universal. (Bebe agua.)
¿Saben?, a veces leía opiniones parecidas a estas por las que estoy justificando mi arrepentimiento en revistas y blogs pacifistas, antimilitaristas, dicen ellos. Me reía, de verdad, me reía. Les consideraba ingenuos, infantiles, inútiles, parásitos sociales. ¡No! Los parásitos sociales somos nosotros. Se podrían solucionar tantas necesidades con lo que dedicamos a preparar y a hacer la guerra… (Se desajusta el nudo de la corbata.)
A partir de ahora considérenme el primer ministro de defensa arrepentido, tal vez del mundo, no lo sé. Es posible que tenga que esconderme, porque entre los documentos que les he entregado hay datos probados que demuestran las conexiones económicas entre políticos y las industrias de la guerra. Y de estas con medios de comunicación. Tengo miedo, alguien puede querer vengarse… Tal vez, ahora mismo entre ustedes haya informadores privados del gobierno, a pesar de haber convocado mi comparecencia en este teatro, un espacio nada convencional para estos asuntos. La he mantenido en secreto para que nadie intentara “silenciarme”.
Cuando salga de aquí no podrán encontrarme. No creo que den conmigo. No me pregunten cómo voy a huir. Lo he estudiado todo con sumo detalle. Voy a empezar a trabajar desde abajo, para compensar a la gente humilde de todo el sufrimiento que les he causado y por todo el dinero que les hemos robado, que he robado. (Bebe agua.) Eso es todo lo que quería decirles.
Bueno, no, déjenme añadir algo más. Por si quieren investigar, aunque no sea lo más importante, sí ha influido en mí, en mi decisión personal. Hoy es un día significativo en mi vida. Hace tiempo, tal día como hoy ocurrió algo en mi familia. Cuando veía tantas imágenes de niños heridos, muertos, hambrientos, nunca quería relacionarlo con aquello. Mi posición de hombre poderoso, me impedía cualquier debilidad, cualquier llanto. Han pasado muchos años, pero aunque ustedes no lo sepan, mi decisión de comunicar con ustedes hoy no es casual. Es un homenaje. Póstumo. (Bebe agua, se desabrocha el botón superior de su camisa.)
Unos días después de aquel, alguien, no conseguí averiguar quién, me dejó sobre la mesa de mi despacho un libro de poesía de Blas de Otero. Me refiero a mi despacho de una de las industrias de la guerra de las que era consejero. En el libro un marca páginas me llevó a una poesía señalada con una equis. Se titulaba Crecida. Apenas lo leí entonces, pensé que teníamos un pacifista infiltrado, pero no le di demasiada importancia, una poesía me parecía algo insignificante e inofensivo. Sin embargo, llevo meses volviendo una y otra vez a esos versos. Casi a diario recorro esas palabras desoladoras
“(…) voy
avanzando sobre este viejo suelo, sobre
la tierra hundida en sangre,
voy
avanzando lentamente, hundiendo los brazos
en sangre,(…)”
Le doy vueltas y vueltas en mi cabeza a su ir y venir rítmico como si fuera una melodía que no puedes olvidar, como un réquiem. (Bebe agua y se quita la chaqueta.) Disculpen la informalidad, pero es que me siento un poco mareado. (Bebe agua y se seca el sudor de la frente con un pañuelo.) Aunque no se lo crean, he querido leerla en el consejo de ministros. No, no se rían, por favor, no se rían. (Pausa, observa a su auditorio.)
Lo que les estoy contando es completamente cierto. (Bebe agua.) Varias veces lo he intentado pero no he podido. No he sido capaz, me temblaban las piernas, les miraba y, aunque estaba a punto de sacar el papel donde lo llevaba escrito, sus miradas de hiena, sus palabras tenebrosas, me paralizaban. Y entonces esos versos me invadían y casi me hacían gritar
“(…) mis pies
pisan sangre de hombres vivos
muertos,
cortados de repente, heridos súbitos,
niños
con el pequeño corazón volcado, voy
sumido en sangre (…)”
Empecé a tener miedo a los demás ministros y ministras, a sospechar que sabían algo, que me leían el pensamiento. Que mi cara reflejaba los versos que me habían conmocionado, esos y otros que leía como un bálsamo, del propio Blas de Otero y de otros. Creo que en cierto modo he enloquecido y que esta locura es la que me ha situado hoy frente a ustedes
“(…) Traigo una rosa en sangre entre las manos
ensangrentadas. Porque es que no hay más
que sangre,
y una horrorosa sed
dando gritos en medio de la sangre.”
(Bebe agua, se abrocha el botón superior de la camisa, se ajusta la corbata, se pone la chaqueta, se seca el sudor con un pañuelo y vuelve a beber agua.) Ahora sí, pueden ustedes preguntar. (Oscuro rápido.)
2015
1- Texto del que se realizó lectura dramatizada en la XX edición del Maratón de Monólogos organizado por la asociación Autoras y Autores de Teatro en 2015.
MENSAJE DE JUAN PANADERO AL CONGRESO MUNDIAL POR LA PAZ
Paz en la aurora, en el sueño.
Paz en la pasión del grande
y en la ilusión del pequeño.
Paz sin fin, paz verdadera.
Paz que al alba se levante
y a la noche no se muera.
¡Paz, paz, paz! Paz luminosa.
Una vida de armonía
sobre una tierra dichosa.
Lo grita Juan Panadero.
Juan en paz, un Juan sin guerra,
un hombre del mundo entero.
Fragmento, Rafael Alberti