Estados Unidos le robó la democracia a Irán en 1953 y ahora quiere eliminar a este pueblo que se niega a ser esclavo.

El papel de Estados Unidos en Oriente Medio no ha sido el de un garante de estabilidad, sino el de un actor que ha causado profunda desestabilización mediante intervenciones militares, apoyo a regímenes autoritarios y manipulación política, con el objetivo central de asegurar el control de recursos estratégicos, especialmente el petróleo. Este artículo analiza cómo la política exterior estadounidense ha alterado el curso natural de la autodeterminación en la región, reprimiendo intentos democráticos genuinos y generando consecuencias devastadoras para las poblaciones locales.

1. El golpe de Estado en Irán de 1953: un punto de inflexión antidemocrático.

El golpe de Estado en Irán en 1953 es un ejemplo emblemático de cómo Estados Unidos actuó para bloquear el desarrollo de una democracia independiente en favor de sus intereses energéticos.

Contexto: Mohammad Mossadegh, primer ministro elegido democráticamente, nacionalizó la industria petrolera iraní. Esto afectó los intereses de la Anglo-Iranian Oil Company y, por extensión, los de EE. UU. y Reino Unido.

Intervención: La CIA y el MI6 ejecutaron la Operación Ajax, que derrocó a Mossadegh y reinstaló al sha Mohammad Reza Pahlavi. Se renegociaron los acuerdos petroleros, incluyendo a compañías estadounidenses.

Impacto: El golpe sembró un profundo resentimiento. Muchos iraníes lo ven como el inicio del dominio extranjero moderno. Algunos historiadores, como Stephen Kinzer («All the Shah’s Men»), lo consideran la raíz de la Revolución Islámica de 1979.

2. Intervenciones recientes: Irak, Afganistán, Libia y Siria.

Las guerras más recientes han continuado la lógica del intervencionismo por control y dominación estratégica.

Afganistán (2001-2021): Aunque iniciada como represalia por el 11-S, EE. UU. impuso un modelo político ajeno al contexto local, sustentado por gobiernos corruptos. La población quedó atrapada entre ocupación extranjera y violencia insurgente.

Irak (2003-presente): La guerra se justificó con falsedades (armas de destrucción masiva). El país fue invadido, su economía reorganizada, y su industria petrolera abrió paso a corporaciones extranjeras como ExxonMobil y Halliburton. El caos que siguió dio lugar al surgimiento de ISIS.

Libia (2011): La caída de Gadafi, apoyada por EE. UU. y la OTAN, fue seguida por una guerra civil prolongada. Organismos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado el colapso del estado y el auge de redes de trata y milicias armadas.

Siria (2011-presente): Estados Unidos ha apoyado milicias, mantenido presencia en áreas petroleras del noreste y buscado debilitar a actores como Irán y Rusia. Para muchos sirios, es vista como una ocupación que prolonga el conflicto.

3. Israel: ¿alianza estratégica o manipulación mutua?

La relación entre Estados Unidos e Israel es una de las más complejas del panorama internacional. Es difícil discernir si EE. UU. utiliza a Israel como base avanzada en la región, o si Israel manipula la política estadounidense a través de influencia estratégica y lobbies poderosos, como el AIPAC.

Cooperación militar: EE. UU. ha provisto más de 150.000 millones de dólares en ayuda militar a Israel desde 1948.

Conflicto con Palestina: Las decisiones de EE. UU., como el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí (Trump, 2017), han profundizado tensiones y alejado cualquier resolución pacífica.

Lo que nunca sabremos: Mucha de esta relación se gestiona a través de canales de inteligencia. La interdependencia es estratégica, pero también opaca.

4. Apoyo a dictaduras y represión de movimientos democráticos.

Estados Unidos ha respaldado dictaduras brutales cuando sus intereses energéticos o geoestratégicos lo requerían:

Arabia Saudí: Régimen autoritario con escasa tolerancia a la disidencia. EE. UU. ha sostenido su monarquía a cambio de estabilidad petrolera.

