Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro

Ver también:

Un anillo para gobernarlos a todos (I): ¿Qué es el poder?

Un anillo para gobernarlos a todos (III): Adoctrinamiento

Un anillo para gobernarlos a todos (IV): Ingeniería social


Coacción

Es el procedimiento más simple. De carácter primario y, de hecho, vinculado a formas relacionales prehumanas, características de «la manada». Quien tiene la capacidad de implementar un grado de violencia superior, en cantidad o calidad, por ejercicio o simple amenaza, está en disposición de obtener la sumisión del resto, así como de arrebatarle sus pertenencias o cualquier elemento material en disputa. Ejercer la violencia no requiere sofisticación, sino simple músculo. Incluido el músculo tecnológico que muestran hoy los ejércitos de los países más desarrollados.

La violencia como herramienta de poder en estado puro, sin el acompañamiento de otros sistemas de dominio, es el recurso de autoridades débiles y provisionales: el bandolero que asalta en los caminos, la guerrilla insurgente, la tropa medieval que ejecuta razzias estacionales. Un poder que quiera ser consolidado no lo puede fiar todo a la aplicación de la fuerza bruta. Circunstancia que generaría entre la población dominada resentimiento y deseos de liberación —lo emocional, desde luego, también juega su papel en la historia— que, a la larga, desembocarían en una situación difícilmente sostenible para dicha tiranía.

Dicho esto, cabe añadir que ningún poder de los que estudiamos dejó nunca de utilizar la violencia para su propósito. Además de desplegar otros medios, claro. Quizá porque éste, por su carácter tan primario, es la instancia definitiva; no discutible ni desafiable en tanto no sea, de alguna forma, desactivada, o no se ponga sobre el tablero una fuerza similar. La dominación puede incurrir en desprestigio, deslegitimación, falta de proyección, pero si conserva su coraza militar, en principio, podrá sobrevivir.

Así, cuanto mayor fue el poder concentrado, éste se dotó de más instituciones violentas a su servicio. Al tiempo que neutralizó la capacidad de desafío de los gobernados, o conquistados, mediante la implantación del monopolio de la violencia. Dicho monopolio se consagra con legislación, pero también con propaganda; la violencia del poder ha de ser legítima y la de los particulares de carácter criminal. Esto llega a nuestros días. El vencedor de una guerra ha aplicado una fuerza «justa» y necesaria; proporcional. El derrotado ha utilizado medios ilegítimos: terrorismo, genocidio, violación de los derechos humanos, etc. Las guerras siempre las ganan los buenos, decía Jesús Ibáñez, porque si pierden, entonces se llaman malos. Los «nuestros» abaten; «ellos» asesinan. Y así sucesivamente. Cabe añadir una función a dicho monopolio de la violencia: en lugares de alta y concentrada demografía permitir que la gestión de los conflictos se realice desde la espontaneidad de la colectividad —compuesta por multitud de personas sin lazos entre sí y con intereses contrapuestos— haría difícil, tal vez inviable, la convivencia (5).

Hubo tiempos en los que la tropa asalariada protegía los «derechos» de los señores feudales; más tarde, de la monarquía afincada en el centro de poder nobiliario. Con el desarrollo del capitalismo y el poder burgués lo que se ha de proteger ya no son castillos, palacios y la honra de las hijas, sino el negocio: el comercio y la fábrica. Así, será necesario un militarismo no adscrito a personajes de sangre azul, sino al interés de la corporación burguesa. Es el estado la instancia capaz de representar eso y articular su adaptación al momento. Ahora, los ejércitos defenderán a «la nación», esto es, los intereses crematísticos de los principales prohombres de cada lugar, frente a los de sus adversarios de países vecinos. Decía atinadamente Paul Valéry que «la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran».

No solo esto; dado que grandes masas poblacionales han sido reducidas al estado de servidumbre —por colonización en países conquistados o por proletarización durante y después de la Revolución Industrial— se hace necesaria una institución armada que defienda dicho orden frente a posibles revueltas. Así, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, como se dijo, nace la policía, que no es más que un cuerpo militar especializado en la represión de la población del propio estado. La clase preeminente que disfruta de su vida privilegiada tras los bíceps de su primo-de-zumosol estado promete «castigo» a quien ose desafiarla. Ya hemos hablado de lo que ocurrió en París tras las revoluciones de 1848 y 1871. Entre muchísimos ejemplos en esta línea que se podrían invocar.