Egipto: Apoyo a Hosni Mubarak y posteriormente al gobierno militar de Al Sisi, ignorando violaciones sistemáticas de derechos humanos.

Perspectivas locales: Jóvenes en Riad, El Cairo o Trípoli han expresado, a través de redes sociales y manifestaciones, su hartazgo con la represión y con el rol estadounidense en mantener esos regímenes.

5. ¿Qué hubiera pasado si EE. UU. no hubiera intervenido?

Esta es una de las grandes preguntas históricas. Países como Irán podrían haber seguido un camino democrático propio, similar al de Turquía en sus primeras décadas republicanas o India tras la colonización británica.

Lo que sí es claro es que la intromisión de EE. UU. ha cercenado procesos políticos autóctonos, imposibilitando que florezcan formas de gobierno más legítimas y representativas.

Fuentes como el Middle East Research and Information Project (MERIP) y testimonios de activistas en la región recogen esta frustración.

6. Transición energética y declive estratégico.

El ascenso del petróleo de esquisto en EE. UU. ha reducido su dependencia energética de Oriente Medio. Esto ha coincidido con una transición hacia energías renovables que podría disminuir el valor estratégico de la región. Sin embargo:

El vacío de poder que deja EE. UU. no es neutro: países como Rusia, China, Irán y Turquía buscan llenarlo.

Para las poblaciones locales, el fin del intervencionismo estadounidense podría no implicar paz, porque Estados Unidos y otros países han apoyado grupos fundamentalistas que ahora tienen vida propia:

Una paradoja clave en la política de EE. UU. e Israel en Oriente Medio es que, mientras se justifican muchas intervenciones como parte de la «lucha contra el terrorismo», ambos países han sostenido, directa o indirectamente, a grupos extremistas cuando ha convenido a sus intereses geopolíticos.

Estados Unidos y los talibanes: Durante la década de 1980, en plena Guerra Fría, EE. UU., a través de la CIA, financió y entrenó a los muyahidines afganos para combatir la ocupación soviética. Aunque los talibanes como organización emergen en los años 90, muchos de sus líderes recibieron apoyo indirecto durante ese periodo. El programa encubierto «Operación Ciclón» canalizó millones de dólares a combatientes islamistas, algunos de los cuales más tarde se vincularían a redes como Al Qaeda y los talibanes. Esto ilustra cómo el intervencionismo de EE. UU. sembró las condiciones para el ascenso de grupos que luego combatiría.

Israel y Hamás: A finales de los años 80, Israel toleró —e incluso indirectamente favoreció— el crecimiento de Hamás como contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que era más secular y nacionalista. Según varios exfuncionarios israelíes y reportajes de medios como The Wall Street Journal o U.S. News & World Report, la estrategia consistía en dividir al movimiento palestino, debilitando la OLP y a Yasser Arafat. Este cálculo a corto plazo contribuyó a la radicalización del conflicto y a la persistencia de una fuerza islamista con capacidad de desestabilización.

Estos antecedentes demuestran que, incluso en los casos donde EE. UU. o Israel «no intervienen directamente», han promovido condiciones que permitieron el crecimiento de fuerzas extremistas, lo que luego sirve como justificación para nuevas intervenciones bajo la narrativa de combatir el terrorismo.

Conclusión.

La narrativa de que Estados Unidos ha sido un estabilizador en Oriente Medio no se sostiene ante la evidencia histórica. Lo que sí es visible es un patrón claro de intervención violenta, apoyo a dictaduras y manipulación política para asegurar recursos, en especial petróleo. Las consecuencias han sido devastadoras: guerras, migraciones masivas, radicalización y la frustración de generaciones enteras.

La región ha sido tratada como un tablero geopolítico, sin respetar las voces ni los intereses de sus pueblos. A medida que EE. UU. redefine su rol en el mundo, Oriente Medio enfrenta una nueva etapa, donde el desafío será reconstruir sus sociedades desde la dignidad y la autodeterminación, sin injerencias externas.

Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=10228321445133381&set=a.1155225132932

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