El temor al garrote del poder será un recurso ampliamente utilizado —en tanto amenaza y en tanto aplicación— para obtener la sumisión de las masas a lo largo del proceso de implantación de la sociedad capitalista. El castigo anunciado es de carácter ejecutivo —valga la expresión— y supone la pérdida de los bienes, la degradación social y el dolor físico: la muerte en no pocas ocasiones. Es de carácter inmediato y no aplazado, como sucederá con posterioridad cuando la prisión se convierta en el instrumento de castigo por excelencia. Todo esto, con el tiempo, irá evolucionando. Michael Foucault, en su obra ya clásica «Vigilar y Castigar» (1975), reflexiona sobre lo que da en llamar «tecnologías de castigo». Primero, compara los instrumentos represivos del antiguo régimen (ejecuciones públicas, tortura…) con los sistemas del presente, basados en el castigo disciplinario, esto es, la prisión. Foucault se pregunta el porqué de la evolución; qué ventaja representa para el poder un modelo sobre el otro.

Una primera diferenciación señala que el castigo en el antiguo régimen pretendía aislar o amputar al condenado del resto de la sociedad. La pena carcelaria, en cambio, busca integrarlo dentro de un sistema represivo de carácter colectivo. Porque en la era contemporánea el castigo no será concebido por el poder como un mero elemento disuasorio. Por el contrario, será una herramienta de primer orden para estructurar la sociedad y dirigir su evolución. Así, el sentido de la cárcel, gestionada por profesionales que son quienes deciden sobre cuál es el punto óptimo de «reinserción» de los infractores a ellos encomendados, no es tanto castigar como mantener bajo vigilancia —y sometidos a un proceso de reeducación— a los prisioneros. Más que una educación conceptual o humanística (ni siquiera se tratan las enfermedades mentales o los trastornos psicológicos que son mayoritarios entre la población reclusa), se pretenderá que los afectados y sus familiares y, en consecuencia, la sociedad toda, asuma el principio del disciplinamiento y la aceptación del orden social. Ya lo decía el desaparecido Patxi Zamoro, preso histórico de las cárceles españolas, en su obra «A Ambos Lados del Muro» (2005): «La cárcel, sin embargo, da a ambos lados del muro. La sociedad, los que vivís a ese otro lado, también sois presos, presos de lo que yo llamo el Cuarto Grado de Tratamiento. En él contáis con mayor espacio de movimiento y prerrogativas que el sistema os concede por vuestro buen comportamiento. La cárcel, a este lado, no sólo es un revólver con el que os apuntan a vuestra sien (y con el que os chantajean), sino una celda de castigo en la que se os confinará cuando dejéis de ser buenos».

En «Microfísica del Poder» (1980), Foucault afirma que hay un punto de inflexión a partir del cual la vigilancia es más importante que el castigo: «el momento en el que se ha percibido que era, para la economía del poder, más eficaz y más rentable vigilar que castigar». En su análisis de los sistemas de vigilancia, el autor francés recordará la idea del panóptico de Jeremy Benthan (6): el sistema arquitectónico ideado para prisiones y fábricas que, por su distribución en forma de estrella, permite que un solo agente ubicado en el centro pueda vigilar el espacio entero. Según Bentham, el hecho de sentir esta permanente vigilancia haría que ésta fuese interiorizada por los sujetos, conduciéndoles a una vigilancia de sí mismos. Foucault entiende que el panóptico (del griego «pan»; todo, «opsis»; ver, y «tikos», relativo a. O sea: «desde donde todo se ve») existe, de hecho, en la sociedad de su tiempo, la cual se basa en la vigilancia de unos hacia otros. Instituciones como la prisión, la fábrica, la escuela, el hospital —mucho más si hablamos del cuartel— tienen por función ligar a unos individuos con otros obteniéndose así su acompasamiento con el orden establecido: la «normalización». La vigilancia no acaba ahí: el poder —político y económico— se esfuerza incesantemente en dotarse de mejores herramientas para obtener información de sus gobernados. Foucault, quien, en este sentido, hablaba del binomio «poder-conocimiento», llegó a afirmar que el poder no desarrolla las ciencias humanas para conocer mejor al hombre sino para, mediante dicho conocimiento, poderle dominar mejor.

Hoy podemos decir que las tecnologías de vigilancia de las que hablaba Michael Foucault en su brillante análisis de los sistemas de control de su época, han sido ampliamente rebasadas. Baste pensar, por ejemplo, en la proliferación de la videovigilancia, el uso generalizado de tarjetas con microchips, la sustitución del dinero físico por el virtual (cualquier transacción es así conocida por el ojo que todo lo ve) o la implantación masiva de tecnologías de telefonía por satélite enormemente invasivas de la propia intimidad. Entre más casos que podrían añadirse. Quienes hace unos años poníamos el grito en el cielo cuando se instalaban cámaras en lugares de pública concurrencia o preferíamos no ser fotografiados en manifestaciones, ni dar datos personales a la policía, hoy no tenemos otra que resignarnos a que cada circunstancia de nuestra vida —profundamente expoliada de su capacidad de privacidad— sea exhibida, por propios y extraños, en internet o almacenada sin nuestro consentimiento, con fines comerciales y policíacos, en el engendro llamado «Big data». Todo ello alumbra un tipo de sociedad embelesada con la exhibición y propagación de datos. Mucho más allá de la distopía imaginada por Bentham, todos vigilan a todos, principalmente a sí mismos.

El pensador Byung-Chul Han, en su análisis de la sociedad actual, revisa y actualiza las teorías de Foucault y del resto de sociólogos que estudiaron hace ya unas décadas el control social. Por ejemplo, en «La Sociedad de la Transparencia» (2012), afirma que: «hoy, el globo entero se desarrolla en pos de formar un gran panóptico. No hay ningún afuera del panóptico. Éste se hace total. Ningún muro separa el adentro y el afuera. Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de la libertad, adoptan formas panópticas. Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos. El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control.» Añade que «la transparencia» es imperativa. Que todo aquel que se oculta de algún modo de las miradas sociales se convierte, por ello, en sospechoso, y que dicha coacción es una neta forma de violencia del poder hacia el individuo.

Así, merced a todos estos recursos, se cumple con creces el objetivo de «normalización». Hecho que se ve perfectamente reflejado en la disposición generalizada a la denuncia de cualquier infracción de la norma, por mínima que ésta sea. Puede decirse, sin apenas incurrir en hipérbole, que la investigación y persecución policial de los delitos se hace cada día más innecesaria ante la intensa y creciente actividad inquisitorial de la mayoría de la ciudadanía. Es más, frente a épocas en las que una parte de la población occidental, lo que se daba en llamar «izquierda», estaba por la labor de garantizar derechos civiles, hoy ese mismo sector social, casi, es quien con más ahínco reclama del poder estatal el endurecimiento punitivo de la legislación, la judicialización de toda relación social y el uso discrecional de la prisión (6).

Notas

5- «Las relaciones en un pueblo de 20 personas suponen tan solo 190 interacciones bipersonales (20 personas por 19 veces dividido por 2) . Pero en un pueblo de 2.000 personas el número de interacciones se dispara hasta 1.999.000. Cada una de estas interacciones tiene el potencial de explotar en una discusión con violencia. Cada agresión violenta (ya sea psíquica o física) suele conducir a un contraataque violento, iniciando un ciclo de violencia que puede acabar con consecuencias a menudo trágicas y que desestabilizan la sociedad. (…) En una población en la que muchas personas son familiares próximos y todo el mundo conoce a todo el mundo por su nombre, los familiares y amigos que se tienen en común intervienen en las disputas. Pero tan buena circunstancia queda superada cuando se traspasa el umbral de varios centenares por debajo del cual es posible conocer a todo el mundo. A partir de ahí, el creciente número de interrelaciones se da entre extraños no emparentados. Cuando dos extraños pelean, pocas personas presentes serán amigas o familiares de ambos adversarios a la vez, con interés personal en detener la contienda. En cambio, muchos espectadores podrían ser amigos o familiares de un solo adversario y se pondrían de parte de esta persona, haciendo que el conflicto entre dos personas pasara a ser una batalla campal. Una sociedad grande que continúe manteniendo la resolución de los conflictos en manos de todos sus miembros tiene garantizada la explosión. Este factor, por si solo, explicaría por qué las sociedades integradas por miles de miembros solo pueden existir si desarrollan una autoridad centralizada que monopolice la violencia y resuelva los conflictos.» Tomado y traducido de: «Perquè ens oposem políticament a les ciutats?» Firmado por: Na Pai, membre de la Comissió de Difusió i Propaganda de Repoblament Rural. Fuente: http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/463126/index.php

6- Jeremy Bentham (1748-1832). Economista, jurista y pensador liberal nacido en Londres. Relacionado con James Mill y John Stuart Mill. Se le considera padre del utilitarismo; un tipo de filosofía ética que busca la razón de ser de cada cosa en el grado de utilidad que proporciona a la hora de «lograr la felicidad para el mayor número». Buena parte de su pensamiento estuvo enfocado a «calcular» en qué podría consistir un placer o una felicidad «objetiva». Y, en consecuencia, qué podría hacer la autoridad de una sociedad para aplicar las medidas que condujeran hacia ella. Incluso teniendo en cuenta la posibilidad de una minoría discordante o perjudicada. En tal contexto surge la idea del «panóptico». Sus ideas serían profundizadas por Stuart Mill y puede decirse que tienen plena vigencia y forman parte del actual cuerpo ideológico que justifica, tanto el capitalismo, como la política parlamentaria.

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